Contagio en hombres, contagio en mujeres (III)

Comencé a fumar hacia los trece años, a masturbarme a la misma edad en que comencé a dejarme el pelo largo como John Lennon, a lo Beatle. Y comencé todo eso porque alguien me lo enseñó, fumar era cosa de hombres, estaba ligada al estereotipo masculino (entonces las chicas no fumaban) y sobre todo por una razón: estaba prohibido y es por eso que mis primeros cigarrillos se consumieron en la clandestinidad, Llevar el pelo largo era también una transgresión y una prueba de rebeldía, de manera que los más modernos de mi época comenzaron a llevar el pelo largo, botines y el pantalón acampanado para horror de nuestros abuelos que seguían pensando que parecíamos mariquitas y el desconsuelo de nuestros padres que no tuvieron mas remedio que oponerse sin demasiado convencimiento. Eran los sesenta.

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La castración

«Castración» es una palabra polisémica, existe una castración física: la que se lleva a cabo en veterinaria para suprimir el estro o el merodeo de nuestras mascotas y también en Cirugía cuando se extirpan las glándulas internas relacionadas con la reproducción (histerectomía y ovariectomía). Existe una castración química que se emplea en Medicina como hacemos con la ciproterona que se usa (con permiso judicial) para disminuir la libido de algunos agresores sexuales pero también para tratar el ovario poliquístico de las mujeres (sin efecto genésico) y como sucede con la finasterida, un medicamento usado para tratar el adenoma de próstata y que tiene como efecto secundario esa supresión de la libido que por cierto también tienen algunos antipsicóticos y antidepresivos, también algunos antihipertensivos.

Pero la castración a la que voy a referirme es la castración simbólica, es decir la castración psicológica. Una palabra que aun tiene múltiples acepciones, si bien lo que la diferencia de la castración física es que en esta se extirpan las glándulas reproductoras (los testículos) mientras que la castración psicológica lo que se pierde es el pene. Mejor dicho se refiere al falo porque es el falo lo que puede ser castrado.

Es por eso que no voy a ocuparme de la perdida del pene, que es una tarea que no ocupa a psiquiatras o psicólogos sino a la perdida o ganancia del falo. El falo es un símbolo, algo que no existe más que en la imaginación y al decir de Freud en el desarrollo ontológico del niño.

Un termino que se usa mucho en psicoanálisis, la palabra «falo». Podemos pactar que esa palabra remite a otra, «el pene» que es un órgano que existe realmente. Pero pene y falo no son sinónimos, sólo lo son en cierta escala; uno pertenece al terreno de lo material y el otro es un termino conceptual, en realidad su significado es puramente semántico: «el símbolo de lo que falta o de lo que completa». Aqui hay un post donde hablo del falo y no voy a volver a repetirme salvo para decir que el falo no existe pero tiene efectos falizadores. Es decir algo que no existe puede tener efectos en la vida de los hombres, algo que por otra parte no precisa demostración. Se trata de un axioma.

Freud -como todo el mundo sabe- creía que el niño varón atravesaba una fase de desarrollo en la que desarrollaba una «ansiedad de castración», esto es el miedo a perder su pene. Este miedo está relacionado con el complejo de Edipo y tiene que ver con su intenso apego hacia la madre, a la que literalmente considera de su propiedad. Ahí aparece el padre que es el portador de esa amenaza. Se supone que el niño abandona ese deseo -por miedo a la castración- y termina identificándose con el padre y sus atributos viriles.

Como podemos observar Freud no pensaba que la castración fuera un fenómeno metáforico sino literal. Freud pensaba en el pene y su perdida y no en ese símbolo que hemos venido a llamar «falo» y que no equivale -tal y como lo pensamos hoy- tanto al pene como a cualquier cosa que se pueda perder u obtener en la infancia y lo más probable es que el niño pierda la atención de la madre si tiene otros hermanitos menores. Esta perdida del pecho ha venido en llamarse efecto Westermack del que ya hablé aqui, lo que nos lleva a pensar el complejo de Edipo de otra manera.

Esa perdida podemos computarla como castración pero no tiene un significado sexual sino afectivo. El falo como elemento simbólico que es y por tanto intercambiable puede hacerse equivaler con el pene o con cualquier otra cosa de valor para el niño pues semánticamente remite a la completud, el falo sería un significante de la falta pero también de lo que la completa, es por eso que el falo aun sin existir tiene efectos falizadores, del mismo modo que tiene efectos falibles, es decir la equivocación, engaño o error en cualquier aspecto de la vida si acabamos por identificar el falo con la completud, que en cualquier caso siempre será imaginaria.

Ahora bien, sí existe algo que completa al ser es también posible pensar que haya algo que pueda despojarlo de esa completud. En este sentido los psicoanalistas actuales tienden a pensar que castración es sinónimo de abandono, pérdida o separación o amputación de un proyecto de vida. En el niño varón es muy posible que el pene tenga un valor añadido de riesgo de perdida o de daño sobrevenido teniendo en cuenta que su función de excreción de orina está siempre relacionada con la vergüenza, puesto que es imposible para el niño ocultarlo una vez que ya ha controlado esfínteres y se ha desechado el pañal (de una fase anterior que es sólo excretora). Lo mismo sucede con las erecciones espontáneas que siempre son para un niño algo inexplicable y embarazoso. El pene es motivo de orgullo «fálico» y también motivo de reservas y de temores.

¿Qué sucede en la niña? El complejo de Edipo, es decir el aprendizaje sobre la sexuación y el tabú del incesto, es para las niñas algo más complicado. Aqui hay un viejo post sobre el asunto que me permitirá escarbar en la falización secundaria de las niñas.

Usualmente decimos que una mujer es fálica sí tiene atributos masculinos (físicos o psicológicos, de gustos o de juegos) pero en realidad todas las niñas pasan por una etapa de falización secundaria. Por alguna razón poco clara las niñas suelen desidentificarse precozmente de sus madres y se dirigen hacia sus padres en busca de afecto. Parece obvio afirmar que las niñas tienen un apego hacia la madre menos intenso que los niños. Una interpretación de este fenómeno está relacionado con la similitud entre madre y niña, sin esa polaridad creadora que se da en los sexos de distinto signo (Freud diría que la niña se decepciona de su madre por no tener pene), también es posible que el «doble estandard» es decir la percepción por parte de la niña de que la vida de su padre es más interesante que la de su madre juegue un papel especial. Pero lo cierto es que tanto las madres-cocodrilo (las tradicionales) como las madres-llavero (las profesionales) como las fanáticas del apego y del colecho generan igual tipo de disconformidad en las niñas. Es como si no hubiera un modelo suficientemente atractivo para imitar o por lo menos que aun no hubiera emergido.

En cualquier caso lo cierto es que los niños quieren ser como sus mayores, quieren jugar en la liga de los mayores, y las niñas en la de los niños, pues lo que un niño quiere tener es lo que no tiene, es decir la edad, el tamaño o las prestaciones de sus hermanos o compañeros de juegos mayores. Precisamente a estos les sucede el fenómeno contrario: los niños mayores se aburren de jugar con niños pequeños y les excluyen. Esta exclusión es también castración, en tanto que el niño siente que aquello que admira y desea es inalcanzable.

Ya he dicho que el falo es intercambiable y desplazable, puede ser pene, fuerza, tamaño, ojos, atractivo, tetas, sacar buenas notas, ser poderoso, ser popular, etc. Todas estas situaciones cumplen la función falizadora y son por tanto castrables. Con las mujeres sucede algo que va mucho más allá de estas consideraciones: la mujer puede quedar embarazada, el bebé, es también falo, tal y como proponía Freud:

pecho=pene=heces=bebé

Es decir el bebe efectúa un relleno de una suplencia: la falta de falo. Es por eso que suele decirse que muchas mujeres solo llegan a su plenitud cuando quedan embarazadas. Pero también es cierto lo contrario: cuando las mujeres se fanatizan con la maternidad o se politizan con la desmaternalización y ese deseo se convierte en una obsesión mortificante que lleva a la mujer a someterse a duras pruebas de fertilidad y de intentonas para quedar embarazada o bien a renunciar a ella por motivos ideológicos, es decir un falo ideológico. Aqui hay un buen articulo sobre la fanatización del deseo de ser madre y también sobre la ausencia de modelos maternales que en cualquier caso se encuentran infiltrados de valores mercantilistas donde la felicidad y la autorealización son exigencias que caen sobre el sujeto sometiéndole a pruebas tan duras que no siempre dan buen resultado ni aseguran una crianza armónica.

En suma, el falo ha venido para quedarse, podemos creer en él o no -como en Dios- pero desde ese lugar que llamamos abstracciones o Ideas seguirá ejerciendo sus influjos sobre la vida común de las personas. Recordemos ahora que todos estamos completos pero todos nos sentimos en falta (incompletos), por eso existe el deseo y por eso existe el amor, si bien el deseo no hace sino perseguir -casi siempre- un sucedáneo.

Los dilemas de la moralidad

Terminé mi post anterior con una frase que requiere cierta explicación. La frase en concreto era esta:

«La moralidad tiene peligros»

¿Pero no es ésta afirmación una contradicción?¿Qué peligros acechan en la moral? ¿No es en definitiva la moral, un conjunto de reglas para un mejor funcionamiento social?. Bueno, la clave para entender estos peligros: la hipermoralización se encuentra bien explicada en este libro de Pablo Malo que preside este post y que el lector puede perseguir en esta entrevista, donde Malo nos advierte de sus peligros y añade además, que la moral y sus excesos son un peligro para nuestras sociedades democráticas. Y añado yo: una herramienta para destruirlas.

El libro de Pablo Malo me parece excelente, un ensayo sobre el tema que sintetiza casi todos los aspectos que caen bajo ese rótulo de moral, y si digo casi todos es porque pasa por alto una cuestión fundamental: efectivamente, vivimos en un mundo donde lo moral y lo inmoral coexisten a partes iguales. Sobre esta cuestión volveré más abajo.

Pero me interesa ahora volver sobre otro tema que ya abordé en mi post anterior, me refiero a la teoría de Scott Curry que como recordaremos se funda en la idea de que la moralidad es una colección de rasgos biológicos y culturales que promueven la cooperación. Casi al mismo tiempo cayó en mis manos un articulo de este mismo autor donde aborda una critica al modelo de Haidt . Cuando lo leí, me llamó la atención que -tanto el citado autor como yo mismo-, habíamos pensado en las mismas cosas, pues el problema no está en la definición o la dimensionalidad de la moral, sino en comprender qué cae y qué no cae dentro de su campo de influencia.

Tomemos por ejemplo el concepto de «lealtad», una dimensión o molécula que tanto Haidt como Curry han abordado como una de esas dimensiones particulares de la moral. Lealtad representa “obligaciones de la pertenencia a un grupo” que incluyen “autosacrificio y vigilancia contra la traición”. Esta cuestión es muy fácil de entender en clave ancestral, es decir cuando los grupos son pequeños y se hallan en constante pugna con grupos rivales, en pequeñas comunidades o aldeas donde todo el mundo está emparentado y se conoce, pero después de la revolución industrial el genero humano sufrió una transformación radical: el colapso de la familia extensa y el aumento del perímetro de nuestras interacciones sociales con la inclusión de los desconocidos y que se considera el origen del comercio y la dilución de la lealtad.

¿A quién debemos ser leales? ¿a nuestro jefe?, ¿a nuestros compañeros de trabajo? ¿a cuales de nuestros amigos?, ¿a nuestra familia extensa o política?, ¿a nuestra pareja? Lo que quiero decir es que la diversificación de nuestros lazos sociales propicia un enredo de lealtades que hace que hasta la propia palabra «lealtad» sufra un quebranto. Nuestras lealtades, me refiero a los del hombre de hoy están no sólo fragmentadas sino que con frecuencia existe un conflicto o contradicciones entre ellas. No es de extrañar que los intereses y los incentivos hayan tomado delantera en nuestra percepción de la lealtad. Lo usual es que nuestros intereses definan nuestras lealtades. Pero si esto es cierto ¿sigue siendo la lealtad una molécula moral o bien ha sufrido transformaciones tan radicales que ya nos es imposible reconocerla? ¿Se ha hecho utilitaria la moral abandonando a Kant?

Lo mismo sucede con la molécula «autoridad», definida como “El orden social y las obligaciones en las relaciones jerárquicas, como la obediencia, el respeto y el cumplimiento de roles basados en deberes”. No cabe duda de que pocos hoy estarían de acuerdo con esta definición y aun admitiendo que somos una especie jerárquica pocos habrá que sientan este mandato sino con un rastro de amargura de no ser él mismo el adjudicatario de esa autoridad. Dicho de otro modo, el ciudadano común actual no considera moral el cumplir deberes que siente como impuestos, irracionales o injustos sino que aspira a ser su propia autoridad y si puede la autoridad de los demás, asaltar los cielos. La autoridad como pilar o molécula moral ha sufrido en la modernidad un duro ajuste de cuentas hasta el punto de que hoy el sometimiento a la autoridad ya no se considera un valor moral sino un acto de cobardía o de prostitución.

Pero no es solamente una cuestión de evolución de los conceptos sino también una cuestión conceptual. ¿Qué es y qué no es moral?. A continuación elaboraré un listado de conductas para que el lector defina mentalmente cuales considera que caen dentro del campo de la moral y cuales no. Y si no caen dentro del campo de la moral, dónde ubicarlos.

¿Es moral mostrar las tetas y el culo en Instagram?

¿Es moral operarse las tetas a fin de implantarse prótesis ?

¿Es moral visionar pornografía?

¿ Es moral mentir para conseguir llevar a cabo tus fines?

¿Es moral acostarse con el jefe o mentor para trazarse un buen futuro profesional?

¿Es moral acostarse con una alumna adolescente (aunque mayor de edad) con la que nos llevamos 20 años o más?

¿Es moral cobrar comisiones en la obra publica?¿Y en la actividad privada?

¿Es moral drogarse?

¿Es moral conducir bajo los efectos del alcohol aunque no hayamos provocado accidentes o daños?

¿Es moral no vacunarse contra la COVID-19?

¿Es moral no rebelarse contra un tirano?

¿Es moral el aborto?

Dejo de plantear preguntas porque el lector ya se habrá dado cuenta de que estoy recorriendo un terreno muy ambiguo. Nótese que no he preguntado sobre las cosas que están ya prescritas por los códigos morales y jurídicos de medio mundo. No he preguntado si ¿es moral abusar o maltratar a los niños? pues existe un consenso sobre el hecho de que los niños son dignos de cuidado y que causarles daño es a todas luces inmoral. A no ser que el maltrato se convierta en moral cómo ha sucedido con este niño de Canet cuyos padres querían que al menos en un 25% se le escolarizara en castellano. Esta oposición de morales es el tema al que se refiere Pablo Malo en su libro, es decir la aparición de una ideología aparentemente moral que ataca a todos aquellos que se salen de su ortodoxia. Moral, en esta acepción es algo que puede identificarse porque trata de imponerse al otro, al que piensa o siente de distinta forma, amoral es todo aquello que queda en el ámbito de lo privado y que no trata de imponerse a nadie.

Es algo que podemos ver en el tema del aborto: hay quién piensa que es moral defender la vida del embrión del principio hasta el final y hay quien piensa que lo moral es defender el cuerpo y el deseo de la mujer a interrumpir su embarazo. Lo importante es saber que cuando un tema se moraliza ya no tiene solución, se ha convertido en un wicked problem, un problema endemoniado. Los que hayan leído ese listado de dilemas morales habrán caído ya en la cuenta de que hay dilemas limínares o fronterizos que admiten cualquier opción. Y es seguro que cualquiera de mis lectores dará distinto peso a cada una de esas preguntas, desde los que piensan ingenuamente que «cada uno haga lo que quiera, mientras no haga daño a otro», hasta aquellos que propongan castigos ejemplares a cualquier transgresión.

Es por eso que Malo propone en su capitulo final sacar a gorrazos la moral del debate publico, es decir dejar de politizar la moral que debe quedar en el ámbito de lo privado.

Una forma de sacar del campo de la moral algunos de estos debates es el tema de la amoralización. Recordemos cuando éramos pequeños como considerábamos seres mezquinos y ruines a los borrachos, hoy consideramos que los borrachos son enfermos, dignos de compasión y de cuidados. Medicalizar un problema es una forma de amoralizarlo. Lo mismo sucede con las vacunas o el aborto: el Estado ha logrado en parte amoralizarlo, si bien no lo ha conseguido del todo pues hay bolsas de población que siguen viéndolo de una manera moral. Para algunos es inmoral que un individuo se niegue a vacunarse mientras que para otros es inmoral que el estado se meta en su cuerpo con una sustancia obligatoria. Moral contra moral, el dilema no tiene solución y la salud publica lo amoraliza a veces forzándolo con esa trampa teatral del pasaporte COVID que en cualquier caso ha demostrado que la coerción funciona a pesar de que no va a tener influencia alguna en la evolución de la pandemia.

Lo interesante es comprobar que aunque ha habido ciertos casos de amoralización, es decir supuestos que hoy ya no vemos desde el punto de vista moral sino sanitario o de cualquier otra índole, lo cierto es que al mismo tiempo se ha producido un fenómeno paralelo de moralización en otros ámbitos, por ejemplo el medio ambiente o el animalismo. Asimismo podríamos hablar incluso de víctimas de la moralización.

En resumen, me parece que tal y como cuenta Pablo Malo en su último capitulo necesitamos redefinir la moral sobre bases científicas, necesitamos una mejor psicología moral, pues muchas de las dimensiones o moléculas que las componen han quedado obsoletas, a pesar de representar adaptaciones ancestrales de nuestra especie, sin embargo no podemos pasar por alto que existe ya en nuestro mundo una intentona no científica sino ideológica, una ingeniería social que conocemos con el nombre de ideología woke que pretende moralizar ciertas conductas y amoralizar otras, más acordes con los incentivos de quienes las promueven. Así, estando de acuerdo con la idea de O. Wilson, pues tenemos una tecnología futurista, unas instituciones medievales y una moral ancestral, lo cierto es que para llevar a cabo esta tarea de puesta al día se necesitaría una inversión tal de recursos económicos que es imposible que pueda llevarse a cabo, pues quien invierte pretende una rentabilidad a su dinero y las buenas intenciones no tienen incentivos..

La teoria molecular de la moral

Tal y como prometí en mi anterior post, me propongo hoy hablar de la teoría molecular de la moralidad pues el enfoque clínico por sí mismo no explica toda la complejidad de la «triada oscura», la psicopatía para entendernos. Si quitamos la amoralidad de la ecuación nos vamos a quedar cojos en el entendimiento de lo que acontece en la mente de un sádico o de un psicópata pues la amoralidad como vimos en el post anterior es una de las moléculas que componen el rubro «maquiavelismo» y que ha sido barrida por la psiquiatría a pesar de que los «degenerados morales» ya fueron descritos en el siglo XIX. Por eso es necesario que definamos qué es la moralidad, algo que podéis profundizar aun más leyendo al libro de Pablo Malo que acaba de salir «Los peligros de la moralidad» y que más abajo pondré en la bibliografía.

Fue precisamente leyendo el libro de Pablo Malo que supe que existía un autor que se ha empeñado en construir -tal y como hiciera Haidt en otro tiempo- , este autor se llama Scott Curry y se ha preocupado de dotar a la moralidad de una definición y un contenido neurocientífico y escaparse de una moralidad teológica que es la forma en que con más ahinco se ha manifestado en nuestras vidas y conceptualizaciones, al menos en aquellas zonas donde el cristianismo ha tenido vigencia y hegemonía. No, la moralidad no es un mandato de Dios, sino -hablando en términos psicoevolucionistas- un mandato del grupo. Grupo e individuo se encuentran en relación dialéctica lo que significa que no necesariamente los intereses del grupo van a coincidir con los intereses de un individuo cualquiera y es por eso que los grupos presionan a los individuos para que admitan las reglas que los gobiernan, reglas que en ocasiones son contrarias a los intereses o gustos individuales. Pero tampoco sería justo decir que el propósito de la moral sea siempre sancionador, un reparto de castigos y de prescripciones. En realidad hoy tenemos una definición bastante satisfactoria de la moralidad:

» La moralidad es la saliencia de nuestra predisposición a cooperar»

Es decir somos, y se nos considera morales si demostramos que estamos dispuestos a cooperar con los demás y por el contrario somos inmorales y por tanto malvados si se nos considera egoístas, y poco dispuestos a cooperar. Pero la moralidad no es algo que se juegue a cara o cruz sino que tiene dimensiones, algo que a partir de ahora llamaremos moléculas y que según Scott Curry son 7 moléculas:

1.-Amor a la familia, muy relacionada con la kin selection.

2.-Respeto a la autoridad

3.- Lealtad al grupo.

4.-Reciprocidad o toma y daca o altruismo mutuo.

5.-Coraje o valentía.

6.- Justicia.

7.- Respeto a la propiedad ajena.

La teoría de la «moral como cooperación» ofrece una taxonomía sistemática de la moral y sugiere que habrá tantos tipos de moral como tipos de cooperación (y sus combinaciones) en diferentes culturas. Más allá de Kant y su imperativo categórico, la teoría nos proporciona por fin una guía científica sobre cómo ser buenos.

Lo interesante de este modo molecular de pensar los pilares de la moral es que podemos pensar en muchas combinaciones, por ejemplo esos 7 elementos agrupados de 2 en 2, nos dan 21 subdimensiones o moléculas.

Así, la idea de que «debes ser respetuoso con tus superiores» y la idea de que «debes amar a tu familia» se combinan para formar la idea de que «debes ser especialmente respetuoso con los miembros más antiguos de tu familia y por extensión con los ancianos». Esta es la base de la piedad filial.

La idea de que «debes ser valiente» y la idea de que «debes buscar justicia para las heridas» se combinan para formar la idea de que «debes mostrar tu heroísmo vengando las heridas». Esta es la base del honor. la toma de turnos (reciprocidad + justicia); la restitución (reciprocidad + derechos de propiedad); la compasión o misericordia (heroísmo + justicia), etc”. Así sucesivamente.

También puede haber combinaciones de tres, cuatro, cinco, seis o siete elementos, hasta 127 en total. Algunas de estas combinaciones no están aun identificadas y para ello se ha propuesto crear una especie de tabla periódica de las moléculas morales que está sujeta a revisión por parte de todos los que quieran participar en ella a fin de que sea universal y no solo represente a un tipo de moral occidental por así decir. Por ejemplo , si combinamos la idea de amor a la familia con la idea de honor (reciprocidad + heroísmo), obtenemos el concepto de honor familiar, o izzat, como lo llaman en algunas partes del sur de Asia.

Este enfoque molecular de la moralidad también podría ayudar a descubrir soluciones a algunos rompecabezas filosóficos de larga data. Por ejemplo, ¿la moral es innata o adquirida? ¿Es universal o culturalmente particular? ¿Por qué no ambas cosas?. Quizá los elementos sean innatos y universales, mientras que las moléculas son adquiridas y particulares. Tal vez los distintos pueblos, en distintas épocas y lugares, hayan forjado nuevas combinaciones de conceptos morales, para crear sistemas morales nuevos y únicos que sirven para su grupo pero son desconocidos en otros grupos o irrelevantes. Por ejemplo la vergüenza familiar que algunas etnias comprenden como un ataque a su reputación familiar si uno de sus miembros comete adulterio por ejemplo, hoy es irrelevante en una sociedad occidental, nadie se avergüenza de lo que hace su hermano o hermana pero en ciertas sociedades es obligatorio.impartir una suerte de justicia privada (venganza). Y eso también es moral, es por eso que la moralidad tiene peligros.

Bibliografía.-

Pablo Malo 2021. Los peligros de la moralidad. Deusto.

La tabla periódica de la moralidad