La muerte de Edipo (I)

Hace unos días publiqué en twiter un tuit a propósito de esa «epidemia» de niñas que dicen ser niños y que quieren comenzar un programa de cambio de sexo. Decía allí que:

«No es que quieran ser niños es que rechazan su sexualidad, pues ha desaparecido la fase de latencia debido a la sexualización precoz».

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Los mitos del psicoanálisis: El complejo de Edipo (y III)

Estoy seguro de que cualquier persona medianamente culta sabe qué es el «Complejo de Edipo». Si hiciéramos una encuesta a pie de calle, seguramente la respuesta más frecuente seria ésta:

«Los niños quieren acostarse con su madre y por eso tienen miedo a que su padre se la corte».

Lo interesante es que si la segunda pregunta fuera ¿Y usted cree que esto es verdad?

La respuesta seria «no». «Yo nunca he querido acostarme con mi madre».

A lo que un psicoanalista ortodoxo respondería:

«Claro ese deseo es inconsciente».

Con lo cual el tema queda resuelto, al menos para el creyente psicoanalista.

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El egregor y sus tipos (IX)

La locura tiene método (Shakespeare)

Aquellos que leyeron el post anterior ya saben qué es un egregor: una plataforma informacional no energética que ni se crea ni se degrada y que está disponible como si se tratara de planos de datos que aportan información y que es necesario -a través de la hermenéutica- organizar para que constituyan algún tipo de conocimiento sobre el mundo.

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Contagio en hombres, contagio en mujeres (III)

Comencé a fumar hacia los trece años, a masturbarme a la misma edad en que comencé a dejarme el pelo largo como John Lennon, a lo Beatle. Y comencé todo eso porque alguien me lo enseñó, fumar era cosa de hombres, estaba ligada al estereotipo masculino (entonces las chicas no fumaban) y sobre todo por una razón: estaba prohibido y es por eso que mis primeros cigarrillos se consumieron en la clandestinidad, Llevar el pelo largo era también una transgresión y una prueba de rebeldía, de manera que los más modernos de mi época comenzaron a llevar el pelo largo, botines y el pantalón acampanado para horror de nuestros abuelos que seguían pensando que parecíamos mariquitas y el desconsuelo de nuestros padres que no tuvieron mas remedio que oponerse sin demasiado convencimiento. Eran los sesenta.

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