Emociones fuera del plato (II)


Muchas cosas pierde el hombre/

Que a veces las vuelve a hallar/

Pero les debo enseñar/

Y es bueno que lo recuerden/

Si la vergüenza se pierde/

Jamás se vuelve a encontrar”

Martin Fierro

En el post anterior ya vimos el concepto de «espacio hiperpersonal», se trata de un espacio intimo, algo que sentimos como una prolongación de nuestra identidad. Hablé de que el smartphone se había convertido en un espacio hiperpersonal que había evolucionado desde el antiguo móvil que sólo hacia o recibía llamadas hasta el momento actual en que podemos conectarnos a Internet.

Desde entonces vivimos hiperconectados y esta hiperconexión nos ha cambiado la vida, pero no la ha cambiado solo por la capacidad de viralizar nuestros mensajes, es decir por hacerlos llegar a más gente y de forma más veloz, sino por su capacidad más o menos de «contagiar» conductas sobre todo las ligadas al gossip es decir al chismorreo, y también porque nos han cambiado nuestra forma de percibir las interacciones con los demás, nos hemos hecho -por así decir- mucho más sensibles e incluso paranoides cuando nos sentimos desafiados o criticados en la red. Una de las razones de esta hipersensibilidad es probablemente que las interacciones son públicas, así como los desacuerdos y los debates son muy acalorados y vehementes o como se dice ahora polarizados. Lo mismo les pasa a los narcisistas y a los psicópatas, esos que se dedican a trolear, es decir a acosar, perseguir, denunciar , o lanzarse en manada frente a alguien con el fin de desacreditarle; naturalmente no es necesario cumplir todos los criterios para un diagnostico clínico basta con tener algunos rasgos: la red se encarga a través del anonimato de reforzarlos. Dicho de otra manera: sucede lo mismo que en el patio del colegio, están los matones, las víctimas de esos matones y los espectadores que miran pero no ven.

Las redes amplifican lo que en un escenario común (como el patio del colegio) podría ser una anécdota, pero el acoso puede prolongarse en el tiempo, prolongarse fuera del horario del colegio, y sobre todo acumular múltiples actores en eso que ahora se llama bullyling y que es uno de los malestares más profundos -efecto secundario- de las redes entre los adolescentes. Dicho de otra manera el bullyiling se contagia, del mismo modo que se contagian algunas patologías mentales como la disforia de genero, el consumo de drogas, la violencia sexual en manada o la anorexia mental y ya vimos en un post anterior como estos contagios tienen un sesgo ligado al sexo y tienen que ver con nuestra forma de socializarnos.

Un atractor endemoniado.-.

Una red social podría definirse como un foro donde la cortesía, la buena educación y la urbanidad gobiernan cualquier intercambio, por eso decimos que es social. De lo contrario diríamos que es una red selvática, la ley del más fuerte, Adorno afirmaba que la cortesía expresaba nuestra disposición a valorar al otro con independencia de nuestros intereses.

Fue después de leer este articulo que comprendí que el desprecio que casi todo el mundo -y más en las redes- hoy siente por los buenos modales procede de su origen aristocrático, sin embargo su extensión a las clases populares supone la adopción de lo extraordinario por lo ordinario y así comprendemos que la amabilidad es la forma más modesta pero efectiva de contribuir al bien común y de extender una cierta concordia elemental y necesaria para la convivencia en paz. Por eso, a los buenos modales les conviene tanto el nombre que los asocia a la habitabilidad de las ciudades y, por consiguiente, de las sociedades: urbanidad. Sin esa especie de gentileza menor es imposible levantar una convivencia respetuosa y las disputas políticas degeneran fácilmente en hostilidades pasionales. Es típico de las ideologías con pulsiones totalitarias despreciar el comedimiento. Por el contrario, las personalidades benignas tienden a moderar la disputa sin perder de vista la persona.

Dicho de otra forma las redes sociales promocionan el mal uso del debate llevándolo siempre al extremo: de lo que se trata es de vencer o intimidar al adversario sin ninguna posibilidad, exterminarle socialmente. Esta muerte social que a veces llamamos ostracismo tiene dos resultados -si tiene éxito-, se aniquila al adversario y se manda un mensaje a aquellos que miran pero no ven. Esta especie de mobbing social está bastante mal explicado en términos psicológicos y no puede llegar a entenderse si no nos abrimos paso en uno de los atractores psicosociales más poderosos de nuestro tiempo, me refiero a la decadencia de lo comunitario, es decir al hecho de que la vida en común , que algunos aun llaman sociedad ha sido destruida y sustituida por una especie de sociedad sin comunidad. Donde solo existen individuos con sus propios deseos -siempre legítimos e incuestionables- llamados a satisfacerse y a una élite que propugna una mayor separación entre el individuo y su comunidad.

Mecanismos de de la desarticulación de la comunidad.-

Todo el mundo sabe que venimos de serie equipados por ciertas emociones, unas son sociales (vergüenza, culpa, pudor, celos, amor, deseo, compasión mientras que otras están relacionadas con la supervivencia como el miedo, la rabia o el asco. Las emociones sociales sirven a un propósito: aumentan nuestro fitness, nuestro éxito reproductivo. En este post puedes ver las funciones que desempañan evolutivamente todas y cada una de estas emociones.

Tooby & Cosmides, (1990) han analizado la forma en que cada emoción está diseñada para responder a un desafío concreto para la supervivencia o la reproducción que se ha presentado en situaciones específicas que han sido recurrentes a lo largo de la historia evolutiva.

         Podemos decir entonces, que las emociones son el software o los programas de la mente. De la misma manera que diferentes programas permiten que un ordenador realice diferentes tareas como escribir, calcular o dibujar, las diversas emociones ajustan el cuerpo y la mente para enfrentarse a las correspondientes situaciones.

En este sentido la vergüenza es una señalización de bajo estatus, es decir está relacionada con la jerarquía social y la dominancia-sumisión, aqui puedes verle la cara más de cerca a esta emoción que aparece bien pronto en nuestro aparato psíquico para ir desapareciendo poco a poco o bien incrustándose en caracteres concretos (timidez) o bien en desarrollos patológicos como la fobia social o el trastorno de personalidad por evitación.

Lo importante es comprender que la vergüenza no es una emoción negativa (como algunos sostienen) sino una emoción social que es como una medida de nuestra capacidad de socialización y de integrar relaciones jerárquicas sin sufrimiento. Algo parecido sucede con el pudor, esa vergüenza a exhibir la desnudez del propio cuerpo, a mostrarlo a otros e incluso a sostener conversaciones sobre temas sexuales con otros. Efectivamente el pudor se aplica como la vergüenza a nuestro espacio personal intimo. Es decir es una emoción que regula nuestros contactos sociales y está destinada a resguardar este segmento de intimidad.

Y no cabe duda de que las redes sociales propician la desvergüenza y el impudor.

¿Cómo lo hacen?

Confundiendo el intervalo entre publico y privado, así lo que debería ser privado se hace publico y lo publico se hace privado, si eres gorda, flaca, fea, empollona, putón verbenero, drogata, bajita o demasiado alta o cualquier otra cosa es algo que vuelve a recaer en el psíquismo individual y se convierte en síntoma. Las emociones fuera de su plato tienen destinos perversos. No es lo mismo ser vergonzoso que eritrofóbico (miedo a enrojecer) tal y como conté en este post sobre la vergüenza.

Dicho de otro modo cuando una emoción social es desplazada de su nicho, en este caso social y trasladada a otro nicho, en este caso individual se pierde totalmente su esencia adaptativa y se transforma en su contrario, un vicio antisocial. Todo parece indicar que uno de los atractores más potentes de nuestro Zeitgeist actual es la traslación de toda emoción social al psiquismo individual como si se desertara de su función comunitaria relacionada con las buenas costumbres (cortesía, humildad, pudor, vergüenza, amabilidad, urbanidad) y se hiciera un repudio de todas ellas al considerarlas un obstáculo para la libre expresión de ese supuesto miasma que llamamos libertad.

Y es entonces cuando el pudor se transforma en unas en disconformidad con el cuerpo y en otras con el exhibicionismo de Instagram. Pero lo más interesante es que las dos poblaciones coexisten en el mismo ecosistema, unas han logrado repudiar las adaptaciones ancestrales mientras otras sufren las consecuencias clínicas de tal traslación.

No, no puedes tener el cuerpo que quisieras tener y no, no debes ponerte en riesgo exhibiéndote en las redes como las Kardashian.

Bibliografía.-

Tooby,J.,& Cosmides, L.(1990) The past explains the present: Emotional adaptations and the structure of ancestral environments. Ethology and Sociobiology,11,375-424

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