Los dilemas de la moralidad

Terminé mi post anterior con una frase que requiere cierta explicación. La frase en concreto era esta:

«La moralidad tiene peligros»

¿Pero no es ésta afirmación una contradicción?¿Qué peligros acechan en la moral? ¿No es en definitiva la moral, un conjunto de reglas para un mejor funcionamiento social?. Bueno, la clave para entender estos peligros: la hipermoralización se encuentra bien explicada en este libro de Pablo Malo que preside este post y que el lector puede perseguir en esta entrevista, donde Malo nos advierte de sus peligros y añade además, que la moral y sus excesos son un peligro para nuestras sociedades democráticas. Y añado yo: una herramienta para destruirlas.

El libro de Pablo Malo me parece excelente, un ensayo sobre el tema que sintetiza casi todos los aspectos que caen bajo ese rótulo de moral, y si digo casi todos es porque pasa por alto una cuestión fundamental: efectivamente, vivimos en un mundo donde lo moral y lo inmoral coexisten a partes iguales. Sobre esta cuestión volveré más abajo.

Pero me interesa ahora volver sobre otro tema que ya abordé en mi post anterior, me refiero a la teoría de Scott Curry que como recordaremos se funda en la idea de que la moralidad es una colección de rasgos biológicos y culturales que promueven la cooperación. Casi al mismo tiempo cayó en mis manos un articulo de este mismo autor donde aborda una critica al modelo de Haidt . Cuando lo leí, me llamó la atención que -tanto el citado autor como yo mismo-, habíamos pensado en las mismas cosas, pues el problema no está en la definición o la dimensionalidad de la moral, sino en comprender qué cae y qué no cae dentro de su campo de influencia.

Tomemos por ejemplo el concepto de «lealtad», una dimensión o molécula que tanto Haidt como Curry han abordado como una de esas dimensiones particulares de la moral. Lealtad representa “obligaciones de la pertenencia a un grupo” que incluyen “autosacrificio y vigilancia contra la traición”. Esta cuestión es muy fácil de entender en clave ancestral, es decir cuando los grupos son pequeños y se hallan en constante pugna con grupos rivales, en pequeñas comunidades o aldeas donde todo el mundo está emparentado y se conoce, pero después de la revolución industrial el genero humano sufrió una transformación radical: el colapso de la familia extensa y el aumento del perímetro de nuestras interacciones sociales con la inclusión de los desconocidos y que se considera el origen del comercio y la dilución de la lealtad.

¿A quién debemos ser leales? ¿a nuestro jefe?, ¿a nuestros compañeros de trabajo? ¿a cuales de nuestros amigos?, ¿a nuestra familia extensa o política?, ¿a nuestra pareja? Lo que quiero decir es que la diversificación de nuestros lazos sociales propicia un enredo de lealtades que hace que hasta la propia palabra «lealtad» sufra un quebranto. Nuestras lealtades, me refiero a los del hombre de hoy están no sólo fragmentadas sino que con frecuencia existe un conflicto o contradicciones entre ellas. No es de extrañar que los intereses y los incentivos hayan tomado delantera en nuestra percepción de la lealtad. Lo usual es que nuestros intereses definan nuestras lealtades. Pero si esto es cierto ¿sigue siendo la lealtad una molécula moral o bien ha sufrido transformaciones tan radicales que ya nos es imposible reconocerla? ¿Se ha hecho utilitaria la moral abandonando a Kant?

Lo mismo sucede con la molécula «autoridad», definida como “El orden social y las obligaciones en las relaciones jerárquicas, como la obediencia, el respeto y el cumplimiento de roles basados en deberes”. No cabe duda de que pocos hoy estarían de acuerdo con esta definición y aun admitiendo que somos una especie jerárquica pocos habrá que sientan este mandato sino con un rastro de amargura de no ser él mismo el adjudicatario de esa autoridad. Dicho de otro modo, el ciudadano común actual no considera moral el cumplir deberes que siente como impuestos, irracionales o injustos sino que aspira a ser su propia autoridad y si puede la autoridad de los demás, asaltar los cielos. La autoridad como pilar o molécula moral ha sufrido en la modernidad un duro ajuste de cuentas hasta el punto de que hoy el sometimiento a la autoridad ya no se considera un valor moral sino un acto de cobardía o de prostitución.

Pero no es solamente una cuestión de evolución de los conceptos sino también una cuestión conceptual. ¿Qué es y qué no es moral?. A continuación elaboraré un listado de conductas para que el lector defina mentalmente cuales considera que caen dentro del campo de la moral y cuales no. Y si no caen dentro del campo de la moral, dónde ubicarlos.

¿Es moral mostrar las tetas y el culo en Instagram?

¿Es moral operarse las tetas a fin de implantarse prótesis ?

¿Es moral visionar pornografía?

¿ Es moral mentir para conseguir llevar a cabo tus fines?

¿Es moral acostarse con el jefe o mentor para trazarse un buen futuro profesional?

¿Es moral acostarse con una alumna adolescente (aunque mayor de edad) con la que nos llevamos 20 años o más?

¿Es moral cobrar comisiones en la obra publica?¿Y en la actividad privada?

¿Es moral drogarse?

¿Es moral conducir bajo los efectos del alcohol aunque no hayamos provocado accidentes o daños?

¿Es moral no vacunarse contra la COVID-19?

¿Es moral no rebelarse contra un tirano?

¿Es moral el aborto?

Dejo de plantear preguntas porque el lector ya se habrá dado cuenta de que estoy recorriendo un terreno muy ambiguo. Nótese que no he preguntado sobre las cosas que están ya prescritas por los códigos morales y jurídicos de medio mundo. No he preguntado si ¿es moral abusar o maltratar a los niños? pues existe un consenso sobre el hecho de que los niños son dignos de cuidado y que causarles daño es a todas luces inmoral. A no ser que el maltrato se convierta en moral cómo ha sucedido con este niño de Canet cuyos padres querían que al menos en un 25% se le escolarizara en castellano. Esta oposición de morales es el tema al que se refiere Pablo Malo en su libro, es decir la aparición de una ideología aparentemente moral que ataca a todos aquellos que se salen de su ortodoxia. Moral, en esta acepción es algo que puede identificarse porque trata de imponerse al otro, al que piensa o siente de distinta forma, amoral es todo aquello que queda en el ámbito de lo privado y que no trata de imponerse a nadie.

Es algo que podemos ver en el tema del aborto: hay quién piensa que es moral defender la vida del embrión del principio hasta el final y hay quien piensa que lo moral es defender el cuerpo y el deseo de la mujer a interrumpir su embarazo. Lo importante es saber que cuando un tema se moraliza ya no tiene solución, se ha convertido en un wicked problem, un problema endemoniado. Los que hayan leído ese listado de dilemas morales habrán caído ya en la cuenta de que hay dilemas limínares o fronterizos que admiten cualquier opción. Y es seguro que cualquiera de mis lectores dará distinto peso a cada una de esas preguntas, desde los que piensan ingenuamente que «cada uno haga lo que quiera, mientras no haga daño a otro», hasta aquellos que propongan castigos ejemplares a cualquier transgresión.

Es por eso que Malo propone en su capitulo final sacar a gorrazos la moral del debate publico, es decir dejar de politizar la moral que debe quedar en el ámbito de lo privado.

Una forma de sacar del campo de la moral algunos de estos debates es el tema de la amoralización. Recordemos cuando éramos pequeños como considerábamos seres mezquinos y ruines a los borrachos, hoy consideramos que los borrachos son enfermos, dignos de compasión y de cuidados. Medicalizar un problema es una forma de amoralizarlo. Lo mismo sucede con las vacunas o el aborto: el Estado ha logrado en parte amoralizarlo, si bien no lo ha conseguido del todo pues hay bolsas de población que siguen viéndolo de una manera moral. Para algunos es inmoral que un individuo se niegue a vacunarse mientras que para otros es inmoral que el estado se meta en su cuerpo con una sustancia obligatoria. Moral contra moral, el dilema no tiene solución y la salud publica lo amoraliza a veces forzándolo con esa trampa teatral del pasaporte COVID que en cualquier caso ha demostrado que la coerción funciona a pesar de que no va a tener influencia alguna en la evolución de la pandemia.

Lo interesante es comprobar que aunque ha habido ciertos casos de amoralización, es decir supuestos que hoy ya no vemos desde el punto de vista moral sino sanitario o de cualquier otra índole, lo cierto es que al mismo tiempo se ha producido un fenómeno paralelo de moralización en otros ámbitos, por ejemplo el medio ambiente o el animalismo. Asimismo podríamos hablar incluso de víctimas de la moralización.

En resumen, me parece que tal y como cuenta Pablo Malo en su último capitulo necesitamos redefinir la moral sobre bases científicas, necesitamos una mejor psicología moral, pues muchas de las dimensiones o moléculas que las componen han quedado obsoletas, a pesar de representar adaptaciones ancestrales de nuestra especie, sin embargo no podemos pasar por alto que existe ya en nuestro mundo una intentona no científica sino ideológica, una ingeniería social que conocemos con el nombre de ideología woke que pretende moralizar ciertas conductas y amoralizar otras, más acordes con los incentivos de quienes las promueven. Así, estando de acuerdo con la idea de O. Wilson, pues tenemos una tecnología futurista, unas instituciones medievales y una moral ancestral, lo cierto es que para llevar a cabo esta tarea de puesta al día se necesitaría una inversión tal de recursos económicos que es imposible que pueda llevarse a cabo, pues quien invierte pretende una rentabilidad a su dinero y las buenas intenciones no tienen incentivos..

Trastornos morales y trastornos por moralización (VI)

Estamos en el cuadrante 4 es decir entre los limites del egoísmo y el colectivismo o gregarismo. Vamos en éste y los sucesivos post a explicar las patologías y condiciones que se encuadran en este apartado. Me referiré a las psicopatías y los trastornos narcisistas, a las perversiones sexuales (parafilias) y a las perversiones no sexuales.

Pero antes tenemos que definir qué es la moral y sus diferencias con la ética y la Ley.

La moral atañe al grupo, la ética al individuo y la Ley al Estado, es decir al sujeto político.

La moral evolucionó como una forma en la que el grupo podía controlar la conducta de los individuos concretos. Vivir en grupo precisa reglas y esas reglas son imposiciones que los grupos sociales imponen a los individuos a fin de controlar su egoísmo, pues siempre será más cómodo para el individuo robar gallinas que criarlas. Pero al grupo le interesa cuando el trabajo se reparte, es decir cuando se inventó la división del trabajo que los que crían gallinas no sean expoliados por otros individuos, pues al grupo le interesa que haya gallinas y huevos disponibles. Lo interesante de la moral es que no evolucionó para el autocontrol sino para el control ajeno. Para ello el grupo dispuso de castigos, exclusiones y también de rituales de redención de los disidentes. Lo usual es que el grupo castigara a estos disidentes con la expulsión y el individuo quedaba condenado a vagar buscando otros grupos a los que parasitar o bien a la muerte en soledad.

Los grupos dictan normas que benefician al grupo y que siempre son nefastas para algunos individuos, aunque soportables para otros, pero también otras normas comprensibles en tiempo ancestral, que en una mirada «moderna» son arbitrarias cuando no injustas. Hoy mismo he sabido que unos vecinos han llamado a la policía porque un individuo bajaba todos los días a pasear por la urbanización en la que vivo. Naturalmente al grupo le interesan los delatores pero todos los niños aprenden muy pronto en la escuela que los chivatos son detestables pues si se institucionalizan los delatores ¿cómo saber cuando nos dicen la verdad o cuando se trata de un ajuste de cuentas individual?

Los grupos dictan normas sobre todo en ciertas cuestiones: la conducta sexual, la alimentación, la propiedad privada, los extranjeros o desconocidos y la violencia interpersonal. A los grupos no les interesan los disidentes de lo sexual, ni los asesinos, ni los ladrones pues generan demasiado caos y venganzas entre familias, tampoco aquellos que no se avienen a comer las cosas que son realmente comestibles y no peligrosas pues en nosotros los omnívoros comer siempre es peligroso. Hay control grupal en todo lo que tiene que ver con los parásitos y el contagio, la promiscuidad, el robo, la violación o el crimen intragrupo. Para que un grupo sea cohesionado y laborioso es necesario que existan reglas, prescripciones y castigos.

El problema que tienen los grupos es que hay otros grupos vecinos que compiten por los mismos recursos, de manera que estas reglas solo funcionan de «puertas para adentro» es decir solo afectan al grupo en sí pero estas reglas cambian cuando de lo que se trata es de defender al grupo de otros o bien atacarlo para obtener beneficios. Entonces el grupo prescribe la guerra, la violación de las mujeres ajenas o el asesinato de merodeadores.

Otro problema que tienen los grupos es que es necesario que no sean demasiado grandes, es por eso necesario que se fragmenten de vez en cuando, algo que terminó definitivamente en el Neolítico cuando los grupos se instalaron -gracias a la agricultura- en ciudades donde los recursos podían ser almacenados y acumulados. Entonces os grupos se transformaron en sociedades. Una sociedad es en este sentido un grupo extendido que ha perdido de alguna manera su firma reglamentaria, su manera de ser y su sentido: fueron necesarias otras reglas dictadas por tiranos, legisladores, jueces o demagogos. La sociedad es el antecedente común a los Estados tal y como los conocemos hoy aunque algunas de esas ciudades como Atenas en la antigúedad eran consideradas estados-ciudad por sí mismas.

Una de las características que tiene el Estado (sujeto político) es que mantiene el privilegio de dictar leyes justas o injustas que implican a todos los ciudadanos y a todos los grupos y sociedades de su ámbito competencial que es un ámbito geográfico con fronteras bien definidas. El Estado tiene el monopolio de la violencia, de los tributos, de los castigos , el culto religioso y de la guerra que otrora conformara las atribuciones de los grupos.

La ética es un atributo moral, puede tenerse una ética u otra o bien carecer de toda ética y en cierto modo procede, es una evolución subjetiva de la moral del grupo, algo asi como una indentificación con una normal ancestral grupal. Los individuos tienen éticas particulares a veces compartidas por muchos de ellos como la llamada por Jonathan Haidt, ética del cuidado. Significa que en el interior de cualquier Estado moderno (e incluso en grupos ancestrales) podemos encontrar una mayoría de personas que creen que cuidar de los niños, de los enfermos o de los incapacitados es un hecho moral, junto con la prohibición de hacer daño a los demás, algo que se extiende a las propiedades materiales ajenas o a su reputación. Hay un amplio consenso sobre esta dimensión ética en todas las sociedades donde el Estado ha logrado penetrar en el ámbito de los grupos concretos. «No matarás» es el eslogan adecuado.

Jonathan Haidt ha descrito 5 dimensiones éticas de las que ya he hablado en anteriores post, pero eso no quiere decir que se haya agotado el tema, por ejemplo yo creo que existe una ética de la privacidad que no contempla Haidt. ¿Por qué nos escondemos para defecar? ¿Por qué nos escondemos para copular? ¿por qué no vamos desnudos por la calle? Algunas personas tratan de preservar su privacidad sexual del mismo modo que tratan de preservar sus funciones corporales, algo relacionado con la degradación de nuestro restos que en tiempo ancestral pudieron ser considerados una fuente de enfermedades. A eso Haidt le ha llamado ética de la divinidad, es decir la tendencia a considerar impuro al cuerpo y sus detritus.

En conclusión existen tantas éticas como individuos y aun más: toda ética es sobornable, es por eso que no hay que fiarlo todo a la ética individual si queremos vivir en sociedades seguras y cohesionadas.

Y así ya podemos comenzar a comprender que ética y moral son ejércitos en continua disputa y en mi opinión es uno de los dilemas humanos que genera más sufrimiento para los individuos comunes pero también para las sociedades.

Y entonces llegó el Estado:

El Estado podría ser considerado con sus códigos jurídicos, es decir con su Ley el «tertium inter pares» de este conflicto. En teoría sería algo así como la introducción de una entidad moral nueva que diera cuenta tanto de la moral del grupo como de la moral individual (ética), algo así como un arbitro o garante de los deseos genuinos de los individuos, como la libertad individual y de los deseos morales de los grupos. Pero ya he dicho más arriba que los grupos -en un momento determinado de su historia- se transformaron en algo distinto a si mismos, se transformaron en sociedades, es decir en entidades muy complejas que tienen visiones muy diferentes entre si acerca de qué es y no es moral.

En algunos casos el Estado funciona bien, al gusto de todos podríamos decir, es por eso que el Estado persigue el robo, el homicidio, la violación o la violencia, pero en otros casos se mete en temas donde no hay consenso entre los individuos, ni entre los grupos. Así hay Estados que prohiben la libre expresión de ideas, (estados totalitarios) y otros son tan débiles que son incapaces de salvaguardar una ética del cuidado suficiente para sus ciudadanos, otros son fundamentalmente extractivos y debilitan el tejido social a base de la explotación flagrante de sus miembros, de sus mujeres o de sus etnias. Pero los estados democráticos tienen otros problemas y necesariamente tiene que manifestarse a través de las leyes que usualmente se votan en parlamentos sobre aspectos delicados de la ética individual, pongo por caso al aborto.

El aborto es un tema controvertido pero nadie estará en contra de que contiene aspectos morales, no solamente morales, sino también sanitarios y sociales. Hay dos posiciones claramente enfrentadas desde el punto de vista moral sobre el aborto y ninguna de ellas es válida,  y no lo son porque ambas tratan el problema como un asunto moral cuando en realidad es un asunto ético. Y decir que tratan el problema como un asunto moral es dividir el mundo entre nosotros-ellos y ellos siempre están equivocados, por eso moralizar es sobre todo moralizar contra alguien. Lo lógico seria considerar al aborto como una cuestión ética que no obliga a nadie a llevarlo a cabo. El problema es que ambas facciones pretenden convencer al contrincante de que tienen razón acusándole al mismo tiempo de «ser un crimen» por una parte o de «ser un derecho de la mujer» por el otro. El aborto ni es un crimen ni es un derecho de la mujer, pues los derechos se otorgan no nacen con el individuo y el que lo otorga es el Estado.

El problema es que el Estado está formado por instituciones perennes pero también por gobernantes que poseen planes políticos concretos y que tienen que pactar con unos grupos o con otros. En nuestro país por ejemplo, el gobierno actual ha pactado con una serie de lobbyes partidarios del aborto y del feminismo. Podríamos decir que ha subcontratado ciertas ideologías que le resultan provechosas electoralmente, sobre todo desde que determinados grupos han comprendido que su influencia política puede aumentar cuando se presentan como gremios, es decir como grupos. Lo importante es retener que no es el Estado el que legisla puntualmente una ley u otra sino cierto gobierno y que esa ley puede ser depuesta cuando las fuerzas políticas cambien, aunque lo cierto es que las leyes promulgadas no suelen ser cambiadas y no lo son porque el Estado ha de dar la impresión o al menos aparentar de que es un Estado jurídicamente fiable de lo contrario nadie invertiría en él. El Estado ha de presentarse como una continuidad y no como una entidad con fisuras y discontinuidades, más allá de las guerras o calamidades severas.

De manera que la introducción del Estado en la lógica dialéctica entre moral y ética, o grupo-individuo parece que ha sido benéfica en algunos aspectos pero sigue enredada en otros a los que no ha sabido dar respuesta como garante de ese equilibrio entre lo individual y lo grupal. Es por eso que algunos Estados como Suiza hacen referendums para saber qué opinan sus ciudadanos mientras que otros se ocupan de -mediante la propaganda- influir en la opinión publica de sus ciudadanos y decidir sin consultarles.

De manera que los individuos comunes hoy tienen dos conflictos paralelos: de una parte quizá no estén de acuerdo con el sujeto jurídico que tendría que liquidar sus problemas ¿Puede el estado prohibir que salgamos a la calle como está sucediendo en este momento a causa del coronavirus? Este dilema solo puede ser pensado de forma ética individual mientras que al mismo tiempo puede suceder que un miembro de mi grupo de vecinos me condene al ostracismo por ser medico y sospechar que soy un vehículo de la infección.

Y por eso el individuo inventó tres estrategias igualmente nefastas para la salud mental de unos u otros: el engaño, la transgresión y la moralización.

 

El príncipe transhumano (I)

maquiavello

Nicholas Maquiavelo fue un funcionario florentino que ejerció como diplomático durante los principados renacentistas de Florencia, una especie de intelectual orgánico muy parecido a lo que hoy entendemos como asesores de los presidentes de los gobiernos o como Tezanos a cargo del CIS,  Es difícil saber leyendo su obra, qué es lo que pensaba Maquiavelo pues dos de sus obras más conocidas, el Principe y «Discursos sobre la primera época de Tito Livio» son en esencia opuestas ideológicamente. En la primera -el Principe- es un tratado de maldad política -que hoy es referencia en todos nuestros gobernantes-, que dicen que escribió para congraciarse con Lorenzo de Médicis quien le tenia arrestado. Sus exégetas aseguran que lo que Maquiavello realmente pensaba lo escribió en esta segunda obra, que en realidad interrumpió para escribir el Príncipe.

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