Paideia y terapia

PAIDEIA Y TERAPIA: A PRÓPOSITO DE “MITO, NARRATIVA Y TRASTORNOS ALIMENTARIOS” DEL DR. TRAVER TORRAS. Por Jose Carlos Aguirre.

El libro “Mito, narrativa y trastornos alimentarios” de Francisco Traver Torras aborda -como se hace evidente por su título- la actualísima y compleja temática de los trastornos alimentarios y lo hace desde una sólida y amplia experiencia clínica. No en vano el Dr. Traver –director del área de psiquiatría del consorcio Hospitalario de Castellón- organizó la Unidad de Trastornos alimentarios en 1997. Desde entonces, la práctica clínica ininterrumpida y la experiencia acumulada, han ido desgranando una praxis de intervención acompasada a las propias exigencias que se iban planteando y que recapitula el presente libro. Como no podía ser de otra manera –si es que se cumplen los criterios exigibles de rigor- esta praxis clínica ha ido de la mano de una determinada reflexión de corte teórico sobre la naturaleza de estos trastornos y sobre el método de intervención terapéutica. Las propias exigencias de la práctica clínica llevarán a valorar un acercamiento cualitativo a cada caso lo que matizará tanto las praxis de intervención como la reflexión teórica. Creo que este preámbulo nos introduce al gran interés que presenta el libro tanto desde el punto de vista de la clínica como desde el punto de vista de la teoría psicológica.

En relación a la esfera más estrictamente teórica, el libro indagará en esas cuestiones de paradigma que formalizan y delimitan el campo a partir del cual es concebible la intervención clínica. La perspectiva de Traver en este complejo asunto será ejemplar. Elegantemente no se dejará llevar por esos discursos precarios que reclaman genéricamente “nuevos paradigmas” para la ciencia con el fin de hacerla capaz de acercarse a “nuevos horizontes”. Algo que en realidad sólo desordena el campo propio de la ciencia al tiempo que distorsiona el rigor de su método. Este psiquiatra es muy consciente de que su propuesta constituye un acercamiento al problema de los trastornos alimentarios desde un ángulo complementario pero diverso al del método científico. En sus propias palabras entenderá tal acercamiento desde “un costado humanístico”. Su acercamiento no será, pues, el propio de un método como el científico que opera desde una analítica de reducción del fenómeno observado a variables cuantitativas y a observaciones o evidencias de corte fisicalista. El autor de “Mito, narrativa y trastornos alimenticios” no cuestiona el rigor del método científico ni apuesta por su adulteración. Cuenta con ese rigor pero al tiempo trata de complementarlo desde una metodología alternativa capaz de un abordaje estrictamente cualitativo a la medida de la persona singular y de su problemática existencial intrínseca. Consideremos que uno de los enlaces de privilegio entre ciencia y humanidades no será sino la idea de cuerpo vivo, esto es, atender al cuerpo desde ese entramado de disposiciones adaptativas, de enorme complejidad antropológica, a partir de las cuales el hombre expresa y dinamiza su propia vitalidad y creatividad.

Este planteamiento le llevará, necesariamente, a un determinado diálogo con perspectivas deudoras de las humanidades, esto es, de las diversas áreas de expresión de la creatividad y del genio humano. No olvidemos que de lo que se trata a la hora de acercarnos a la vivencia de la persona singular es de atender a eso mismo, es decir, a esas esferas de la creatividad humana que nos muestran las vivencias de los hombres con sus desafíos y sus tránsitos a lo largo de los siglos. La metodología propia de una investigación humanística deberá partir, pues, del estudio de las expresiones de lo humano que nos ofrecen las disciplinas humanísticas. Consideremos que tales expresiones apuntarán a emergencias de sentido que formalizan y ordenan la vivencia humana amparando el despliegue de la potencia vital y de conocimiento del hombre. Arte, literatura, filosofía, poesía… Las formas de expresión del cuerpo vivo serán variadas.

Un último matiz y un aviso a navegantes. El discurso de “Mito, narrativa y trastornos alimentarios” tiene mucho de intempestivo y disiente de acomodarse en el falso consenso de eso que se conoce como “psiquiatría basada en la evidencia”. Y, desde luego, no por desentenderse de la riqueza que pueda aportar la esfera de lo estrictamente biológico y neurológico sino por entender que psiquiatría y psicología tratan de cuerpos vivos, de cuerpos concretos dotados de rostro que no se dejan reducir a la esfera de lo puramente biológico por estar dotados de una biografía concreta en un contexto cultural dado; algo a lo que también debe atenderse por esbozar esa complejidad de lo humano que debe asumirse para toda investigación…

Tras esta breve intempestiva adentrémonos en el libro “Mito, Narrativa y trastornos alimentarios”, adentrémonos en esas figuras de la vida del hombre que desgranan los contenidos humanísticos; esas figuras que mediante analogías, códigos simbólicos y metáforas nos dicen y nos expresan a la medida [2]de nuestra más absoluta intimidad. No se olviden que harán falta ciertos movimientos de cintura, cierto espíritu musical y cierta ductilidad intelectual a la altura de la propia complejidad de lo humano. La reflexión humanística se sabe una hermenéutica en permanente recreación a la medida de cada cuerpo vivo. Arte, literatura, filosofía, poesía… Estamos ante uno de los más importantes recursos de resiliencia[3] de los que dispone el hombre. Muy consciente de lo afirmado este psiquiatra indagará en lo que nos aportan los mitos. Adentrándose en esa senda que nos dirige hacia la paideia[4] clásica y a su relevancia en el cultivo de sí. La relevancia de los mitos no quedará referida por facilitarnos análisis psicológico alguno de una particularidad enfermiza. Los mitos no se refieren a ningún yo particular nos recordará Traver con enorme acierto. Lo narrativo, en su universalidad, dependerá de su capacidad para expresar lo humano en sus desafíos recurrente y en las posibles veredas a transitar. A partir de las posibles resonancias que se nos brinden, a la medida de cada cual. Tal será la riqueza de lo narrativo, de los mitos y de sus figuras; dioses, démones, héroes, heroínas…

Lo demónico: Lo narrativo y sus figuras

“¡Oh, padre Zeus, de cuántos males no librarías a los hombres si tan solo les hicieras ver a qué demon obedecen!”.

Con esta cita atribuida a Pitágoras introduce Francisco Traver su obra. Lo demónico en la Grecia Antigua puede incluir desde las figuras divinas a las más diversas potencias espirituales o personificaciones fantásticas. Desde la perspectiva de la narrativa griega todos estamos acogidos a un demon –daymon- y ese demon, expresándose en nuestro carácter, es nuestro destino. Profundizar en el propio demon, saber de él, conocerlo en sus diversas declinaciones acaso sea la mejor terapia. Y apelo al significado de terapia al modo en que la entendían los clásicos. Terapia, therapein, como “cuidado de sí”, como sublimación de las propias pasiones y como programática de armonía e integración del alma… En efecto, ser consciente del propio demon, tal y como nos recuerda el Dr. Traver Torras en la cita que introduce su libro, es condición para superar los diversos desafíos y laberintos en que nos coloca la vida. Tanto será así que el planteamiento general del libro “Mito, narrativa y trastornos alimentarios”, básicamente, se adentra en la potencia terapeútica de los mitos y narraciones. Una potencia que a partir de ese cuidado de sí de los clásicos podría dinamizar e inspirar estrategias psicoterapeúticas específicas. ¿Cabe transitar desde la paideia griega a la psicoterapia contemporánea? Esta es precisamente la apuesta del Dr. Traver a partir de la referencia que nos brindan los mitos con sus historias de démones, dioses y hombres. En palabras de Traver Torras “una de las tesis que sostendré en este libro es que el mito es un hallazgo de la subjetividad y que por tanto se encuentra plegado y vivo en los conflictos del hombre moderno, y que conocer el mito es una ventaja para aquel que intenta averiguar algo acerca de sí mismo, para aquel que quiere conocer hacia dónde debe dirigir su vida, las raíces de sus sufrimientos, sus bucles repetitivos, su destino o que simplemente busca perfeccionarse, crecer y seguir su propio camino de individuación sin cometer demasiados errores”.

Con el fin de ir introduciendo la propuesta del Doctor Traver indagemos en eso de lo demónico ya que las figuras de los mitos tendrán tal carácter. Para los griegos el demon es una potencia mediadora entre lo humano y lo divino aunque muchas veces en griego clásico se utiliza como sinónimo de esos dioses[5] de los que nos hablan los mitos. Incluso en muchas ocasiones los traductores traducen dioses cuando en el texto griego aparece la palabra daymon. Lo demónico será, pues, lo divino referido a lo humano a través de determinadas figuras. Lo divino luminoso que eleva la condición humana pero también lo divino sombrío, esto es, el límite que la necesidad le pone al hombre. De esta manera lo divino no indicaría sino la ley que retribuye al hombre atendiendo a su propia condición y finitud. Todas las figuras divinas, celestes o sombrías, nos hablarán, pues, de itinerarios de lo humano en sus muy diversos modos de expresión. Como podemos constatar Traver al postular lo demónico y el lado más humano de los mitos, lejos de decantarse por su mera psicologización, se instalará en los mismos, en su estricta humanidad y en perfecta sintonía con la riqueza que dimana de la paideia clásica.

Los filósofos también se refirieron a los démones. Sócrates entenderá el demoncomo un genio interior del hombre, un sí mismo de cuyo reconocimiento depende toda excelencia, todo saber hacer y toda orientación en la vida. Platón destacará ese carácter mediador entre el hombre y lo divino. Cada hombre tendrá su propio demon, rector de su alma, nos dirá Plotino. Los filósofos parecen entender el demon como un polo atractor que en tanto humanos nos constela y nos dice, un arquetipo de referencia que ordena toda nuestra existencia; a través de su reconocimiento una fuente de salud y plenitud. Desconocer el propio demon sólo servirá el lastre de nuestra potencia vital y la llegada de la Moira implacable para ajustarnos las cuentas por no llegar a ser lo que somos… El demon propio, para Sócrates o para Plotino, es pues nuestra finalidad, nuestro telos, nuestra figura de plenitud.

Otra pregunta retórica; ¿de donde surgen los demon?. De un cuerpo vivo que pugna por adaptarse según su propia medida, de la vida pujante –Deus sive natura que diría Spinoza- que se afirma en la plenitud de los cuerpos. No olvidemos la estrecha relación entre el hombre y lo demónico.

Una cuestión más; ¿Por qué los dichos sobre démones y personajes mitológicos nos llegan tan adentro y son tan afines en muchas culturas?. Precisamente por expresar y dinamizar esa vida humana y su corporalidad adaptándose a sus desafíos recurrentes…

Finalmente; ¿existen los démones?. No, como ningún Dios digno de tal nombre. No existen pero son. Son nuestra fibra más íntima. Su residencia tiene un ala en nuestro imaginario y otra se mantiene alumbrando el mundo que humanamente habitamos. Son nuestro cielo pero también nuestro infierno… Nosotros existimos y ellos son. Así las cosas ¿creyeron los griegos en sus mitos? tal y como provocadoramente nos dice Paul Veyne… Si algo nos pone de manifiesto la Grecia antigua y su paideia es precisamente que el poder de los mitos no queda férreamente vinculada con creencia o devoción alguna sino que acontece en la propia narratividad del mito y en la riqueza de sus figuras. Antes y ahora. En efecto, la pretensión de Traver en “Mitos, narrativa y trastornos alimentarios” no será ajena a lo mitológico como si de una proyección moderna se tratara. Al contrario se instalará en su propia potencia y en la relevancia que para el psiquismo humano tiene la narratividad y los haces de sentido inherentes que vienen a expresarse.

Los héroes y heroínas de los mitos no son démones. Son el lado de lo humano en ese escenario complejo. En cualquier caso los linajes se entrecruzan y copulan. Hombres y démones lo compartimos casi todo. Ese es el sentido de que semidioses y hombres divinizados operen en los mitos a muy diversos niveles. El héroe se encuentra confrontado con lo real y velado en sus potencias. Debe transformarse, transfigurarse y llegar a ser. Tiene que hacerse a sí mismo para superar un escenario complejo saturado de contradicciones. Al tiempo es limitado y frágil y la sombra de la tragedia no le dejará nunca. Sólo le queda llegar a ser –gygnomai– lo que es para resolver el misterio que le envuelve. La tragedia en la que vive instalado siempre tendrá que ver, en palabras de Traver Torras, con “esas fuerzas elementales que se tejen entre el psiquismo humano y la realidad, fundamentalmente a través de la subjetividad del otro, necesario pero al mismo tiempo enemigo potencial”. La guerra de los dioses es pues la guerra de los hombres apuntará Traver. Con todo, la tarea del héroe no es vencer al otro –por eso la venganza no solventa nada nos dirán los mitos- sino integrar su carácter y dar forma al caos. Superar su propio estado de escisión al contacto, ni más ni menos, con eso que se nos opone. Según venimos al mundo lo elemental se nos confronta y a merced quedamos de sus ciegas causalidades. El ámbito de las fuerzas elementales será el de las divinidades sombrías. Especialmente el de la diosa necesidad –Anenke– y el de las moiras que administran esa ciega causalidad nos dirá certeramente el Doctor Traver. En el mito las combinatorias posibles son muchas y el desenlace queda abierto. El mito trágico muestra el desenlace del dejar hacer a esas fuerzas elementales… La tragedia busca sobrecoger al hombre. -¿Simple mortal; pero es que aún no sabes el limbo en el que te encuentras y con quien te la juegas?-. Con todo, las tensiones dejan brotar un calado insondable ya que sincrónicamente los mitos nos dicen que Prometeo robó para los hombres el fuego de los dioses. Y esa es una vía siempre abierta. Hombres y dioses copulan y en un parto con dolor acaso emerja el hombre que se transfigura elevándose desde la necesidad…

 

Todas estas figuras se nos brindan a través de relatos –cuentos y mitos- los cuales expresan lo humano en sus diversos tránsitos y viáticos. En su espejo podemos mirarnos. Constituyen nuestras hebras más íntimas. Aparecen en nuestros sueños y nuestras fantasías. También en nuestras pesadillas. Si nos miramos en su espejo vemos reflejados nuestros quehaceres y sus claves de resolución. Nuestra sintonía con una de esas figuras nos coloca ante el mundo, nos ofrece claves para la superación de desafíos y nos aclara el perfil de los diversos tránsitos posibles. Traver nos precisará la operatoria y la eficacia de la narratividad mítica. Los mitos indicaran en el relato el proceso de liberación de la “energía necesaria para llevar a cabo un proyecto determinado señalando a veces de forma muy certera los recursos que se hallan disponibles para que el individuo se cure a sí mismo o mitige su dolor”.

Narratividad y terapia

Efectivamente. Todo el libro “Mitos, narrativa y trastornos alimentarios” reposa en el valor de lo narrativo. Estamos hechos de cuentos y esos cuentos constituyen nuestra subjetividad desde los haces de sentido que proponen y desde los extravíos que glosan. Desde su resonancia en nuestro fuero íntimo nos dicen. Fractálicamente resuenan a diversos niveles y en contextos socio-históricos muy diferentes. Expresan lo humano e instauran los diversos mundos posibles. El yo -el cuerpo vivo y necesariamente singular- no será reducible a la referencia biológica. En palabras de Traver torras “el Yo no es un órgano, ni siquiera una función cerebral específica sino una metáfora que dota al individuo humano de historicidad”. Advirtamos que la historia no es sino relato.

Indagar en mitos y cuentos nos confronta pues con nuestra propia vida, con el relato que nos hacemos de ella. Apelar a cuentos y mitos en el escenario psicoterapéutico saca la psicoterapia de la alcoba del inconsciente -y de los supuestos traumas que nos hirieron y que ahora nos condicionan- para poner el acento en esos itinerarios de lo humano que nos narran mitos y cuentos. En palabras del Doctor Traver: ”Un mito es como un cuento que señala el camino y sus obstáculos y lo hace con frecuencia hablando de nuestros orígenes, no se ocupa de un Yo individual y mucho menos de un Yo vulgar o intrascendente, habla del sino de la propia Humanidad tomada en su conjunto y de su destino y lo hace “desde un tiempo aquel” en que ni la historia, ni el tiempo cronológico ni sus instrumentos de transmisión se habían establecido o desarrollado. El mito no responde a preguntas del tipo del por qué o del cómo sino desde dónde (Kerenyi, 1994), habla pues de lo ancestral, lo primigenio, del origen, de la memoria de nuestra especie antes de que hubiera propiamente memoria histórica; el mito en este sentido es un precursor del relato íntimo individual y nos está hablando de los hallazgos de los primeros planos de subjetividad que los humanos desarrollamos en nuestro trasiego con el mundo”.

El método de trabajo con lo narrativo y, en concreto, con los mitos requerirá de una interpretación –una hermenéutica- que nos confronte con el relato mítico. Deberemos ser interpelados por los personajes de los mitos y tener una determinada comprensión o interpretación del mismo a nuestra estricta medida -todo el libro “Mitos, Narraciones y trastornos alimentarios” se adentra en una hermenéutica mítica-. Por eso en relación a los mitos conviven una gran pluralidad de interpretaciones diversas, a la medida de cada cual. Lo que anima a que este género de narraciones esté en permanente estado de re-elaboración y de recreación a través de la aparición de nuevas variantes.

En resumen, los mitos aluden a esas escisiones primordiales de lo humano. En sus escenarios podemos constatar la pugna entre modos de resolución y elaboración de lo humano y esas fuerzas elementales del alma que nos percuten en nuestro interior a través de “otros”. Los escenarios así abiertos animan a nuestra propia capacidad de integración advirtiéndonos, ni más ni menos, con nuestra propia enajenación o destrucción en caso de que la incesante tarea de integración personal se vea lastrada. Los diversos personajes del mito –dioses, démones y héroes- constelan un escenario específico de esa pugna. Una pugna que, en términos generales, no será sino la pugna básica a la que se ve confrontado primariamente lo humano por el mero hecho de existir. La realidad se nos confronta, nos desdice y nos niega. Las variantes de este drama serán muchas. La vida humana deberá ser afirmada a partir de ese drama. Tal drama lo indicaran los griegos recordándonos permanentemente nuestra finitud y nuestro carácter mortal. El sentido de la vida será pues su elaboración y sublimación a partir de la integración de tensiones que nos escinden y contrarios que colisionan. La vida se abrirá así paso y las potencias de adaptación de los cuerpos vendrán a quedar liberadas. Y esto es, precisamente, lo que propone la propuesta terapeútica presentada por el Doctor Traver. Indagar en esas veredas inspiradas por los mitos que aquilatan y hacen madurar la capacidad de vida. Fenomenológicamente el mito no será sino cuerpo –las estrategias del cuerpo vivo a partir del proceso de ordenación de su imaginario- y lo será a través de una determinada perspectiva hermenéutica a la medida de cada cuerpo y de su singularidad.

Como podemos constatar, esos mitos nos ofrecen los diversos tránsitos y las posibilidades inherentes al mismo en relación a la estructura compleja que el mito indica. No es un relato lineal es un relato eterno, un cartograma de la vida anímica de los hombres, que permanentemente acontece. El desafío planteado responde siempre a ese choque entre fuerzas elementales y su resolución e integración por parte del hombre; devenido así héroe o heroina. En palabras del propio Traver Torras: “La interpretación de un mito requiere siempre entender que no se trata de un relato lineal. Perseo, Acrisio, Polidectes, Dánae y el propio Zeus son diferentes aspectos individuales de un mismo arquetipo, un patrón de conducta y también cognitivo, un estilo de sufrimiento, un karma individual y también algunas guías para salir bien librado de ese tránsito”.

La cuestión de la clínica

La pregunta es, ¿por qué esto es válido especialmente para una psicoterapia con adolescentes?. El Dr. Traver nos dirá que tales itinerarios indican posibilidades de maduración de lo humano. No olvidemos que los adolescentes están en pleno proceso de reconocer su medio, de reconocerse y de constituir su propia subjetividad. Un proceso delicado precario; sobre todo si consideramos la extensión creciente de la adolescencia y la fragilidad y permeabilidad del psiquismo en ese fase de la vida. La estrategia psicoterapeútica con un adolescente deberá poner el acento en esas figuras que sirven de espejo y que motivan su propia maduración personal. Todos tenemos un pasado psíquico que nos enhebra pero quizá lo mejor no sea tanto revolver obsesivamente en él sino atender a esas programáticas de lo humano y a esas figuras que nos sirven de referencias y dinamizan la constitución de nuestra identidad. Y más si esa identidad se encuentra en plena fase de constitución tal y como les sucede a los adolescentes; y además en un contexto cultural en que adolescencia y juventud alargan enormemente su duración con todo su potencial problemático. En palabras de Traver Torras “los temas que relataban estas niñas eran los propios de los mitos (mythos= historia pero también esquema o plan), esas historias de mentira que cuentan verdades como puños precisamente porque señalan una universalidad en los motivos básicos del sufrimiento y un patrón determinado para el desarrollo del psiquismo humano: la pérdida precoz, los celos, el hijo rechazado, el hijo preferido, los disfraces del desamor, las niñas heridas por abusos sexuales o por la explotación y la parentización”. En este sentido, se trataría de animar al proceso de maduración de esas adolescentes en las que el cuerpo se convierte en el testigo y en el registro de sus propias fragilidades. Y es que la negación del propio cuerpo, inherente a los trastornos alimentarios, parece ir en la dirección de una negación de ese proceso estrictamente adaptativo que se decanta hacia la maduración personal.

 

La identidad, por lo demás, será un asunto permanente narrado y narrable con lo que lo dicho no será solamente válido para los adolescentes. Lúcidamente Traver apelará a lo narrativo para trabajar con cuentos y mitos ya que cada cual no es sino la narración que de sí mismo se hace. Lo que, en general, le llevará a relativizar la idea de trauma y de herida psíquica para atender a cómo nos la contamos y la representación que de la misma nos hacemos. La crítica a la idea de trauma no se quedará en lo dicho. “En psicopatología sólo es posible establecer una relación de causa-efecto con lo próximo; lo remoto disuelve las relaciones causales precisamente porque el individuo pone en juego estrategias destinadas a curarse a sí mismo o a amortiguar el daño recibido”. Las causalidades mecánicas y los modos de causalidad lineal no valdrán para la psique ya que sus procesos operan complejamente a partir de los diversos –y complejos- grados y contextos de sensibilización que pueda presentar un individuo y, dialécticamente, atendiendo al hecho de que la psique pugna por integrar todo daño y toda vivencia enhebrando una esfera de sentido que, además, está en permanente proceso de recreación. Lo que transformará todo desorden psicológico, nos dirá Traver, en la resultante de un proceso que acontece por anidación, siempre susceptible de re-elaboración.

 

En definitiva; el acontecimiento traumático no será desligable de las estrategias fallidas que intentaron integrar tal acontecimiento traumático; estrategias que, como se hace evidente, van esbozando nuestra historicidad. Nuestras heridas internas no dependen tanto de la causa inmediata a tales heridas –la causa que detona el proceso- sino que responden a un proceso en el que convergen modos de causalidad muy complejos. Por eso -respecto del alma y de la vida anímica- la enfermedad no será sino el bloqueo de su capacidad de integración; eso que supone el colapso de nuestra propia historia personal. En ese colapso dejamos de ser historia -nuestro cuento se detiene- para instalarnos, rígidamente, en nuestra propia tragedia al pie de los caballos de esas fuerzas elementales que se nos confrontan. Con lo que el cuerpo vivo ve lastrada su capacidad de adaptación. Con seguridad la enfermedad mental y la psicopatología habría que teorizarla en esta dirección. El hombre enlaza corporalidad e historia –narración-. Como se hace evidente la fibra de esa historia será dicha narrativamente y será permanentemente recreable. Como los mitos.

 

Consideremos la importancia de aproximarse a los estados psicopatológicos en tanto estados en los que la capacidad de adaptación del hombre se colapsa, quedando bloqueado o gripado el proceso siempre abierto que va enhebrando el hombre en su propia historia personal. Traver nos indica esta dirección. En este sentido una cita[6] de Rilke que encabeza el libro resulta muy explícita. Esta cita es muy oportuna ya que vincula esa potencia dúctil en la que se afirma la vida –el fluir de la misma en permanente re-elaboración- con la capacidad de conocer. Consideremos que solo se conoce a partir de un plano de sentido de carácter previo. La cualidad de ese sentido tendrá pues una íntima conexión con la cualidad de la vida que acontezca. La capacidad de sentido, el propio conocer y las pertinentes tomas de conciencia derivadas de ese conocer serán un asunto decisivo para la propia salud, entendida ésta como potencia de integración y armonía de la vida anímica -o del alma-. La tarea será pues atender e indagar en esa narrativa personal, en permanente re-elaboración, capaz de liberar nuestra capacidad de sentido.

 

La propuesta terapeútica que contiene el libro “Mito, narrativa y trastornos alimentarios” partirá por tanto de la propia narración que el cliente o paciente hace de sí; de por sí un paso adelante ya que narrarnos nuestra propia historia -por tener que enhebrar un relato coherente- pone al imaginario frente a sus propias lagunas e incoherencias. Narrar nuestra historia ante un tercero nos coloca ante una exigencia de sentido que nos sitúa ante el mundo y nos aboca a indagar en nuestro vínculo con esas fuerzas elementales. Efectivamente, en el relato un mundo se nos brinda. De ahí que de lo meramente imaginario se pase a la instauración de un mundo crecientemente ordenado a partir de determinados códigos simbólicos mediante los cuales asignamos valor y significado a las cosas. Este será un primer paso. Alrededor del carácter narrativo de la historia de cada paciente girará la práctica de intervención clínica postulada por el Doctor Traver.

 

A partir de ahí la tarea del terapeuta sería tantear y facilitar –no imponer- la emergencia de nuevas narrativas que vitalicen la propia historia, animen a la propia evolución personal y disuelvan lastres y representaciones enfermantes. Desde este punto de vista liberar el inconsciente[7] y enhebrar conciencia será liberar nuestra propia capacidad narrativa. Para hacerlo Traver Torras se inspirará en esa fuente exhuberante de relatos que es la mitología, relatos que expresan lo humano con sus pasiones y anhelos. De lo que se tratará será de atender a los relatos de los pacientes e indagar en modos de resolución de los mismos. No olvidemos que en los mitos y los cuentos ya está todo previsto. Se tratará pues de indagar en ese mito que nos dice con el fin de ponderar itinerarios y escenarios de tensión. No olvidemos que la tragedia es inseparable del mito en tanto destino ineludible que, paradójicamente, ha de ser superado. La finalidad: integrar contrarios y alumbrar sentido. Ver a la vida recrearse y dar sus frutos. Ni más, ni menos. Sr. Traver continúe escanciando.

 

 

[1] Todos los entrecomillados son citas del libro “Mito, narrativa y trastornos alimentarios” de Francisco Traver Torras.

[2]El que escribe estas líneas considera que existe un pensamiento o logos narrativo: el propio del universo de sentido emergente en toda narración. De hecho en griego arcaico, tal y como nos indica Martínez Marzoa en su libro “Historia de la filosofía clásica”, logos y mythos –junto a epos– serán sinónimos indicándonos las palabras o decires de sabiduría de los sabios. En griego clásico el mythos pasará a considerarse las palabras sabiduría de contenido narrativo y el logos las de contenido argumentativo. Mythos y logos, por lo demás cada una con su tremenda riqueza semántica que nos llevaría muy lejos. Con todo basta abrir un diccionario de griego clásico para sorprenderse y comprobar que una de las posibles traducciones de mythos –según el contexto- es razón.

[3] Los resursos de resiliencia son las diversas estrategias que el hombre, en tanto cuerpo vivo, despliega para solventar los diversos desafíos con que la vida le confronta. Según Cyrulnik la ensoñación, el altruismo, la capacidad de sublimación, el humor y la creatividad son estrategias potenciales de resiliencia.

[4]La idea de paideia es una de las centrales del pensamiento griego. Suele traducirse por educación aunque tiene un sentido mucho más integral que integra el “cuidado de sí” –therapein– y la promoción de la excelencia. La paideia era considerado un contexto formativo integral –el cual incluía deporte, filosofía(ética y ontología), retórica, música, poesía, teatro, literatura así como la asistencia a diversos rituales y misterios. Como se hace evidente la familiaridad con los mitos, con sus diversas versiones e interpretaciones , era una parte decisiva de la misma.

[5] La cuestión de lo divino en la Grecia antigua transcenderá la de las figuras divinas

[6]“Aquel que se convierte en fuente para fluir es reconocido por el conocimiento”.

[7] Con esta apelación al inconsciente no me refiero a las diversas ideologizaciones del mismo que se han sucedido. Sencillamente apelo a la evidencia fenomenológica, hermenéutica y neurobiológicas de procesos inconscientes de los cuales la conducta sería una resultante. Una evidencia que se nos brinda tanto atendiendo a la propia experiencia empírica como al ámbito de las investigaciones neurofisiológicas.

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