Antipsiquiatras y chusqueros

La antipsiquiatria fue una corriente informal mezcla de ideologías, filosofia y de prácticas supuestamente emancipadoras que tuvo su apogeo en los años 60 y 70 y que acogía -como se dice ahora- a múltiples sensibilidades descontentas con el trato de se les daba a los enfermos mentales en aquellas instituciones llamadas manicomios. Para abreviar y hacer a esta corriente comprensible para el publico en general, la idea central de la antipsiquiatría -que bebía de fuentes bien diversas aunque habría que citar a Ronald Laing y David Cooper, un psiquiatra y un místico anglosajón como precursores- era que la enfermedad mental no existía, esta era la corriente más radical y otra menos radical suponía que de existir la locura era utilizada por el poder como una forma de dominio y control social, de este modo los manicomios eran algo así como las cárceles de los locos, los psicofármacos un dopaje obligado y los psiquiatras los carceleros custodios de este orden social.

Esta idea foucaultiana y diseminada por los filósofos izquierdistas supervivientes del Mayo del 68 y ahora instalados en la escuela de Frankfort, sostenían la falsa idea de que los locos no existirían de no ser porque se encontraban alienados por ciertas estructuras de poder que vigilaban las conductas individuales y castigaban aquellas conductas que se les antojaban como demasiado emancipadas del pensar común. Naturalmente esta idea es falsa y la Psiquiatría fue en realidad un movimiento humanístico que liberó -hasta donde pudo- a los enfermos mentales de castigos, desprecios, humillaciones, persecuciones, exilios y abandonos. Fue precisamente Pinel un psiquiatra el primero en quitar las cadenas a los locos, sin embargo su iniciativa no dio los resultados esperados, pues:

«Vació los manicomios pero las cárceles se llenaron de locos y el Sena de cadáveres».

No era tan fácil , los locos -al menos las formas más graves- por definición son personas que necesitan cuidados de por vida, supervisión, tutela, alimentación, un hábitat seguro así como cuidados médicos y de enfermería, rehabilitación y sobre todo socioterapia, es decir aumentar sus capacidades y habilidades sociales, pues la tendencia de la enfermedad mental es devoradora con todas estas cualidades si alguna vez se adquirieron. Liberarles de sus cadenas fue un acto político y no tanto humanitario.

En realidad la antipsiquiatria fracasó precisamente por no estar bien apoyada en sus fundamentos científicos y fiarlo todo a una consigna revolucionaria. La antipsiquiatría tuvo éxito sobre todo en Italia a partir de las ideas desinsitucionalizadoras de Franco Basaglia, donde se inició una obra de revisión sobre los manicomios. En realidad psiquiatras y antipsiquiatras de entonces estábamos de acuerdo en que los manicomios eran instituciones totalitarias, poco higiénicas y que generaban por sí mismos las mismas patologías que pretenden curar, algo que demostró Erving Goffman..

¿Qué era un manicomio?

Un manicomio era una institución destinada al cuidado de los enfermos mentales que allí se albergaban, aunque lo cierto es que no todos los usuarios de aquellos antros eran verdaderos enfermos mentales. En aquel lugar era fácil ingresar pero muy difícil de salir salvo por fuga. En España estuvo en vigor desde 1931 hasta 1976 una ley de internamiento muy reaccionaria y dictada al principio de la República, baste decir que bastaba una orden gubernativa, un certificado médico o el mandato de un alcalde para ingresar a alguien a veces de por vida en uno de esos establecimientos.

A partir de 1976 entra en funcionamiento una ley nueva de internamiento psiiquiátrico: propone dos vías de ingreso, una voluntaria y otra involuntaria. La vía involuntaria es siempre una vía urgente. Supongamos que usted es llevado por la policía a Urgencias de un Hospital y un psiquiatra aconseja el internamiento por riesgo para sí mismo o de otros. Lo que se hace al día siguiente es que el paciente queda a disposición del juez, quien aprueba o rechaza el internamiento, hasta que el el psiquiatra aconseje. Esta manera de proceder es limpia y democrática y sustituye la vieja idea de «orden publico» por la más nueva de «principio de salud pública».

En realidad la antipsiquiatría tuvo como epifenómeno el llevar a las autoridades publicas el fenómeno manicomial que era algo a resolver con urgencia. No se podían mantener en pleno siglo XX esas instituciones tan nefastas gobernadas por monjas y con un personal sin ninguna preparación técnica como cuidadores y donde los médicos se dedicaban a «pasar visita» de un modo estereotipado.

Yo trabaje en un manicomio y podría llenar de anécdotas este y sucesivos post, pero lo más importante es que en los años 70 hubo un recambio de profesionales en esos lugares que llevamos a cabo su transformación, si bien de forma bastante anárquica tal y como podemos leer en el libro coral que preside este post y en el que mi servicio tuvo un capitulo. En realidad fuimos los primeros en integrar, -no sin grandes resistencias- a la Psiquiatría en el seno de un Hospital General ya en 1980, algo que más tarde fue sancionado por la «Comisión Espino», nombre informal con el que cierto grupo de expertos aconsejaron al ministro de Sanidad de entonces las pautas que deberían guiar a la asistencia de este tipo de enfermos, promovía lo siguiente:

  • Creación de unidades de Hospitalización psiquiátrica en los Hospitales Generales.
  • Alta precoz con el fin de disminuir el estigma ligado a la Hospitalización y la dependencia del Hospital.
  • Creación de USMs (unidades de Salud mental) ambulatorias cada 60.000 habitantes y con carácter multiprofesional.
  • Creación de unidades de salud mental infantil ambulatorias, con la misma dotación que las de adultos.
  • Creación de espacios a”medio camino» entre el Hospital y la comunidad.
  • Cierre de los manicomios.

La idea tuvo éxito si bien como siempre sucede en este tipo de planteamientos, no se cumplió de forma uniforme en todo el territorio español y aun hoy existen manicomios dependientes de las Diputaciones que no han logrado integrar su actividad en la sanidad publica general y se mantienen como islas de otra época.

Pero sí cuento todo esto es para criticar el planteamiento de Podemos que recientemente ha propuesto una reforma de la salud mental en el Parlamento. No he tenido acceso al texto de forma completa y hablo de oídas después de leer este articulo de Pablo de Lora que tituló «De locos» y publicado en «The objective».

Lo interesante de esta propuesta es su redundancia: quienes la hacen insisten en promover cosas que ya se están haciendo en la práctica y es seguro que no tienen la menor idea de lo que están diciendo y probablemente lo que persiguen es acabar con los ingresos involuntarios.

«Las normas del proyecto transpiran una radical desconfianza hacia el tratamiento psiquiátrico y sus profesionales, como si vulneraran rutinariamente su deontología: ¿a qué viene establecer que «las personas medicadas con fármacos que deseen reducir su consumo o dejar de consumirlos tendrán derecho a un acompañamiento especializado por parte de profesionales sanitarios para la reducción progresiva de la medicación…»? (artículo 16.2.). ¿Debe ser una ley orgánica, y no una guía clínica elaborada por expertos, el instrumento para tasar los supuestos en los que un paciente podrá ser internado u hospitalizado contra su voluntad (artículo 34)? ¿Tienen alguna noticia de la realidad clínica quienes en este proyecto de ley sostienen que los centros deben tender a la eliminación de la «… contención mecánica y otras formas de coerción, farmacológicas o de otro tipo…» (artículo 33) o que los «proveedores de salud mental»(¿los médicos psiquiatras?) deberán desarrollar servicios y equipos de intervención en crisis libres de coerción y con «perspectiva comunitaria» (artículo 34)?»

¿Crear algún chiringuito para decidir sobre ingresos involuntarios?

Parece que volvemos a Pinel.

Mi opinión es que esta ley es un brindis al sol, una «boutade» de esas que se llevan al Parlamento para epatar y confundir al personal y que el personal no mire hacia el recibo de la luz y no es que yo no crea que la salud mental necesita una revisión, para empezar deberíamos cambiarle el nombre a esa idea de que la salud mental depende de los profesionales. En realidad la salud mental depende de los políticos y de la economía, ámbitos donde los profesionales poco podemos decir aunque habría mucho de qué hablar.

Para empezar deberíamos dotar los servicios con el personal que se comprometió en la «Comisión Espino», y sobre todo desarrollar esa idea de «lugares a medio camino» que nunca fueron desarrollados y darle un empujón a la llamada psiquiatría comunitaria o tratamiento asertivo comunitario, ya que tenemos en Avilés un modelo al que poder imitar.

Y eso sin enfrentarlo políticamente a los modelos ya implantados, no se trata de sustituir el modelo actual por otro más barato sino que sirvan ambos para complementarse.No se trata de elegir entre Hospital o comunidad, ambos dispositivos son necesarios.

Y sobre todo estar vigilantes para que el modelo manicomial no se reproduzca con jóvenes tutelados o ancianos dependientes, algo que en mi opinión necesita una reforma más que integral.

Estado actual de la Psiquiatría (2012)