Un metalenguaje para una psiquiatría post-industrial (I)


Hay que recordar que “enfermedad mental” es un oximoron. Solo la materia puede enfermar. El problema es que aun no hemos sido capaces de averiguar qué es lo que enferma en las “enfermedades mentales”, pero tenemos algunas pistas: podríamos ponernos de acuerdo en que lo que enferma es la razón, es decir esa chispa divina que solo está al alcance de nosotros los sapiens después de haber conseguido ser pensantes.

En un post anterior ya planteé -desde otro punto de vista- el tema sobre el que voy a hablar hoy: la genealogia y la evolución de las “enfermedades mentales” y si pongo esta frase entre comillas es porque no está claro -en la mayoría de los casos- si estamos ante una enfermedad en el mismo sentido que los médicos atribuimos a esta palabra o si es un fenómeno aparte .

Es obvio que las “enfermedades mentales han sufrido una evolución que ha ido paralela a la evolución de las ideas, de las condiciones de vida y de las fases del crecimiento industrial y tecnológico. Las “enfermedades” de las sociedades agrarias poco se parecen a las que padecemos y tratamos hoy, en plena catástrofe post-industrial. Y digo catástrofe porque carecemos de un metalenguaje para nombrar o mejor para entender lo que sucede en la mente de nuestros contemporáneos supuestamente enfermos o diagnosticados de alguna enfermedad. Y digo catástrofe industrial porque ya no quedan recursos, ni naciones que explotar, ni donde comprar o donde vender nuestros productos. Llamo post-industrial a un sistema donde -a pesar de nuestros esfuerzos- no somos capaces de “colocar” nuestros productos en parte alguna y lo peor: sobra enorme cantidad de mano de obra en todas partes. Hay que pensar que solo en China hay 500 millones de personas que viven de una agricultura de subsistencia. Es difícil pensar en el futuro de estas personas más allá de subvencionarles con un sueldo dedicado a mantenerles mientras no hacen nada.

Mientras tanto en Occidente las nuevas enfermedades mentales han venido a sustituir a las clásicas. No es que las enfermedades clásicas hayan desaparecido sino que algunas de ellas han mutado en otra cosa mucho menos maligna o devastadora pero igualmente disfuncional para el orden social que es -digámoslo claramente- un orden venido a menos precisamente porque su base de sustentación -una economía que creímos iba a crecer de forma ilimitada- está llegando a su fin.

Dicho de otra forma: estamos inmersos en un colapso civilizatorio que naturalmente influye en la percepción de “enfermedad mental” por parte de los ciudadanos.

El caso de las creencias delirantes.-

Las creencias delirantes son una buena plataforma para entender como evolucionan las “enfermedades mentales”. Diríamos que un delirio es:

Una creencia que se aparta de la razón pero contiene algunos fenómenos que cuelgan de él: 1) el delirante cree que está siguiendo la razón 2) tiene una conducta y emociones y sentimientos compatibles con esa creencia por ejemplo tienen miedo si cree que le persiguen para matarle (es decir afecta al pensamiento pero también al corazón por así decir  3) sabe que esa creencia no es una creencia consensuada, es decir que está solo en su convicción aunque algunos de ellos pueden iniciar una cruzada para convencer a otros. 4) Hay una convicción absoluta sobre esta idea. 5) Grandiosidad, tanto si estamos frente a un delirio melancólico com si estamos frente a uno más paranoico, el sujeto cree ser el centro de todo (autoreferencia), y no hay mayor arrogancia que tener enemigos poderosos o bien ser el peor de los hombres.

Sin embargo los limites del delirio no están claros tal y como comente en este post donde propuse una clasificación entre delirios paranoides y delirios metanoides a fin de dar espacio a estos nuevos delirios que desafían el concepto de delirio en sí mismo.

Los delirios paranoides son siempre autoreferenciales, es decir tienen al Yo como centro de todo el relato mientras que los delirios metanoides tienen como centro cualquier otra cosa relativa al Mundo, al Cosmos, al planeta y a su destino o al destino de la humanidad. Los delirios paranoides son siempre alusivos, es decir aluden o interpelan al Yo de un modo individual y radical mientras que los delirios metanoides interpelan al otro, son algo así como una especie de ecumenismo de la creencia. Un metanoico es siempre alguien que busca acólitos y creyentes mientras que el paranoico está muy poco o nada interesado en los otros y busca simplemente contar su verdad. Pues el metanoico a su vez es un converso, alguien que cayó del caballo, alguien que despertó y pretende nada menos que despertar a los demás de su sueño de Matrix.

No cabe duda de que es una tarea complicada, pues existe un amplio segmento de creencias que están en la interfase del delirio,  la creencia consensuada y lo opinable. Pero de momento podemos decir que un delirio es una creencia mentirosa, una creencia no consensuada. Sin embargo no debemos conformarnos con esta definición pues existen creencias firmemente consensuadas que son delirantes.

Los delirios paranoides cuentan siempre historias que son en realidad absolutos antropológicos: celos y engaño, envenenamiento, persecución, enamoramiento, fortuna, megalomanía o autoimportancia, filiación, invención, divulgación de secretos, exclusión o querulancia o venganza, por contra los delirios melancólicos -mas difíciles de sostener- implican a la condenación, la ruina, la indignidad, la inmortalidad o la ausencia de órganos (sindrome de Cotard). Los delirios esquizofrénicos son mucho más fantásticos que los paranoides e implican fenómenos sobrenaturales, maquinas de influencia o cenestopatías delirantes, en cualquier caso indican una falta de barreras entre el cuerpo y el mundo siendo la intrusión su característica principal. Los delirios metanoicos por su parte están más bien relacionados con “arreglar el mundo”, así nos encontramos conspiranoicos que creen que hay una raza de reptiles viviendo entre nosotros, los terraplanistas, los antinatalistas , los que creen en extraterrestres, con una especial misión en la tierra, las creencias paranormales y sobre todo los delirios metanoicos políticos.

No es raro que sea la política el campo donde podemos encontrar más delirantes metanoicos o paranoicos. Pues la política como la economía y la Psiquiatría son campos inciertos y complejos donde cabe cualquier opinión pero no existen soluciones sencillas a los problemas complejos sino más bien equivocadas. Es por eso que los políticos renuncian a soluciones de buena gestión y aplican la propaganda y la construcción de relatos creíbles si quieren (y todos quieren) perpetuarse en su puesto.

De manera que un delirio puede construirse con los materiales de la verdad, un delirante de persecución puede estar siendo realmente perseguido, un querulante puede haber sido víctima de una injusticia infame, un celoso puede haber sido traicionado o engañado por su esposa o un inventor puede haber encontrado alguna pista o descubrimiento trascendental -estoy pensando ahora en el caso de Tesla- pero al que nadie cree como le sucedía a Casandra en el mito.

De manera que no son siempre mentiras los materiales del delirio paranoide pero siempre son autoreferenciales, es decir se refieren a uno mismo. Además de eso mantienen de por vida un enorme vigor y además encierran una profunda certeza que excluye cualquier otra opinión. El delirio solo atiende a sí mismo. 

Y no cabe duda de que los delirios se han hecho mucho más gráciles y han mutado hacia formas mucho más adaptadas y verosímiles que las antiguallas de la persecución o envenenamiento.

Viendo a algunos políticos españoles de esos que vemos todos los días en la TV he caído en la cuenta de que existe -sobre todo en los más radicales- algo en común: pareciera como si no tuvieran inconsciente. Dicho de otra forma todo en ellos es consciente y por eso se contradicen tanto (y parece no importarles) y todo es consciente porque el destino de la represión es precisamente la de sepultar en el fondo de lo inconsciente aquellas ideas, fantasias, ocurrencias o deseos que entran en contradicción con otras: las  que mantienen otros sobre todo. Pues todo puede ser pensado, deseado pero no todo es racional sobre todo cuando entramos en ese territorio que llamamos disonancia cognitiva. Y podríamos decir que existe una verdadera colección de políticos -hoy en España- cuyas contradicciones y disonancia son pasto de broma y burlas en las redes sociales. No voy a dar nombres pero el lector sagaz sabrá identificarles.

Pero voy a darles una pista: muchos sufrimientos personales biográficos y tambien el auto-odio, la irrelevancia o la invisibilidad tienen una solución que a veces funciona: convertirles en ideologías. Hay ideologías del dominio, como hay ideologías de la envidia, del miedo o de la codicia. Cualquier emoción sentida durante toda una vida puede encontrar esta solución. Una solución perversa, esa es la forma en que las perversiones han llegado a evolucionar hacia otra cosa cuando ya las parafilias (perversiones sexuales) no sirven ni jurídica ni psiquiátricamente para ser sometidas a tratamiento o encarcelamiento.

Un ejemplo es el caso de Pedro Sanchez al que mucha gente acusa en las redes sociales de ser un psicópata. Recientemente he recibido vía “guasap” la opinión de un compañero mío psiquiatra que asegura que nuestro presidente cumple todos los criterios para ser calificado de psicópata. Naturalmente cumplir todos los criterios DSM para algo no significa tener una patología determinada, sobre todo cuando esos criterios se aplican a distancia, como si criterio y patología fueran la misma cosa. Mi colega no ignorará que esos mismos criterios podrían ser aplicados a gran parte de la población política de nuestro país con el mismo resultado, pues la política no es solo una tecnología del engaño y del maquiavelismo sino también un bálsamo para aquellas personas con baja autoestima, con escasos conocimientos, nulas competencias profesionales y mediocridad intelectual. El poder es un veneno que cambia el cerebro de aquellos que han estado expuestos a él durante un tiempo y eso nos convertiría a todos en potenciales psicópatas. Seguro que usted tiene algún amigo donde comprobar este extremo: basta que recuerde a ese amigo antes de ser concejal de cualquier cosa en cualquier ciudad española. ¿No es cierto que ese amigo cambió mucho durante su mandato?¿Y no es cierto que cuando fue descabalgado de su cargo comenzó una pendiente de rencor hacia el mundo?

Dicho de otra manera: los políticos no son psicópatas en conjunto pero el poder les lleva hacia lugares que de un modo espontáneo no hubieran cruzado jamás. Es el entorno quien les ha psicopatizado primero y paranoidizado después.

Lo importante en este momento es captar la idea que quiero transmitir y es ésta: necesitamos una nueva jerga psiquiátrico-conceptual para definir a este tipo de personas cuya identidad ha sido socavada por el ejercicio de la política, del mismo modo que les sucede a algunas personas atrapadas en sectas o a los soldados en la guerra o a aquellos que han sido entrenados para el espionaje, el asesinato o las operaciones secretas.

Lo cierto es que no disponemos de una palabra para definir a estas personas y el abuso del concepto de trauma y del TEPT no es la mayor parte de las veces suficiente para explicar como una persona más bien mediocre, después de su paso por una situación de poder (un insider) y haber perdido esta condición se convierte en un paria de la vida, un outsider, pues no tiene donde volver. Cualquier lugar le resultará incómodo pues carecerá del estatus y los privilegios que disfrutó.

Y no cabe duda de que cierto tipo de entornos favorecen este despliegue de patologías nuevas que aun carecen de nombre, mientras seguimos utilizando las de la primera era industrial que poco a poco van perdiendo definición frente a las nuevas formas de patología individual.

Permanecemos atrapados en un oscuro lenguaje psiquiátrico que usamos para descalificar más que para comprender sin caer en la cuenta de que es un lenguaje obsoleto, equivocado, inadecuado, si no francamente engañoso.