El rencor


El resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra (Gregorio Marañón).

El rencor tiene un sinónimo que explica mejor su raíz etimológica: el resentimiento, que viene a declarar que es un sentimiento doble, una especie de flexión sobre un sentimiento que casi siempre comenzó siendo una experiencia de decepción, humillación, enfado, enojo, daño u ofensa pero también de envidia o codicia. Así el rencor es un sentimiento de hostilidad a largo plazo, del que el individuo es incapaz de desprenderse y todo parece indicar que es autopoyético, es decir se alimenta a si mismo a través de deseos de odio o de venganza tanto si se consume o no.

El rencor procede pues de una emoción primaria: la ira o la rabia y se transforma en sentimiento después de su pase por el territorio cognitivo, siendo la querulancia su patología extrema cercana al delirio, dentro de un sistema de creencias presididas por un sentimiento de haber sido víctima de una injusticia sin reparación.

Gregorio Marañón escribió un libro sobre el asunto del rencor basándose en la historia del emperador Tiberio, del mismo modo que se acercó a otras cuestiones psicológicas en Amiel, un verdadero tratado sobre la timidez. Tiberio era probablemente un paranoico y también alcohólico y vegetariano, amante de los espárragos, de las artes y de la jardineria, en cualquier caso un amargado y como es sabido los paranoicos suelen ser bastante rencorosos y tienen antecedentes de humillaciones diversas pero no era en absoluto un degenerado como su sucesor Caligula, más bien fue uno de esos emperadores que no quisieron nunca serlo, tal y como le sucedió a nuestro Felipe V y a pesar de sus extravagancias fue un buen general y un buen administrador del imperio que heredó de Cesar Augusto su antecesor.

Sin embargo Tiberio no era hijo de Augusto sino de su segunda esposa Livia, una de esos personajes psicopáticos, ambiciosos y sin escrúpulos que anticipaban una estirpe de gobernantes desquiciados. Augusto y Livia quedaron tan prendados el uno del otro que se divorciaron al mismo tiempo y además de eso organizaron el matrimonio del propio Tiberio que ya estaba casado – con Vipsania, de la que estaba profundamente enamorado-  con la hija de Augusto, Julia la Mayor que ya había estado casada dos veces y que al parecer era algo casquivana, razón por la cual su padre la exilió por conducta inmoral a otra isla: Pandataria

Después de su servicio militar tuvo sus más y sus menos con su padrastro Augusto y se autoexilió a Rodas, una manía viajera a través de las islas que no le abandonaría nunca, (como se sabe murió en Capri a la edad de 77 años), dejando solo un hijo que había tenido con su querida esposa Vipsania, (Druso el joven). De su exilio fue obligado a regresar a Roma tras la muerte de Augusto y ser coronado emperador, cargo que recibió de mala gana. Su estirpe se malogró cuando su propio hijo y su primo Germánico fueron asesinados dando lugar al perverso Caligula.

De manera que Tiberio tenia razones para el rencor sobre todo hacia su madre Livia que se pasó su larga vida conspirando y rompiendo matrimonios por razones de Estado, con su padre y con su obligada esposa con la que no compartía ningún tipo de idea o valores.

El rencor y el anti-rencor.-

Cuentan la historia de dos amigos que por razones políticas fueron encarcelados y sometidos a maltrato y humillaciones diversas. Después de varios años volvieron a encontrarse y uno de ellos preguntó al otro si aun sentía odio por sus carceleros. La historia es que uno de ellos había olvidado el episodio por completo mientras el otro no había podido desembarazarse del rencor que incluso había llegado a enfermarle fisicamente: los sueños, las pesadillas, las rumiaciones y los deseos de ajustar cuentas nunca habían desaparecido hasta el punto de llevar al rencoroso a una situación de amargura profunda.

Lo que nos permite preguntarnos qué hizo el rencoroso que no hizo su amigo o bien: qué hizo uno para olvidar el episodio mientras el otro no pudo quitárselo de la cabeza?

Una respuesta a esta pregunta sería decir que hay personas más rencorosas que otras, aunque esta respuesta no resuelve del todo las razones por las que uno se deshace mientras otro mantiene el rencor. En realidad los dos tenían razones sobradas para el resentimiento.

Lo que sabemos hoy es que hay ciertos aspectos de la personalidad que protegen del rencor (aunque no descarto otros), me refiero a la ambivalencia.

La ambivalencia puede definirse como el rasgo que se refiere a la experiencia de tener pensamientos y sentimientos positivos y negativos al mismo tiempo sobre el mismo objeto, persona o asunto. Algo así como una persona que es capaz de valorar los pros y contras de una situación sin rigidez, de entender las razones de los otros aunque esos otros le hayan perjudicado. Se trata de un talento de primer orden y que naturalmente no está al alcance de cualquiera. La mayor parte de nosotros solo somos capaces de tener una única versión sobre las cosas: la nuestra.

“La prueba de una inteligencia de primer orden es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar”. -F Scott Fitzgerald.

El ambivalente (no confundir con el equidistante) es una persona capaz de tolerar la disonancia cognitiva que genera el hecho de valorar dos dimensiones (Yo-Otro) a la vez. Aquí hay un articulo donde habla de la ambivalencia e incluso te permite averiguar cuan ambivalente eres, así como los beneficios y los inconvenientes de poseer este rasgo.

Una de las ventajas del ambivalente es tener una visión de las cosas equilibrada y matizada que está más en consonancia con la compleja y multifacética realidad que siempre es gris y nunca opera en blanco o negro (Pablo Malo).

Pero lo cierto es que no hace falta haber sufrido “traumas” como los que sufrieron los amigos encarcelados o el propio Tiberio. Pues el rencor no siempre responde a causas psicológicas, muchas veces es el resultado de vivir en ciertos entornos que privilegian y legitiman el valor moral de la marginación a través de la idealización de pertenecer a un grupo supuestamente oprimido, algo muy característico de nuestro mundo actual en el que ser mujer, negro, homosexual, trans, indígena o cualquier otra divergencia se gremializa hasta el limite de hacer pensar a todo el grupo que ese grupo es homogéneo y todos los individuos son iguales a si mismos a diferencia de los otros que son, en realidad culpables de oprimirles.

Dicho de otra forma: el rencor puede ser inducido por las creencias sociales hegemónicas compartidas por la población.

Es por eso que ser mujer se considera -por el mismo hecho de serlo- un certificado de probidad y ser hombre incluye una sospecha de ser un malhechor. La idea es que todas las mujeres son iguales y son depositarias de un valor moral superior a los hombres y donde el rencor se legitima como un discurso revolucionario en busca de la Justicia social. Estamos asistiendo a un momento histórico en el desarrollo de las sociedades occidentales en el que el sistema operativo con el que funcionaba nuestra cultura, el Liberalismo, se está cambiando por otro sistema operativo, la Justicia Social y es una incógnita si la sociedad será capaz de funcionar con ese sistema operativo de suma cero o colapsará. O se transformará en una forma del totalitarismo más intransigente y puritano que haya gobernado la humanidad

¿De donde procede la ira de esta muchacha?

Bibliografía.-

Gregorio Marañón: Tiberio: historia de un resentimiento. Espasa Calpe. 1998.

Un pensamiento en “El rencor

  1. Odio y Rencor (y demás variantes, orgullo, prejuicio, gloria, honor… entre otros), son entidades construidas.
    No es tan peligroso el odio que, sin lugar a dudas ha destruido pueblos, naciones, grupos, gentío… Se eleva la injuria, la destrucción, el insondable muro de la incongruencia que sostiene brechas, ya precipicios de hondura. El daño es cualitativamente perjudicial cuando las entidades son indestructibles: la posibilidad de reconciliación es inexistente. Los muros de una realidad funcional que se impuso ante la realidad fraternal han de ser inderribables.

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