El doping moral (XVII)

Lo que el mundo necesita es una píldora antiterritorial (Arthur Koestler)

A lo largo de mi vida profesional he visto y atendido cientos -por no decir miles- de episodios depresivos. Los he visto en entornos rurales (fui médico de pueblo), en el Hospital, en un ambulatorio de cuando se llamaba medicina general a aquella practica, en urgencias, en la consulta privada y en interconsulta (consulta de otros servicios). He llegado a ciertas conclusiones – siempre provisionales a la espera de más reflexiones- que en parte están ya esbozadas en el ultimo post de esta serie que titulé «Depresiones como si».

Mi opinión es que existen varios tipos clínicos de depresión, tal y como la psiquiatría ya había contemplado y descrito hasta la saciedad. Pero mi impresión es que la clínica se ha revelado insuficiente -no ya para comprender las distintas causas de depresión- sino que se ha revelado incapaz de prevenirlas. He reflexionado mucho sobre esta cuestión, y el lector deberá darme la confianza cuando afirme que la mayor parte de las depresiones se deben a conflictos interpersonales donde lo moral parece ser insuficiente para contener ciertas emociones y sentimientos que desviados de su eje dan como resultado una distorsión del afecto, que se manifiesta como depresión en la jerga clínica.

Es de hacer notar que los depresivos son los perdedores o los que se consideran perdedores en los repartos de las prebendas en la vida, repartos bien objetivados en las herencias o en otros atributos simbólicos que no son de suma cero, pues en ausencia de criterio moral los beneficios se los lleva todos el ganador como dice la canción de Abba , así las herencias y sus disputas o los divorcios y sus conflictos económicos componen buena parte de las depresiones. También los despidos, el paro, las injusticias sentidas, las sobrecargas en la crianza o la vida en común, o la perdida del sentimiento de territorialidad tal y como le sucedió a la Sra Turvey conforman buena parte de las depresiones que vemos en la clínica.

En ausencia de un criterio moral, somos víctimas de nuestras emociones más devastadoras, la cólera, la envidia (ver el caso de la Sra Turvey), la culpa, la angustia o el deseo de venganza, todo ello disfrazado por la apatía, la pena, la agitación, el insomnio, la perdida de apetito, la lentitud o la incapacidad de disfrutar. Todo parece indicar que solo somos capaces de vislumbrar dos Fundamentos para la moralidad, uno es el religioso (y de ahí la culpa) y otro que es autonomo y que depende de nuestra subjetividad, de nuestros intereses y al que consideramos el representante laico del fundamento.

Cual es el origen de lo moral.-

La mayor parte de nosotros estamos convencidos de que la moral tiene un origen religioso, pero esta idea ignora que la moralidad tiene un origen psicoevolutivo, es decir algo que acompaña al humano en su deriva evolucionista. Mejor oigamos lo que dice F. Medrano que es partidario de prótesis morales para nuestra especie: En este post tenéis más información sobre este asunto de la biopotenciación. Pero el argumentario de los autores del libro que preside este post es el siguiente:

Ingmar Persson y Julian Savulescu han planteado que existe un imperativo urgente para reforzar o potenciar el carácter moral de la humanidad. Su planteamiento lo podemos sintetizar en tres puntos:

1- La dotación moral normal de la especie humana (producto de la evolución por selección natural) no es suficiente para desarrollar las disposiciones, motivos y conductas morales que se necesitan para hacer frente a los desafíos a los que nos enfrentamos en el mundo actual y futuro.

2- No se trata por tanto de remediar un “fallo moral” sino de elevar nuestras capacidades morales a un nivel que no ha existido nunca.

3- Se concluye de lo anterior que se necesitan nuevas herramientas para producir elecciones y conductas morales de un nivel mucho más elevado de lo que la evolución por selección natural nos ha donado. Estas herramientas son posibles hoy en día -o lo serán un futuro- por medio de biotecnologías como la ingeniera genética, los psicofármacos, la estimulación magnética transcraneal o la estimulación cerebral profunda (colocación de electrodos en el cerebro). Estamos hablando de neurotecnologías y de refuerzos biomédicos que podrían producir estados mentales que se traducirían en una conducta moral que pensamos que es más adecuada. Esa mejor conducta moral consistiría principalmente en un mayor altruismo y un mayor sentido de la justicia.

“Durante la mayor parte de la historia de la especie humana, los seres humanos han vivido en sociedades comparativamente pequeñas y unidas, con una tecnología primitiva que les permitía afectar sólo a su entorno más inmediato. Su psicología moral se adaptó para que pudieran vivir en estas condiciones. Esta psicología moral es «miope», se limita a la preocupación por las personas del entorno y el futuro inmediato. Pero a través de la ciencia y la tecnología, los seres humanos han cambiado radicalmente sus condiciones de vida, mientras que su psicología moral ha permanecido fundamentalmente igual a lo largo de esta evolución tecnológica y social, que continúa a una velocidad acelerada. El ser humano vive ahora en sociedades con millones de ciudadanos y con una tecnología científica avanzada que le permite ejercer una influencia que se extiende por todo el mundo y muy lejos en el futuro. La avanzada tecnología científica también ha dotado a los seres humanos de armas nucleares y biológicas de destrucción masiva que pueden ser utilizadas por los Estados en guerras por recursos naturales menguantes o por terroristas. Las democracias liberales no pueden superar estos problemas desarrollando tecnología novedosa. Lo que se necesita es una mejora de las disposiciones morales de sus ciudadanos, una extensión de su preocupación moral más allá de un pequeño círculo de conocidos personales, incluyendo los que existen más allá  o en el futuro. La expansión de nuestros poderes de acción como resultado del progreso tecnológico debe equilibrarse con una mejora moral por nuestra parte. De lo contrario, nuestra civilización, argumentamos, está en peligro. Es dudoso que esta mejora moral pueda lograrse por medio de la educación moral tradicional. Por lo tanto, hay muchas razones para explorar las perspectivas de mejora moral por medios biomédicos”.

Parece que Medrano y los autores arriba citados sigue la idea-ficción de Koestler acerca de que podremos mejorar nuestra moral con procedimientos médicos, con una píldora u otras intervenciones pero no se porque me viene a la cabeza la película de Kubrick, aquella de «La naranja mecánica» o el transhumanismo y a Elon Musk con su Neuralink. No estoy de acuerdo con esta idea de una moral mejorada por procedimientos médicos, aunque el lector interesado puede escarbar la investigación que se ha llevado a cabo en este sentido y que puedes encontrar aqui.

Pero lo cierto es que a pesar del progreso que hemos logrado en relación a la tecnología, nuestras condiciones y expectativas de vida y el progreso médico y social no hemos sido capaces de mejorar nuestro registro moral desde que hemos abandonado la religión. El laicismo ha desnudado nuestra posición de relación con algún tipo de fundamento trascendente y somos víctimas de nosotros mismos.

La conclusión a la que he llegado después de observar durante años las razones por la que la gente se deprime es que efectivamente necesitamos una biopotenciación moral para eludir esa serie de conflictos que usualmente se plantean como «o yo o ellos». Más moral y menos Prozac pero con cuidado porque los excesos de moral tienen efectos secundarios.

El aborto como plataforma de entendimiento de lo moral.-

Pongo el ejemplo del aborto para ilustrar cómo los extremos de dos maneras distintas de entender lo moral pueden llevar a la polarización política y social. Es decir, el camino equivocado.

Hay palabras que sólo invocan un significado concreto, otras son ambiguas y evocan simultáneamente varios sentidos. Pero hay palabras que tienen un aura, llevan en sí incrustadas como un halo donde se pegan las buenas y las malas intenciones. una de estas palabras es la palabra «aborto». No existe una palabra más cargada de intencionalidades opuestas como ésta. Aborto es una palabra que evoca la libertad con el propio cuerpo, pero también un dilema moral, una conducta criminal, un abuso eugenésico, el miedo y la culpa, evoca quirófanos y hemorragias clandestinas y al mismo tiempo evoca una sexualidad desbocada y prohibida como también la irresponsabilidad, la ignorancia y la conveniencia. «Aborto» evoca necesidades económicas y miseria, abusos sexuales pero también malformaciones congénitas: errores provocados por el desorden natural y la mano del hombre que corrige los defectos de la vida mediante su dominio del mismo y depositando luego sus hallazgos al menú desplegable de lo posible.

La palabra «aborto» ya he dicho que tiene una especie de halo o aura donde van pegadas sobre todo dos ideas fundamentales, una es la palabra «crimen» y otra es la palabra «libertad». Y las dos palabras vienen pegadas al aura con bastante razón, efectivamente el aborto es la supresión de una vida en ciernes y evidentemente hay casos que aconsejan a la embarazada deshacerse del producto de su gestación por unas u otras razones pero siempre supone una violencia contra el embrión. Estas dos palabras sin embargo no son nada neutrales porque dividen el mundo en dos clases de personas:

  • Los católicos sobre todo, pero no sólo ellos que mantienen el punto de vista de que cualquier vida, aun embrionaria, es una vida que hay que respetar y proteger.
  • Y aquellos que ponen el énfasis en que la madre es la propietaria de su feto (y de su cuerpo) y que por tanto tiene derecho a usarlo a su conveniencia.

En realidad estos dos puntos de vistas confrontados politica, moral y socialmente son puntos de vista extremos y radicales que no representan a la abortadora media que suele ser una mujer con escasos recursos económicos, que vive sola o que lleva una enorme sobrecarga familiar y laboral, que tiene índices de escolarización bajos o que no conoce los metodos anticonceptivos y usa el aborto como medio de control de natalidad (es el caso que más abunda entre las inmigrantes). O bien se trata de adolescentes, de descuidos, de fallos en las medidas anticonceptivas, de estupros aun consentidos o de embarazos extemporáneos o sentidos de una manera tal que impiden a la embarazada planear llevarlo a término. La mayor parte de los abortos pertenecen a este amplio grupo de razones sin contar con aquellos abortos que son en realidad prescripciones médicas tanto en enfermedades mentales que precisan tratamientos muy peligrosos para el feto o las malformaciones que suelen detectarse un poco más tarde en ambientes médicos.

Si el lector sigue los argumentos anteriores caerá en la cuenta de que las razones para abortar pueden clasificarse en tres grandes grupos, las médicas ,las sociales y las de interés personal, pero no aparece por ninguna parte el gran dilema del aborto, es decir su aspecto moral. Significa que la sociedad ha transformado una opción moral en una condición higiénica, de estilo de vida o de militancia politica. ¿Pero donde está el aspecto moral de esa decisión?

Si la moral no es tenida en cuenta es por una razón fundamental ¿en nombre de qué apoyar una decisión como esa? hay muchas razones para el si y muy pocas razones para el no si uno no es un catolico ferviente, ¿por qué un agnóstico o un ateo deberia renunciar a su comodidad u oportunidad y llevar un embarazo adelante en contra de su propio interés?

Es evidente que la moral que tenemos no sirve para orientarnos en un dilema como este y la razón es que estamos enclavados en un concepto de moral determinista. A la moral le pasa lo mismo que a la ciencia: se vendió a un Fundamento externo, la moral a Dios, la ciencia al metodo experimental y seguimos creyendo que si no creemos en Dios todo es moral, lo que hace coincidir la moral con la subjetividad y el emotivismo, asi existen tantas moralidades como sujetos pensantes abrumados por sus propios problemas y que no se plantean la interrupción del embarazo como un dilema moral sino práctico. Se trata de una postura nihilista en el fondo que es paralela a la creencia de que sólo es ciencia aquello que puede medirse a través de ecuaciones, fórmulas y ensayos con animales. Además se da otra circunstancia histórica que no podemos pasar por alto, la moral ha sido usada como imposición de un grupo contra otro, pervirtiendo la verdadera moral que es algo que no puede ser impuesto, de lo contrario deja de ser moral y se convierte en dogma cuando no en condenación o en delito juridico.

Dicho de otra forma la moral es una herramienta individual que no puede ser impuesta pero que necesita un Fundamento: necesitamos saber para qué hemos de ser buenos, por qué es bueno ser bueno.

La decisión de abortar es pues una decisión moral que precisa de un Fundamento distinto a la regla social, a la ciudadania entendida como la norma que hace posible la convivencia o a la culpa individual superviviente de la noción del pecado religioso. En realidad contemplada de ese modo abortar solo resultaria un pecado contra Dios, si el Estado ya no lo considera un delito sólo queda el reducto teista.

Nos hace falta una moral indeterminista, encontrar un Fundamento humanístico que nos aclare el por qué abortar no es algo saludable, ni algo bueno en sí mismo, ni algo que nos hace más libres o menos dependientes de nuestro entorno inmediato, una moral que nos aclare qué relaciones tenemos con nuestro cuerpo y quién es el propietario de ese embrión que pugna por crecer en el vientre de su madre. Y que al mismo tiempo contemple las excepciones de la miseria, la ignorancia o la victimización.

La naturaleza se manifiesta a través del desorden, a través del caos. Tal y como decía David Peat la naturaleza conspira para establecer fluctuaciones en los sucesos individuales. Significa que el universo, todo lo vivo y todo lo inanimado que conocemos de nuestro mundo se encuentra en un movimiento oscilatorio y conectado de una manera u otra y se manifiesta en secuencias de orden y desorden cíclicos. Todo en la naturaleza persigue un fin determinado: la manifestación de ese desorden, es por eso que existen las enfermedades, los tsunamis, los huracanes, las sequías y las inundaciones, la crisis económica, las guerras y los desastres ecológicos, es por eso que existen las cromosomopatías, y es por eso que existe el síndrome de Down.

Parece que a la Totalidad ni a Pandora les gusta que los hombres se inmiscuyan en sus planes y conspira para seguir introduciendo desórdenes, si no le dejan construir trisomías en el par 21 inventará otras cosas indetectables para los médicos. La Totalidad siempre se manifiesta en la parte, de una manera u otra, si no lo consigue con enfermedades nuevas, inventará desgracias, calamidades y desastres ecológicos, crímenes sin sentido o violencia social. El desorden ha de salir por un lugar o por otro.

Visto de esta manera el aborto vuelve a adquirir un sentido de decisión moral pero la disyuntiva no está ya en ser de derechas o de izquierdas sino en sí usted es determinista o indeterminista. 

Y las morales indeterministas conciben el aborto como una desgracia médica, pues nada tiene de agradable someterse a una intervención quirúrgica de ese calibre y por esas razones, por eso han de contemplarse las excepciones médicas y no volver con la pretensión de una moral integrista o una moral mujerista. Ambas están equivocadas. Son morales deterministas.

Referencias:

Steven Goldberg. When Logic and Science are not enough. The question of Abortion. En When Wish replaces thought. Why so much of what you believe is false. Prometheus Books. 1991.

Olivier B, Rasmussen D, Raghoebar M, Mos J. Ethopharmacology: a creative approach to identification and characterisation of novel psychotropics. Drug Metabol Drug Interact 1990; 8: 11-29

La depresión «como si» (XVI)

Esta mañana durante mi paseo matutino he ido a la biblioteca de mi ciudad a buscar un libro, el caso es que en la biblioteca había muy poca gente, unos pocos clientes de los que van todos los días a leer la prensa, de modo que me he fijado en los titulares de algunos periódicos valencianos que hoy hablaban en primera pagina del aumento de las depresiones en nuestra comunidad, incluso entrevistan a un compañero mio que dice que aun deben haber más por ahí escondidas y en cierto modo es verdad, porque los que frecuentan las consultas de salud mental por propia iniciativa no suelen ser enfermos muy graves. Pertenecen a eso que se ha llamado «trastornos psiquiátricos menores» o ambulatorios. He esbozado media sonrisa y he salido de la biblioteca para comprobar que al lado, hay un gimnasio que está todos los días a rebosar. Hay una hiperfrecuentación de gimnasios y unidades de salud mental pero no de bibliotecas. Pero recordemos la verdad: los pacientes más graves no acuden espontáneamente ni por recomendación a sus consultas programadas.

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El lado oscuro del sentido (X)

Matarse no es lo mismo que morirse

A lo largo de mi vida profesional he tenido ocasión de enfrentarme a decenas de casos de suicidios consumados y a centenares de parasuicidios, es decir intentos de suicidio frustrados por la baja letalidad del método empleado. En Urgencias he atendido a pacientes graves, menos graves, bipolares o melancólicos, y también a pacientes dudosos que he tenido que evaluar a fin de proponer o no un internamiento involuntario.

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En busca del Ikigai (VIII)

El Ikigai es una palabra japonesa que nos remite a un concepto difícil de traducir a nuestro idioma y que induce -según se verá en este post- a algunos errores conceptuales que pretendo aclarar. Para comenzar podemos decir que ikigai significa algo así como «el sentido de la vida», pero no debemos dejarnos atrapar por esta definición, pues el sentido de la vida es algo demasiado abstracto y algunos autores han propuesto la idea de «ese algo que nos hace levantarnos por la mañana de la cama» que a mi me parece demasiado concreto, pues hay muchas razones sensatas para hacerlo. La más corriente es que tenemos que trabajar y el trabajo puede dotar de sentido a la vida pero también puede ser una tortura para quien no disfruta demasiado de él.

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