Destetados


Aquellos de ustedes que leyeron mi ultimo post sabrán que allí me preguntaba si el apego de los niños y las niñas tenia alguna diferencia. Hice una pequeña encuesta en twitter para averiguar cual era la opinión de otros usuarios y ver si coincidía con la mía. El resultado fue positivo, el 61% de los encuestados estaban de acuerdo en que el apego de los niños con su madre era más intenso y duradero que el de las niñas. Más tarde pregunté sobre otra cuestión ¿Cual era la causa de esta diferencia? Aquí he de decir que no obtuve ninguna respuesta satisfactoria pero si alguna pista.

Y la pista mas valiosa que he encontrado fue la que me dio una psicóloga a la que apenas conozco, y me dijo brevemente: “la relación entre madre e hija es obvia y la semejanza tiene como dos destinos, uno la separación y otro la apropiación. No se si lo digo con sus mismas palabras pero esto es lo que a fin de cuentas comprendí.

Lo que sugiere esta respuesta es que la semejanza (sexual por supuesto) opera como un separador, como desencanto en la niña y como aliciente – la diferencia- en el niño. Algo que por cierto ya había dicho Freud con otras palabras: para él , la niña se decepciona de la madre cuando se da cuenta de que no tiene pene. A mi esta explicación nunca me gustó demasiado porque los niños no comienzan a interesarse por las cuestiones sexuales hasta los 4 años más o menos, pero la observación de diferentes tipos de apego es anterior. Los 3 años pueden ser un buen observatorio para explorar estos tipos de apego.

Naturalmente no tenemos ningún instrumento para medir la intensidad del apego, pero tenemos a nuestra disposición algunos métodos observacionales: la ansiedad de separación y la angustia del extraño que no son la misma cosa pero suelen manifestarse en el mismo paquete.

Los niños comienzan sentir ansiedad de separación hacia los 8 meses y protestan ante la partida de la madre, cuando ha de ir a trabajar o cuando han de llevarle a la guardería, las despedidas en las filas de los colegios de primera infancia suelen ser dramáticas al menos los primeros días y lo primero que se observa es que no todos los niños de la fila tienen la misma madurez, puesto que en esa edad una diferencia de tres meses es suficiente para marcar la diferencia. Los niños suelen requerir la presencia de la madre para jugar y suelen llorar o mostrar enfado si la madre no les mira, no juega o no se somete a sus normas con el juego.

Lo mismo sucede a la hora de dormir, un verdadero ritual para niños y madres, con lecturas, acompañamientos y compañia de cama. Los niños exigen mucho de sus madres y durante cierto tiempo, niños y niñas no muestran ninguna diferencia significativa en cuanto a la manifestación de su ansiedad de separación. No olvidemos que el mayor terror de un niño es el abandono y la separación -no es un abandono para nosotros-, puesto que se recupera a la madre, pero para un niños la separación debe ser una herida emocional que ha de resolver con sus propios medios. Las heridas emocionales no son traumas con T sino traumas con t, es decir son fisiológicos y forman parte del neurodesarrollo. La repetición del estimulo acabará por configurar un sentimiento de comfianza en el niño, sabe que inevitablemente la reunión se producirá con el tiempo, aunque el tiempo para un niño no es el mismo que para un adulto, más que eso, el niño tarda mucho tiempo en poder procesar el tiempo en términos cronológicos aproximados a la realidad del discurrir de las horas.

Pero el apego de los niños es feroz si lo comparamos con el de las niñas y se mantiene mucho más allá de los 4 años, mientras que las niñas durante ese tiempo 3-4 años son capaces de 1)controlar esfínteres 2) comer solas 3) ir solas al baño 4) establecer vínculos con otros niños y 5) elaborar frases con sentido y comunicarse de una forma más clara con otros 6) conocen más palabras sueltas. 7) sus juegos son más sociales y más complejos.

Dicho de otra manera: las niñas maduran antes.

Mi hipótesis es que este adelanto de las niñas hacia los niños (un adelanto que se mantendrá durante toda la primaria) se debe a haber superado la ansiedad de separación con más rapidez que los niños. Las niñas se relacionan con su padre de otra manera bien distinta a como lo hicieron con su madre y aunque los roles son intercambiables todos sabemos como las niñas se vinculan muy amorosamente con sus padres y con mayor rivalidad con sus madres, y como los niños a su vez lo hacen con sus madres, si bien los niños también están muy interesados con sus padres aunque este cariño o admiración no les hace renunciar a esos rescoldos del apego materno con el que conviviran mucho tiempo. Con el padre no entrarán en franca rivalidad hasta los 12- 13 años.

El suficiente hasta la madurez sexual pues un niño es un niño hasta que tiene relaciones sexuales, no porque las relaciones sexuales le conviertan en adulto sino porque para mantener relaciones sexuales hay que dejar de ser niño. El sexo no admite juegos, es algo muy serio. Podríamos decir que un adolescente varón transfiere pronto o tarde, a un sustituto materno ese apego infantil que quedó interrumpido por la madurez sexual. La actividad sexual por su parte no precisa apego ni amor, me refiero a los primeros escarceos donde el chico fluctúa de un ligue a otro sin necesidad de querer o amar a ninguna. Lo mismo sucede con las niñas en la adolescencia.

Sin embargo la mujer no necesita reeditar su apego con su madre con sus parejas sexuales pues ella misma es una mujer encarnada y tiene lo que hay que tener para seducir a los hombres, pero ha de pasar por el padre, ha de atravesar la ley paterna para estructurarse psicológicamente en la vida. esta etapa puede ser trágica con su madre a la que puede llegar a sentir como un policía de sus sentimientos o como alguien que le niega su sexualidad.

Los que si reeditan sus heridas emocionales son los padres a través de sus hijos, pues obviamente la madre también tiene apego por su hijo, de no tenerlo ningún niño sobreviviría, el apego es para siempre y nos afecta a todos, hombres y mujeres con o sin hijos. Los hijos simplemente nos obligan a revisar los nuestros y reeditarlos, es decir reescribirlos en tiempo real.

Luciano Lutereau es un psicoanalista argentino especializado en niños que ha escrito y dictado múltiples seminarios (que podéis visualizar en youtube). El libro que preside este post es uno de los que más me han gustado de todos los que he leído de él. Y aunque no estoy de acuerdo con todo lo que dice estoy muy en la linea de su manera de hacer divulgación sobre temas que hasta ahora el psicoanálisis trataba de una forma espinosa y siempre en cenáculos de especialistas. Luciano lo que hace es descender al mundo de las preocupaciones de los padres y casi sin querer decepcionarles acerca de la posibilidad de ofrecer literatura de autoayuda, en un tema que en cualquier caso lo que precisa es algo de contra-ayuda, es decir transmite la idea de que no existe una crianza perfecta ni una crianza buena o mejor que otra. Algo que no es baladí puesto que vivimos en una época insólita, sin comparación con cualquier otra anterior en cuanto a las preocupaciones que los padres tienen con la crianza de sus hijos.

Esta preocupación es un efecto secundario de la época en que vivimos y los padres tienen una sensación difusa de que algo están haciendo mal cuando sus hijos presentan alguna dificultad, en la separación, en el control de esfínteres, el el sueño, en el rechazo de la comida, en su socialización con otros niños o en el progreso del lenguaje.

Demasiadas preocupaciones sobre las que penden amenazas inconcretas en forma de diagnósticos psiquiátricos, como el autismo, el TDH, el negativismo desafiante o el mutismo selectivo. Conozco demasiados casos de falsos positivos en todos estos diagnósticos para rechazar el sentido común de Lutereau cuando afirma que un diagnósticos psiquiátrico es siempre algo a demostrar (no confundir con los neurológicos) y que muchas veces obedecen mas a dificultades de los padres para trajinar con aquella reedición de sus apegos que en una verdadera patología de sus hijos.

No basta con cumplir criterios para un trastorno u otro, hay que valorar la dinámica familiar y ver que está sucediendo en el obscenario.

Y recuerde, mas allá del trauma con T (negligencia, maltrato o abuso sexual) no hay crianzas buenas ni crianzas malas, ni por supuesto existe una crianza con apego, con teta o sin teta, pues el apego nos viene de serie a hijos y a padres aunque lo hayamos olvidado.

Y un epilogo: la teta es la metáfora del apego para todos los niños pero no para las niñas que en cualquier caso representarán en su cuerpo -a veces con cirugías innecesarias- ese fetichismo de los niños. Pues eso es el fetichismo, una metáfora.

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