La vergüenza


¿No se te cae la cara de vergüenza?

La mejor definición de “emoción” que leí -ya no recuerdo dónde- era ésta: “es un movimiento plegado” como si se tratara de un trabajo de origami.

Y me gusta porque contiene las dos partes que componen una emoción, es en su origen un movimiento, una conducta que se incorporó a nuestro sistema nervioso y que podemos relacionar ahora con la cita que preside este post: al avergonzado se le debería caer la cara de vergüenza y si no se le cae es porque es un desvergonzado. Efectivamente, las personas avergonzadas se tapan la cara, luego la vergüenza tiene algo que ver con ella y lo que tiene que ver es el rubor.

El rubor es un marcador somático en el sentido que le dio Antonio Damasio, su acompañamiento fisiológico del mismo modo que la taquicardia o la piloroerección lo son del miedo. Esta es la parte conductual, la parte del movimiento vasomotor que acompaña la vergüenza, algo que se muestra al otro. La otra parte es el concepto de “plegamiento”, las emociones son pre-textuales, es decir son sensaciones que no han pasado aun por el filtro del lenguaje, de lo cognitivo ,lo racional, son en este sentido afásicas. Con el tiempo aprendemos a identificarlas sobre todo en los demás (no tanto en nosotros mismos) pero nos delatan a partir de su exposición publica.

No es de extrañar que si el destino de las emociones es el mostrarse casi todas tengan la cara como plataforma de expresión tal y como dejó escrito Charles Darwin.

Pero el rubor puede ser -a su vez- objeto fóbico, entonces le llamamos eritrofobia, y es algo que emparentamos con la fobia social, el temor a ser evaluado en publico se repliega en el temor a enrojecer. Tuve hace mucho tiempo un caso de eritrofobia en una mujer que había tenido un hijo de soltera y vivía en un pueblo donde todo el mundo la respetaba pero en cambio enrojecía apenas se cruzaba con un desconocido. Su temor era al rubor mismo, no a la situación social. Comenzó a mejorar cuando entendió que su rubor era una prueba de su fiabilidad como persona. es algo así como si dijera “soy una persona confiable, date cuenta de que por la cara puedes saber si te miento”.

De manera que el rubor o la vergüenza pueden considerarse certificados de decencia u honestidad.

La vergüenza es una emoción social -como la culpa- destinada al control del individuo por parte del grupo. Los niños sienten vergüenza muy precozmente y casi siempre relacionada con el “miedo al extraño”. Los niños de entre 2-4 años se esconden detrás de la madre cuando son expuestos a la mirada o al dialogo con alguien que no conocen. Para los niños de esa edad un adulto extraño es siempre una amenaza.

Las caras de la vergüenza.-

La vergüenza no obstante es polisémica, puede darse en multitud de circunstancias, por ejemplo la vergüenza del niño tiene que ver con la necesidad de protección y la desconfianza del adulto .Hay algo en la vergüenza que tiene que ver con la pequeñez, con la irrelevancia con “no dar la talla”, esta es probablemente la causa psicológica más conocida y frecuente de los evitadores sociales en general, los hipersensibles que solo aceptan el trajín con otros bien resguardados por condiciones de aceptación incondicional.

La vergüenza está sobre todo relacionada con la desnudez, con el sexo y con las funciones corporales. ¿Por qué necesitamos intimidad para defecar, para mantener relaciones sexuales? ¿Por qué la desnudez inunda de pudor a ciertas personas? Y no me refiero solo a la desnudez física sino también a la desnudez psicológica: mostrar la vulnerabilidad, mostrarse como uno realmente es puede provocar vergüenza en algunas personas, esas que tienden a mantener una mascarada de dureza o de indolencia. Dicho de otra manera, la vergüenza tiene que ver con la intimidad, esa que mostramos a pocas personas. Los niños comienzan a tener vergüenza corporal cuando comienzan su aprendizaje de control de esfínteres y los niños son más vergonzosos que las niñas, pues adquieren conciencia de que las heces y el pipí salen de sitios distintos y que aun confundidos en el pañal son capaces de entender que la caca es una cosa y el pipí otra. No es que las niñas no sepan la diferencia entre la caca y el pipí sino que la retirada del paquete no descubre ningún secreto, el pene está velado por el secreto del pañal y es por eso que los niños son más reacios a educar sus esfínteres que las niñas. Tienen vergüenza de la desnudez y esa vergüenza está relacionada con su pene, una vergüenza que rememorarán más tarde en sus posteriores erecciones.

Más tarde los niños pueden avergonzarse si no son capaces de mantenerse limpios durante la noche y es por eso que la enuresis puede ser un marcador somático de la vergüenza, mucho más si hay un avergonzador constante en su educación, sea pariente o compañero de clase.

Y no solo está relacionada con la intimidad sino también con la ignominia (perdida del nombre) y con el deshonor. se puede perder el (buen) nombre por un acto ignominioso, vergonzante. Un ejemplo de esto son los embarazos de las solteras. Hace muchos años quedar embarazada sin estar casada era algo aberrante, tanto que era frecuente que a la embarazada se la separara de la comunidad de origen y usualmente diera a luz en alguna institución, después de pasar el embarazo escondida en ella. Al dar a luz el niño era dado en adopción a algún matrimonio interesado y pudiente. Muchas compras de bebés tuvieron lugar en esas condiciones sociales donde la vergüenza de la madre la condenaba a esa humillación e injusticia social, se la separaba de su bebé después de haberle hecho pasar un calvario.

Afortunadamente hoy las razones para sentir vergüenza han ido remitiendo, hay madres solteras, madres abortistas, hombres y mujeres adúlteros, el divorcio o los matrimonios fracasados ya no son motivo de vergüenza, ir a la cárcel casi que tampoco y si nos fiamos de los pocos políticos que dimiten de sus cargos después de haberse demostrado su participación en algún delito vergonzante, concluiremos que vivimos en una sociedad desvergonzada. Lo que es lo mismo que decir que la sociedad se ha quedado sin uno de los relés más potentes para controlar la conducta de sus miembros, al tiempo que los individuos hemos perdido control sobre nuestra conducta pues no cabe duda de que la vergüenza es un buen inhibidor de la transgresión social.

Vergüenza y culpa.-

No cabe duda de que existen culturas de la vergüenza y culturas de la culpa. En las primeras el control social recae sobre el individuo en si mismo. Se trata de una de las diferencias más importantes entre culpa y vergüenza. Uno se siente culpable de algo que ha hecho pero la vergüenza atañe a lo que uno es. Más que eso, uno puede avergonzarse de su propia estirpe, de su hermana, de su padre, de su abuelo si cometieron alguna falta que la sociedad concreta reconociera como vergonzosa. Un traidor a una causa concreta, un desertor, un criminal de guerra son estigmas que pasan de padres a hijos involucrando a toda la familia y más: es la propia familia la que tiene que hacer justicia. Una justicia que recae sobre un miembro varón de la familia: se trata de los conocidos crímenes de honor, los más conocidos de entre los mismos tienen que ver con deslices sexuales de las mujeres o con matrimonios prohibidos.

En las culturas de la vergüenza, las mujeres son las guardianas del honor familiar que han de proteger sino quieren ser castigadas usualmente por algún hermano que así impide el castigo público que es aun más vergonzoso.

La culpa como el pecado es algo individual que no se hereda transgeneracionalmente, por el contrario tiene que ver algo que uno hace y que representa una transgresión social. La culpa precisa de un individuo con la suficiente hiperreflexividad para considerar en si mismo un sujeto interior y un sujeto exterior, es decir necesita un sujeto dividido entre lo que aparenta prudentemente ser y lo que auténticamente es. Necesita además un Estado que posea el monopolio del castigo y necesita para que se de ese trasiego desde el honor a la dignidad, un milenio de cristianismo y su herederos: el Estado liberal. Tal y como dice Joseph Henrich.

Sin embargo entre nosotros la vergüenza subsiste y lo hace en determinadas formas psicologizadas como la fobia social, la timidez o el trastorno por evitación. Parece haber desaparecido del panorama de posibilidades de ser y consecuentemente la vergüenza se oculta o se retira al dormitorio o se desafía en los escenarios. La culpa también conocida con el nombre de remordimiento cuando se transforma en un estado mental duradero o permanente nos flagela desde dentro pero a cambio la culpa se puede redimir. Más complicado es redimirse de la vergüenza pues su aparición fue precristiana y por tanto feroz en su aplicación.

A veces sin embargo culpa y vergüenza vienen juntas y es difícil de separar de esa amalgama en la que se presenta. Estoy pensando en las mujeres violadas. ¿Por qué una mujer violada tendría que sentir culpa o vergüenza? ¿por qué el criminal no suele sentirlas?

El acceso forzado al cuerpo de una mujer es siempre una intromisión en su intimidad más profunda, algo así como una profanación, un sacrilegio, algo que violenta un recinto sagrado, en el sentido más totémico y menos teológico de la palabra. Si la mujer es la heredera de una culpa totémica relacionada con la integridad y guardería no solo de su cuerpo sino de su propia estirpe, entonces podemos comprender que la vergüenza y la culpa vengan a señalar la abyección que se consumó en relación a su cuerpo. Algo que está señalando hacia el predominio de los sentimientos del grupo que son los que han sido tambíén heridos con el abuso. Cuando una mujer es violada no solo es ella la víctima sino también su familia y el grupo social de pertenencia y aunque en nuestros entornos modernos parece como si una violación fuera cosa de la justicia, la víctima y su perpetrador en realidad es un escarnio para la sociedad entera.

La vergüenza ajena.-

En este sentido, el neurocientífico alemán Frieder Michel Paulus publicó un estudio en 2013 sobre la relación de la vergüenza ajena con la empatía. Su experimento mostraba que cuando otras personas contravenían normas sociales, en el cerebro del espectador se activaban las mismas regiones que en momentos empáticos. “Cuando tienes vergüenza ajena sientes empatía por alguien que pone en peligro su integridad al violar las normas sociales, se trata de una vergüenza empática”.

Es decir, nos estamos poniendo en su lugar o, mejor dicho, en el lugar en el que consideramos que deberían estar, algo que seguro que podéis identificar cuando algún miembro del gobierno sale por la tele diciendo alguna mentira o alguna necedad.

 “El miedo a perder la dignidad o el orgullo  puede tener que ver con que la última pieza de comida en una ración compartida es “la de la vergüenza”, nadie quiere comersela por no ser tachado de hambriento o codicioso”.

Articulo del Pais sobre el termino muy español de “vergüenza ajena”

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