Las máscaras de la melancolía (XXXV)


Un mundo sin melancolía, es decir sin nostalgia. sin aburrimiento, sin espera, sin pereza y sin la inclinación de pensar las cosas hasta el final, es un espacio abonado para la emergencia exponencial de las llamadas depresiones (Antonio Colina, 011)

Proteus era una deidad griega, marina para más señas que tenia la capacidad de transformarse en cualquier forma, versátil, huidizo y mutable y que aparece en la Odisea. Además tenía como casi todos los dioses la capacidad de adivinar el futuro aunque no solía responder a las consultas.

De aquí procede la palabra “proteiforme” que significa que algo puede adquirir varias formas y también la palabra “proteína” que efectivamente tiene esa capacidad: ser levógira y dextrógira. Proteus es pues un transformista.

Es por eso que llamaré así al personaje que animará este post. No se trata de un personaje de ficción -aunque sea literario-, pues vivió realmente y le conocí muy bien. Pero el lector no debe suponer que ese conocimiento fue motivado por mi profesión. No, fue una persona de mi edad, fuimos amigos mientras pudimos serlo, después la amistad se disipó y ya hace algunos años que murió. Compartimos buena parte del mundo que nos tocó en suerte vivir.

Arlequin es otra versión de Proteus, un ser similar a los comediantes, andrajoso, pobre y que utilizan el humor de forma sarcástica como critica y burla de todo lo viviente y que se parece a los bufones que los reyes mantenían para distraerse y a los que todo les estaba permitido. El payaso que llora mientras hace reír a los demás es otra versión melancólica del mismo arquetipo y que ha sido llevado incluso a la opera por Leoncavallo: “I pagliacci”

Proteus.-

Proteus era de pueblo, hijo de una mujer adusta, beata y bastante limitada emocionalmente que era portadora de una discapacidad para la movilidad -como se dice ahora- pero estaba casada con un hombre pequeño, extravertido, buena persona y atento hacia sus hijos. En un momento determinado hay un traslado, un movimiento que implica dejar atrás al pueblo para irse a vivir a la ciudad junto a sus dos hijos; ambos nacieron y pasaron su infancia en esa Itaca particular a la que ambos terminaron volviendo. Al trasladarse a la ciudad emprendieron el Bachiller allí, en un colegio de curas, donde iba la clase futura política de derechas de aquel tiempo, pues el hogar de Proteus era un hogar católico, más que católico integrista con varios asesinados entre su parentela en la guerra civil por ir a misa.

Proteus pronto destacó por sus talentos, en realidad destacó en las matemáticas, imposibles de digerir para los de mi generación, era un chico espabilado, hablador, algo “redicho” que manejaba el lenguaje de un modo superior a todos los demás chicos, destacaba en los deportes sobre todo en futbol (era un buen extremo izquierdo) y se doctoró en los billares como doctor en futbolín. Era pues un líder del baby boom.

Durante su adolescencia explotó su vena excéntrica, histriónica: le gustaba llamar la atención. Tenia una de esas cabelleras indomables en punta difíciles de peinar y que no admiten llevarlo largo, pero él optó por llevarlo así, en una época donde esa costumbre estaba muy mal vista y mucho más en su entorno familiar. Optó por llevar el pelo partido por la mitad con raya en medio. A lo que unía un “torpe aliño indumentario” y una barba que a los 14 años amenazaba con inundar su rostro de pelos. Su aspecto era de aquellos bohemios de “geule de metèque” descritos por los cantautores franceses a los que él recitaba de memoria. Pero recordemos su edad 14-15 años, años 60.

De carácter histriónico, exagerado, burlón, tramposo pero simpático, era de esas personas que consiguen que todo el mundo diga “son cosas de …” y salga siempre victorioso en cualquier afrenta. Las chicas solían decir de él que era muy divertido aunque ya destacaban también que era un vago.

Su mayor vicio era la indisciplina, la incapacidad de llegar a las horas pactadas, a levantarse para ir a clase, incluso cuando tenía examenes; no conseguía levantarse de la cama por propia voluntad ni por imposición hasta que era expulsado de allí por la necesidad de comer o miccionar. Probablemente es la persona más dormilona que hayamos conocido en la vida y también probablemente era el sueño la forma en que tenia de evadirse del mundo.

Es por eso -por su indisciplina– que no pasó de selectivo en la universidad hasta que después de intentarlo durante algunos años terminó por renunciar a sus estudios que de ninguna manera habían conformado en él un proyecto de vida. Proteus no sabia que quería ser de mayor, más que eso: nunca se lo había planteado.

La nostalgia del pueblo junto con la indisciplina fue siempre su estado mental predominante. Solo esperaba al sábado para volver a su pueblo, donde vivía su madre y su hermano, también sus amigo de la infancia a los que idealizaba. Su padre ya había muerto y esta perdida supuso para él una enorme contrariedad, pues su padre era de alguna forma su único apoyo y al que respetaba y amaba, sin embargo nunca habló de él, en realidad nunca hablaba de lo que les preocupaba.

Pero mantenía esa versatilidad que le llevaba errante de un lugar para otro, se entusiasmaba fácilmente por las cosas, incluso llegó a hacer un cursillo de ejercicios espirituales a pesar de qué carecía de fe o de religiosidad alguna. Estaba más interesado en la metafísica que en la teología, resultado de haber estudiado en un colegio religioso donde las necesidades espirituales estaban atendidas por un preceptor. Solía decir: Luz+luz=oscuridad y planteaba este dilema tratando de que su interlocutor expresara una interpretación.

Era un misógino radical que escondía así su horror por las mujeres a las que solía abordar de un modo poco considerado, buscando como siempre el rechazo, solo tuvo dos novias en su vida (y algunos escarceos) y una de ellas terminó siendo su esposa, una chica amable pero inocente a la que dominaba completamente con sus estrategias manipuladoras teñidas de pseudointelectualismo. Siempre se salía con la suya excepto cuando se veía confrontado con la realidad.

Y es en el trabajo cuando uno no tiene más remedio que confrontarse con la realidad. Fue cambiando de trabajos intercalados con negocios que acababan siempre mal lo que le obligó a desprenderse de su patrimonio y también del de su esposa. Se podría decir que su relación con la vida laboral fue siempre un devenir de fracaso en fracaso aunque nada en él parecía denotar preocupación alguna por la mala marcha de sus finanzas.

Y entonces llegó el cáncer, un cáncer linfático.

Afortunadamente después de un tratamiento oncológico volvió a su normalidad e inició lo que podríamos considerar una enantiodromia, un renacimiento de la personalidad: dejó de fumar y de beber y comenzó a cuidar su forma física haciendo footing de una manera compulsiva hasta que después de un tiempo volvió a su normalidad: el tedio y el aburrimiento. Nunca más volvió a correr y siguió arrastrando los pies al caminar.

Naturalmente Proteus era muy hipocondriaco pues los melancólicos están abrumados por la angustia ante la muerte, es comprensible pues que este diagnóstico de cáncer operara en él algún cambio, aun provisional.

Como buen matemático era muy amante de la música pero debido a su indisciplina nunca pudo aprender a tocar ningún instrumento, aunque de todos era el clarinete su preferido. Fue así que al tener a su hija depositó en ella esa tarea que dejo inconclusa en su deseo.

Al final de sus días parece que alcanzó cierta estabilidad dando clases particulares de matemáticas. Tuvo cierto éxito y su casa se transformó en una especie de academia. Los chavales le respetaban mucho porque le veían como uno de ellos,lejos de las formalidades escolares. Usaba con ellos su método cínico de enseñanza teñido de escenas y de aspavientos. Solía preguntar ¿para qué sirve multiplicar? Y como todos sabían de memoria multiplicar pero nadie sabía para qué servia multiplicar les remataba con un grito “Para ahorrar sumas, burros, zoquetes!”

La ultima de sus pesquisas fue la política pero él en realidad sabia muy bien que no podía dedicarse a ella y fue por eso que metió a su esposa en la arena política para mandar a través suyo, y allí sigue ella, después de que Proteus muriera de repente, mientras su esposa esperaba a que se arreglara para ir a un acto publico.

No es que a Proteus le gustara hacerse esperar es que carecía de orden o de un plan de priorización de tareas. Su vida era un caos, un completo desorden dentro de esa isla de orden que representaba el vivir en ese lugar que para él tenia y sabiéndose a salvo de exigencias o de reproches por parte de su esposa y su gente.

Conclusiones.-

Como podemos observar no hay en su historia ningún accidente psiquiátrico ni siquiera la doméstica depresión hizo su aparición en ningún momento. La melancoíía y la depresión no son la misma cosa, tal y como conté en mi anterior post, a pesar de que podamos establecer un enlace semántico entre ellas, siendo la tristeza, la apatía o la desgana estados mentales que pueden participar en una y en la otra.

Sin embargo el mejor disfraz de la melancolía es la ciclotimia, un estado cíclico donde el humor característico en el polo expansivo es la hipomanía o exaltación, en un continuo vaivén de expansión-contracción y que podemos observar en nuestro personaje a través de la despreocupación, el entusiasmo frente a las novedades y cierta omnipotencia en sus ocurrencias laborales, también en el escaso aprendizaje de sus errores, todo ello alternando con fases de hipersomnia, aburrimiento y apatía. Vale la pena recordar que entusiasmo procede de la palabra “theos” griega, y que viene a significar endiosamiento. Y Proteus era un entusiasta si bien era incapaz de mantener su entusiasmo de forma duradera y eficiente.

La superficialidad y la carencia verdadera -o su evitación- de intimidad es otro de los disfraces melancólicos pues la intimidad nos obliga a confrontarnos con el otro y sus limites, a veces con la melancolía del otro. Es por eso que la colonización del deseo del otro es la mejor estrategia para salvaguardarse de los reproches y de la propia autoestima siempre en riesgo para los melancólicos, pues la melancolía es una tristeza jubilosa, una tristeza feliz, salvo si la pulsión de muerte es demasiado intensa, entonces solo queda una solución y es por eso que el suicidio suele ser el destino final de muchos melancólicos que nunca tuvieron nada que ver con la psiquiatría.

 

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