Ensimismamiento, acción y perturbación (XXX)


Cuentan que Ortega y Gasset escribió este articulo después de observar en el zoológico una jaula de monos con sus idas y venidas, sus perturbaciones al decir de Ortega, pues los animales viven hacia afuera, pendientes de lo que sucede en el Mundo, en su mundo y sufren las presiones de su miedo, su ira y sus apetitos, esa es para Ortega la gran diferencia con nosotros los humanos.

Pues nosotros los humanos tenemos la posibilidad de ensimismarnos, es decir de refugiarnos en nuestro interior.

Un articulo que me ha interesado mucho porque sin saberlo Ortega está hablando de lo que hoy entendemos como TDH (trastorno de deficit de atención con hiperactividad), claro que Ortega no tuvo esa intención, pues de intenciones vamos a hablar en este post. De intenciones y de atención.

Yo no soy primatólogo, sino psiquiatra y los psiquiatras procedemos de una estirpe científica que llamaré para entendernos observadores. La psiquiatría es una disciplina observacional y no experimental y por eso su epistemología está más cercana a la filosofía que de la química. Al principio observábamos solo locos, bien es cierto que en entornos poco saludables como los manicomios y es por eso que nuestras observaciones estaban sesgadas de antemano. Posteriormente y gracias a las neurosis pasamos a observar y a mantener conversaciones con otro tipo de pacientes mejor adaptados, incluso personas corrientes, esos que se tumbaron en los primeros divanes. Un poco más tarde comenzamos a observar a los niños para saber como iban evolucionando sus capacidades neurológicas y fue así que descubrimos cosas tan importantes como el apego, las dimensiones de realidad que crea el lenguaje y los fenómenos conductuales, al tiempo que surgían nuevas hipótesis explicativas sobre síntomas, desarrollo ontológico y conductas. Fue así que pasamos de las múltiples observaciones hasta componer explicaciones de aquello que observábamos.

A mi personalmente me gusta mucho observar a niños sobre todo para ver sus progresos semana a semana. Progresos que parecen llevar una dirección muy concreta salvo incidentes que perturben este desarrollo. Por ejemplo a mi me gusta mucho verles saltar y me he preguntado muchas veces porqué a los niños les gusta tanto saltar, esconderse, trepar, o ponerse en situaciones de riesgo, esas que a los adultos nos impulsan a perseguirles y acabar agotados con tal de que no se lastimen demasiado.

Podrá decirse que los niños saltan porque les divierte, porque obtienen algún tipo de placer por ello o también porque -como los monos- viven en un contacto con el mundo directo -sin la mediación del mundo interior- y se entrenan para desafiarlo, modificarlo o vencerlo. Los niños saltan porque necesitan vencer obstáculos y adquirir autonomía y poder sobre ese medio ambiente que para los niños debe ser demasiado grande y de poco alcance para su estatura o tamaño.

Es posible afirmar que los niños hasta los 6 o 7 años pasan la mayor parte de su tiempo dedicados a desafíos físicos algo apragmáticos, pues saltar no sirve de nada. Nada que ver con los deportes reglados o con andar en bicicleta o patinete que aprenderá más tarde pero la atracción que tiene una puerta, una escalera, un lugar inaccesible o un cajón cerrado para un niño de 2 años es similar a las carreras de bicicletas que aprenderá más tarde.

Dicho de otra manera: los niños viven en un mundo presidido por el “ahí afuera” como nuestros parientes los monos y tratan de manipular ese ambiente con las herramientas que tienen a mano. Pero pronto o tarde aparece otro registro en la mente de los niños, un registro interior, su vida interior por así decir. Los niños son capaces de retirarse a ese mundo interior, algo que está vedado a los monos (que carecen de interioridad) y solo pueden retirarse a dormir o dormitar. Nosotros los humanos padecemos -pagamos un peaje por esta capacidad de retirarnos hacia adentro- y le llamamos insomnio, algo que no ha podido ser demostrado en los animales.

Ahora bien hemos definido “ensimismarse” como la capacidad de retirar nuestra atención del medio ambiente y dirigirla a nuestro interior. Pero ¿qué hay en nuestro interior más importante que el medio que nos rodea?.  Bueno en nuestro interior hay dos cosas importantes, una es la capacidad de pensar y otra la capacidad de fantasear, llamémoslas así de momento. Lo importante es comprender en este momento que esa retirada hacia el interior que incluye por supuesto un giro inverso de la atención no es sinónimo de pensamiento sino también de fantasía o imaginario.

Cuando yo era pequeño los maestros aun no conocían el TDH y solían decirnos que andábamos siempre mirando a las musarañas, también sabían que esta distraibilidad tenia mucho que ver con ser atolondrados. Una palabra que cuando me la decían no sabía lo que significaba pero ahora ya lo sé: significa irreflexivo, aturdido, precipitado,imprudente, insensato pero también loco o el término más usado en psiquiatría, impulsividad. Ser impulsivo es ser pues atolondrado si bien este segundo término se utiliza en los niños en edad escolar y el primero en los adultos, pues lo cierto es que todos los niños encajarían en este ítem de atolondramiento.

Otro nombre que ha recibido el atolondramiento en niños mayores es el término “hiperactividad”. La hiperactividad puede definirse según el diccionario como:

“Actividad muy intensa ,pero también como un trastorno de la conducta  caracterizado por una actividad constante, comportamientos cambiantes y dificultad de atención, que se observa en personas con cuadros de ansiedad y niños”.

Es decir tanto la hiperactividad como la impulsividad tienen connotaciones psicopatológicas. Son características de estos niños las siguientes conductas descritas aquí: Lo más interesante de este síndrome de TDH es que combina tanto el atolondramiento del que venimos hablando como de la distraibilidad. No atender, no escuchar, pensar en las musarañas es algo que va unido a la hiperactividad e incluso puede presentarse sin ella. Así hay niños con déficit de atención que no presentan hiperactividad, lo cual nos lleva a pensar que se trata de síntomas independientes.

Los aspectos cognitivos de la conciencia humana, la capacidad de razonar, pensar, atender y reflexionar parecen estar ninguneados en estos niños que sin embargo presentan rangos de inteligencias normales. ¿En qué consiste entonces este déficit?

Naturalmente este déficit del ensimismamiento que excluye a la reflexión tiene que ver con la evolución de lo humano que según Ortega podemos caracterizar en tres tiempos:

“Se trata de tres momentos diferentes que cíclicamente se repiten a lo largo de la historia huma­na en formas cada vez más complejas y densas: 1º, el hombre se siente perdido, náufrago en las co­sas; es la alteración. 2º, el hombre, con un enérgico esfuerzo, se retira a su intimidad para formarse ideas sobre las cosas y su posible dominación; es el ensimismamiento, la vita contemplativa que de­cían los romanos, el theoretikòs bíos de los griegos, la teoría: 3º, el hombre vuelve a sumergirse en el mundo para actuar en él conforme a un plan preconcebido; es la acción, la vida activa, la praxis”.

Dicho de otra manera, la perturbación de la hiperactividad está provocada por la atención dirigida hacia un mundo lleno de obstáculos y riesgos y que se caracteriza por un exceso de movimiento. La retirada hacia lo íntimo es una ganancia evolutiva de los humanos y lo que nos diferencia de los animales, sin embargo existen dos modos de funcionamiento de esa vida interior: el pensamiento y la fantasía tal y como ya he contado y cada una de ellas tiene un sustrato neurobiológico distinto.

Ese que parlotea constantemente en nuestro interior, que no para de ofrecer “borradores” como imágenes eróticas, festivas, ideas absurdas, escenas, diálogos inconclusos, recuerdos, elaboraciones hipocondríacas, anticipaciones del futuro sean catastróficas o exitosas o que nos ofrece la posibilidad de rumiar constantemente sobre nuestra vida casi siempre en clave apocalíptica -y entonces le llamamos ansiedad- es una estructura que ha sido conocida muy recientemente y que se llama red neuronal por defecto. de la que volveré a hablar en el próximo post donde daré algunos consejos sobre cómo manejarla a voluntad.

Pero falta esa tercera fase que anunciaba Ortega en el párrafo que más atrás le dedicaba: si pensamos, meditamos, reflexionamos o razonamos es para volver el mundo con las manos llenas. En este sentido “acción” no es lo mismo que “movimiento” sino que se le opone (tal y como cuenta Vicente Miró en este post de forma magistral.

“La acción humana, el obrar humano, no es principal ni primariamente ejecución de movimientos, sino que es actuación, es decir, despliegue de intenciones”.

La acción no es movimiento sino que se le opone de forma radical, pues el movimiento “atolondrado” es apragmático y acaba en si mismo como el salto de los niños, carece de sentido mientras que la acción es sobre todo precisa, breve y práctica.

No hay mejor modo de expresar la interferencia del movimiento en la acción que mostrando que, como en un duelo a pistola bajo el implacable sol del Oeste americano, el que gana no es el contendiente que más se mueve sino el que lo hace de manera más breve, económica, precisa y en el momento exacto.

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