La disipación (XXXVI)


tedio

Decía mi abuela, la filósofa que había tres cosas que disipaban: la masturbación, la playa, y el limón.

Entendí o intuí las dos primeras, a fin de cuentas la masturbación y la playa gastan muchas energías pero nunca entendí porque el limón disipaba.

Aunque puestos a ser sinceros tampoco entendí nunca qué era de eso de disiparse como no fuera adelgazar. Pasaron muchos años antes de que lo entendiera hasta llegar a este post, pero según el diccionario de la RAE, el verbo disipar tiene tres acepciones:

  1. Hacer que se desvanezcan -por la desunión de las partes que lo conforman- algunas totalidades.
  2. Malgastar, derrochar o desperdiciar el patrimonio, la salud o el tiempo.
  3. Aunque en realidad la palabra “disipación” tiene una acepción térmica que consiste en impedir que el calor se acumule en un artefacto cualquiera y asegurarse de que ese calor pase al aire. Es decir conseguir enfriar algo.

De manera que disipar es sobre todo perder calor o enfriarse, esa es la acepción que nos interesa en este momento junto con la idea de que al disiparse algo, un sistema se desune, hay algo que se pierde en la disipación. La palabra tiene algunos sinónimos como disolución (se pierde todo) o evaporación, se pierde pero en el sentido de que la materia se modifica. Como todo el mundo sabe la materia tiene tres estados: solido, liquido y gaseoso. El pase de solido a gaseoso, se llama sublimación, recordemos esta palabra y recordemos de paso a Freud.

¿Qué es sublimación según el psicoanálisis?

La sublimación en psicoanálisis es un término descrito por Sigmund Freud como uno de los destinos posibles de la pulsión. Se trata de un proceso psíquico mediante el cual áreas de la actividad humana que aparentemente no guardan relación con la sexualidad se transforman en depositarias de energía libidinal (pulsional).1​ El proceso consiste en un desvío hacia un nuevo fin. Entre los ejemplos de Freud como nuevos destinos de la pulsión sexual está lo artístico y lo intelectual: sublimar consistiría en mudar el fin pulsional hacia una actividad desexualizada, intentando su realización, por ejemplo mediante tareas creativas o de prestigio social: arte, religión, ciencia, política, tecnología.

En este extracto de ‘La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” de Freud se da una definición de sublimación: La pulsión sexual -mejor dicho: las pulsiones sexuales, pues una indagación analítica enseña que está compuesta por muchas pulsiones parciales- es probablemente de más vigorosa plasmación en el hombre que en la mayoría de los animales superiores; en todo caso es más continua, puesto que ha superado casi por completo la periodicidad a que está ligada en los animales. Pone a disposición del trabajo cultural unos volúmenes de fuerza enormemente grandes, y esto sin ninguna duda se debe a la peculiaridad, que ella presenta con particular relieve, de poder desplazar su meta sin sufrir menoscabo esencial en cuanto a intensidad. A esta facultad de permutar la meta sexual originaria por otra, ya no sexual, pero psíquicamente emparentada con ella, se le llama la facultad para la sublimación.

Es decir Freud utiliza un término de la física para describir una desviación de la pulsión en este caso desde lo sexual hasta lo socialmente deseable.

Dicho de otra manera, la disipación, en su acepción psicológica, es el mecanismo contrario a la sublimación: lo que lleva a algo sutil a convertirse en denso.

Esta idea me vino sugerida por las autoras del libro que preside este post, Rosa de Diego y Lydia Vazquez, en un trabajo sobre las relaciones entre el aburrimiento y la melancolía -en las mujeres- a través de la literatura francesa. Las autoras de este libro utilizan la palabra “disipación” en varios momentos de su espléndida investigación. Pero de ellos solo señalaré uno. Así comienza el libro:

“El aburrimiento cuando se hace objeto de reflexión se disipa como sensación para materializarse intelectual y lúcidamente”.

Ignoro si las autoras de este libro sobre el tedio femenino tienen alguna formación neurocientífica o psicoanalítica, pero me parece una observación muy coherente, pues el aburrimiento es efectivamente una sensación que puede convertirse en algo más aprovechable, un estado mental que es precisamente lo que lleva a la escritura a algunos aburridos o bien a conseguir aburrir a otros a través de la literatura, convirtiendo así una sensación incómoda en una realización personal. Algo sutil se convierte en denso. O lo sensible en inteligible.

Pues el destino de la información -que es energía sutil- es transformarse en energía menos sutil y más tarde en materia (energía densa), siguiendo el destino de la entropía; el destino de la información es precipitar en lo que en física se llama estado sólido, es por eso que el granito es la precipitación del magma. Las experiencias mentales si son los suficientemente intensas tienden a precipitar, a coagular y a retener con ellas un montón de energía que usualmente llamamos quistes mentales, no se trata de una metáfora, existen quistes mentales como por ejemplo sucede en los traumas psíquicos que sólo pueden removerse  a través de su licuación, algo que solemos hacer a través -otra vez de la mente- hablando y reviviendo el trauma, es la posibilidad de resignificarlo. Del mismo modo podemos decir que la sabiduría es la disipación del conocimiento, pues disiparse es descartar y la sabiduría es un descarte de conocimiento.

Dicho de otro modo, el fenómeno de la disipación podemos aplicarlo a la conciencia humana.

Un ejemplo muy fisiológico de disipación podría ser lo que sucede en los sueños. ¿Para qué soñamos?. Soñamos para ampliar nuestra memoria y para perder calor en el cerebro. Soñar enfría el cerebro y genera nuevas neuronas en el hipocampo. El contenido de los sueños es banal casi siempre, lo que importa -en el sueño REM- es lo que se consigue desde el pase de algo sutil a algo denso. Los sueños en sí, se disipan, es decir se olvidan apenas nos levantamos de la cama. Lo mismo sucede con los recuerdos banales, aquellos que no se acompañaron de energías sutiles (emociones); recordamos mejor aquellos que se tiñeron con ese aceite pregnante y se implantaron en la corteza cerebral de forma intensa. El resto de recuerdos se disipan. Pues la función del sueño es licuar esos quistes, cosa que hacemos repetidamente hasta que logramos desprendernos de las cargas que están en exceso y es por eso que los sueños se repiten pero no de la misma manera, el sueño se retuerce de mil formas para intentar proporcionar al soñante una experiencia diversa a fin de que sea por fin evacuada, es decir transformada en pensamiento, imagen mental, narrativa, es decir otra vez en información aunque en un plano distinto.

Ahora bien, disipar-se, no significa desaparecer pues hay un resto que permanece inalterable, a ese resto inalterable le llamamos estructura. Por ejemplo en la anorexia mental la estructura son los huesos, lo que se muestra son precisamente los huesos, la carne se desvanece, se disipa.

Estructuras disipativas.-

Ilya Prigogine (1917-2003) fue un químico ruso nacionalizado belga que en 1977 mereció el premio Nobel por sus hallazgos sobre las estructuras disipativas.

La primera idea que me gustaría transmitir es que el nombre de “estructura disipativa” contiene una contradicción formal: la de algo que permanece junto a algo que cambia o se transforma. Los científicos mecanicistas ya conocían este fenómeno de convivencia entre estructura y cambio, dado que es algo que todos podemos observar en la vida corriente; por ejemplo, el crecimiento de un humano tiene algo que se modifica y que se solapa junto con algo que permanece. Newton abordó este mismo problema en relación con la viscosidad y la fricción, considerándolo como un obstáculo para sus investigaciones de mecánica clásica. Ludwig von Bertalanffy llamó “sistemas abiertos” a este estado de la materia que se define como aquel que es capaz de intercambiar energía e información con su entorno; más adelante recibiría el nombre de “estructura disipativa” propuesto por Prigogine.

Para comprender mejor la naturaleza de este estado de la materia es conveniente que el lector entienda el concepto de “equilibrio” y “orden”. El orden absoluto en un sistema vivo es la muerte, lo que significa que todos los seres vivos nos movemos alrededor de un equilibrio compatible con la vida. Sin embargo, existen sistemas que se encuentran muy alejados de ese equilibrio o estabilidad ideal; por ejemplo, el estado de salud de una persona es un equilibrio inestable del que es posible predecir -siguiendo las leyes de la entropía- que está destinado a desordenarse alrededor de lo que llamamos enfermedad, envejecimiento y posterior muerte, mientras que la enfermedad es un estado que se encuentra alejado del equilibrio, aunque en muchas ocasiones es posible hallar en ella aspectos ordenados, como sucede en las enfermedades crónicas. Es decir, los sistemas vivos tienden hacia el desorden (ganancia de entropía) pero pueden instalarse lejos del equilibrio y desde allí construir islas de orden.

Las leyes que rigen en estos puntos alejados del equilibrio son bastante distintas a las que operan en estados cercanos al equilibrio. Se trata de leyes misteriosas que no pueden ser formuladas en términos de matemática lineal. Fue precisamente Prigogine quien desveló el misterio de aquello que sucedía lejos del equilibrio.

Como quizá algún lector haya intuido, las características que definen las estructuras disipativas son perfectamente aplicables a lo que entendemos como conciencia: un estado de la materia donde rigen leyes lineales y no-lineales, determinismo e indeterminismo, en una especie de cocktail que mezcla procesos ordenados y predecibles con otros caóticos e impredecibles.

Lo interesante de este concepto de disipación es que nos permite entender que los estados mentales pueden contener varios niveles de definición según su momento vectorial -entendido en ese continuo de sutil-denso- como cogniciones, sentimientos, emociones, sensaciones y rasgos de personalidad cada uno con distinto grado de disipación y que señalan hacia una distribución de la conciencia humana en forma de pirámide, donde cada nivel alcanza por expansión un cierto umbral de relevancia siendo el nivel superior el de la autoconciencia y el inferior el de ipseidad sobre el cual hablaré en mi próximo post.

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