Locuras normalizadas

No cabe duda de que el icono más común del loco en nuestro imaginario, es el de aquel que se creía Napoleon. Lo cierto es que este tipo de locos delirantes han desaparecido del mapa, se trataba -con seguridad- de enfermos de sífilis cuaternaria, aquellos pacientes asilados del siglo XIX que llenaron los manicomios de esa época, con mucha más frecuencia que las psicosis funcionales según cuenta Edward Hare.

Se trataba de megalomanías, es decir el paciente sentía que era alguien de una mayor importancia a la que tenía realmente, con un elitista origen o con una fortuna personal en algún paraíso de cuando entonces. No es raro que los pacientes se creyeran Napoleon, pues la sífilis se expandió por Europa a través de las guerras napoleonicas y afectó sobre todo a la tropa francesa. Tampoco es raro que fueran los franceses los primeros en habilitar instituciones de cuidado de estos veteranos de guerra, los viejos manicomios o asilos de locos.

Yo no he visto nunca a nadie que se creyera Napoleon y tampoco he visto muchos casos de sífilis cerebral, pero si he visto algunos pacientes que creían ser quien no eran, usualmente un famoso, como Eddy Mercx o Ben Bella. Uno era un ciclista maniaco y el otro un prisionero de un campo de concentración en Argelia que terminó en mi Hospital por razones que ignoro.

Lo cierto es que estos delirios grandiosos, como los de los inventores, los personajes celebres o ricachones de allende el mar ya no se ven en la clínica y han sido sustituidos por los delirios paranoides, persecutorios, alusión o influencia.

La psicopatología clásica ha cambiado pero no de una forma radical, la psiquiatría ha logrado catalogar todas las formas psicopatológicas que podemos considerar psicóticas, es decir enfermas. Lo que estamos presenciando en la actualidad es la emergencia de nuevos casos que se sitúan en los bordes de la patología sin ser o configurar una patología mental conocida. ¿A qué se debe este fenomeno?

Locura y razón.-

La palabra locura no es asimilable al termino “enfermedad mental”. Las patologías mentales son una forma de locura pero no las únicas formas que adquiere la locura, guardamos el término “psicosis” para aplicarlo a estas formas de perdida de la razón que implican conductas irracionales y donde el loco está rematadamente loco para casi todo, es decir no hay ambito en su psiquismo que se salve del escrutinio del profano tanto como del experto. Dicho de otra manera, la mayor parte de los locos no son psicóticos, ni lo contrario de la locura es la cordura: lo contrario u opuesto de la locura es la normalidad. Los seres normales pueden enloquecer pero no los cuerdos tal y como podemos ver en el esquema de Cooper. Se enloquece por un exceso de normalidad y ser normal es no estar loco pero poseen muchos riesgos o vulnerabilidades para llegar a serlo.

En palabras de David Cooper:

“Desde el momento del nacimiento, la mayor parte de las personas evolucionan a través del aprendizaje social en la familia y en la escuela hasta llegar a alcanzar la normalidad social. Y, una vez alcanzado este estadio de normalidad, el desarrollo suele estancarse. hay quienes se derrumban en algún momento de este proceso y retroceden a lo que en el diagrama anterior llamamos locura. otros, muy pocos, atraviesan el estado de inercia o estancamiento representado por la estadística normalidad y prosiguen evolucionando hacia la cordura” (o estadíos transpersonales de Wilber), conservando la conciencia del criterio de normalidad social y manteniendo un estilo de vida que trata en todo momento de evitar la invalidación social que procede de la identificación del loco con la persona de conciencia avanzada. Conviene darse cuenta de que  la normalidad es un estado de alienación tan lejano de la locura como de la cordura. La cordura se parece a la locura pero existe una distancia importante, una diferencia: este es el punto omega.

Como vemos la locura es un atajo, el camino corto para llegar al punto omega.

Realidad y ficción.-

Hay locos de verdad y locos de mentira, uno de ellos, el más conocido para nosotros es D. Quijote. Se trata de un personaje de ficción, bien distinto de los locos que antaño poblaban los manicomios. D. Quijote no sale del libro y no consume recursos sanitarios. D. Quijote es un personaje de ficción, significa que tiene una existencia algo especial en comparación con aquel Napoleon o Eddy Mercx. se trata de una existencia como estructura, no óntica. No es un ser, que está y es y solo adquiere existencia en tanto en cuanto remite a la novela, que efectivamente existe y tiene un soporte material en multitud de libros, pero no tiene una existencia operativa, es decir no pertenece al mismo nivel de existencia que los locos de verdad.

Significa que podemos hacernos el loco, imitar a los locos, estar loco en un aspecto cualquiera y razonar notablemente como hacen los psicópatas, ellos padecen una especie de locura moral pero en el resto pueden llegar a ser encantadores.

La ficción es inseparable de la realidad y obtiene de ella los materiales para construir sus relatos. D. Quijote tiene un sueño, convertirse en un caballero andante y viajar por el mundo sorteando peligros, enfrentando poderes tiránicos y liberando de sus cadenas a los condenados por la mala suerte. Y lo lleva a cabo como el loco real que se creía Napoleon, pues es la ficción quien les anima: la capacidad que tenemos los humanos de hacer verosímil lo inalcanzable o lo poco probable. Unos tienen mas suerte que otros en lograrlo, pero es cierto que la locura es -como dice Jesus G Maestro- una incompatibilidad con la realidad.

Pero aunque la realidad nos viene pre-dada lo cierto es que se alimenta de ficciones, es por eso que podemos imaginar casi cualquier cosa, algunos consiguen vivir tal y como proponía Cooper y no entrar en conflicto con la realidad a pesar de sus características especiales de cordura, pero una parte de ellos -esos seres incompatibles- resbalan por la pendiente y se convierten en enfermos mentales, su locura ha devenido trastorno mental, la forma más domesticada de la locura.

Pero lo más probable es que locura no implique enfermedad y solo actos irracionales, es decir podemos estar locos pero no clínicamente locos. La razón mas conocida de esta condición, es ser famoso, adquirir poder, aumentar nuestro estatus o ser una persona bien distinta de la que creemos ser. En cualquier caso una incompatibilidad con la realidad que podemos imaginar como una ficción de nosotros mismos.

Locura y razón forman parte de lo humano y no presiden nuestra mente de una manera uniforme con una supuesta hegemonía de lo razonable , todos hemos estado locos en breves periodos de tiempo o al menos, hemos tomado decisiones irracionales, hemos cometido “torpezas” que solo después de un cierto tiempo osamos a verlas en su estúpida dimensión. Las emociones entendidas como pasiones (pathos) nos juegan malas pasadas a casi todos con mayor o menor intensidad.

De la neurosis al “todo es posible”.-

Decir neurosis es decir conflicto intrapsíquico. El siglo XIX y parte del XX se caracterizó por conflictos entre el deseo y la inhibición del mismo a través de la parte moral individual (el Superyó freudiano) o la inhibición social, el deseo pugnaba por transgredir la norma y a su vez la norma se ocupaba de inhibir el deseo, esta inhibición daba lugar a distintos síntomas neuróticos que eran -según la versión tradicional freudiana- el resultado del compromiso pulsional. La pulsión emergía disfrazada en forma de síntomas irreconocibles para el Yo y para el sancionador, por decirlo de una manera comprensible. Este juego entre el deseo y la parte moral tenia diversos destinos, uno era la neurosis que se caracterizaba por la represión del deseo que sólo se manifestaba en cierto modo bajo un disfraz, el otro era la perversión que era considerado por Freud, la otra cara (el negativo de la neurosis). En la perversión podía observarse claramente qué es lo que el neurótico reprimía: precisamente lo que el perverso hacía sin ningún tipo de restricción.

La neurosis se establecía pues entre los polos permitido/prohibido cabiendo dos soluciones individuales: la transgresión o la inhibición, también la conformidad o el aplazamiento como estrategias normativas y adaptadas. Es por eso que el síntoma fundamental de este tipo de conflictos fuera la angustia. La angustia era el subproducto de esa inhibición.

Pero alrededor de los años 60 del pasado siglo sucedió algo muy trascendente, algo que nos cambió el cerebro a gran parte de los europeos. Y que conocemos como revolución sexual.

Aunque más que revolución sexual tendriamos que hablar de revolución reproductiva y vino de la mano de una tecnologia farmaceutica: la pildora anticonceptiva.

La pildora anticonceptiva  supuso una revolución tambien en otros ámbitos y no solo en la disociación entre sexo y reproducción, tuvo una gran influencia sobre todo en la emancipación de los individuos, en su independencia.

Y sobre todo de las mujeres que pudieron asi convertirse en sujetos históricos como los hombres,

La contracepción es la tecnología que permitió a las mujeres elegir el momento, el cómo, con quién y cuando quedar embarazadas, mientras se multiplicaban los contactos sexuales previos al matrimonio o al compromiso reproductivo, dicho de otro modo, la contracepción es la que permitió multiplicar los contactos sexuales sin el peaje del embarazo que hasta los años 60 era la regla.

El paso al compromiso reproductivo sufrió un enorme retraso lo que dio lugar a un descenso de la natalidad que hoy consideramos en algunos paises ya más que preocupante al tiempo que se introdujeron -paradójicamente- también otras libertades como la del aborto libre o casi libre que en toda Europa se ha consagrado como un principio de derechos femeninos elementales.

Por otra parte la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, no hubiera sido posible en una sociedad tradicional, fuere agricola o industrial, sencillamente en un mundo sin anticonceptivos la mujer no hubiera podido incorporarse de un modo tan generalizado no ya a los trabajos más devaluados o manuales sino a las carreras y estudios complejos que exigen mucha más postergación en la edad de tener el primer hijo.  De estos cambios hablé ya en un post anterior. Sobre las consecuencias que estos cambios tuvieron en el imaginario femenino y social hablaré en otra ocasión.

Pero a mi modo de ver las cosas, el mayor cambio que se operó en el psiquismo individual tanto de hombres como de mujeres fue el desplazamiento del conflicto permitido/prohibido al conflicto posible/imposible y aquí es donde aparece la ficción. Desamortizadas todas las referencias morales, el limite de lo que” debe ser” pasó a desplazarse hasta lo que es posible imaginar y hacer. “Si quieres puedes” reza hoy el eslogan post-moderno. De la neurosis que intentaba transgredir lo prohibido se pasó a que no hubiera nada prohibido lo que nos llevó de cabeza al sentimiento de fracaso y de vacío.

De manera que la primera consecuencia que tuvo este fenómeno en la mente individual es que cualquier cosa es elegible, qué cuerpo puedo tener, qué sexo me corresponde, qué identidad adoptar. Si todo es elegible a la carta y no consigo que mi deseo se haga realidad entonces es que algo estoy haciendo mal, soy un incapaz y carezco de la potencialidad que todo humano parece tener. No es raro pues que la depresión sea la enfermedad de nuestro tiempo y del siglo XXI.

La depresión o melancolia siempre existió, de eso no cabe ninguna duda pero ha modificado su sintomatología y su frecuencia. Hace muchos años que no veo una melancolía psicótica, con aquellos delirios de culpabilidad, de condenación o de inmortalidad, el dolor moral clásico ha sido sustituido por una vivencia de incapacidad, de fatiga, incapacidad física o de incompetencia. El estado de ánimo triste continua existiendo, así como el trastorno del sueño pero el resto de la fenomenología depresiva ha cambiado y ya no la consideramos una neurosis como Freud sino como un trastorno especifico e independiente de estado.

Lo que sucede: sin limites, sin prohibiciones, sin referentes y sin castigos creíbles no hay inhibición. y por tanto la culpa campa a sus anchas. Naturalmente esta falta de inhibiciones no nos afecta a todos, pero algunas personas pueden ser muy susceptibles a esta falta de controles internos que son en definitiva internalizaciones de los controles externos. Sin este límite el individuo queda prisionero de su causa motriz o eficiente sin ninguna otra consideración, como un carpintero es la causa de la mesa si bien en la mesa hay otras causas que la definen mucho antes de llegar a sus manos.

Y en mi opinión en este reduccionismo causal hay mucho de locura y poco o nada de enfermedad mental. Ni siquiera los criminales actuales gozan de la suficiente profesionalidad y se dedican a hacer chapuzas, casi nunca en un crimen hay un plan ejecutor planeado para escapar del escrutinio de la ley, el individuo ni siquiera fue capaz de planearlo como haría un psicópata o un profesional del crimen y esto les hace aparecer como maldades gratuitas cuando no como crímenes sin sentido.

En conclusión: mi idea es que tenemos que rescatar el concepto de locura sin asimilarle al concepto de enfermedad mental y disponer de nuevas leyes y nuevas intervenciones sociales que vayan más allá de la psicopatología clásica a la hora de clasificar las nuevas formas de locuras modernas que -como el lector ya habrá adivinado- se alimentan de las creencias que compartimos todos los que participamos de un mismo tiempo y cultura.

Necesidad, contingencia y libre albedrío

Aquí aparece otra vez la ley del tres. Tres instancias que proceden de una dualidad: la que representa el par necesario-contingente que es mediado por un “tertium inter pares“, el libre albedrío.

Es necesidad aquello que nos viene de serie o que no pertenece a nuestras decisiones, nacemos en un tiempo, un lugar, hijos de nuestros padres pero no de otros, dotados de una inteligencia innata, un patrimonio genético, un temperamento y sobre todo, un sexo. Nada de eso puede elegirse, viene determinado. Lo necesario determina un sujeto mítico dotado de necesidades míticas que necesita a alguien que las pueda atender y complacer: alimentación, cuidados, juegos, etc, en suma crianza, pasamos muchos años siendo completamente dependientes de estos cuidados sin los cuales nadie podría sobrevivir con sus propios medios. Pero poco a poco emerge lo contingente.

Lo contingente puede definirse como aquello que puede suceder o no, no depende de nuestras elecciones sino que simplemente sucede sin que haya intervenido nuestro albedrío en el evento. Pertenece a una nube de sucesos que están relacionados con las posibilidades, así podemos relacionarlo con lo posible pero no sería correcto pensarlo de este modo pues también lo necesario es posible. Lo contingente tiene mucho que ver con nuestro concepto de destino, es una posibilidad de entre otras muchas que se despliegan o no ¿presididas por el azar o la necesidad?

“Aquel Domingo no sabia que hacer, y en aquel tiempo los amigos no quedábamos como ahora, sino que nos escontrábamos en ciertos lugares como Barro, La Casa Vella o el Forn. Aquel día decidí pasarme por el Forn a tomarme una copa y entonces conocí a Teresa la que más tarde sería mi mujer”. Si no hubiera decidido ir al Forn no la hubiera conocido y por tanto no me hubiera casado con ella, mis hijos no existirían y tampoco mis nietos. De manera que un futuro es algo que procede del pasado, de una elección que dejó de ser banal y se infiltró de algo más.

Pues este evento puede contemplarse de dos maneras: la primera es pensarlo como predestinación, es decir como si alguna fuerza supraindividual me hubiera llevado de la mano aquel día a pasarme por el Forn. La segunda forma es pensarlo desde una posibilidad que se consteló “a posteriori”, algo que dotó de sentido a mi elección de ir al Forn. Algo que procede de “lo nunca visto”, “lo nunca pensado” “lo nunca vivido” que nos coge por sorpresa, en aquel caso, una conversación banal sobre cuestiones baladís que de una manera u otra conectó con algo muy profundo de mi subjetividad y me llevó a volver a repetir la experiencia.

Como vemos no era necesario ir al Forn, era algo casual, sin embargo la casualidad se reveló significativa casi inmediatamente, pues la necesidad es sobre todo repetición de lo que fue u ocurrió, sin embargo en mi encuentro con Teresa, hubo algo nuevo, algo que se reveló significativo, lleno de sentido, algo que describe al amor.

Pues el amor es repetición de un calco indeleble que dejó nuestra madre en el inconsciente, pero no solo es una repetición sin más, sino algo que Jacques Lacan llamó contingencia, que preside las leyes del encuentro, es decir lo impredecible. El amor está en esa cresta necesidad/contingencia, y en este sentido cobra verdadero valor ese concepto de amor a primera vista pues el amor emergió como una forma de dotar de sentido. a algo que va más allá de la repetición de la Necesidad. El amor es una huella pero una huella excedente, algo más que un recuerdo. (M. Recalcatti)

Los negacionistas del libre albedrío no sabrán como interpretar el hecho real de que ir al Forn fue fruto de mi albedrio, nada me obligaba a ir allí y no a Barro. Los que creen que todo esta determinado tienen un problema para explicarme porque decidí ir al Forn. a pesar de que mi paleta de elecciones estaba llena de posibilidades aquel Domingo. Aunque el hecho de ir al Forn fue fruto de mi decisión lo cierto es que esa decisión hubiera quedado en el limbo de lo intrascendente -de la repetición- de no ser por mi elaboración posterior.

Pues efectivamente, donde el albedrío se manifiesta de un modo radical es en la significación del encuentro, pues el albedrío es la tercera fuerza que se pone en juego para que Necesidad y Contingencia no se enreden dando la impresión de que estamos determinados por necesidad o por capricho. Es un colchón de seguridad, algo que resuelve en gran medida los embates del pathos y del ethos.

Hace pocos dias publiqué en twitter uno de mis aforismos que rezaba asi:

“La función del amor es domesticar las pulsiones sexuales”

Una contertulia me respondió diciéndome o más bien retándome a que domesticara las suyas, algo así como un desafío a mi publicación, como si pensara que sus pulsiones sexuales son ingobernables. Esta contertulia parecía confundir su pathos (su pulsión sexual) como indomable, algo que estaba más allá de su albedrío y de las contingencias, algo forzado. Algo que mucha gente cree sobre sí mismo y su manera de ser, algo así como si “lo que uno cree sobre sí mismo” es equivalente a “lo que realmente es”, una posición esencialista negadora del libre albedrío y en parte de la contingencia. Y ningún ser humano tiene un Yo esencial. “Ser uno mismo” es un consejo falaz, nadie es uno mismo, porque ese “uno mismo” es contingente.

Lo cierto es que la pulsión sexual está fuertemente intervenida por regulaciones grupales y sociales. No existe otra pulsión con más controles y autocontroles (ethos) que la pulsión sexual pues la verdad sobre este hecho es que la pulsión sexual liberada de todos estos controles sería destructiva tanto para algunos sujetos como para la sociedad misma.

Es por eso que surgió el amor, un tercero que interviene en la eterna discordia entre el individuo y el grupo, una especie de fantasma que se encarama entre lo elegible y lo forzado (Zwang) que viene a disipar las fricciones continuas entre lo posible y lo probable.

El eterno debate sobre si el albedrío existe o no. La opinión de un negacionista.

Mi opinión sobre el albedrío.

El rencor

El resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra (Gregorio Marañón).

El rencor tiene un sinónimo que explica mejor su raíz etimológica: el resentimiento, que viene a declarar que es un sentimiento doble, una especie de flexión sobre un sentimiento que casi siempre comenzó siendo una experiencia de decepción, humillación, enfado, enojo, daño u ofensa pero también de envidia o codicia. Así el rencor es un sentimiento de hostilidad a largo plazo, del que el individuo es incapaz de desprenderse y todo parece indicar que es autopoyético, es decir se alimenta a si mismo a través de deseos de odio o de venganza tanto si se consume o no.

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La vergüenza

¿No se te cae la cara de vergüenza?

La mejor definición de “emoción” que leí -ya no recuerdo dónde- era ésta: “es un movimiento plegado” como si se tratara de un trabajo de origami.

Y me gusta porque contiene las dos partes que componen una emoción, es en su origen un movimiento, una conducta que se incorporó a nuestro sistema nervioso y que podemos relacionar ahora con la cita que preside este post: al avergonzado se le debería caer la cara de vergüenza y si no se le cae es porque es un desvergonzado. Efectivamente, las personas avergonzadas se tapan la cara, luego la vergüenza tiene algo que ver con ella y lo que tiene que ver es el rubor.

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