Contagio en hombres, contagio en mujeres (III)

Comencé a fumar hacia los trece años, a masturbarme a la misma edad en que comencé a dejarme el pelo largo como John Lennon, a lo Beatle. Y comencé todo eso porque alguien me lo enseñó, fumar era cosa de hombres, estaba ligada al estereotipo masculino (entonces las chicas no fumaban) y sobre todo por una razón: estaba prohibido y es por eso que mis primeros cigarrillos se consumieron en la clandestinidad, Llevar el pelo largo era también una transgresión y una prueba de rebeldía, de manera que los más modernos de mi época comenzaron a llevar el pelo largo, botines y el pantalón acampanado para horror de nuestros abuelos que seguían pensando que parecíamos mariquitas y el desconsuelo de nuestros padres que no tuvieron mas remedio que oponerse sin demasiado convencimiento. Eran los sesenta.

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La sociedad de la mente

Marvin Minsky es uno de los popes de la inteligencia artificial y un pionero en el uso de la cibernética tratando de unir la mente cognitiva con los procesos maquinales que describen a la inteligencia artificial (IA), que no es otra cosa sino la aplicación del modo de hacer de nuestra mente al llevarlo al entorno artificial, a fin de reproducir los procesos naturales de nuestro pensamiento. Pero no sólo eso, sino de alcanzar al mismo tiempo cierto conocimiento sobre ellos, que actualmente nos está vedado. Probablemente este veto esté relacionado no solo con la complejidad de nuestra mente sino también en los pasos intermedios que hay entre un elemento y otro, en entender las relaciones y la jerarquía que hay entre ellos.

Lo que Minsky propone en su libro es descomplejizar, es decir reducir los elementos a su aspecto más elemental. Asi habla de agencias y agentes.

Agencias y agentes.-

Para entender qué es un agente solo hemos de observar qué sucede cuando tenemos sed:

1.-Nos levantamos y nos dirigimos hacia la botella de agua (Aproximación)

2.-Cogemos la botella y ponemos el agua en un vaso o la bebemos directamente de la botella (Prensión)

3.-Nos bebemos el agua. (Beber)

Lo importante de esta secuencia donde intervienen diversos agentes que, por supuesto pueden aun descomponerse en sucesivos sub-agentes, es que ninguno de ellos por sí mismo tiene sed, ni sabe qué es la sed. Esa no es la función de los agentes. Su función es llevar a cabo un algoritmo, es decir una secuencia de movimientos que den como resultado el acto de beber. Podríamos decir que los agentes así tomados de uno en uno son tontos, el que sabe lo que quiere es una agencia llamada ¿Qué hacer cuando tenemos sed? o simplemente SED en una jerarquía superior de mando. Los agentes sirven tanto para un roto como para un descosido dependiendo de la agencia que les reclute. Por ejemplo, la agencia COMER puede convocar a los mismos agentes que la agencia BEBER, pues casi todos esos agentes son movimientos coordinados que tratan de pinzar, elegir, llevarse un bocado a la boca, etc.

En realidad este tipo de ideas son calcadas de los zombies de Eagleman que ya describí en un post anterior.

A los niños de dos años les gusta mucho construir torres con madera u otros materiales pero lo que más les gusta es derribar las torres que nosotros los adultos construimos para enseñarles. Es lógico, un niño de esta edad aun no ha desarrollado la pericia muscular (que requiere de movimientos finos) para hacer una torre lo suficientemente alta sin que fracase en el intento. El estrépito de hacer caer la torre cuanto más alta mejor, llena de júbilo la cara de un niño de 2 años. A los 3 años cuando aprenda a hacer torres por sí mismo el placer por la construcción será similar al que sintió al derribarlas un año antes. Dicho de otra forma la agencia CONSTRUIR y la agencia DESTRUIR, están relacionadas pero una de ellas aparece antes que la otra por el desarrollo neurológico del niño, es por eso que la actividad clástica, romper, arrancar piernas a los muñecos, destrozar juguetes o desordenar un armario es anterior a construir relatos subjetivos con los que jugar con esos mismos juguetes u ordenar una estantería. Podríamos decir que hay una dicotomía para nosotros los adultos en el plano pragmático entre construir y destruir, ordenar o desordenar pero desde el punto de vista de las agencias ambas pertenecen a una metaagencia que podríamos denominar como JUGAR, lo mismo sucede entre pintar y emborronar, entre portarse bien y ser travieso, entre mojar la cama y controlar esfínteres. Ninguna limpieza podría aprenderse sin el concurso de su opuesta: la suciedad. Ninguna agencia podría entenderse sin el complemento de la otra.

Lo interesante de estas agencias (de algunas de ellas) es que sirven a un mismo dueño: los afectos y el aprendizaje. Los afectos se regulan precisamente a través de su contrario. Cuando una emoción es demasiado intensa y necesitamos rebajarla echamos mano de su opuesta. Así cuando un niño se frustra porque no es capaz de terminar con éxito una tarea es muy probable que desande el camino echando mano de la destrucción de las pruebas de su fracaso, a través del derribo o tachado de la misma, la indiferencia o de una rabieta. La meta-agencia RABIETA es precisamente la emoción que tiende a regular el sistema cuando la frustración ha llegado a un cierto limite, algo muy frecuente en los niños de 2-4 años precisamente porque no comprenden que algunas cosas son imposibles o improcedentes. La RABIETA no trata de conseguir un objetivo de manipulación como creemos los adultos sino que es una manera de regular una emoción en ausencia de su contraria que probablemente aun no ha sido construida, por ejemplo la diferencia temporal entre hoy, mañana y la semana que viene explica la imposibilidad de esperar. O la imposibilidad de salir a la calle cuando tuvimos que confinarnos en tiempos de pandemia.

En realidad si escribo este post es como prolongación del anterior dónde abordé las relaciones entre el autodesprecio y otros elementos o emociones sociales como la culpa, la empatía, o la oikofobia. Vimos allí que había dos lineas narrativas que discurrían en paralelo pero que existía una de ellas que era consciente mientras que la otra era en parte inconsciente, como en dos niveles de definición. Así hablé de un paralelismo entre el desprecio y el autodesprecio: ambas se encuentran relacionadas entre sí, del mismo modo sucede con el odio y el auto-odio.

El odio -sea por las razones que sea- contiene a su opuesta el auto-odio, ambas mantienen una relación dialéctica, así cuando una crece demasiado la otra se ocupa de aparecer funcionando como un relé, es decir como una inhibición de la primera. Hay como una relación cibernética entre ambas, en una especie de retroalimentación donde operan factores liberadores y también inhibidores : se regulan entre si, siempre y cuando no se franqueen ciertos limites, en cuyo caso el sistema se caotiza y ya no se pueden predecir los resultados o bien se hace periódico en cuyo caso podemos asegurar que se repetirá .

El odio y el auto-odio van en el mismo pack.

Lo sagrado y lo profano.-

Para algunos autores como Durkheim la aparición de la religión procede de esta dicotomia entre lo sagrado y lo profano. Podríamos definir lo sagrado cómo aquello que por su proximidad con la divinidad o por su relación con lo sobrenatural o “aquello que no puede decirse” merece respeto y veneración. Y aunque nosotros vivamos en un mundo donde lo divino ha perdido peso en nuestras creencias, lo cierto es que lo sagrado sigue existiendo por extensión cívica o respondiendo a un fundamento diferente a la existencia de Dios, y hoy podríamos considerar -a pesar de considerarnos laicos- con que seguimos percibiendo como sagradas algunas cuestiones:

1.- La vida humana

2.- El cuerpo, tanto de la mujer como del hombre.

3.- Los niños.

4.- Los ancianos y los enfermos.

5.- La propiedad privada.

6.- Los muertos.

7.- La patría y sus símbolos.

Naturalmente según cada sensibilidad. esta lista podría rellenarse con otras cuestiones, pero me parece procedente detenerme aquí, con la intención de que pensemos en las razones por las que seguimos considerando sagrados algunos preceptos, como por ejemplo el cuidar o proteger a los necesitados, a los débiles o a los dependientes, respetar la vida humana y los cuerpos ajenos en los que nadie -más allá de la ley- puede entrometerse. Hablamos entonces de profanación. Profanar es:

  1. Tratar sin el debido respeto una cosa que se considera sagrada o digna de ser respetada.»los que profanaren los cadáveres, cementerios o lugares de enterramiento con hechos o actos serán castigados»
  2. .Dañar con palabras o acciones la dignidad, la estima y la respetabilidad de una persona o de una cosa, especialmente la honra y el buen nombre de una persona muerta.

Y es por eso que solo lo sagrado puede ser profanado, mientras que lo profano no merece este calificativo: no es lo mismo que nos roben el móvil que alguien entre en nuestro hogar para defecarse allí dentro. El móvil es una pertenencia profana, nuestro hogar es un lugar sagrado.Por la misma razón nuestro cuerpo es sagrado, es decir íntimo y secreto y no puede ni debe ser violado, es decir usado contra la voluntad de su propietario. Muchas de las víctimas de violación sienten y sufren precisamente por esta cuestión de la profanación a la que muchos terapeutas no atienden al prestar atención únicamente a las cuestiones profanas del delito o a sus efectos psicológicos más conocidos. La violación es una profanación, un sacrilegio, un atentado a lo sagrado. Peor si se ejerce contra un niño o niña y peor si se atenta contra su vida. Aquí hay una concentración de atentados contra lo sagrado (tres crímenes en uno) que hacen pensar en que el odio ha ido demasiado lejos y ha destruido los relés que pudieron hacer de contención a través de la culpa, el autodesprecio o el suicidio. No hay que olvidar que algunos crímenes no pueden ser purgados, reparados o expiados, solo redimidos a través de la muerte. Pero a veces estos asesinos carecen de culpa subjetiva aunque sepan que son culpables. los más lucidos entre ellos se suicidan.

Y los que no se suicidan están dando la razón al argumento que más arriba expuse: cuando se pasan ciertas lineas rojas el sistema se hace periódico, es decir se vuelve a reincidir pues solo el acto de la reincidencia -otro crimen- puede neutralizar la intensidad de las emociones que se generaron en origen.

Lo que es lo mismo que decir que el odio es el opuesto del auto-odio y su remedio.

Y a veces el auto-odio es algo intolerable que precisa del paso al acto que lo calme.

Nota liminar.-

Si estoy en lo cierto seria posible diseñar un sistema predictivo de recaídas en personas homicidas o delincuentes sexuales. Un sistema que además sería lo suficientemente preciso para señalar esta tendencia a la recurrencia. En realidad este sistema ya existe y es utilizado por los psicólogos forenses y las juntas de evaluación técnica con eficacia. Sólo queda que los jueces sean receptivos con estás ideas y no impongan -sobre estas predicciones- su propio esencialismo jurídico.

Necesidad, contingencia y libre albedrío

Aquí aparece otra vez la ley del tres. Tres instancias que proceden de una dualidad: la que representa el par necesario-contingente que es mediado por un «tertium inter pares«, el libre albedrío.

Es necesidad aquello que nos viene de serie o que no pertenece a nuestras decisiones, nacemos en un tiempo, un lugar, hijos de nuestros padres pero no de otros, dotados de una inteligencia innata, un patrimonio genético, un temperamento y sobre todo, un sexo. Nada de eso puede elegirse, viene determinado. Lo necesario determina un sujeto mítico dotado de necesidades míticas que necesita a alguien que las pueda atender y complacer: alimentación, cuidados, juegos, etc, en suma crianza, pasamos muchos años siendo completamente dependientes de estos cuidados sin los cuales nadie podría sobrevivir con sus propios medios. Pero poco a poco emerge lo contingente.

Lo contingente puede definirse como aquello que puede suceder o no, no depende de nuestras elecciones sino que simplemente sucede sin que haya intervenido nuestro albedrío en el evento. Pertenece a una nube de sucesos que están relacionados con las posibilidades, así podemos relacionarlo con lo posible pero no sería correcto pensarlo de este modo pues también lo necesario es posible. Lo contingente tiene mucho que ver con nuestro concepto de destino, es una posibilidad de entre otras muchas que se despliegan o no ¿presididas por el azar o la necesidad?

«Aquel Domingo no sabia que hacer, y en aquel tiempo los amigos no quedábamos como ahora, sino que nos escontrábamos en ciertos lugares como Barro, La Casa Vella o el Forn. Aquel día decidí pasarme por el Forn a tomarme una copa y entonces conocí a Teresa la que más tarde sería mi mujer». Si no hubiera decidido ir al Forn no la hubiera conocido y por tanto no me hubiera casado con ella, mis hijos no existirían y tampoco mis nietos. De manera que un futuro es algo que procede del pasado, de una elección que dejó de ser banal y se infiltró de algo más.

Pues este evento puede contemplarse de dos maneras: la primera es pensarlo como predestinación, es decir como si alguna fuerza supraindividual me hubiera llevado de la mano aquel día a pasarme por el Forn. La segunda forma es pensarlo desde una posibilidad que se consteló «a posteriori», algo que dotó de sentido a mi elección de ir al Forn. Algo que procede de «lo nunca visto», «lo nunca pensado» «lo nunca vivido» que nos coge por sorpresa, en aquel caso, una conversación banal sobre cuestiones baladís que de una manera u otra conectó con algo muy profundo de mi subjetividad y me llevó a volver a repetir la experiencia.

Como vemos no era necesario ir al Forn, era algo casual, sin embargo la casualidad se reveló significativa casi inmediatamente, pues la necesidad es sobre todo repetición de lo que fue u ocurrió, sin embargo en mi encuentro con Teresa, hubo algo nuevo, algo que se reveló significativo, lleno de sentido, algo que describe al amor.

Pues el amor es repetición de un calco indeleble que dejó nuestra madre en el inconsciente, pero no solo es una repetición sin más, sino algo que Jacques Lacan llamó contingencia, que preside las leyes del encuentro, es decir lo impredecible. El amor está en esa cresta necesidad/contingencia, y en este sentido cobra verdadero valor ese concepto de amor a primera vista pues el amor emergió como una forma de dotar de sentido. a algo que va más allá de la repetición de la Necesidad. El amor es una huella pero una huella excedente, algo más que un recuerdo. (M. Recalcatti)

Los negacionistas del libre albedrío no sabrán como interpretar el hecho real de que ir al Forn fue fruto de mi albedrio, nada me obligaba a ir allí y no a Barro. Los que creen que todo esta determinado tienen un problema para explicarme porque decidí ir al Forn. a pesar de que mi paleta de elecciones estaba llena de posibilidades aquel Domingo. Aunque el hecho de ir al Forn fue fruto de mi decisión lo cierto es que esa decisión hubiera quedado en el limbo de lo intrascendente -de la repetición- de no ser por mi elaboración posterior.

Pues efectivamente, donde el albedrío se manifiesta de un modo radical es en la significación del encuentro, pues el albedrío es la tercera fuerza que se pone en juego para que Necesidad y Contingencia no se enreden dando la impresión de que estamos determinados por necesidad o por capricho. Es un colchón de seguridad, algo que resuelve en gran medida los embates del pathos y del ethos.

Hace pocos dias publiqué en twitter uno de mis aforismos que rezaba asi:

«La función del amor es domesticar las pulsiones sexuales»

Una contertulia me respondió diciéndome o más bien retándome a que domesticara las suyas, algo así como un desafío a mi publicación, como si pensara que sus pulsiones sexuales son ingobernables. Esta contertulia parecía confundir su pathos (su pulsión sexual) como indomable, algo que estaba más allá de su albedrío y de las contingencias, algo forzado. Algo que mucha gente cree sobre sí mismo y su manera de ser, algo así como si «lo que uno cree sobre sí mismo» es equivalente a «lo que realmente es», una posición esencialista negadora del libre albedrío y en parte de la contingencia. Y ningún ser humano tiene un Yo esencial. «Ser uno mismo» es un consejo falaz, nadie es uno mismo, porque ese «uno mismo» es contingente.

Lo cierto es que la pulsión sexual está fuertemente intervenida por regulaciones grupales y sociales. No existe otra pulsión con más controles y autocontroles (ethos) que la pulsión sexual pues la verdad sobre este hecho es que la pulsión sexual liberada de todos estos controles sería destructiva tanto para algunos sujetos como para la sociedad misma.

Es por eso que surgió el amor, un tercero que interviene en la eterna discordia entre el individuo y el grupo, una especie de fantasma que se encarama entre lo elegible y lo forzado (Zwang) que viene a disipar las fricciones continuas entre lo posible y lo probable.

El eterno debate sobre si el albedrío existe o no. La opinión de un negacionista.

Mi opinión sobre el albedrío.

La vergüenza

¿No se te cae la cara de vergüenza?

La mejor definición de «emoción» que leí -ya no recuerdo dónde- era ésta: «es un movimiento plegado» como si se tratara de un trabajo de origami.

Y me gusta porque contiene las dos partes que componen una emoción, es en su origen un movimiento, una conducta que se incorporó a nuestro sistema nervioso y que podemos relacionar ahora con la cita que preside este post: al avergonzado se le debería caer la cara de vergüenza y si no se le cae es porque es un desvergonzado. Efectivamente, las personas avergonzadas se tapan la cara, luego la vergüenza tiene algo que ver con ella y lo que tiene que ver es el rubor.

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