Subjetividad e identidad

Dale a tu subjetividad lo que es de tu subjetividad y a tu identidad lo que es de tu identidad.

Aquellos de mis lectores que hayan leído mis post anteriores y más concretamente el ultimo que titule´: “Las personas del pronombre” ya habrán comprendido cómo el lenguaje articula la subjetividad y la agenticidad, algo que permite reconocerse como autor de algo que se ha hecho o llevado a cabo a través del tiempo y al mismo tiempo reconocerse como autor de algo que simplemente se pensó o imaginó.

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Las personas del pronombre

Tomo prestado un título de Gil de Biedma para confeccionar este post. El título concreto es “Las personas del verbo” y donde el poeta busca precisamente y a través de su memoria las acciones de cada uno de esos sujetos múltiples que habitan sus recuerdos es decir lo que hicimos, las acciones que representan los verbos y sus personas: Yo, tu, él, nosotros, vosotros, ellos. Yo voy a referirme a los pronombres personales: aquel que indica la persona gramatical (yo, mi, me, conmigo) en relación con la primera persona que es la que nos interesa ahora..

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Praxia, apraxia y metapraxia (XVII)

Es seguro que usted recuerda cuando aprendió a atarse los cordones de los zapatos y también es seguro que sigue usted recordando cómo hacerlo. De mismo modo usted sabe vestirse y sabe que vestirse no es solo cubrirse el cuerpo sino seguir una secuencia de hechos: primero hay que quitarse el pijama (si lo lleva puesto) y después seguir por la ropa interior, etc. Eso es una praxia, algo que usted sabe hacer porque lo aprendió y no porque le venga por ciencia infusa, lo aprendió en su infancia y esos algoritmos motores permanecerán en algún lugar de su cerebro hasta que muera o enferme de alguna demencia como por ejemplo el Alzheimer que se caracteriza precisamente por fenómenos apráxicos, agnósicos y afásicos.

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Del gruñido al email (XV)

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».

(Moratín)

Lo que plantea el poeta es -efectivamente- el misterio que acompaña a la adquisición del lenguaje. Un niño cualquiera y de cualquier cultura es capaz de hablar un idioma, llamado  “materno”, y es capaz de aprender otros simultáneamente, siempre y cuando ese aprendizaje se lleve a cabo mientras estén abiertas las ventanas plásticas correspondientes.

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