Placebo y psicodelia

Lo que leyeron el post anterior ya habrán comprendido que este concepto de placebo es muy escurridizo y lo es porque no podemos separarlo del efecto «verdadero» de un principio cualquiera, sea farmacológico o de cualquier otro. Vienen en el mismo paquete por así decir. Cuando le damos un fármaco a un paciente no podemos separar los efectos del fármaco de que hayamos sido nosotros quien lo prescribimos y eso vale tanto para el placebo como para el nocebo. No somos solo capaces de inducir efectos placebo sino también efectos adversos (efecto nocebo). De hecho los efectos adversos son para quien los siente una prueba de que lo que está tomando tiene alguna actividad farmacológica.

Pero no solo son los fármacos los que ocultan ciertas variables del efecto placebo, también las personas. Hay médicos que nos curan solo de verles, escucharles o hablarles, sin embargo otros nos enferman, nos angustian, sentimos que no comprenden nada de lo que decimos, etc. Dicho de otro modo: la variable -el factor humano- es algo a considerar en el efecto placebo-nocebo.

De hecho para demostrar la actividad biológica de un fármaco, los investigadores han de compararlo con el placebo y demostrar que es superior a él en sus efectos. Para ello se dispone de una tecnología llamada «doble ciego».

En el doble ciego, ni el administrador-evaluador de la respuesta ni el paciente saben si lo que están tomando es el principio activo o un placebo. Al terminar la investigación un evaluador reunirá todos los datos sabiendo ya que sujetos tomaron uno o el otro y evaluará la respuesta terapéutica. Concluirá con estos datos si la terapia concreta es similar o superior al placebo, pero en ningún caso puede afirmar que la respuesta placebo no esté presente en el caso en que el principio haya demostrado actividad. Dicho de otro modo. siempre habrá una coexistencia del efecto químico y del efecto placebo o nocebo.

El lector podrá observar que los controles para discriminar los efectos «verdaderos» de los efectos «falsos» son en la farmacología moderna esenciales a la hora de admitir que un fármaco determinado se venda en las farmacias, antes ha de demostrar que es más eficaz que el propio placebo. Lo que supone admitir a regañadientes que los placebos curan, en una u otra proporción según la dolencia que se trate, es evidente que algunas enfermedades como las emocionales son más susceptibles al placebo que el cáncer, efectivamente la depresión por ejemplo responde al placebo en un 60% lo que añade una dificultad a la investigación de nuevos antidepresivos.

Aunque lo cierto es que los experimentos controlados por si mismos son también una fuente de efecto placebo:

Los sujetos que forman parte de un grupo de investigación -por ejemplo de un antidepresivo- son objeto de una atención personalizada y pormenorizada. Son vistos a diario por sus terapeutas que registran la menor molestia, el menor cambio, la más mínima condición adversa para retirar el fármaco (o el placebo) al menor indicio. Es decir son objeto de atenciones especiales, más especiales que cualquier enfermo verdadero en cualquier consulta médica. Es evidente que esta atención especial tiene efectos terapéuticos por sí misma aunque esta variable no se computa en las investigaciones de nuevos fármacos, debe ser por eso que los fármacos en investigación prometen más de lo que demuestran cuando ya están en el mercado, sólo entonces solemos descubrir que no aportan nada a lo que ya teníamos en las farmacias pues los pacientes que lo toman ya no forman parte de ese grupo de elegidos que formaron parte del grupo control.

El placebo como engaño.-

Supongamos que usted padece de insomnio y un médico le receta sin que usted lo sepa una cápsula de azúcar, y que tras su ingestión usted duerme a pierna suelta. ¿Cómo ha podido suceder esto? No cabe ninguna duda- y este es el efecto placebo más conocido-  que el efecto somnífero de la cápsula de azúcar no es atribuible a la propia cápsula sino a alguna operación mental que usted ha realizado incluso inconscientemente. Esta operación parece que tiene que ver con la expectativa: usted espera que la cápsula le de sueño y esta predicción acaba dándole realmente sueño. En este sentido el efecto estaría relacionado con la anticipación placentera o nociva (efecto nocebo) de un efecto cualquiera.

La segunda acepción del placebo es el efecto por sugestión que evidentemente se solapa con el anterior, aunque personalmente creo que el efecto placebo y la sugestión son fenómenos distintos o que al menos la sugestión es el antecedente mentiroso del placebo.

El placebo como sugestión.-

La sugestión es un fenómeno de seducción bien del paciente hacia el terapeuta o bien del terapeuta hacia el paciente, se trata de un fenómeno que tiene como objetivo agradar y eludir la responsabilidad y no tanto anticipar una respuesta positiva. La sugestión es un fenómeno que tiene poco que ver con cápsulas azucaradas y más bien entronca con entornos complejos con sentido. El paciente puede ser atraído hacia atmósferas, creencias, maniobras, rituales, prácticas o ambientes con intenso significado para el sujeto individual. La sugestión es un fenómeno hipnótico que se da espontáneamente en muchos de nosotros y que se aprovecha de la manera en que nuestra conciencia crece: por disociación es decir dislocando contenidos que deberían ir unidos o anidados unos en otros. La sugestión tiene que ver con la identificación y la adhesión a un determinado culto, muy frecuentemente el culto a la autoridad, al prestigio, el poder, el éxito o el atractivo de alguien que opera como «sugestionador» y que pone o sustrae significados en nuestra mente con métodos persuasivos.

Naturalmente los efectos de la sugestión son poco duraderos y volátiles y poco eficaces si además el sujeto no pretende -simultáneamente- eludir la responsabilidad de sus actos. La hipnosis y la sugestión sirven para que el paciente haga o diga (o deje de hacer o decir) cosas que no diría si tuviera que asumir las responsabilidad de lo que dice o hace. Es por eso que usualmente la hipnosis deja amnesia post-trance y algo que los hipnotizadores aprenden a hacer bien pronto: de lo que se trata es de que el paciente no recuerde lo que dijo o hizo en el estado de trance.

Dicho de otro modo: la sugestión es un autoengaño al servicio de hacer creer a alguien que un síntoma (o sufrimiento cualquiera) es genuino y que el sujeto no tiene más remedio que sufrir pasivamente eludiendo el hecho que un síntoma no es algo que sólo sucede sino algo que está contando una historia, algo que comunica algo a alguien y que además de simulacro está -a veces muy claramente- destinado al beneficio.

Existen enfermedades médicamente inexplicables del mismo modo que existen remisiones médicamente inexplicables, pero ambas forman parte del mismo fenómeno : la enfermedad o el síntoma dicen algo que no se dice con un texto de palabras y la curación dice algo que usualmente elude estas mismas palabras y utiliza el mismo recurso tramposo del paciente, un engaño se opone a otro engaño. Es un fenómeno que está relacionado con lo que entendemos como placebo débil, del que he hablado hasta el momento (engaños y autoengaños) pero existe otro efecto placebo autoinducido y que es el verdadero plato fuerte de esta cuestión y sobre el que se apoyan las remisiones espontáneas a las que aludí en este post.

Efectivamente existe una tercera versión – la versión fuerte del placebo- que es la capacidad de curarse a través de ciertos fenómenos mentales, algunos de los cuales son aun poco conocidos.

El placebo como intención.-

Una mente es sobre todo intención, sin intencionalidad no podríamos hablar de un mente, al menos no cómo las conocemos en nuestra especie.

¿Es posible curarse a través de la mente? ¿Basta con la intención?

Naturalmente depende de enfermedades y de individuos, algunas personas sólo son capaces de introducir cambios benéficos en su vida después del diagnóstico de una enfermedad grave, otras personas parecen ser inmunes a determinados padecimientos a partir de una filosofía de vida muy especial, otras son capaces de curarse espontáneamente de enfermedades sin que sepamos a ciencia cierta como lo hacen y la mayor parte de las enfermedades son sensibles a pequeños cambios creenciales que arrastran grandes cambios de estilos de vida.

Seguramente usted habrá oido muchas veces este tópico «Solo usamos la mitad de nuestro cerebro» ¿Es esta afirmación cierta?

¿Tenemos una parte del cerebro inactiva que nos permitiría grandes prestaciones en cuanto a librarnos de la enfermedad?

Para contestar esta pregunta necesitaremos hacer una pequeña incursión evolutiva: el paso de un cráneo neanderthaliense a un craneo braquicefálico que ya mostré en este post. Y adentrarnos en un concepto planteado por Ian Tatershall y Jay Gould al que llamó exaptación. A diferencia de la adaptación, aquí se trata de innovaciones espontáneas que carecen de función o que juegan un papel muy diferente al que finalmente tienen. El ejemplo más conocido son las plumas, que mucho antes de ser útiles para volar funcionaron como una capa para mantener el calor del cuerpo. Tattersall cree que los mecanismos periféricos del habla no fueron una adaptación sino una mutación que ocurrió varios cientos de miles de años antes de que quedaran circunscritos por la función de articular sonidos. Y posiblemente, según este científico, las capacidades cognitivas de que nos jactamos fueron también una transformación ocurrida hace 100 o 150 mil años que no fue aprovechada (exaptada) sino hasta hace 60 o 70 mil años cuando ocurrió una innovación cultural, el lenguaje, que activó en algunos humanos arcaicos el potencial para realizar los procesos cognitivos simbólicos que residían en el cerebro sin ser empleados.

Dicho de otra forma el lenguaje es algo así como un «genoma lag», es decir una prestación basura que sólo se desarrolló cuando encontró en el medio ambiente y en la tecnología previa un entorno suficiente para que se desarrollara.

Los sonidos hablados no comenzaron a emplearse hasta que nuestra especie se vio sometida a retos que superaban los recursos normalmente usados. Lo importante en un proceso de exaptación es la refuncionalización de las modificaciones no adaptantes llamadas spandrels por Jay Gould, que toma un término de la arquitectura: esos espacios triangulares que no tienen ninguna función y que quedan después de inscribir un arco en un cuadrado (tímpano, enjuta) o el anillo de una cúpula sobre los arcos torales en que se apoya (pechina). Las pechinas cerebrales podrían haber sido circuitos neuronales abiertos a funciones inexistentes o desaparecidas, a memorias inútiles o a señales externas que no llegan, o bien a mecanismos no relacionados con procesos cognitivos.

Naturalmente esta idea no es baladí porque supone modificar nuestro punto de vista sobre la evolución de nuestra especie. Siguiendo esta teoria de Roger Bartra sobre la conciencia tendremos que modificar nuestro punto de vista sobre la hominización: un proceso que no estaría relacionado tanto como saltos evolutivos provocados por mutaciones sino por evoluciones graduales lentas de cambios que ya estaban preinscritos en el cerebro como una prestación basura que no pudo ser utilizada más que a partir del momento en que se hizo necesaria.

En este sentido la evolución del Homo erectus o el Habilis hasta el Sapiens tendría menos saltos evolutivos de lo que los neodarwinistas suponen y que más allá de eso: el éxito evolutivo del sapiens estaría relacionado con sus hándicaps más que con sus logros cerebrales.

Hándicaps que se neutralizaron con una extrema dependencia de los símbolos que vinieron a sustituir nuestra incapacidad para orientarnos con nuestros órganos de los sentidos (olor, visión, tacto, audición), símbolos en transformación y que se encuentran en dependencia de la cultura de donde el individuo concreto extrae el diccionario transductor entre el afuera y el adentro. Un diccionario que llamamos sentido.

Todo lo que tiene sentido, resuena con el individuo, opera como un transductor de señales y es esta la razón por la que cualquier cosa puede operar como un catalizador de respuestas tanto terapéuticas, como creativas, motivadoras o intencionales.

Y todo lo que tiene intencionalidad tiene un enorme poder de transformación.

La cultura humana según este punto de vista es una -la auténtica- fuerza evolutiva. Y es muy posible que en nuestro cerebro exista una reserva de conectividad sin uso todavía que se encuentre esperando la ocasión de manifestarse cuando sentido e intencionalidad puedan operar en sincronía.

A las medicinas alternativas hay que tomárselas muy en serio, tanto como tomamos en serio las enfermedades sin explicación médica o a las que contradicen los circuitos nerviosos conocidos, no debemos exigirles que demuestren su eficacia (del mismo modo que no exigimos a nuestros pacientes que objetiven sus dolores inexplicables) pues quizá estén señalando hacia el lugar donde efecto placebo e intención puedan algún día encontrarse, es decir cuando aprendamos a usar nuestra mente como lo que es : un interface perfecto para sintonizar el cerebro con la información del medio.

Placebo y sustancias psicodélicas.-

Si hay una sustancia que pone patas arriba el concepto de placebo como juez de un potencial beneficio farmacológico, estas son, sin duda las drogas psicodélicas. Pues estas drogas proporcionan experiencias concretas distintas para cada persona e independientes de sus efectos químicos.

Todas las sustancias tienen efectos químicos pero muy pocas proporcionan experiencias subjetivas. Cuando nos tomamos un paracetamol si tenemos dolor de cabeza, puede que el dolor disminuya o desaparezca pero el paracetamol no nos proporciona ningún efecto cerebral subjetivo.Sus efectos son desconocidos para nuestra conciencia. No sucede así con las sustancias psicodélicas. Después de la toma de cualquiera de ellas sobreviene una tormenta de experiencias subjetivas que «a posteriori» habrá que dar forma. Por eso Hubbard propone que estas experiencias precisan de un pre-operatorio por así decir, un acompañamiento y una discusión posterior sobre la propia experiencia.

El protocolo Hubbard.-

Si recordamos e Hubbard que fue el primer investigador que trató de protocolizar los viajes psicodélicos empezaremos a entender cómo el placebo forma parte de la experiencia psicodélica pero un placebo de motor a reacción. Recordemos:

Los efectos de estas drogas dependen del tipo de experiencia que proporcionan y no tanto de su efecto químico. Una de las cosas que más llamaron la atención a sus exploradores fue que el efecto no era siempre el mismo. Debemos a Alfred Hubbard, el protocolo que lleva su nombre y que caracteriza la evidencia de que sus efectos dependen de dos variables: Actitud y escenario. A lo que yo añadiría otra: la edad. Los sujetos jóvenes son más vulnerables que aquellos adultos que ya han cimentado su psiquismo y que son los que no suelen naufragar a la experiencia psiquedélica.

Actitud significa que lo que se haya leído, lo que se sepa, el pánico moral social, los prejuicios y temores, las sugestiones recibidas y en suma lo que el sujeto piense sobre lo que va a suceder junto con lo que puede haber de amenazador en su inconsciente tiene mucho que ver con la experiencia que tendrá y que esta experiencia puede ser liberadora o aterradora. El escenario se refiere a cómo se consume el psicodélico, no es lo mismo tomarlo en un bosque con arroyos y flores alrededor que en una discoteca, con un acompañante o guía que sugiere y tranquiliza o solo. Actitud y escenario tienen mucho que ver con sus efectos y seguro que volveré mas adelante sobre esta cuestión cuando plantee qué es eso de una experiencia espiritual.

La clave está en sumergirse o abandonarse a la experiencia.

La experiencia ha de experimentarse de forma pasiva.

Lo que contradice completamente la prueba del doble-ciego. No se pueden hacer comparaciones entre un psicodélico con un placebo (aunque quizá sí con otra droga) porque el entorno necesario para la seguridad del paciente es todo él un modelo de sugestión. Hay más placebo en la barba de un chamán que en una píldora roja de azúcar.

Dicho de otro modo: tomar un psicodélico es enfrentarse cara a cara con el placebo y su poder.

Bibliografia.-

Jay Gould, Stephen. The structure of evolutionary theory, Cambridge, Harvard University Press, Mass, 2000.

Tattersall, Ian. The monkey in the mirror. Essays on the science of what makes us human, San Diego, Harcourt, 2002.

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La fiebre del género (IV)

Abigail y su libro en español

Abigail Shrier es una periodista estadounidense de la vieja escuela, de ese tipo de periodismo de investigación que es hoy una «rara avis», en un mundo donde el periodismo se encuentra atrapado entre las noticias de agencia y lo políticamente correcto. Shrier ha escrito este magnifico libro sobre la epidemia transgénero que estamos viviendo tanto en EEUU como en Europa, en los últimos años.

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La invención de la salud mental

Hace unos días me encontré con un vídeo que me interesó ( y que más abajo colgaré), se trataba de un vídeo de Miguel Angel Navarro y que versaba sobre el concepto filosófico de la salud mental, un termino vago que ha venido a sustituir a la Psiquiatría clínica clásica en la creencia de que los malestares del hombre común pueden ser abordados por una serie de tecnologías psiquiátrico-psicológicas- y/o sociales ejercidas por un equipo de profesionales que trabajando de forma «multidisciplinar» pueden ayudar a las personas sufrientes a vencer o al menos a afrontar sus problemas vitales de un modo «científico»

Al mismo tiempo que visionaba este vídeo me vinieron a la memoria al menos dos libros más aparte del de Thomas Szasz (un antipsiquiatra radical), escrito en 1961 con un titulo más que sugerente que viene a decir que: «Las enfermedades mentales son un invento». Hay tres autores que han escrito sobre esta cuestión, uno es Marino Perez (un psicólogo académico), otro, el de Jose Maria Alvarez (un psicólogo lacaniano). El titulo tiene mucha fuerza y he de confesar que los he leído los tres. Cosas del marketing.

Y tienen algo en común aparte del titulo:  analizan y analizo estas cuestiones:

1) El termino «enfermedad» no encaja bien con nuestra conceptualización actual, tomando como referencia las enfermedades somáticas. Es cierto y debe ser por eso que en los DSMs se ha optado por la etiqueta «trastorno» en lugar de «enfermedad», si bien este cambio no aporta nada en el estatuto epistémico del sufrimiento mental que sigue en desventaja comparado con los malestares médicos. Claro que hablar de «sufrimiento» tampoco aclara demasiado porque no todos los enfermos mentales sufren, tenemos el caso de la manía donde la expansividad y la euforia contradicen ese sentido de sufrimiento. Tampoco sufren los psicópatas a pesar de la evidencia de que son seres trastornados, y a pesar de que el psicoanálisis siempre llamó la atención de los trastornos narcisistas, estos siempre han sido ninguneados por la psiquiatría biomédica (mas abajo volveré sobre esta cuestión)

2) Critican que el modelo biomédico se haya llevado el gato al agua condenando a la Psiquiatría a una especie de reduccionismo cerebral donde pareciera que los síntomas psiquiátricos fueran una especie de reflejo de circuitos neuronales estropeados. Repiten todos la idea (con la que estoy de acuerdo) que una cosa es el cerebro y otra la mente y que no siempre vamos a encontrar equivalencias entre un sistema y el otro, efectivamente del cerebro a la conducta no hay un solo paso y siempre queda colgando ese concepto abstruso que llamamos medio ambiente al que todos nombran pero nadie atiende. Curiosamente los defensores de esta idea también han llegado a un consenso: el psicoanálisis es también una pseudociencia a pesar de ser una disciplina de la escucha y la aceptación.

3) La siguiente critica es respecto a la acientificidad de la Psiquiatría, también es cierto la Medicina no es una ciencia sino una tecnología, la psiquiatría tampoco es una ciencia, pero surgió en la Ilustración es decir en la revolución científica. Para entender las relaciones que existen entre la Psiquiatría y la Ilustración es necesario comprender que esta nació con un afán naturalístico que venia a suplantar la creencia religiosa y la superstición. Dicho de otra forma: los psiquiatras ilustrados creían que las enfermedades mentales surgían por causas naturales como las enfermedades somáticas y no estaban representando la maldición o el pecado de una estirpe. La enfermedad mental no era un castigo por alguna transgresión mora. Fue Chaslin un psiquiatra francés quien cambió el nombre a la alienación mental sustituyéndola por «enfermedad mental».

Es cierto que la Psiquiatría no debió quemar sus naves en el modelo médico, pues la locura fluctúa entre tres ejes: el natural, el interpersonal y el moral. Dicho de otra forma el sufrimiento mental no es siempre de orden biológico, lo más frecuente es que las disadaptaciones procedan de lo interpersonal o social y desde luego es tiempo para que repensemos como lo moral interfiere en el malestar mental.

4) La critica más querida por todos es el tema de los psicofármacos. En clave casi siempre conspiranoica la mayor parte de autores están de acuerdo en que se consumen demasiados psicofármacos (con lo que estoy de acuerdo) y que las causas de este hiperconsumo son la publicidad de Pharma Industria y la complicidad de los profesionales que acaban siendo convencidos de las bondades de éste o aquel psicofármaco a cambio de prebendas  y regalos. Naturalmente no estoy de acuerdo con esta idea. La prueba es que los laboratorios se han cansado ya de la Psiquiatría, pues ciertamente no han inventado nada realmente con hueso en muchos años y no cabe duda de que la Oncología es el área de la interés actual de la industria. Medicamentos caros y poca critica social, al fin y al cabo de cáncer podemos morirnos todos.

Otro campo de critica es el DSM. Con esta critica estoy del todo de acuerdo, pero el DSM es un manual estadístico americano y no existe obligatoriedad para seguirlo. Yo sigo diagnosticando histeria, paranoia, melancolía, o neurosis en mis pacientes a pesar de no estar aceptados por el DSM pues me parecen que acaparan mucha mas información y riqueza que las etiquetas actuales. Pero lo cierto es que sí existe una plétora de diagnósticos en los DSM es porque se ha descendido al nivel de lo puramente descriptivo y se han abandonado las clasificaciones que otrora propusiera el psicoanálisis o sus derivados. Las estructuras han sido sustituidas por listados de síntomas sin ninguna relación entre si, y los trastornos de personalidad han venido a ocupar el nicho de la neurosis y la desadaptación.

5) Otra idea: los psicofármacos no curan o son sencillamente dopajes. esta idea es de lo más perturbadora aunque es obviamente falsa. O tan verdadera como que los antiinflamatorios no curan la artritis reumatoide o los antihipertensivos no curan la hipertensión. ¿Deberían los hipertensos o los artríticos dejar de tomar esos fármacos porque no curan? Los antidepresivos mejoran las depresiones y muchas veces las resuelven, no tanto porque ataquen a dianas concretas relacionadas con la depresión sino porque resetean el cerebro obligándole a reorganizarse. Es verdad, la teoría de las aminas biógenas es falsa pero lo cierto es que funciona «como si» fuera verdadera. Hay una excepción a esta idea:los antidepresivos no funcionan si el paciente no tiene una depresión, lo que demuestra que son recetados a personas que no van a beneficiarse de ellos y esto si que es verdad..Es decir son recetados por médicos que no tienen formación psiquiátrica.

6) A los que titulan sus libros con el sintagma «La invención de las enfermedades mentales» habría que preguntarles ¿quien fue ese inventor? Naturalmente en la pregunta está contenida ya la respuesta: los psiquiatras fueron los inventores pues antes de que hubiera psiquiatras no había locos, ni malestar mental de ninguna clase. Los que así piensan pasan por alto -a sabiendas- que los psiquiatras no inventaron nada, sino que sistematizaron un saber a través de la observación y posteriormente de la psicopatología, que sirvió para identificar unas patologías de otras. No es lo mismo el pathos de la esquizofrenia que el de la neurosis obsesiva y un paranoico se parece poco a un melancólico. Para un profano todos los locos son iguales, deliran, hacen tonterías, son peligrosos (siempre el estigma) o hablan de cosas incomprensibles, son vagos y no son fiables, son deshonestos, engañan, simulan enfermedades que no tienen, etc . Los psiquiatras inventamos una taxonomía para filiar estas formas de presentación pero no inventamos las enfermedades mentales. Ya existían con otro nombre: locura o alienación.

7) Otra cuestión que aborda el filosofo en su vídeo es ésta ¿Para qué nació la Psiquiatría? Sigue a Foucault para afirmar que la psiquiatría nació para gestionar la exclusión de aquellas personas inútiles para el sistema. Otra falsedad que ignora que fue precisamente un alienista Phillipe Pinel el que quitó las cadenas a los locos y no quien se las puso.

Y que nos dejó una triste recuerdo: Pinel vació los asilos de alienados pero llenó el Sena de cadáveres y las cárceles de locos.Y así sigue, porque la incidencia de enfermedades mentales entre los que cumplen penas en nuestras cárceles en nuestro país es alarmante.

Por ultimo me gustaría responder a Miguel Angel Navarro cuando dice que: «la filosofía no viene a alumbrar nada sino a oscurecer algo» en el siguiente sentido:

Los médicos no somos filósofos y por tanto estamos obligados a tratar y no solo a filosofar con nuestros pacientes. En el entorno práctico significa que estamos obligados a aceptar como genuino cualquier sufrimiento y tratar de ponerle remedio incluso cuando un paciente sufre sin ser propiamente un enfermo mental.

En lo que estoy de acuerdo es que lo que es un invento es el término «salud mental» solo existe la locura. Y las locuras cambian según el zeitgeist de nuestro tiempo hasta tal punto que lo que hace unos años conceptualizábamos como cordura ahora y gracias a la ingeniería social se ha convertido en locura o transgresión.

Y los locos tienen cargos públicos.

 

Las disautonomías (I)

Cuando yo era un niño aun había médicos que diagnosticaban «neurastenia» , una descripción del siglo XIX que corresponde a George Beard. Más tarde -ya estudiante de medicina- me llamó la atención un diagnóstico muy corriente por parte de los clínicos en aquella época: la distonía neurovegetativa.

bellergal

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