¿Es la anorexia mental la histeria de la postmodernidad? (I)

Desde un punto de vista psicosocial, la paradoja que representan los desórdenes alimentarios en las sociedades opulentas, ha sido señalada en repetidas ocasiones y por distintos autores, algunos de ellos han llegado  señalar a los TA como secuelas de una sociedad presidida por una “cultura del espejo” (Steinberg, 1997), una cultura narcisista que se esconde entre la cara oculta de la autoestima (Perez Sales).

La razón profunda por la que en un entorno de abundancia de bienes alimentarios, se presentan patologías relacionadas con la inanición, no ha dejado de mostrarse como un enigma psicológico. Inanición, que aún afecta a las comunidades infraalimentadas del tercer mundo y una de las lacras que la humanidad tiene pendientes de resolver en su conjunto y que de alguna manera iguala a las sociedades opulentas con las clases más desfavorecidas del tercer mundo, un hecho que nos recuerda a los europeos por prolongación, que la TBC y las enfermedades consuntivas no han sido ni de lejos, erradicadas del escenario sanitario europeo, uno de los mejores dotados del mundo.

Entre las razones que se han esgrimido para explicar esta paradoja nombraré las siguientes:

1)    Aunque la disponibilidad de alimentos es superior en el mundo occidental, tanto la calidad de los alimentos, como su poder nutritivo ha disminuido con la producción industrial en masa.

2)    Es, precisamente, la mayor disponibilidad de alimentos la que genera la patología, al generalizar un acceso que supera las propias barreras de contención individual para su uso racional. El sujeto individual teme perder el control sobre su ingesta si se abandona a sus impulsos.

3)    Las enfermedades de la opulencia sólo pueden aparecer en sociedades opulentas, no porque en el tercer mundo no existan, sino porque sólo en un escenario de abundancia pueden ser detectadas (y mostradas).

4)    Los medios de comunicación y los mercaderes de la moda divulgan modelos de mujer imposibles, glorifican la delgadez y demonizan la obesidad.

5)    Los mismos médicos y la industria de la dietética contribuyen a generalizar el miedo a la obesidad, y a los trastornos de la salud que derivan de una excesiva alimentación: el colesterol y la hipertensión, son los actuales demonios familiares sanitarios, universalizando recetas de alimentos saludables, de panaceas universales y forzando a la población a hacer ejercicio, dando por bueno cualquier tipo de ejercicio, que en cualquier caso, la mayoría de las veces no se realiza por motivos higiénicos, sino estéticos.

6)    Los TA siguen modelos de preferencia heterosexual y por eso las lesbianas se encuentran muy poco representadas entre la población anoréxica. Los hombres persiguen cuerpos hiperfemeninos de cintura para arriba y masculinos de cintura para abajo. Este modelo andrógino imposible, acaba por conformarse como un ideal que opera en el cuerpo de las mujeres como diversas mutilaciones quirúrgicas y/o desastres metabólicos.

7)    La mayor permisividad sexual puede estar operando como un potente estímulo aversivo en aquella población más vulnerable o cuyos conflictos infantiles no resueltos, precisen de un mayor retardo en su incorporación al mundo adulto.

8)    Las madres de hoy, como las de ayer, siguen sin ofrecer a sus hijas un modelo de mujer compatible con la autoestima, en un mundo cada vez más complejo y sometido a variaciones cada vez más rápidas en su conceptualización sobre los modelos de la femineidad.

9)    La anorexia es una oportunidad de ejercer y obtener un cierto control sobre un cuerpo alienado que oponer a una vida sin control sobre otros aspectos. La identidad anoréxica puede ser un nuevo modelo de ascetismo y/o espiritualidad laica o al menos la expresión social y médica aceptada de la misma.

10)  Por último, la cadena familiar parece haberse quebrado durante los noventa. Los adolescentes sólo están interesados por sus iguales, con quienes se identifican y a quienes mimetizan, fragmentando su sentido histórico y la lógica secuencial que les permite sentirse parte de una estirpe: admirar a un adulto para poder amar a un igual.

Como podrá observarse todos estos argumentos por separado contienen no pocas gotas de razón. No existen pues, relaciones de causa-efecto lineales. Hablamos entonces de policausalidad. Los TA son desórdenes que no remiten tan solo a una causa única, sino a múltiples causas, el por qué unos enferman y otros no lo hacen, es quizá el dilema más intranquilizador con que nos enfrentamos: no disponemos de ningún marcador que nos permita anticipar los grupos de riesgo. Lo poco que sabemos va más abajo

UNA ENFERMEDAD DE MUJERES

Sólo una de cada diez personas que enferman de un TA es un varón, el resto son muchachas entre los 13-28 años de edad. Aunque ninguna edad está libre de este padecimiento y – ya tampoco- ningún sexo es inmune.

Este dato por si sólo ya llama la atención de cualquiera. Aunque casi todas las enfermedades, por lo general, contienen sesgos sexuales, los TA representan una desviación extrema a esta tendencia. Hay enfermedades que son más frecuentes en los hombres (como el alcoholismo) y otras que por el contrario son más frecuentes en mujeres (como la depresión), pero en ninguna enfermedad conocemos un sesgo tan exagerado a lo que sucede con la anorexia y la bulimia: afectan casi exclusivamente a mujeres.

Sólo hubo una enfermedad psiquiátrica en la Historia que pudiera resultar semejante. Me refiero a la histeria, una entidad morbosa que estuvo muy en boga en el siglo pasado y que hoy ya ha desaparecido de los manuales.

En efecto, ninguna versión de los DSMs (los manuales de clasificación de enfermedades psiquiátricas) contiene ninguna referencia a esta curiosa enfermedad que se limitaba a imitar los síntomas de otras enfermedades (casi siempre neurológicas) con sus cortejos sintomáticos de déficits, apocalipsis convulsivos o síntomas de dudosa filiación. Es verdad que el DSM conserva entidades que podrían en otro tiempo incluirse dentro del campo de la histeria, pero en definitiva podemos dar al termino histeria por desaparecido o desamortizado por razones de corrección política.

Es verdad que el termino histeria ha sido lugar común de abusos y de exclusiones o presunciones sexistas, pero ¿qué sucedió con las verdaderas histéricas?. Lo cierto es que la histeria ha desaparecido de los tratados y ha desaparecido de nuestra nomenclatura (me refiero a la psiquiátrica) y ello es debido a varias razones, entre las cuales señalaré:

1)    La histeria era muchas veces una descalificación sexista de las quejas de la mujer. Emitida las más de las veces como un insulto y no como un diagnóstico. En este sentido algunos autores como Slater propusieron en su momento la abolición de este diagnóstico.

2)    La histeria era muchas veces un cajón de sastre donde se daban cita malestares y síntomas inexplicables con la metodología de la época. Lo que no era orgánico o no podía ser demostrado como tal era considerado como una especie de ficción intencionada. El diagnostico de histeria iba asociado frecuentemente al fraude clínico.

3)    Se incluyeron en la histeria malestares y mecanismos de defensa fisiológicos como la disociación, las experiencias místicas y los estados modificados de conciencia. Se clasificaron como histeria malestares que más tarde se demostraron orgánicos o incluso otros que pertenecían a otras series como las series afectivas. La depresión neurótica (hoy conocida como distimia) era asimilada al concepto de histeria. En realidad, cualquier queja femenina era asimilada este concepto.

4)    Por ultimo, es obvio que las enfermedades mentales siguen -en su expresión- modelos culturales, por lo que su mascarada clínica es mimética con las expectativas y mitos compartidos por la población general. En este sentido la histeria pudo ser, entonces, una percha donde se colgaban diversos malestares y hoy esta función, puede estar siendo ocupada eventualmente por los desordenes alimentarios.

Si este último argumento resultara cierto, podríamos entender el por qué la histeria ha desaparecido de las consultas y los TA han aumentado alarmantemente en las últimas décadas. En esta línea de argumentos, los TA ocuparían aquel espacio de sufrimiento que quedó vacío con la amortización de la histeria como eje de torsión de la identidad femenina. En realidad deberíamos de hablar de la represión sexual como eje de torsión de la misma, un eje que hoy ha sido substituido por el “culto al cuerpo o a la apariencia”.

En mi opinión, existen –sin embargo- algunas diferencias fundamentales, entre ambas entidades clínicas y más allá de eso en los conflictos inconscientes que las alimentan, interesantes de señalar.

La histeria nació en una época de doble embudo para la sexualidad femenina, en parte negada y en parte reprimida. Se trataba de la moral victoriana: un caldo de cultivo excelente para casi todos los vicios y para todas las transgresiones domésticas de la sexualidad. En aquella época eran frecuentes los incestos silenciados y las enfermedades de transmisión sexual, junto con una cierta psicosis a contagiarse, miedo que se resolvía frecuentemente con el acceso a las menores que en una determinada época se prescribieron como remedio a estas enfermedades. Tal y como Erika Bornay cuenta en su libro “Las hijas de Lilith”:

Cohabitar con una niña se consideraba el mejor remedio contra la sífilis.

No se trataba pues de una medida profiláctica tan sólo sino que esta creencia incluía el “tratamiento” de la sífilis ya adquirida y activa.

Ni que decir tiene, que la sexualidad para las mujeres era algo que iba más allá del decoro impuesto por el discurso dominante que ejercía sobre ellas una tiranía similar a la que hoy ejerce la delgadez.

Hoy, evidentemente, nuestras adolescentes no se debaten ya en conflictos sexuales, al menos aparentemente o de aquella índole, pero la identidad femenina sufre sino las mismas, otras contradicciones a las que aquejaban a las histéricas del XIX. La represión o supresión del deseo sexual del siglo pasado ha sido sustituido hoy por un deseo de apariencia, de perfomance y de rendimientos, incompatible a veces con la maternidad, con el matrimonio estable o con la simple aceptación del cuerpo. Un cuerpo perfecto que se vive como un derecho y cuya imposible transformación es asimilada a la fatalidad que en otro tiempo se atribuyera al hecho de haber nacido mujer.

El mito de la autorealización ha venido a suplantar, hoy, a la sexualidad libre como ideal a alcanzar y tal y como señala Perez Sales la rivalidad ha sido substituida y asimilada a la comparación. La belleza es el único icono al que se adora y por el que se suspira, sobre todo si va adosado a unos rendimientos óptimos en una , dos o tres áreas.

A nuestros adolescentes parece que sólo les queda el cuerpo como herramienta para transformar la realidad interior. El control sobre el mismo, es una estrategia que muchas jóvenes utilizan para alcanzar un cierto control sobre sus vidas que derivan entre demandas contradictorias y objetivos inverosímiles.

Si el autoconcepto hubo un tiempo que dependía de la felicidad a alcanzar –bucólicamente- a través del amor, el matrimonio o la sexualidad más o menos conyugal, hoy depende sobre todo de la posición que se alcance en una jerarquía de logros, donde por definición todo el mundo tiene derecho a todo y aquel que no lo alcanzare es por estupidez o incapacidad. Lo que representa realmente una contradicción es el hecho de que esa escalada en los logros no va seguida de una mejora de la autoestima: nuestras adolescentes anoréxicas más brillantes no pueden soportar los halagos, ni que se las confronte con la realidad de sus logros reales. Un sentimiento difuso de ineficacia las perturba con independencia de que sus resultados académicos no se vean afectados por la tórpida evolución de una enfermedad que consume sus cuerpos pero que las conserva vivaces y bien despiertas para compararse con modelos sociales inasequibles.

Los iguales han suplantado a los padres como modelo de comportamiento y anatemizan mucho más cruelmente que aquellos a los  que se desvían de los planteamientos que la comunidad juvenil les marca: son ellos (y ellas) los que deciden quién está en sobre peso o no, qué dietas, qué compañero sexual y cuando es el momento de hacer “como todo el mundo hace”. Un joven sin amigos a los que imitar, sin amigos en los que reflejarse es hoy, más que nunca, un renegado, un huérfano, un ser periférico que ha quedado perdido en la deriva histórica: la misma que amortizó – en la modernidad- la cadena que vinculaba a hijos con padres y abuelos y que hoy ha quebrado por incomparecencia de unos y otros.

Son ellos y ellas los que desvalorizan y excluyen, con comentarios críticos acerca del cuerpo y suelen ser ellas y no ellos las que siguen sufriendo a veces de una forma exagerada la perturbación subsiguiente a un simple comentario, como si la mujer siguiera siendo aun o quizá más vulnerable que nunca a la desvalorización corporal.

LA NECESIDAD DE CONTROL

La necesidad de control por parte de la anoréxica ha sido señalada acertadamente por diversos autores y vinculada a una dimensión psicológica muy conocida como es la obsesividad, que no es de ningún modo patognomónica de los Trastornos alimentarios.

Desde el punto de vista clínico es algo muy evidente en las anoréxicas puras, pero no exclusivo de ellas, Janet describió dos formas de anorexia, la histérica y la psicasténica (obsesiva) aunque el término psicastenia era para Janet de mayor alcance de lo que hoy entendemos como tal. Se trata de un mecanismo que podemos encontrar también en otras entidades mórbidas como por ejemplo el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) o en el origen de determinadas agorafobias. Me propongo ahora una digresión a  propósito del mismo, no sólo de la exagerada necesidad de control del ambiente (en este caso del cuerpo) en su extremo más patológico, sino también una incursión en los aspectos mas adaptativos y por tanto fisiológicos de esta necesidad de control.

Dimensiones de la obsesividad.-

1.- Necesidad de control

2.- Perfeccionismo

3.- Tendencia intrapunitiva

4.- Autoestima baja

5.- Autoexigencia

6.- Comportamiento ritualizado

7.-Rebeldia/sumision

8.- Resistencia intrapsíquica

9.- Predominio de la cognición rígida

 

En su aspecto más neurológico el control es una barrera entre la mente y el sistema glandular. Un mediador psicobiológico entre la respuesta automática del SNC a un estímulo interno o externo que modula tanto la respuesta puramente mental, como la respuesta vegetativa. En su modo más adaptativo “ tener control” es una manera de asegurar que la emoción pura no desbordará los controles cognitivos (racionales) del sujeto: el miedo no dará lugar al pánico, que la cólera no derivará en furia homicida.

El autocontrol es una forma de internalizar los limites procedentes de la realidad normativa, su función consiste en amortiguar las consecuencias cognitivas y vegetativas de las emociones. Esta barrera se sustenta primero en el lenguaje y más tarde en una incorporación de las normas sociales que hacen de parapeto entre el arco reflejo y la cognición.

“El control” es una herramienta para enfrentar el miedo: miedo a las consecuencias imaginarias de “un dejarse llevar por las emociones”, tanto en la acepción auto como en la hetero. Tanto en su forma recursiva, como en su forma expandida, interpersonal. En realidad las personas que tienen un elevado autocontrol son también grandes controladores de las conductas ajenas. Aquí es posible ver que estamos hablando de un mismo fenómeno y de sus repliegues intrapsíquicos, lo que emparenta la impulsividad con la compulsión.

La necesidad de control que vemos, sobre todo en los pacientes obsesivos, es una exageración de este fenómeno y la consecuencia de la resistencia intrapsiquica a “darse cuenta de algo”, lo cual está emparentado con la compulsión y con la obsesividad en general. Por el contrario las personas poco o nada controladoras se caracterizan por la indulgencia, una actitud intrapsíquica que siendo también simultáneamente auto y hetero, tiende hacia la impulsividad y representan el polo opuesto a las estrategias de control del “no querer saber”, algo que se opone a esta actitud indulgente de que “ya se sabe todo”, del laissez faire, laissez passer.

Uno de los artefactos emparentados con el control, es la posibilidad de tranquilizarse a uno mismo y a los demás. La autotranquilización es la ganancia que la conciencia humana adquiere después de la separación original, en el caso de que esta fragmentación se haya resuelto de una manera exitosa: no depender de nadie para poder tranquilizarse, es, sin duda, un hito instrumental y adaptativo. Hasta tal punto, que si no se consiguiera, deberíamos pensar que la persona con tal déficit, debería compensar esta carencia con algo que le asegurara que todo está bien, si todo se mantiene en las coordenadas de certidumbre que se relacionan subjetivamente con el bienestar.

Las dificultades para adquirir el bien de la autotranquilización se manifiestan en una época más tardía como una hipertrofia del control. Un control que se dirige sobre todo a asegurar una existencia sin sobresaltos. Uno de los medios conductuales para este logro, es la desconexión emocional de la resonancia afectiva, una estrategia tardía que supone un cierto “entrenamiento” y que como es de suponer lleva aparejado un vacío existencial difícilmente soportable para el individuo común.

Otra estrategia es el diseño de un universo predecible, de una existencia sin matices, de una vida incolora acabalgada entre monotonías interpersonales y rutinas estereotipadas que se repiten en una atmósfera de un cierto y perverso placer. Se complementan con ella, una conducta compulsiva de verificaciones o de rituales destinados a impedir la emergencia de temores nunca simbolizados, por informes y por tanto inefables.

Suele ser frecuente que este tipo de conducta autolimitante lleve también aparejada una conducta simétrica en la relación interpersonal. Se trata de esas personas que cuando van en automóvil al lado del conductor, aprietan un inexistente freno y sufren en cada vicisitud de la conducción. Pero también sufren si son ellos los que conducen, bien es cierto que este tipo de cogniciones llevan casi siempre aparejado un sentimiento de omnipotencia instrumental. “nadie puede hacerlo mejor que yo”, un sentimiento que es naturalmente inconsciente y que se traduce en actitudes de perfeccionismo e hipercríticas.

Porque nadie tiene más autodisciplina que un obsesivo, pero tampoco: nadie alberga tantas dudas sobre su competencia y por tanto vacile de igual manera antes de emprender una tarea. El miedo a equivocarse planea siempre en el universo obsesivo, como un futurible inaceptable. Se trata, de poner a buen recaudo determinadas pulsiones, casi siempre relacionadas con la agresión. Si, pero también con el temor. Se trata de una disciplina autoimpuesta como medio para evitar males mayores, se trata de levantar una barrera de certidumbres donde perezcan los contingencias.

No dejar nada al azar supone en cualquier caso restricciones y estas restricciones son las que más a menudo nos aparecen como síntomas secundarios, en los que apoyar un tratamiento. El paciente viene a nosotros por los déficits sentimentales de su conducta reactiva, de la que naturalmente no es consciente.

Como tampoco parece ser consciente de su rivalidad inconsciente, un derivado natural de su sentimiento de omnipotencia instrumental y de sus altos ideales relacionados con el rendimiento. Perfeccionismo y rivalidad son dos adosados que comparten el garaje y el patio. Limitar la expresión instintiva y resistirla son dos de las estrategias que conducen a dos puntos distintos pero emparentados desde el punto de vista conductual: la restricción afectiva y la austeridad.

Se trata de un perfeccionismo purgativo, culposo y expiatorio en contraste con el perfeccionismo omnipotente que emerge mas bien de los nucleos obsesivo-compulsivos clásicos. Se trata de una rivalidad comparativa, codiciosa y destructiva, en lugar de la rivalidad deportiva que surge en realidad de la admiración de modelos de referencia adecuados y coherentes.

Digo resistir, utilizando adrede la terminología militar, pero también podría decir vencer, exterminar o eliminar la expresión emocional de la pulsión. Esta victoria sobre el instinto es -a mi juicio- la variable que discrimina una conducta mórbida exitosa de otra fracasada o a medio camino de la retirada, no hacía un camino de salud , sino generalmente hacia un itinerario tórpido que –clínicamente- conocemos con el nombre de recaída o fluctuación y cuyo representante nosológico son las formas clínicas a medio camino entre las entidades: fobia-compulsión, anorexia-bulimia, ansiedad-depresión.

En un reciente seminario dictado por Vandereicken en Valencia (Julio 2002), el profesor aceptaba que los primitivos tratamientos conductuales aplicados sobre anoréxicas terminaron por desecharse al comprobarse que la supuesta curación de una anoréxica  no era  sino después de haberla convertido en bulímica.

Hay otra estrategia individual para la necesidad de control, que ejercen, sobre todo, aquellas personas que no han encontrado otro medio de externalizar esta necesidad. Son las anoréxicas, esas muchachas que ejercen sobre su cuerpo una tiranía ascética que cuando es exitosa logra hacer desaparecer del mapa de los predecibles tanto la sensación de hambre, como la necesidad sexual. En este mapa de estrategias, las bulímicas serian aquellas anoréxicas con un déficit de voluntad que les impide llegar a ser anoréxicas eficientes.

El ideal de una bulímica es siempre un cuerpo anoréxico, no existiría bulimia sin codicia, ni anorexia sin orgullo. Estas pequeñas anoréxicas que se atiborran de comida porque no pueden resistir los estragos que el hambre realiza en su reloj biológico, acaban por confundir sus sensaciones interoceptivas, asesinando la sensación de saciedad con sus continuos saqueos en la despensa y en su estómago. En consecuencia, el atracón – esa perdida de control- será seguida de un vómito, una purga o una intensa depresión vinculada a un sentimiento de inadecuación o de incapacidad.

Incapacidad –claro está- de someterse a la disciplina que ese personaje fascinante, – artista del hambre- ejerce sobre el imaginario de la bulímica. Contrariamente a lo que la gente cree, la bulímica no se siente culpable, después del atracón mismo, por haber cedido a un impulso malsano o destructor (abusar de la comida), sino de no haber sido capaz de oponerse voluntariamente a él, y que procede de su deseo de ser tan delgada como ella (la anoréxica). Sólo después del vómito recuperará parte de la ilusión de control que precisa para no perecer en el marasmo de insatisfacción que la incapacidad de cumplimiento de su plan anoréxico le proporciona.

Naturalmente, sólo para repetir un nuevo ciclo o bien ceder en sus pretensiones y mudar de patogenesia

 

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¿Por qué los hermanos gemelos son diferentes?

Dice Serrat en una canción titulada “Esos locos bajitos” que a veces los hijos se nos parecen y es verdad que se nos parecen pero lo hacen de una forma un poco rara. Es cierto que hay rasgos, como por ejemplo sucede con algunas narices que se heredan casi como un clon, me refiero a esas narices achatadas que parecen identificar a todo un linaje, pero lo más frecuente es que los hijos tengan un cierto parecido con sus padres, si bien también es cierto que se parecen más a un progenitor que a otro. Otras veces somos una especie de mezcla azarosa de ambos, así decimos que tenemos los ojos de éste, la boca de aquel, aunque siempre en combinaciones extravagantes o caprichosas.

Más allá del parecido físico, lo cierto es que también nos parecemos a nuestros padres, en la manera de hablar, en ciertas manías, en nuestros gustos y preferencias y hasta en ser del Barça o del Madrid y este parecido se produce más bien por imitación y no tanto por obra de los genes. Si bien es cierto que mas allá de nuestro modo de vida nuestro destino está mas carca de nuestros progenitores en las enfermedades que padecemos o padeceremos.

Los hermanos gemelos univitelinos son sin duda los que más se parecen y es lógico dado que comparten el 100% de sus genes, que es mucho si los comparamos con aquello que comparten dos hermanos cualesquiera, solo un 50%. Tanto es así que el estudio de los gemelos univitelinos ha atraído desde siempre la curiosidad de los científicos, sobre todo para entender aquello que comparten tanto si han sido criado juntos como si su crianza ha sido por separado. Los gemelos univitelinos criados en distintas familias han sido perseguidos por los investigadores precisamente para discriminar los efectos del ambiente y los genes. Los investigadores siempre se han preguntado ¿Qué es atribuible al medio ambiente y qué a la genética? En este sentido los gemelos univitelinos han sido muy útiles para aceptar que la genética nos hace muy iguales más allá de los efectos de la crianza.

En este sentido es un dogma que Turkheimer escribió en tres leyes de la genética de la conducta y su significado:

1.- Todos los rasgos conductuales humanos son hereditarios.

2.-El efecto de criarse en una misma familia es menor que el de los genes.

3.- Una porción sustancial de la variación de los rasgos conductuales humanos no se explica ni por los efectos de los genes ni por las familias.

Los valores de heredabilidad de un rasgo conductual se sitúa aproximadamente en torno al 0.25-0,75, siendo la media el 0,5, lo que a efectos prácticos significa que la mitad de la variación de la inteligencia y de los rasgos de personalidad son hereditarios.

Lo lógico es que cuando hablamos de medio ambiente pensamos enseguida en la familia y en los entornos de crianza, pero “medio ambiente” es algo que va mucho más allá de eso, un niño puede haber tenido una enfermedad, un accidente o cualquier otra calamidad en su infancia que tambien debe ser contabilizada como “medio ambiente”, es por eso que los genetistas hablan de medio ambiente compartido (aquel que comparten todos los hermanos o miembros de una familia) y el medio ambiente exclusivo que difiere para cada caso particular (un hermano tuvo la meningitis y el otro no).

El asunto sorprendente es que el medio compartido solo representa el 10% o menos de toda la varianza, lo que significa que en términos estadísticos es irrelevante, y señala en la dirección de que el medio ambiente exclusivo es más importante que el medio compartido, es decir que las experiencias con amigos o iguales tiene más importancia e influyen más en nuestra personalidad que la crianza que compartimos con nuestros hermanos.

Algo de eso nos cuenta Sidharta Mukerjee en el libro del que hablé en el post anterior

Pero la novedad del enfoque de Mukerjee no está relacionada en aquello que los gemelos comparten sino en aquello que les diferencia y para ello parte de la observación de un par de gemelas univitelinas, en este caso su madre y su tía. Es interesante ver como a través de una serie de revelaciones familiares vamos entendiendo como las gemelas en cierto modo son bien distintas, una observación que cualquiera de nosotros ha podido llevar a cabo en parejas de gemelos.  Los gemelos se parecen mucho pero no son iguales y en el caso de la madre y tía de Mukherjee además con distintos destinos, una con un matrimonio ventajoso (su madre) y otra con un matrimonio más bien poco exitoso. Es interesante observar por donde discurren las vidas de dos gemelos univitelinos a partir de las elecciones que hicieron cada uno de ellos en su vida.

La hipótesis de Mukherjee es que las diferencias son producidas por la epigenética, entendiendo como epigenética a una sobreescritura de la genética, son esas marcas y trazas que vamos añadiendo a nuestro genoma y que aun manteniendo la esencia de cada cual configuran diferencias  a nivel del fenotipo. Otra parte considerable de estas diferencias la atribuye al azar.

harris

Judith Harris en una psicóloga especializada en investigación bibliográfica de la que he hablado ya en este blog a propósito de su obra seminal: “Nurture and Culture”, o dicho de otro modo naturaleza y cultura. Decía en ese post anterior que:

No es solo naturaleza y cultura sino que falta al menos otro eje:  el ontológico.

Y esta es mi opinión:

La mayor parte de nosotros estaríamos de acuerdo en admitir que medio ambiente es sinónimo de crianza, pero no solo de ésta sino también de todas las adversidades que pueden suceder durante la misma: la aparición de una enfermedad, la separación de los padres, la muerte de uno de ellos o un hermano, las desgracias familiares económicas o de otro cariz y en este sentido es difícil hablar de un medio ambiente compartido puesto que esta idea prejuzga 1) que todos los hermanos tienen la misma edad y han vivido el mismo ambiente  y 2) que todos los hermanos son iguales en la distribución de prebendas y lugares de privilegio o de exclusión en la familia. ·) que todos los hermanos tienen el mismo poder. En este sentido existen evidencias de que un gemelo puede ser más dominante que el otro desde su época fetal

En este sentido, el medio ambiente compartido simplemente no existe. Cada elemento de la familia tiene su propio microambiente.

El asunto sorprendente es que el medio ambiente compartido solo representa el 10% o menos de toda la varianza, lo que significa que en términos estadísticos es irrelevante, y señala en la dirección de que el medio ambiente exclusivo es más importante que el medio compartido, es decir que las experiencias que nos distinguen con nuestros hermanos, experiencias con nuestro propio grupo social, con amigos o iguales tiene más importancia e influyen más en nuestra personalidad que la crianza que compartimos con nuestros hermanos. O que hay algo más.

Los datos sugieren que la genética explica las semejanzas entre hermanos, o padres e hijos pero no explica las diferencias. Y tampoco lo explica el medio ambiente compartido.

Necesitamos otra cosa para explicar esas diferencias pues efectivamente el efecto de criarse en una misma familia no las explica.

Se llama subjetividad, o dicho de otra manera ¿qué hacemos cuando nos vemos sometidos a un estrés cualquiera, como nos defendemos, como lidiamos las dificultades?

Una de las cuestiones mal comprendidas por genetistas y ambientalistas es la cuestión central que respondería a esta pregunta ¿Qué nos hace humanos?

Lo que nos hace humanos sería respondido por unos y otros en estas dos claves 1) venimos de serie dotados genéticamente para serlo y no otra cosa y 2) lo que nos hace humanos es la sociedad, la cultura en la que nos desenvolvemos. Ambas posiciones tienen una parte de verdad pero en realidad lo que nos hizo humanos fue la adquisición del lenguaje. es decir la capacidad de representarse, compartir y pensar a través de palabras.

A través del mismo transformamos lo instintivo en deseo y cada cual lo construye según sus propias reglas.

Algo que nos separa definitivamente de los animales que efectivamente pueden comunicarse entre sí pero no hablan, es decir no pueden usar signos lingüísticos complejos y si no hablan no pueden pensar, ni por supuesto tener un pasado o un futuro a pesar de tener memoria. Viven en un ahora permanente y tampoco pueden tener una representación de sí mismos.

Es por eso que estoy y no estoy de acuerdo con lo que Harris postula:

No estoy de acuerdo con su idea de que la crianza no tiene ninguna o poca influencia sobre la personalidad y destino de los individuos, pero:

La semejanza genética es responsable de que los gemelos idénticos se parezcan
más en su personalidad que los gemelos fraternos, y de que los hermanos estándar sean
más parecidos que los hermanos adoptivos. Se puede suponer que la semejanza
ambiental posee un efecto semejante, pero no es así: los gemelos criados juntos no son
más semejantes en su personalidad que los criados por separado, y los hermanos
adoptivos criados en la misma familia se parecen tanto como dos personas desconocidas
(es decir, nada).

Admite Harris que la suerte o los sucesos biológicos aleatorios pueden ser
sospechosos razonables. Sin embargo, “ atributos costosos, como la capacidad de ser
modificado por la experiencia, no serian seleccionados [en términos evolucionistas] si
las modificaciones dependiesen del azar, porque las modificaciones aleatorias tendrían
efectos aleatorios en las posibilidades del individuo de sobrevivir y reproducirse (…) mi
hipótesis es que la evolución ha hecho plástica a la personalidad para que los niños
puedan beneficiarse de la experiencia –para poder aprender modos de comportarse que
les resulten útiles en la edad adulta (…) el azar es la explicación, o la excusa, a la que
apela un científico cuando todo lo demás falla”

La tercera pista falsa reside en la interacción genes-ambiente (ni los genes, ni el
ambiente, como factores principales, son relevantes, sino que la clave es la interacción
entre ambos). Algunos psicólogos del desarrollo han comenzando a declarar
recientemente que los efectos de la crianza dependen de las predisposiciones del niño.
Si un determinado estilo de crianza posee un efecto diferente según las predisposiciones
del niño, entonces la crianza puede contribuir a diferenciar a los niños de una misma
familia. Sin embargo, ¿por qué son entonces diferentes individuos genéticamente
idénticos criados en el mismo hogar? Aunque poseen las mismas disposiciones (idéntico
genotipo) por lo que deberían reaccionar igual a las mismas condiciones, resulta que
cuando se controla el efecto de los genes, las diferencias que separan a los gemelos son
tan grandes como las diferencias que separan a los hermanos estándard.

Harris pone el énfasis en el desarrollo social, ahí están las diferencias, algo que yo comparto y aquí es donde entra en juego el azar, un amigo que no se compartió, la influencia de una idea que el gemelo no pensó, un amor que no pudo ser, una caída en bicicleta que tuvo uno pero no el otro, etc.

Lo que configura una subjetividad cuando podemos controlar los genes (y aquí lo están en tanto que estamos hablando de gemelos) es la ontología, el desarrollo del ser. Cada cual tomó su propia bifurcación y siguió su propio camino a pesar de las semejanzas.

Bibliografía.-

No hay dos iguales. Judith Rich Harris. Traducción de J. Rus y M. Lacruz. Funambulista. Madrid, 2015. 488 páginas.

Una entrevista con Judith Harris

 

Historias íntimas de los genes

Los genes no contienen planos son como recetas (Dawkins)

el gen

 

Hola:

Soy u…no de tus genes, no im….porta cual, soy la míni…ma cantidad de materia que ….contiene información. Habi….to en una molécula muy grande conocida con el nombre de ADN y que tie…ne una forma muy curiosa: una doble hé….lice enroscada en sí misma y que se encuentra en los cromo….somas, que en nuestra especie son 46, 44 autosomas y dos cromo…somas sexuales XY.

Todos tus genes están empare….jados, contenemos dos co….pias de cada gen, puesto que somos una especie diploide y hereda….mos una parte de nuest…ro padre y otra serie de nuestra ma…dre. Todos están emparejados excepto el cromos…oma Y determinante de la mascul…inidad y que afecta a mi hermano SRY, el gen responsable de construir fetos varones.

Un gen es como la sucesión de perlas de un co…llar, cada perla es un nucle…otido y cada tres nucleotidos dirigen la genesis de un amino …acido. Otras perlas no hacen nada cono..cido y algunas de ellas componen un gen, siendo los puntos suspensivos…..intrones.

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La fusión de la identidad

No estamos vivos sin un sentido de identidad (E. Erickson)

el grupo

Cualquier psicólogo conocerá a estas horas  el concepto de Eric Erickson, llamado “difusión de la identidad”, pero es posible que nunca haya oído hablar de este otro concepto, que en cierto modo es el contrario: la fusión de la identidad. La fusión de la identidad con el grupo, claro.

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