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Somos lo que transformamos

La hipótesis del germen gay

La homosexualidad pudiera ser un “síndrome darwiniano”, mucho más que una enfermedad o un pecado, los dos paradigmas asociados desde el inicio de los tiempos

virus.

Hace algún tiempo ya escribí un post acerca de otra de las hipótesis que se han barajado para explicar la conducta homosexual, me refiero a la hipótesis del gen gay. Los que leyeran aquel post ya estarán convencidos de que la hipótesis genética no explica la homosexualidad de ninguna manera pues  la heredabilidad para la homosexualidad masculina es baja a moderada (30 a 45%). Existe por lo tanto algún tipo de predisposición genética, pero es débil y puede ser simplemente un bajo grado de androgenización prenatal, como demuestra la baja concordancia entre gemelos homozigóticos . La homosexualidad es además demasiado frecuente para ser explicada por un mecanismo genético. En este sentido no aventuraré ninguna cifra por la diversidad de dificultades para computarlas cifras sobre este asunto, solo para decir que el estudio más serio que se ha llevado a cabo sobre la materia es el informe Kinsey.

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Susto, miedo y cobardía

Nuestro cerebro no posee cajones donde ordenar sus contenidos. No es como el armario de nuestra casa donde ciertos cajones contienen calzoncillos, otros suéteres y otros pañuelos. Nuestro cerebro guarda todos sus recursos distribuyéndolos a través de toda la red neuronal. A cambio de eso posee al menos tres procesadores, cada uno de ellos especializado en tratar la información de una determinada manera siguiendo una secuencia evolutiva, primero el tronco cerebral y el mesencéfalo el más antiguo de nuestros tres cerebros, luego el sistema límbico y más arriba la corteza cerebral. Y además: los tres cerebros están conectados entre sí aunque no hablen el mismo idioma, de manera que a través de uno de ellos podemos influir (hasta cierto punto) en los demás.

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Empatía y simpatía

La empatía es una simpatía donde no hay identificación, es la buena actitud terapéutica. La simpatía estalla por identificación cuando alguien nos cuenta algo que resuena en nuestro interior, por eso se llama sim-patía. Sin embargo la empatía no depende de esa resonancia, se es empático simplemente porque alguien cuenta algo humano, algo que nos sobrecoge con independencia de si lo hemos experimentado por nosotros mismos o no.
En este sentido la simpatía es una empatía caliente, trabajo de la amígdala que convoca la identificación mientras que la empatía es un trabajo de la corteza cerebral y no implica identificación, la buena herramienta de los terapeutas.
Ayudar no significa intentar arreglar la vida a la gente que sufre sino estar presente, tener presencia y resistir ese impulso tan humano que es aconsejar o intervenir demasiado intrusivamente.
La simpatía no cura sino que atrapa, pero la empatía es curativa solo por el hecho de que deja ir.
Pero hay dos tipos de empatía, una es la empatía del cazador (del psicópata) que sabe discriminar bien a sus presas a veces solo por su manera de caminar y luego la empatía del benefactor, ese que cree en la libertad y que no pretende inmiscuirse en el relato del otro, salvo para confrontar con realismo su verosimilitud.

La empatía del que comprende a secas.

La que cura.

Trauma psíquico: Lecturas recomendadas

En relación con la serie “La traumática historia del trauma” voy a dejar aqui colgado este post sobre libros que vale la pena leer para profundizar en esta temática.

herman

Judith Herman escribió uno de los clásicos en esta literatura acerca de los efectos traumáticos de experiencias precoces centrándose sobre todo en los abusos sexuales acaecidos en la infancia. Herman es una psiquiatra feminista que aun cree en la hipótesis de la seducción de Janet y carece de formación psicoanalitica, pero tiene mucha experiencia en el tratamiento de todo tipos de traumas psiquicos. A ella debemos un nuevo diágnostico que aun no ha sido validado por el DSM (en su quinta versión) se trata de “Trastorno por estrés postraumático complejo”.

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