La epidemia depresiva (I)

“Lo contrario a la depresión no es la felicidad, es la vitalidad” (Solomon)

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No es necesario advertir al lector bien informado que la depresión se ha convertido en casi todo el mundo, al menos en el mundo occidental en una epidemia que afecta a 500 millones de personas, tampoco voy a incidir en que el consumo de antidepresivos que se ha multiplicado por 3 en España en los ultimos 10 años . No hace falta decir que los jóvenes que hoy están al borde de la mayoría de edad tendrán la depresión como principal morbilidad cuando sean adultos por delante de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer y que estamos hablando de un trastorno que afecta o afectará a una de cada cuatro personas (prevalencia-vida). Por último señalar que estamos hablando de una patología que interfiere gravemente con la vida cotidiana de los pacientes, genera disfunciones sociales, bajas laborales y sobre todo que es la primera causa de suicidio en el mundo.

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Prebióticos y probióticos

 

El termino probiótico fue introducido por primera vez por Lilly y Starwell en 1965 y se refiere a ciertos microorganismos que tienen la capacidad de estimular o modular el crecimiento de otros, sin que tengan ningún efecto perjudicial sobre el huésped, al que aportan numerosos beneficios.

Prebiótico sin embargo es una sustancia no digerible que aportan efectos beneficiosos al huésped estimulando selectivamente bacterias autóctonas del mismo. Siendo los simbióticos sustancias que combinan efectos pre con probióticos.

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Caos y trastorno bipolar

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La relación entre la estacionalidad y/o la circadianidad con ciertas enfermedades está bien establecida. Se trata de las enfermedades cíclicas o circulares, aquellas que evolucionan según un ciclo -casi siempre misterioso- y que aparecen y desaparecen para volver a aparecer más tarde, desde algunas formas de dolor (migraña) algunos trastornos digestivos (ulcus gastroduodenal) o algunas enfermedades de la piel (psoriasis) presentan estas características de periodicidad y de remisiones espontáneas. Sin embargo guardamos el sustantivo bipolar para aquellas enfermedades que se presentan en dos polos aparentemente opuestos, por ejemplo la depresión y la manía.

 

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El futuro de la psicofarmacología: ¿un escenario de ficción?

Decía Arthur Koestler que la humanidad solo tendria remedio cuando se descubriera un fármaco antiterritorial.

No se trata de una boutade sino de una propuesta que pone el dedo en la llaga sobre ciertos apriorismos que gozan de todo el respeto científico. Por ejemplo se desarrollan y usamos fármacos antidepresivos en la convicción de que son fármacos que operan mejorando las depresiones (cosa que puede ser cierta), como sí fueran farmacos específicos contra esa enfermedad.

Lo cierto es que no es asi, los antidepresivos son en realidad fármacos que pueden funcionar también como antidepresivos y que presentan numerosos efectos, unos indeseables y otros no tanto que pueden resumirse en uno: aumentan la indiferencia afectiva.

El apriorismo neurocientífico parte de la base de que todas las conductas humanas remiten en ultima instancia a un patrón, estructura o soporte neurobiológico alterado, cosa que se admite sin rechistar pero que tampoco es cierta. Tanto da si se trata de hambre excesiva, un gusto por las maquinas tragaperras, eyaculación precoz, hiperactividad, la imposibilidad de dormirse o el deseo de ser delgada o competente, son circunstancias conductuales humanas que no pueden reducirse a la alteración de algún circuito cerebral.

Lo que propone Koestler es en realidad una afirmación que desenmascara este apriorismo porque si hemos sido capaces de desarrollar psicofármacos contra la depresión, el miedo, las psicosis o las oscilaciones del humor ¿por qué no podemos desarrollar fármacos contra el egocentrismo, la territorialidad, la irresponsabilidad, la “cara dura”, el rencor, la desconfianza o el afán de lucro?

Tan psicológicos son los términos “depresivo” como “cara dura”, se trata de etiquetas que definen una conducta o un grupo de conductas, de modo que a Koestler no le falta razón cuando propone un fármaco antiterritorial como remedio de la humanidad, no tanto porque tal fármaco pueda llegar a existir sino porque si ese fármaco no puede existir tampoco puede existir un farmaco antidepresivo.

Pues tan lejos se encuentra la ·conceptualización o constructo semántico- “depresión” del registro neurobiológico como el apelativo de “cara dura”.

Naturalmente los psicofarmacólogos no son tan tontos como para creerse las propiedades que nos venden en los folletos de publicidad los comerciales, es por eso que cada vez más la investigación no tiende a buscar remedios globales para cada uno de los trastornos psiquiátricos sino a identificar dianas terapéuticas -endofenotipos- sobre modelos psicopatológicos sencillos. Por ejemplo no es lo mismo buscar un remedio para la dependencia a la cocaina que un fármaco anti-craving. El craving (la tendencia a buscar y atesorar un determinado tóxico  o la tendencia a asegurarse que no  faltará) sí es un mecanismo neurobiológico.

El problema es que el soporte neurobiólogico del craving (la repetición o anhelo de una experiencia) puede ser indisociable de lo que entendemos como deseo y es muy probable que un farmaco anti-craving efectivo resultara en una aniquilación de la espontaneidad, del deseo y de la iniciativa, como la robotización de la vida que observamos en los que toman antipsicóticos.

Lo cierto es que la idea de Koestler -seguramente impracticable de momento- es improbable pero no absurda (por las razones más arriba expresadas) pero hemos de admitir que sería un verdadero bálsamo para la humanidad. Pues un fármaco asi podria arreglar muchos de los problemas de excesivo apego de los que ya he hablado en otros lugares y que correlacionan con un sinnúmero de condiciones patológicas.

Los celos.-

En un post anterior ya llevé a cabo una exploración de los celos, pero recordaré ahora que el fundamento neurobiológico de los celos hay que ir a buscarlo en la reproducción. Los celos son un sentimiento muy primitivo que procede -según sabemos por ciertos psicólogos evolucionistas (Wilson y Daly, 1982)- del sentimiento de propiedad que los varones sienten en relación con sus parejas. El citado sentimiento procede del hecho de que los hombres no saben ni pueden llegar a saber con total seguridad si sus hijos llevan su linaje genético. La conducta celosa evolucionó para disuadir a los merodeadores y llevar a cabo una inquisitiva vigilancia de las hembras. Su persistencia en el hombre actual denota una falta de ciertos aprendizajes sociales que neutralizan nuestra tendencia natural a sentir celos figurados, imaginados, retrospectivos, delirantes o bien justificados. Pues todos los humanos podemos sentir celos como condición de nuestro origen simiesco.

Naturalmente por las razones anteriormente citadas los celos sexuales son poco frecuentes en las mujeres (aqui escribí un post sobre las diferencias entre celos de hombre y celos de  mujer), aunque pueden inducir reacciones territoriales o de nido tan potentes y agresivas como en los hombres pues uno de las acompañantes de este sentimiento es la violencia, la agresión que se desempeña contra aquellos a los que se ha identificado como infieles , merodeadores o intrusos; no cabe ninguna duda de que la mayor parte de crímenes domésticos (o como se dice ahora malintencionadamente machistas se deben a esta causa). En cualquier caso este tipo de agresiones o crímenes no deberían llamarse machistas sino territoriales y pueden ser cometidos tanto pos hombres como por mujeres si bien su frecuencia será distinta en función de las razones evolutivas que los causan.

Agresiones que en cualquier caso proceden de un excesivo apego por lo propio. Un fármaco antiterritorial disolvería tanto este tipo de reacciones patológicas tanto las de los hombres (territorio) o las de las mujeres (territorio-nido).

El etnocentrismo.-

Existen sin embargo otras adherencias mucho más frecuentes que los temibles celos sexuales y que causan estragos en la cohesión social. Me referiré ahora a las adherencias relacionadas con la pertenencia, el linaje, o la filiación.

No cabe duda de que después de los celos sexuales el mayor problema de los humanos procede de la intensidad de sus relaciones de “sentirse perteneciente a ese algo superior a sí mismos y tan inmediato” como es su familia, su etnia, su pueblo, su comunidad, su equipo de futbol o su religión. Sucede que todas estas adherencias son en realidad excluyentes -por etnocéntricas- y tendentes a aislar a los foráneos como seres pertenecientes a un nivel de existencia inferior, como sí no fueran humanos. En las sociedades modernas este apego intrascendente tiene muchas variaciones pero es en la poltica donde se dan cita los malestares etnocéntricos del hombre contemporáneo, “ser o no uno de los nuestros” ocupa en el hombre racional y contemporáneo el mismo espacio mental de adherencias y apegos que libró en el neolítico el fenómeno tribal propiamente dicho.

La dificultad para dejar emanciparse a los hijos.-

Los hijos se emancipan siempre contra la madre, tal y como he sostenido en otros lugares, no cabe ninguna duda de que la mujer-madre es una especie completamente distinta a la mujer virgen tal y como sabemos por la mitología , los cuentos, las leyendas populares y la realidad observada. Hay un goce secreto en ser madre y en atesorar hijos como lo hay en los hombres en atesorar mujeres o poder. los hijos son el poder secreto de las madres, las que “mecen la cuna” o amamantan  a sus hijos y de esta forma les obligan a depender de ellas hasta más allá de lo razonable.

Una mujer es siempre una madre oculta que tiende sus redes y sus influyentes estrategias para retener a sus hijos. Las dificultades de desprendimiento de estos vínculos podría ser también resuelto con este fármaco antiterritorial que llamaremos de ahora en adelante ficticiamente “Territorlisan”.

La necesidad de drogarse.-

Usualmente sostenemos que el uso de las drogas procede de nuestro deseo de obtener placer, pero a medida que vamos sabiendo más de este asunto se pone en evidencia que la modificación de la conciencia que procede del uso de drogas está relacionada con el deseo de obtener experiencias de contacto sociales a las que no tenemos acceso de forma espontánea. La necesidad de deformar la realidad cuando nos sentimos fuera del territorio o del apego deseable puede conducir a las personas a estos paraísos artificiales.

En resumen es el excesivo apego y dependencia tanto ego como etnocéntrico lo que podria beneficiarse del Territorlisan un farmaco de ficción antagonista del apego. ¿Efectos secundarios?

Una mezcla de anhedonia y de sindrome amotivacional.

Me suena de algo.