Mitos, leyendas y fractales

Hace algún tiempo (2019) publiqué un libro que titulé «Del mito a la clinica». En él describí mi peripecia profesional en el mundo de los trastornos alimentarios y mis reflexiones en torno a estas enfermedades que aquejan sobre todo a niñas pre y adolescentes y que desafían las clasificaciones clásicas de la psiquiatría, a la vez que son -en nuestro entorno- muy frecuentes en sus diversas formas (anorexia mental y bulimia nerviosa) y otras nuevas que han emergido después de ellas, me refiero a la disforia de género y las autolesiones que sin ser trastornos alimentarios suelen ser comórbidas con las anteriores.

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Creatividad, locura y cordura

Primera ley de hierro de la psicologia: todos somos iguales

Segunda ley de hierro de la psicologia: todos somos diferentes.

Alguien me recomendó en twitter un libro -el ultimo- de Rosa Montero, un alguien que suponía que este ultimo libro de la autora, tiene mucho que ver con mi estilo literario y mis preferencias. Acertó. Lo compré y he de decir que lo terminé en poco tiempo, el libro me interesó e incluso puedo aceptar que modificó algunas ideas que pugnaban por emerger en mí desde hace tiempo, pero sobre todo me interesó porque creo que estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo genero literario.

Un género que no es ficción, ni novela, ni cuento, ni poesía, pero que tampoco es ensayo. ni divulgación o literatura de autoayuda, sino que contiene elementos de ambos mundos, el de la ficción y el de la no-ficción (ensayo). Se trata de algo que llamé en su momento novela clínica y que me pareció entrever en Siri Huvsted y aquella novela titulada «La mujer temoblorosa«. Clínica porque describía un caso clínico, en el sentido de que la Huvsted utiliza su autobiografía y su patología (el temblor) para indagar sobre conceptos de la neurología, la psiquiatría y el psicoanálisis. Algo así como una traslación del mundo de la ciencia al de la literatura tomándose a sí mismo como objeto de indagación. Una especie de autoanálisis, a calzón bajado, con revelaciones y anécdotas personales que dotan al texto de una cierta ambigüedad y donde participante y participado parecen fundirse en un sujeto omnisciente.

El libro de Rosa Montero no describe un caso clínico sino que indaga las relaciones entre la locura y la creatividad, tomándose a sí misma como ejemplo de esa intensidad creadora que parece estar instalada en los artistas, sobre todo en los escritores, aunque podríamos extender esta cuestión a cualquier tipo de artista tal y como ya hicimos en este post sobre espectro depresivo y creatividad o en este otro donde indagué entre los registros del misticismo y creatividad.

Para Montero la causa de la creatividad hay que ir a buscarla en la disociación.

La disociación y el trauma.-

El concepto de disociación es un hallazgo de Pierre Janet y vale la pena señalar que la disociación compartimentaliza la mente y genera dos estados: uno que sabe pero no siente y otro, herido y que sufre pero no sabe.

« Existe un yo cuidador que sabe todo pero no siente nada y ese niño herido que para defenderse del peligro que representan los adultos tiene que identificarse con ellos«

De las relaciones entre ambos surgirá la creatividad y también la enfermedad mental. En un post anterior hablé precisamente del origen evolutivo de la disociación –la teoría de la segregación– que al parecer es un mecanismo fisiológico innato para eludir las consecuencias de lo traumático a través de la analgesia-anestesia. Disociarse es pues una posibilidad, algo que nos viene de serie, un mecanismo de defensa cercado a la congelación (freezing) que llevan a cabo los animales.

Janet sostenía que el trauma (usualmente sexual) era el responsable de la disociación de la personalidad, pero Freud (probablemente más acertado en esto) supuso que el trauma en sí mismo era poco importante. Lo importante era la maniobra que el paciente llevaba a cabo para «reprimir» (suprimir) un acontecimiento dado o parte de él sustrayéndolo así del flujo de la conciencia. Era precisamente ese algo rechazado el origen de los síntomas que presentaban los pacientes. Se trataba de descubrir no el trauma en sí sino lo que el sujeto había hecho para ocultar sus consecuencias inevitablemente morales.

Hoy sin embargo sabemos que el abuso sexual no es el antecedente más frecuente que pueda explicar los traumas precoces. Tiene mayor importancia la negligencia o el maltrato, entendiendo como maltrato al abandono, la humillación o el rechazo. Sin embargo el concepto de trauma – sobre todo el sexual- es muy querido por muchos profesionales y publico en general, pues es fácil de entender y muy intuitivo además de políticamente correcto para las feministas que dominan el mundo académico. Nosotros los profesionales, tenemos muchas dudas sobre el efecto causal del trauma y sobre todo de su conceptualización, pues si todo es trauma entonces nada es trauma: banalizar esta cuestión desprotege a aquellos que han sufrido traumas severos o graves, trauma con T.

Lo cierto es que cuando nos alejamos de esos traumas con T, objetivos e intensos, comprensibles, no sabemos qué es trauma pero sabemos que hay mucha gente traumatizada, algo que se puede medir con el grado de disociación que observamos en sus conductas contradictorias, cuando no antinómicas. Y no cabe duda de que hay mucha gente aparentemente normal muy chiflados, mientras el catalogo de chifladuras sigue abierto, sobre todo en la vida publica donde parece que el que la dice o hace más gorda tiene más éxito que el sosegado.

La teoría de la segregación de Stevens y Price.-

Lo que hoy entendemos cómo esquizofrenia o psicosis serían los extremos de una disposición general en los humanos: nuestra tendencia a discrepar, a ver las cosas de una forma diferente a como la ven los demás. Nuestra tendencia a la secesión del grupo, la tendencia a fundar nuestra propia escuela.

Es axiomático y no necesita demostración que nosotros los humanos somos seres que buscamos simultáneamente dos cosas aparentemente contradictorias: por una parte queremos «pertenecer a algo», tenemos un impulso por la filiación, pertenecer a algo superior a nosotros mismos, la autotrascendencia, pero al mismo tiempo queremos ser «únicos», diferentes y adquirir propiedades que nos hagan -a ojos de los demás- distintos al magma de lo común. Es por eso que disentimos, que discrepamos y que aprendemos a «decir no» muy pronto, apenas a los dos años y hay varias formas de hacerlo. Nos oponemos y nos separamos de las creencias y costumbres impuestas.

Pues oponerse es la mejor forma de ser diferentes y al mismo tiempo sí conseguimos seguidores para nuestra causa podemos tener las dos cosas: ser distintos y afiliarnos a algo a través de conseguir afiliaciones. Y esto es cada vez más dífícil porque vivimos en un mundo que legitima todas las opiniones, con lo que la transgresión ha de retroceder cada vez más y bordear el abismo de la locura, la abyección, la maldad o la incongruencia. Vale la pena leer este post sobre la teoría «close to the edge» de Randolph Nesse.

Por eso para mí: Más allá de la idea de trauma, es que la oposición, la disidencia, la herejía o la discrepancia es la forma natural y adaptativa en la que la disociación se manifiesta en la población general. Disociación es al individuo lo que la segregación es al grupo.

Para Rosa Montero lo que caracterizaría a una personalidad creativa (disociada) seria estos elementos:

  1. Mayor disociación y conciencia de la multiplicidad
  2. Obsesión por el paso del tiempo, los absolutos y la muerte
  3. Contacto temprano con la decadencia y con la perdida.
  4. Dualidad defensiva frente al trauma
  5. Sentimiento de haber sido lo suficientemente amado
  6. Madurez precoz del niño que observa.
  7. Una infancia donde se perdió de forma temprana la inocencia.
  8. Una inmadurez fisiológica del adulto.
  9. Las desconexiones momentáneas (impostura y afectos)
  10. Hipersensibilidad emocional y sensorial.
  11. Predisposición a los trastornos mentales.
  12. Una especie de intensidad que se aplica a la propia obra como finalidad de la vida.

Naturalmente existen conexiones entre las personalidades creativas y los enfermos mentales. Yo he visto en mi vida a muchos bipolares y no he encontrado nunca a ningún genio, entendiendo la genialidad como creatividad. Probablemente porque los genios creadores tienen además algún tipo de talento que les hace ponerse a salvo de los abismos de la locura. Por otra parte tal y cómo señala Montero ser un genio no significa tener éxito. El éxito tiene otros componentes como el azar, conectar con el espíritu de nuestro tiempo y sobre todo contar con contactos adecuados y mentores excelentes. El éxito es una cuestión que escapa a la creatividad y se sumerge en el marketing o en los lobyes. Y sobre todo: «una gran aptitud para ser pacientes».

Son interesantes los análisis que lleva a cabo sobre Virginia Woolf y Sylvia Plath, dos bipolares suicidas -hoy bastante sobrevaloradas- que terminaron mal y muy jóvenes. En el primer caso con antecedentes repetidos de abuso sexual y en el segundo caso sin ellos. Leer el libro de Rosa Montero me ha llevado a pensar que la facilidad -en realidad la excelencia disociativa- hay que ir a buscarla en el trauma pero también fuera de él. Algunas personas aprenden a disociarse ya de niños y lo utilizan para huir de su vida sea o no sea insoportable, basta con que sea aburrida, pues es cierto que algunas personas necesitan estímulos ambientales constantes para funcionar, el estrés es lo contrario del aburrimiento y cuando no consiguen estimulación externa introducen ciertas perturbaciones voluntarias. Las pequeñas adversidades de la vida no son traumas y no podemos considerarlas como tales, si bien es cierto que en algunos casos, la perdida de la inocencia (algunos psicoanalistas hablan del descubrimiento de la sexualidad) puede ser tan traumática como un evento traumático bien objetivo, lo que nos lleva a considerar el terreno constitucional (otra vez la hipersensibilidad): ciertas personas recurren a la disociación como complemento, o estimulo de su vida aun sin dolor, pena, perdidas o accidentes, pues la imaginación es un complemento de la vida incluso para los que no andamos disociados.

El libro de Rosa Montero me ha gustado mucho y lo recomiendo a todos aquellos interesados en los temas psicológicos y sobre todo en los temas literarios, ese nuevo genero del que hablé más arriba -el ensayo ficción- y que después de todo me deja una duda. No haré spoiler pero cuando pueda le preguntaré a Rosa si la historia de Bárbara es cierta o inventada.

Demasiada impostura, a mi siendo psiquiatra y habiendo visto miles de pacientes no me ha pasado nunca tal cosa, todo lo más he tenido alguna paciente enamorada (erotomanía de Clérambault) pero nunca un impostor que se haga pasar por mí.

El solipsismo radical (XXXII)

(Del latín “solus”: única; “ipsé”: mismo.) Teoría idealista subjetiva según la cual sólo existen el hombre y su conciencia, de modo que el mundo objetivo, incluidos los seres humanos, existe únicamente en la conciencia del individuo. En principio, toda filosofía idealista subjetiva llega inevitablemente al solipsismo. Quienes se han aproximado más a esta concepción han sido Berkeley y  Fichte . El punto de vista solipsista priva de todo sentido a la actividad humana y a la ciencia. Por este motivo, los filósofos idealistas subjetivos intentan evitar el solipsismo extremo, para lo cual proclaman la existencia de una conciencia genérica, supraindividual, divina. El fundamento gnoseológico del solipsismo radica en considerar la sensación como fuente absoluta del conocimiento.

En el post anterior ya adelanté que las relaciones entre lo material y lo espiritual ha sido uno de esos dilemas que han ocupado a las mentes más calenturientas de nosotros los humanos. Primero fue Descartes, representante del racionalismo que intentó delimitar los campos de lo «cognoscente», es decir aquello que podemos saber de lo «extenso» es decir de aquello que escapa a nuestra capacidad de entendimiento. Descartes no resolvió el problema sino que profundizó en la dualidad, por una parte estaría la materia y por otra el territorio de lo espiritual, cosa de teólogos y sacerdotes. Ni que decir que para Descartes gran parte de nuestra vida psíquica estaría dentro de ese campo no cognoscible que identificaba con la divinidad.

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