El efecto Flynn moral

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En la década de los 80 James Flynn un sociólogo neozelandés descubrió que el coeficiente intelectual (IQ) estaba aumentando unos tres puntos cada diez años desde principios del siglo XX. A este fenómeno se le conoce con el nombre de efecto Flynn y se trata, como no, de algo muy polémico de lo que ya hablé en este post que titulé “Cerebros jibarizados”, como siempre sucede, hay quien piensa que el efecto Flynn es cierto mientras que otros han desarrollado otras teorías como la de la autodomesticación o la gracilización para explicar las paradojas de ese crecimiento supuesto del IQ en la población.

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La epidemia depresiva (y II)

Nuestros mensajes culturales predominantes sobre el estado de ánimo, están empeorando la epidemia de depresión. (Rottemberg)

Depresión y expectativas de felicidad.-

Decía Séneca que todos aspiramos a ser felices pero que resulta muy dificil definir en qué consiste la felicidad y el modo de alcanzarla. En realidad la “felicidad” es una abstracción e individualmente sólo podemos formularla como algo concreto: aspirar a ciertos estados mentales felicitarios de caracter inaprensible y que son modificados continuamente por la experiencia del deseo.

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La interacción gen-cultura: el efecto Baldwin

La evolución es un proyecto inconcluso (Heidegger)

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Se conoce con el nombre de efecto Baldwin a la progresiva tolerancia a la leche por parte de nuestra especie. Venimos de serie con un gen que se dedica a sintetizar lactasa, un enzima que descompone la lactosa de la leche y permite asimilarla y que nos e smuy util durante la niñez. Este gen se inactiva durante la infancia de modo que en realidad nuestra especie está diseñada para no tolerar la leche y tener retortijones y diarrea cuando la tomamos. ¿Cómo es posible que no seamos todos intolerantes a la leche y sigamos bebiéndola durante toda la vida?

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El lado oscuro de la oxitocina

Suele decirse que la oxitocina es la hormona del amor, de la afiliación, de la fidelidad y de la sociabilidad pero la oxitocina tiene un lado oscuro. En realidad conocemos muy poco de los genes implicados en la conducta social, lo que sabemos es que pertenecemos a una especie social y que la cooperación y la rivalidad son dos de los rasgos paradójicos más importantes de nuestro linaje.

Quizá por ese desconocimiento de los genes implicados en nuestro cerebro social, los medios de comunicación se han empeñado en poner el énfasis en la oxitocina. Pero la oxitocina tiene su cara y su cruz como el lector podrá comprender enseguida.

La oxitocina es una hormona que tiene dos efectos bastante distintos en su efecto sobre el cerebro y el resto del cuerpo. En el cuerpo  se dedica a promover los cambios uterinos (contracciones) en el parto, probablemente también en el orgasmo y en la lactancia promoviendo el apego de la madre hacia su bebé. También tiene efectos en el hombre pero estos efectos son mucho más sutiles debido a que en el hombre sus efectos son cerebrales y no corpóreos.

La oxitocina es una especie de hormona opuesta a la testosterona de modo que asegura que el padre de un niño recién nacido no se dedicará a merodear por ahí cuando su mujer se ponga de parto e incluso se ha hablado de una especie de “sindrome de la couvade”, un remedo masculino de las actitudes maternas durante el embarazo y puerperio..

La oxitocina, sin embargo, a ese nivel de sutileza tiene su parte oscura. Se trata de una hormona de afiliación, si pero con lo propio. Fortalece los vínculos con el grupo o los parientes pero debilita los vínculos con los grupos extraños o ajenos. Es por eso que Carsten de Dreu ha hablado de que la oxitocina en realidad es una hormona que favorece el nepotismo por un lado y el etnocentrismo por otro.

En un experimento ya bastante conocido de Dreu exploró los sentimientos morales basados en ciertos test como el del tranvía o del puente. Se trata del famoso experimento de Joshua Greene:

Joshua Greene es un neurofilósofo, en realidad uno de esos psicólogos de Harvard que se ha especializado en una rama de la psicología destinada a investigar sobre la decisión, más concretamente sobre las decisiones con sentido moral. Es muy conocido su experimento conocido como el dilema del tranvía (troley problem).

Se trata de dos supuestos, en el primer supuesto (tal y como puede verse en la viñeta de arriba) el individuo tiene que decidir sobre qué hacer: el tranvía amenaza con matar en una via a cinco personas y en la otra a solo una. El individuo puede desviar al tranvia con apretar solo un botón. La alternativa es que muera un individuo para salvar la vida a otros cinco.

¿Qué haria usted?

El 95% de las personas apretarían el botón para sacrificar a un individuo y salvar la vida a los otros cinco.

En el siguiente supuesto la cosa cambia. Ahora ya no se trata de apretar un botón sino de detener al tranvia arrojando sobre los railes de la via a un individuo concreto. El asunto parece el mismo: sacrificar a uno para salvarles la vida a cinco, pero hay una variable critica, no hay botón y el individuo tiene que sacrificar él mismo a un individuo arrojándolo sobre la via.

¿Qué creen ustedes que pasaría?

El 95% de las personas ahora invierten su opinión y dicen que no seria moralmente aceptable salvar la vida a esos cinco individuos arrojando a uno a la vía del tranvía.

Greene concluye que nuestra valoración moral de las cosas depende del grado de cogniciones morales involucradas en una conducta determinada: apretar un botón es algo impersonal que se hace sin que nuestro cerebro tenga demasiadas noticias acerca de sus resultados prácticos, es una acción sin nombres, caras ni apellidos, mientras que arrojar a un tipo a la vía del tren es algo personal e involucra cogniciones morales acerca de la persona en cuestión que va a sacrificarse.

La novedad de de Dreu es que llevó a cabo este experimento antes y después de darles a esnifar oxitocina a los probandos.

Además introdujo otra novedad: asignó nombres a las víctimas. dado que de Dreu es holandés y como todo el mundo sabe los holandeses odian a los alemanes y a los árabes. Puso un nombre alemán al tipo del puente. Y más tarde un nombre árabe, Mohamed.

¿Que creen ustedes que pasó?

Pues lo que sucedió fue que antes de esnifar la oxitocina los probandos respondieron más o menos como se esperaba al margen de los nombres, pero sometidos a la oxitocina intranasal, la mayoría estaban dispuestos a sacrificar a un individuo extraño o foráneo para salvar a los compatriotas que por supuesto eran holandeses.

Pero no es que la oxitocina promocione la xenofobia o el prejuicio interacial sino que lo que promueve es la defensa del grupo propio. Así la oxitocina puede convertir al promiscuo en monógamo y al manso en defensor de su grupo.

Lo que hace la oxitocina es promover los vínculos de cooperación entre el individuo y su entorno conocido: sus parientes, amigos y conocidos. Dicho de otra manera el etnocentrismo.

Claro que no hay que fiarlo todo a la oxitocina por dos razones: la primera es que no conocemos qué otros genes están implicados en la sociabilidad. La segunda es que la sociabilidad no es sólo genética. Lo genético es solo un impulso, un empujoncito, una tendencia, el resto es aprendizaje social, es decir hacer lo que hacen nuestros vecinos, copiar aquello en lo que creen, compartir con ellos valores e ideas y esto a pesar de que pueda parecer social es también un rasgo heredable y por tanto genético.

Bibliografia.-

La oxitocina promueve el etnocentrismo.

Una entrevista a Carsten de Dreu