El mapa mental del odio

El odio es un sentimiento intenso de repulsa a algo o alguien que además incluye el deseo de deshacerse o de eliminar la causa del mismo. El odio está emparentado con el asco, y el desprecio y se trata de un afecto prolongado que no debe confundirse con el rencor, pues el rencor no incluye esa claúsula de eliminación que siempre es física y no solo declarativa. Y está presidido por un sentimiento de enojo, de ira o de hostilidad manifiesta en todo aquello que se relacione con la persona, idea o cosa odiada, aunque sea solamente una relación de desplazamiento semántica.

El odio puede ser comprensible o incomprensible, por ejemplo es comprensible pensar que alguien albergue sentimientos de odio si él mismo o su familia han sufrido daños o han sido asesinados por alguien concreto pero también puede suceder que ese alguien no sea una persona o se desconozca, en tal caso comprenderemos ese odio (sin necesidad de buscar una explicación), también entenderemos que pueda ser desplazado a aquellos que secundariamente se consideren subsidiarios de tal afrenta.

Es por eso que la venganza está relacionada con el odio. Pero lo cierto es que el odio muchas veces es incomprensible y no podemos explicarlo a partir de la biografía de los sujetos que lo sienten. En ocasiones el odio es la consecuencia de elaboraciones patológicas como sucede con el fanatismo o la xenofobia.

Lo cierto es que el odio es un sentimiento difícil de mantener, se trata de algo que el sujeto que lo porta le hace sentir desagradable. Odiar es desagradable pero puede neutralizarse con fantasías de venganza que en cualquier caso operan como «recompensa» diferida en la fantasía del odiador, pues en realidad la venganza es una forma de justicia privada, eones de tiempo anterior a la justicia del Estado tal y como la comprendemos hoy. En la venganza hay una busqueda de justicia o lo que es lo mismo el vengador se toma a sí mismo como una persona justa y moral, hay como un mandato o imperativo justiciero en los odiadores.

Dicho de otra forma: la venganza es el acto que regula un afecto (el odio) que puede ser insoportable para quien lo sufre. O también: que en la venganza hay un deseo de impartir justicia, cuando alguien se venga asesinando a alguien que anteriormente hubo asesinado a un miembro de su familia está sintiendo que el sujeto al que asesinó, se lo merecía. Se trataba pues de un acto de justicia reparativa.

Un acto que se conoce desde la antigüedad y que responde al nombre de «ojo por ojo diente por diente» que lleva implícito un mensaje de proporcionalidad: no se trata de un ojo por dos ojos o de un diente por toda una dentadura, sino de un mandato de proporción. Pero lo cierto es que en aquellos que se toman la justicia por su mano no hay casi nunca proporción y lo usual es que se tome toda la dentadura por un diente perdido. El problema que tiene este ajuste de cuentas privado y subjetivo es que conlleva una cascada de eventos violentos posteriores que no se detienen nunca y que afectan a toda la sociedad. Es por eso que entre nosotros el Estado ha tomado el mando sobre la violencia privada y la prohibe, incluso en los casos de defensa propia (como sucede en España, pero no en otros países como en USA). Nadie puede suplantar al Estado en el reparto de justicia, asegurándose así que se lleven a cabo escaladas de crímenes a cambio de garantizar una justicia objetiva e impersonal y que por desgracia nunca llega a ser reparativa ni proporcional.

Lo importante es retener que la agresión puede tener condicionamientos morales y es por eso que se encuentra emparentada con el asco y la repugnancia moral, sentimientos que tienen relación con el supremacismo moral que muchas veces viene disfrazado de una empatía narcisista, el nombre con el que conocemos a ciertas personas que parecen empáticas siempre y cuando se considere que sus actos son beneficiosos para otros, usualmente alejados de su entorno. Hay que recordar que la empatía evolucionó para la protección de los nuestros, algo que suele emparentarse con la oikofobia. La empatía tiene un cara oscura tal y como comenté en este post.

Cute-agression.-

Pero no todas las formas de agresión son de carácter moral. Hay otra forma de agresión que nos impacta mucho más que esas escaladas de violencia que anteriormente describí. Se trata cuando la víctima es un niño o alguien desamparado o cuando se lleva demasiado lejos la pulsión de matar, como si el individuo hubiera sido cegado por algún misterioso fenómeno de conciencia y hubiera un exceso de rabia contra el agredido, algo que sucede en ciertos crímenes sexuales o cuando hay razones de mucho peso para ir más allá de la muerte en ciertas agresiones. Entonces hablamos de sadismo.

El sadismo es una parafilia (una perversión sexual o no) que consiste en obtener placer del dolor, miedo, terror, o humillación de otras personas. En realidad el sádico no pretende solo disfrutar de sexo cuando agrede a alguien sino más bien gozar de ese poder omnímodo que confiere la dominación total sobre alguien desamparado y a su merced. Es como si el placer sexual hubiera sido sustituido por otra cosa.

Pero en la «cute agression» lo que hay es un deseo de profanar algo sagrado, algo inocente, algo que merece por sí mismo respeto y devoción, empatía, cuidado y compasión. Es un atentado contra la ética de la divinidad,

La ética de la divinidad o de lo sagrado existe porque existe descomposición, degradación y corrupción en las cosas y hemos desarrollado profundas defensas de repugnancia frente a las mismas, incluyendo la repugnancia moral. Defensas que son inconscientes y fuera de toda lógica racional, se trata de una repugnancia que procede de las tripas y no de la razón, razones que buscan la recomposición, la integración de los restos y los detritus. Es por eso que a esta fundación se le conoce como ética de la divinidad o de lo sagrado, pues opera con entidades inconmensurables, invisibles, con algo que se sitúa mas allá de la reflexión o del raciocinio.Por eso pueden existir repugnancias morales y no sólo alimentarias, pues ha habido un proceso de moralización y de desmoralización en la genealogía de nuestra concepción de la moral. El asco es una mueca de desprecio.

Los cute-agresores lo que buscan es emborronar lo bello, lo inocente, lo bello, la ternura que experimentamos frente a esos seres desvalidos, los enfermos, los niños o aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Y hay antecendentes en la literatura que nos proporcionan pistas de las razones que impulsan a estos sujetos. Veamos este poema de Baudelaire titulado precisamente «A la que es demasiado alegre» de su libro «Las flores del mal», un verdadero tratado de misoginia y sadismo:

Tu cabeza, tu aire, tu gestobellos como un paisaje alucinante;

como la brisa en un cielo claro juega la risa en tu semblante.
Al triste peatón hace pedazos, deslumbrado por tu carnalidad,

que brota como una claridad desde tus hombros y desde tus brazos.
Los chillones colores con que te maquillas, como las coquetas,

evocan en el corazón de los poetas la imagen de un ballet de flores.
Tus locas faldas sin emblema de tu gusto sofisticado,

loca por la que yo me he enloquecido

te odio, sí, tanto como te amo.
A veces en un jardín sereno por el que se arrastra la atonía,

he sentido, como una ironía, que el sol me desgarraba el seno.
Tanto humillaron mi corazón la primavera y el verdor

que la insolencia de la naturaleza la he castigado en una flor.

Como un cobarde, de forma sigilosa, reptar
querría yo hasta tu boca
cuando la hora del placer convoca
y los tesoros de tu noche disfrutar,

Y castigar tu cuerpo deleitoso
y ensangrentar tu perdonado seno
y hacer en tu costado no sereno
un corte hondo, extenso y profundo,

Y qué vértigo dulce tan intenso
a través de tus labios nuevos,
más brillantes y también más bellos,
infundirte, hermana, mi veneno intenso.

Obsérvese como la contemplación de la belleza femenina es para el poeta insoportable y fantasea con procurarle dolor a su «envidiada modelo». Pero en la ultima estrofa nos da una clave:

¿A qué veneno se refiere el poeta?

Naturalmente el veneno es él mismo o cómo se percibe a sí mismo subjetivamente (mi veneno).

La identificación proyectiva.

La identificación proyectiva es un mecanismo de defensa que consiste en «inyectar» en otro un estado mental propio a fin de dejar de estar bajo su influencia. En este sentido, la identificación proyectiva es una forma de regular los propios afectos, proyectándolos afuera al mismo tiempo que se consigue que el objeto se identifique con esa proyección. Se trata de un mecanismo de muy bajo nivel cognitivo que rara vez consigue estabilizar al sujeto que la emplea. Se trata de un mecanismo narcisista, que puede o no derivar en agresión.

En el caso de Baudelaire podríamos especular que su fantasía sádica se dirige hacia alguien que el poeta califica como bella (pero excesivamente alegre), es esa alegría, esa belleza la que no puede tolerar y por eso toma prestada esta capacidad de nuestra mente para proyectarse fuera de ella. Lo que hay dentro de él es odio en forma de «cute agression», algo infrahumano que equilibra la deshumanización del otro que proyecta en su fantasía. Pero no de cualquier otro, sino de un ser sagrado protegido por la ética de la divinidad pues todos somos en lo más intimo -nuestro cuerpo- inaccesibles y debemos guardar el secreto para nosotros mismos. Mucho más aquellas personas que hemos declarado como bellas o adorables.

El insecto disemina su insecticida para igualar su entorno mental aunque sea eliminando la belleza que él mismo acepta, adora y desea en el otro para sí. Pues en realidad el otro no existe (pero sí sus encantos) , se halla deshumanizado, zombificado como él mismo.

La sociedad de la mente

Marvin Minsky es uno de los popes de la inteligencia artificial y un pionero en el uso de la cibernética tratando de unir la mente cognitiva con los procesos maquinales que describen a la inteligencia artificial (IA), que no es otra cosa sino la aplicación del modo de hacer de nuestra mente al llevarlo al entorno artificial, a fin de reproducir los procesos naturales de nuestro pensamiento. Pero no sólo eso, sino de alcanzar al mismo tiempo cierto conocimiento sobre ellos, que actualmente nos está vedado. Probablemente este veto esté relacionado no solo con la complejidad de nuestra mente sino también en los pasos intermedios que hay entre un elemento y otro, en entender las relaciones y la jerarquía que hay entre ellos.

Lo que Minsky propone en su libro es descomplejizar, es decir reducir los elementos a su aspecto más elemental. Asi habla de agencias y agentes.

Agencias y agentes.-

Para entender qué es un agente solo hemos de observar qué sucede cuando tenemos sed:

1.-Nos levantamos y nos dirigimos hacia la botella de agua (Aproximación)

2.-Cogemos la botella y ponemos el agua en un vaso o la bebemos directamente de la botella (Prensión)

3.-Nos bebemos el agua. (Beber)

Lo importante de esta secuencia donde intervienen diversos agentes que, por supuesto pueden aun descomponerse en sucesivos sub-agentes, es que ninguno de ellos por sí mismo tiene sed, ni sabe qué es la sed. Esa no es la función de los agentes. Su función es llevar a cabo un algoritmo, es decir una secuencia de movimientos que den como resultado el acto de beber. Podríamos decir que los agentes así tomados de uno en uno son tontos, el que sabe lo que quiere es una agencia llamada ¿Qué hacer cuando tenemos sed? o simplemente SED en una jerarquía superior de mando. Los agentes sirven tanto para un roto como para un descosido dependiendo de la agencia que les reclute. Por ejemplo, la agencia COMER puede convocar a los mismos agentes que la agencia BEBER, pues casi todos esos agentes son movimientos coordinados que tratan de pinzar, elegir, llevarse un bocado a la boca, etc.

En realidad este tipo de ideas son calcadas de los zombies de Eagleman que ya describí en un post anterior.

A los niños de dos años les gusta mucho construir torres con madera u otros materiales pero lo que más les gusta es derribar las torres que nosotros los adultos construimos para enseñarles. Es lógico, un niño de esta edad aun no ha desarrollado la pericia muscular (que requiere de movimientos finos) para hacer una torre lo suficientemente alta sin que fracase en el intento. El estrépito de hacer caer la torre cuanto más alta mejor, llena de júbilo la cara de un niño de 2 años. A los 3 años cuando aprenda a hacer torres por sí mismo el placer por la construcción será similar al que sintió al derribarlas un año antes. Dicho de otra forma la agencia CONSTRUIR y la agencia DESTRUIR, están relacionadas pero una de ellas aparece antes que la otra por el desarrollo neurológico del niño, es por eso que la actividad clástica, romper, arrancar piernas a los muñecos, destrozar juguetes o desordenar un armario es anterior a construir relatos subjetivos con los que jugar con esos mismos juguetes u ordenar una estantería. Podríamos decir que hay una dicotomía para nosotros los adultos en el plano pragmático entre construir y destruir, ordenar o desordenar pero desde el punto de vista de las agencias ambas pertenecen a una metaagencia que podríamos denominar como JUGAR, lo mismo sucede entre pintar y emborronar, entre portarse bien y ser travieso, entre mojar la cama y controlar esfínteres. Ninguna limpieza podría aprenderse sin el concurso de su opuesta: la suciedad. Ninguna agencia podría entenderse sin el complemento de la otra.

Lo interesante de estas agencias (de algunas de ellas) es que sirven a un mismo dueño: los afectos y el aprendizaje. Los afectos se regulan precisamente a través de su contrario. Cuando una emoción es demasiado intensa y necesitamos rebajarla echamos mano de su opuesta. Así cuando un niño se frustra porque no es capaz de terminar con éxito una tarea es muy probable que desande el camino echando mano de la destrucción de las pruebas de su fracaso, a través del derribo o tachado de la misma, la indiferencia o de una rabieta. La meta-agencia RABIETA es precisamente la emoción que tiende a regular el sistema cuando la frustración ha llegado a un cierto limite, algo muy frecuente en los niños de 2-4 años precisamente porque no comprenden que algunas cosas son imposibles o improcedentes. La RABIETA no trata de conseguir un objetivo de manipulación como creemos los adultos sino que es una manera de regular una emoción en ausencia de su contraria que probablemente aun no ha sido construida, por ejemplo la diferencia temporal entre hoy, mañana y la semana que viene explica la imposibilidad de esperar. O la imposibilidad de salir a la calle cuando tuvimos que confinarnos en tiempos de pandemia.

En realidad si escribo este post es como prolongación del anterior dónde abordé las relaciones entre el autodesprecio y otros elementos o emociones sociales como la culpa, la empatía, o la oikofobia. Vimos allí que había dos lineas narrativas que discurrían en paralelo pero que existía una de ellas que era consciente mientras que la otra era en parte inconsciente, como en dos niveles de definición. Así hablé de un paralelismo entre el desprecio y el autodesprecio: ambas se encuentran relacionadas entre sí, del mismo modo sucede con el odio y el auto-odio.

El odio -sea por las razones que sea- contiene a su opuesta el auto-odio, ambas mantienen una relación dialéctica, así cuando una crece demasiado la otra se ocupa de aparecer funcionando como un relé, es decir como una inhibición de la primera. Hay como una relación cibernética entre ambas, en una especie de retroalimentación donde operan factores liberadores y también inhibidores : se regulan entre si, siempre y cuando no se franqueen ciertos limites, en cuyo caso el sistema se caotiza y ya no se pueden predecir los resultados o bien se hace periódico en cuyo caso podemos asegurar que se repetirá .

El odio y el auto-odio van en el mismo pack.

Lo sagrado y lo profano.-

Para algunos autores como Durkheim la aparición de la religión procede de esta dicotomia entre lo sagrado y lo profano. Podríamos definir lo sagrado cómo aquello que por su proximidad con la divinidad o por su relación con lo sobrenatural o “aquello que no puede decirse” merece respeto y veneración. Y aunque nosotros vivamos en un mundo donde lo divino ha perdido peso en nuestras creencias, lo cierto es que lo sagrado sigue existiendo por extensión cívica o respondiendo a un fundamento diferente a la existencia de Dios, y hoy podríamos considerar -a pesar de considerarnos laicos- con que seguimos percibiendo como sagradas algunas cuestiones:

1.- La vida humana

2.- El cuerpo, tanto de la mujer como del hombre.

3.- Los niños.

4.- Los ancianos y los enfermos.

5.- La propiedad privada.

6.- Los muertos.

7.- La patría y sus símbolos.

Naturalmente según cada sensibilidad. esta lista podría rellenarse con otras cuestiones, pero me parece procedente detenerme aquí, con la intención de que pensemos en las razones por las que seguimos considerando sagrados algunos preceptos, como por ejemplo el cuidar o proteger a los necesitados, a los débiles o a los dependientes, respetar la vida humana y los cuerpos ajenos en los que nadie -más allá de la ley- puede entrometerse. Hablamos entonces de profanación. Profanar es:

  1. Tratar sin el debido respeto una cosa que se considera sagrada o digna de ser respetada.»los que profanaren los cadáveres, cementerios o lugares de enterramiento con hechos o actos serán castigados»
  2. .Dañar con palabras o acciones la dignidad, la estima y la respetabilidad de una persona o de una cosa, especialmente la honra y el buen nombre de una persona muerta.

Y es por eso que solo lo sagrado puede ser profanado, mientras que lo profano no merece este calificativo: no es lo mismo que nos roben el móvil que alguien entre en nuestro hogar para defecarse allí dentro. El móvil es una pertenencia profana, nuestro hogar es un lugar sagrado.Por la misma razón nuestro cuerpo es sagrado, es decir íntimo y secreto y no puede ni debe ser violado, es decir usado contra la voluntad de su propietario. Muchas de las víctimas de violación sienten y sufren precisamente por esta cuestión de la profanación a la que muchos terapeutas no atienden al prestar atención únicamente a las cuestiones profanas del delito o a sus efectos psicológicos más conocidos. La violación es una profanación, un sacrilegio, un atentado a lo sagrado. Peor si se ejerce contra un niño o niña y peor si se atenta contra su vida. Aquí hay una concentración de atentados contra lo sagrado (tres crímenes en uno) que hacen pensar en que el odio ha ido demasiado lejos y ha destruido los relés que pudieron hacer de contención a través de la culpa, el autodesprecio o el suicidio. No hay que olvidar que algunos crímenes no pueden ser purgados, reparados o expiados, solo redimidos a través de la muerte. Pero a veces estos asesinos carecen de culpa subjetiva aunque sepan que son culpables. los más lucidos entre ellos se suicidan.

Y los que no se suicidan están dando la razón al argumento que más arriba expuse: cuando se pasan ciertas lineas rojas el sistema se hace periódico, es decir se vuelve a reincidir pues solo el acto de la reincidencia -otro crimen- puede neutralizar la intensidad de las emociones que se generaron en origen.

Lo que es lo mismo que decir que el odio es el opuesto del auto-odio y su remedio.

Y a veces el auto-odio es algo intolerable que precisa del paso al acto que lo calme.

Nota liminar.-

Si estoy en lo cierto seria posible diseñar un sistema predictivo de recaídas en personas homicidas o delincuentes sexuales. Un sistema que además sería lo suficientemente preciso para señalar esta tendencia a la recurrencia. En realidad este sistema ya existe y es utilizado por los psicólogos forenses y las juntas de evaluación técnica con eficacia. Sólo queda que los jueces sean receptivos con estás ideas y no impongan -sobre estas predicciones- su propio esencialismo jurídico.

El autodesprecio

Hay dos maneras de sentirse un insecto, la primera como Gregorio Samsa en «La metamorfosis» y la segunda como Raskolnikov en «Crimen y castigo», ambas son las dos formas del autodesprecio

Se trata de un síntoma poco conocido pues a veces es consciente y a veces inconsciente. De manera que solo podemos observarlo cuando se presenta en la consciencia de alguien, algo que sucede en pocas ocasiones y en entornos clínicos muy determinados. La depresión con síntomas psicóticos o melancolía delirante es uno de estos entornos. En ellos aparecen de forma extrema estas ideas de menosprecio, de condenación, de indignidad, de ruina, que representan sin duda la forma mas radical de autodesprecio. Hay que señalar que estas ideas son delirantes precisamente porque no se ajustan a una razón lo suficientemente grave como para que el oyente clinico las condene. El sujeto delirante exagera y en cualquier caso se percibe como un caso extraordinario, malvado y merecedor de un castigo severo como si fuera la representación del mal. Por eso Fernando Colina ha señalado con acierto, que una excesiva culpa es en el fondo una disculpa».

De manera que para entender qué es el autodesprecio, hemos de definir y escarbar un poco mejor sobre lo que significa el desprecio.

El desprecio es una emoción moral (como la culpa) y está muy cercana a ella con la que mantiene buenas relaciones de vecindad. Despreciamos aquello que sentimos -con alguna persona o institución o cosa- que no merece nuestro respeto o reconocimiento y merece por tanto aversión o ignorancia. El desprecio supone la negación y humillación del otro de quien se pone en duda su capacidad e integridad moral. Es similar al odio, pero implica un sentimiento de superioridad. Es decir el que desprecia es un supremacista moral sobre aquello que desprecia y que ni siquiera merece la atención que implicaría odiarle, pues en el odio hay un reconocimiento. El que desprecia no necesita odiar, ni combatir o debatir sobre aquel que desprecia y al que se vincula con un sentimiento de condescendencia. Algunas veces el desprecio puede deberse a un sentimiento previo de indignación y a veces a la amargura, o al rencor que procede de la frustración de un proyecto vital.

De manera que ahora que ya sabemos qué es el desprecio vamos a tratar de encontrar en qué nichos se sumerge, el autodesprecio seria algo así como sentir desprecio de sí mismo. Si bien este sentimiento es difícil de observar dado que casi siempre queda oculto detrás de ciertos mecanismos de defensa. Obviamente el autodesprecio -de existir- seria difícil de ocultar y aun más de justificar. Por eso hemos de inferirlo más bien por sus efectos sobre la conducta que con el dialogo directo.

Porque el autodesprecio a veces no viene en boca de un delirante sino en la manera de vivir de un neurótico común, entonces hablamos de oikofobia.

La oiikofobia es una fobia a lo familiar, a lo próximo, una aversión a lo hogareño, al hogar a veces fisicamente y a veces simbólicamente, a la vez que se mantiene un oikofilia, es decir una tendencia a preferir lo ajeno, lo exótico, lo lejano. Roger Scruton adaptó la palabra para significar «el repudio de la herencia y el hogar».  Sostiene que es «una etapa por la que normalmente pasa la mente adolescente pero que es una característica de algunos impulsos e ideologías políticas , típicamente progresistas que defienden la xenofilia , es decir, la preferencia por culturas extranjeras. Dicho de otra manera, la oikofobia es la cara oculta de la xenofobia.

En un post anterior ya hablé de un caso concreto, el de Rebeca Sommers que atestigua este sentimiento de atracción o filia por lo lejano en contraste a la fobia hacia lo próximo o familiar, algo así como una inversión de la empatía. Recordemos que la empatía emergió como reconocimiento y preferencia por los nuestros, sean familia o próximos de nuestro entorno. De manera que hay que andarse con mucho cuidado con los excesos de empatía porque se relacionan también con el supremacismo moral del que más arriba hablaba: el del desprecio.

Tracemos ahora un pequeño mapa de estas emociones o sentimientos relacionados:

Desprecio———Aversión———-Supremacismo moral———-Empatía———Oikofobia

Autodesprecio——–Culpa——-Odio———–Xenofobia

Como vemos hay dos niveles en relación fractal, naturalmente las emociones del segundo nivel son inconscientes mientras que las de primer nivel son conscientes.

El castigo.-

Ya Freud en 1915 publicó una monografía sobre la cuestión de la culpa en relación con la delincuencia y aunque no todos los criminales parecen responder a esta causa, lo cierto es que en el caso de Raskolnikov es evidente que su salud mental empeora después del crimen. Es entonces cuando comienza a cometer actos irreflexivos y a mostrarse como si estuviera loco, apareciendo muerto de frío al amanecer al lado de un matorral después de vagar toda la noche sin destino fijo. Hoy diríamos que bajo una patología disociativa y Azimov habla de un delirio.

Porfirio que sospecha de Raskolnikov, pone a su disposición la solución: que confiese para aliviar su conciencia y a cambio será benevolente con la condena. Al final es condenado a trabajos forzados en Siberia, del mismo modo que lo fue el autor, Dostoyevski por una condena -en este caso. política. Fuere como fuere parece que el tiempo que pasaron ambos en esa condena tuvo resultados expiatorios para ambos, algo así como un cambio de personalidad, una enantiodromia pues la culpabilidad es siempre anterior a la falta y tiene un marcado carácter teológico siendo la responsabilidad su equivalente cívico. Raskolnikov necesitaba ese castigo para resolver su culpabilidad y muchos criminales lo han comentado en sus entrevistas con psiquiatras. A veces el castigo solamente no es suficiente: no se trata solo de castigar o rehabilitar sino de expiar, y hay crímenes que carecen de expiación o de redención, incluso con la propia vida.

Raskolnikov resuelve su culpabilidad tanto por el castigo pero tambié por el amor de Sonia que le sigue a Siberia y le acepta a pesar de que él ya le confesó su crimen. Lo mismo sucedió con Dostoyevski que abandonó su militancia política -nihilista- después de su cautividad y se convirtió decididamente en escritor: el escritor psicológico más importante de la literatura.

Raskolnikov es un estudiante de derecho que queda sin recursos y no puede seguir estudiando, se dedica a vagar, visitar tabernas, escuchar conversaciones y tratar con todo tipo de parias que la vida le pone a mano. Lo interesante de su psicología es que Raskolnikov presenta cierta anomalía mental que es difícil de atrapar y sobre todo una personalidad complicada. Por ejemplo, piensa que existe y debe existir una doble moral, una para los hombres corrientes y otra para los hombres extraordinarios, aquí se encuentra en embrión la teoría del Superhombre de Nietzsche del que Dostoyevski es un adelantado. Naturalmente Raskolnikov siente que pertenece a este tipo de hombres, algo que es recurrente en la obra de Dostoyeski: sus personajes tienen pretensiones (como él las tuvo literarias). Pretenden cosas que existen pero que no están a su alcance, merced a esa sociedad cerrada que no permite ascensores sociales en su seno: la única manera de progresar en esa Rusia es el matrimonio, no es de extrañar pues que cierta frustración social acompañe a todos y cada uno de los personajes del autor. Frustración que además les acompaña en sus aventuras sentimentales. Ser rechazado por la dama a la que se aspira es otro de los temas de Dostoievski, parece que en Rusia en esa época nadie obtiene lo que desea.

Pero la frustración de Raskolnikov es el dinero pues está siendo mantenido por su madre y su hermana aunque dispone de algunas joyas que empeñar e ir tirando. Eso hace cuando conoce a la vieja prestamista, una usurera.

La figura del usurero es una figura antipática para todos nosotros, lectores de novelas. Cobrar intereses por prestamos que se conceden a veces en condiciones dramáticas es algo que nos desagrada, que nos conmueve. Es por eso que el crimen de Raskolnikov cuenta con las simpatías del lector, a fin y al cabo la vieja prestamista era un personaje despreciable, se lo merecía. Quien no se lo merecía era la joven sobrina que por accidente coincide en la escena del crimen y se lleva también un hachazo por parte de Raskolnikov y aquí comienzan las dudas del lector: «No quise matarla» le confiesa Raskolnikov a Porfirio el juez que investiga el crimen.

Lo cierto es que el robo parece el movil del crimen pero Raskolnikov pierde parte de su botín en su huida y además entierra la otra parte sin que en toda la novela tenga la necesidad de rescatarlo. El botín le quema en las manos. Podriamos decir que le enferma pensar en él.

Lo cierto es que su crimen no parece un crimen psicopático a juzgar por los sentimientos de culpabilidad que le siguen (un psicópata no siente culpa). Más que eso, después del crimen Raskolnikov parece entrar en un estado disociativo, que Dostoievski llama «delirio» por su parecido a un delirio febril. Raskolnikov enferma después del crimen y sobre todo siente una pulsión que podríamos llamar «pulsión a confesarlo todo», pues esta es quizá la mejor forma de quitarse de encima la culpabilidad que siempre es individual. El castigo es la mejor forma de purgar una culpa.

Pero hay culpas que no pueden ser expiadas con el castigo y solo admiten la redención. Raskolnikov mató a la usurera por su dinero, Samsa se convierte de la noche a la mañana en un insecto pero ¿qué sucede con los criminales como Francisco Javier Almeida, el criminal de Landero?

El crimen no es una patología psiquiátrica y por lo tanto es competencia de la Justicia, a través de la reparación que el castigo procura, ¿pero qué clase de reparación podría aportar el personaje de Landero?

En realidad Almeida no solo era un psicópata sino también un perverso (un parafílico), sádico y pederasta y cuando ambas condiciones se dan en una misma persona, este se convierte en una bomba de relojería. Un crimen que no tiene tratamiento, ni posibilidad de reinserción, tampoco es posible hablar de «cura» puesto que el pathos de cada cual no es curable, solo redimible a través de la expiación, pero la redención ni es médica ni jurídica sino teológica.

¿Pero qué hacer con él si Dios ha muerto y solo podemos pecar contra Dios?

¿Qué hacer cuando ni siquiera la muerte repararía todo el mal causado?.

Su Majestad el síntoma

En el post anterior prometí poner algún ejemplo aplicable a la teoria de redes o lo que es lo mismo el pensamiento rizomático aplicado a la psicopatologia. Vamos a proceder partiendo de la base de que las entidades subyacentes que suponemos de los trastornos psiquiátricos no existen. Entiendase bien, no existen esas entidades pero si existen los síntomas.

En realidad los síntomas psiquiátricos tienen una existencia ontologica bien distinta a las entidades psicopatológicas. Estas, la depresión, la esquizofrenia, la anorexia mental o el TOC, tienen también cierto grado de existencia, mucho más semántica que operativa. Podemos quedar a tomar café con alguien que tenga alucinaciones visuales pero no podemos quedar a tomar café con una esquizofrenia. También podemos quedar a tomar café con alguien etiquetado de esquizofrenia pero es seguro que no comparecerá en el café. Dicho de otro modo a la esquizofrenia no se le puede meter el dedo, sin embargo un síntoma es algo concreto, que puede medirse, sufrirse, contarse, escucharse y observarse.

Las entidades psiquiátricas son algo que suponemos como causa de ciertos síntomas pero no de otros. Esta idea nos lleva a construir nosografías, es decir clasificaciones de las patologías mentales y lo hacemos a partir de taxonomías tal y como nos enseñó Linneo, (1707-1778) que designó con el término taxonomía a la clasificación de los seres vivos en agrupaciones jerárquicamente ordenadas, de más genéricas a más específicas (reino, clase, orden, género, y especies). A partir de esta concepción clásica, se desarrolló la taxonomía como un subcampo de la biología dedicado a la clasificación de organismos de acuerdo con sus diferencias y similitudes.

Y como no, estas taxonomías se aplicaron a la clasificación de las enfermedades, tanto las médicas como las mentales. Y es cierto que este proceder tuvo mucho éxito en las clasificaciones médicas, pues nos permitieron predecir el curso, invocar una causalidad (por ejemplo un tumor cutáneo puede ser maligno o banal) pero no tanto en la clasificaciones psiquiátricas. ¿Cual es la razón de esta diferencia entre lo médico y lo psiquiátrico? 

El principal obstáculo que nos encontramos en las taxonomías psiquiátricas es el enorme solapamiento de criterios de unas especies a otras. Tomemos como ejemplo la depresión.

Solapamiento.-

La depresión puede ser considerada de muchas maneras y de hecho hay múltiples subclasificaciones. Así hablamos de trastorno afectivo mayor (cuando el episodio es muy severo), trastorno afectivo mayor con melancolía (cuando además aparecen delirios psicóticos), pero también podemos hablar de depresiones crónicas (distimia) que parece algo más cercano al carácter que a un estado puntual. La depresión además puede ser adaptativa, reactiva a un estrés concreto, algo que es bastante frecuente en la clínica y que nos puede afectar a todos, pero también las hay postparto, bipolares (cuando hay virajes a la manía), por mudanza, involutivas (edad senil), pero también somatógenas, es decir depresiones vinculadas a una enfermedad médica (hipotiroidismo, cáncer de páncreas), toma de corticosteroides o ciertos medicamentos, etc.

Dicho de otra manera, no parece que la etiqueta «depresión» sea una enfermedad unitaria sino que tiene muchas variantes y con distintas causas, algunas conocidas y otras desconocidas. Más bien parece que la depresión sea un síndrome transversal que una categoría diagnóstica discreta.

Las categorías pertenecen a esa manera de pensar taxonómica que no parecen apresar de forma coherente lo que nos sucede mentalmente. Otro ejemplo es la esquizofrenia. Estamos condenados a pensar que la esquizofrenia es una enfermedad mental discreta (una especie), sin embargo la esquizofrenia tiene muchas variedades: paranoide, simple, esquizoafectiva (con síntomas afectivos sobreañadidos), la antigua hebefrenia y catatonía que parecen haber desaparecido misteriosamente de la clínica y la forma desorganizada. Es decir suponemos que todas estas formas clínicas pertenecen a una única entidad subyacente llamada «esquizofrenia» desde Kraepelin para acá, pero no tenemos ninguna prueba de que sean la misma enfermedad, hasta tal punto que algunos autores hablan de esquizofrenias en plural.

Comorbilidad.-

Otro problema que se presenta en estas taxonomías es que los pacientes pueden cumplir criterios no para uno sino para varios trastornos psicopatológicos. Antes he hablado del trastorno esquizoafectivo que sería una mezcla de síntomas de la serie esquizofrenia y otros del trastorno bipolar. Lo mismo sucede sucede con la anorexia y la bulimia, entre el TLP (trastorno limite de la personalidad) y la bulimia y el solapamiento de varios criterios de los trastornos de la personalidad que justifican el item de «trastorno inespecífico de la personalidad».

Un persona que tenga una artritis reumatoide, tiene una artritis reumatoide, pero no un artritis psoriásica o una artrosis ni una conectivopatía sistémica o una espondilitis anquilosante. Parece que en medicina este tipo de planteamientos sirven y mucho para el diagnostico, es decir para diferenciar unas entidades de otras con implicaciones en el pronóstico y en el tratamiento.

La comorbilidad, es decir la necesidad de varios diagnósticos en psiquiatría es una prueba de que nuestra manera de clasificar las enfermedades psiquiátricas está equivocada y nos encierra en una jaula epistemológica que no resuelve los problemas reales de los pacientes reales, ni la forma de entenderlos, algo que nos lleva a ciertas tautologías: «la mató porque deliraba, porque era una esquizofrénica».

Las excepciones.-

Lo cierto es que nuestro culto por las taxonomías nos ha hecho ser miopes para otros síntomas sutiles que o bien no son bien conocidos y por tanto detectables o bien no encajan en las clasificaciones actuales. Pongo el ejemplo del mentismo o prolijidad, una psicopatología del pensamiento, es decir un síntoma cognitivo. En este diccionario médico, aparece una definición que me hace pensar que quien la ha escrito no ha visto en su vida tal síntoma. Es verdad que el mentismo es la producción de ideas, imágenes o discursos repetitivos u obsesivos pero esto no aclara demasiado este síntoma. Se refiere a esas personas pegajosas (ictiósicas, descritas por Françoise MInkowska) que catalogamos como «pesados», personas que siempre hablan de lo mismo y que repiten un tema o varios temas relacionados casi siempre relativos a su vida, su genealogía o las vicisitudes de su estirpe. pareciera que no saben hablar de otra cosa, son monotemáticos y todo el mundo les evita porque son iterativos y redundantes y con excesiva familiaridad, cercanía y tendientes a tocar a sus interlocutores, uno se aburre después de cruzar varias frases con ellos. Este es un ejemplo de un síntoma menor que casi nadie apresa porque se ve ya muy poco. En realidad fue descrito como un síntoma psíquico de ciertas demencias y sobre todo de la epilepsia (carácter ictiósico) y hoy la epilepsia ha dejado de manifestar síntomas psíquicos. Pero el mentismo sigue existiendo a pesar de la practica desaparición de la epilepsia. Hoy sería clasificado como un síntoma menor del trastorno bipolar a pesar de que muchos de los pacientes que lo presentan no hayan tenido nunca episodios maniacos ni depresivos, es decir no es uno de los criterios para este trastorno. Dicho de otra forma: el mentismo es un síntoma huérfano, una víctima de las taxonomías que privilegian siempre los síntomas robustos de sus clasificaciones.

Su Majestad el Insomnio.-

Si me preguntaran cual es el síntoma más frecuente en la población general y de algún modo ubicuo, me decantaría por el insomnio, un síntoma que atraviesa toda la psicopatología y que afecta a múltiples enfermedades médicas e incluso a personas normales. Si lo miramos aisladamente INSOMNIO no nos remite a causa alguna y es por eso que tenemos que estudiar sus enlaces, sus conexiones. Así INSOMNIO comparte con mucha frecuencia enlaces con RUMIA o con PREOCUPACION, también con ANSIEDAD. Se trata de relaciones biunívocas, es decir circulares, la RUMIA provoca INSOMNIO pero también INSOMNIO provoca RUMIA. Mantiene también relaciones con otros síntomas como TRISTEZA, DOLOR, MIEDO o EXCITACION, de un modo menos intenso.

Si INSOMNIO tiene tanto peso es porque mantiene relaciones (entradas y salidas) con otros muchos síntomas psicopatológicos o médicos y va configurando constelaciones de síntomas bien distintos para cada individuo, así decimos que existen razones afectivas, de ansiedad, bien distintas según cada persona sin olvidar esos síntomas que co-ocurren casi con total seguridad. Esto hace que INSOMNIO sea un síntoma muy frecuente en la vida de muchos de nosotros y explica porque el consumo de BZD (benzodiacepinas) sea tan frecuente, si bien las BZD contienen otras muchas pegas cuando se toman a largo plazo.

A INSOMNIO le pasa como a esos famosos que tienen miles de seguidores en twitter si bien ellos no siguen más que a unos pocos, se protegen así de la circularidad es decir de los enlaces biunívocos de ida y vuelta.

En la teoría de redes aplicada a la psicopatología nuestra lectura rizomática seria bien distinta de aquella que se ocupa de encontrar causas al INSOMNIO:

Llegaríamos a la conclusión de que existen síntomas co-ocurrentes con una frecuencia llamativa por ejemplo la obsesión por la limpieza y el lavado de manos, o la ansiedad y la depresión, la preocupación y el insomnio. Existen pues nodos centrales, es decir síntomas que tienen mucho peso y lo tienen porque tienen muchas entradas y salidas, es decir tienen muchas aristas y por tanto muchos enlaces a otros síntomas y rutas distintas.

En psicopatología el pensamiento rizomático (horizontal) se trataría de una alternativa radical a los sistemas diagnósticos basados en taxonomías y en la suposición de que existen entidades superiores y de alguna forma subyacentes que explicarían por sí mismas todo el cuadro sintomático.