¿Por qué hemos enloquecido?


No se trata de una pregunta retórica, no se trata de explicar porque parece que el mundo se haya vuelto loco, sino de admitir que -en efecto- nos hemos vuelto locos de remate. De eso va este libro de Douglas Murray que explica las razones de nuestro desvarío.

Que los humanos somos mentalmente vulnerables lo demuestra el hecho de que en cuestión de 10 años de propaganda y guerra cultural, han enloquecido a muchos, que solo unos años antes eran personas corrientes.

Para que el lector vaya haciendo boca le adelantaré la hipótesis de Murray. Una hipótesis que comparto y que explica cuestiones ampliamente discutidas en este blog: las enfermedades mentales no son entidades naturales sino -como se dice ahora- un constructo personal y social y de ahí su patoplastia, sus síntomas cambiantes, la imposibilidad de una clasificación que aguante en pie una década. Dicho de una forma un poco más moderna: las enfermedades mentales son una especie de perfomatividad con una tripleta de condiciones genéticas que las contienen pero que de ningún modo las determinan.

Y volverse loco o enloquecer es la forma en que la postmodernidad ha subvertido el orden psiquiátrico que heredamos de la Modernidad y de la Ilustración: la creencia de que las enfermedades mentales eran similares (naturales) como las enfermedades somáticas.

Para comprenderlo mejor podéis visitar este post de Roberto Colom donde explica las correlaciones entre trastornos mentales, de la siguiente manera:

Existen tres clusters relacionados geneticamente:

El primer factor agrupa trastornos caracterizados por conductas compulsivas (anorexia, TOC y síndrome de Tourette). El segundo factor reúne los trastornos psicóticos y los relacionados con el estado de ánimo (depresión mayor, trastorno bipolar y esquizofrenia). Finalmente, el tercer factor aglutina los trastornos que se presentan tempranamente en el ciclo vital (TEA, TDAH y síndrome de Tourette).

Lo importante es que estos trastornos -que son en realidad diagnósticos (es decir conceptualizaciones)- no se corresponden unívocamente con ninguna estructura genética única o simple o combinación de las mismas, sino que siguen las leyes de la pleiotropía.

Pleiotropía significa que: un solo gen es responsable de efectos fenotípicos distintos y no relacionados. Dicho de otra manera este descubrimiento contradice nuestra manía categorial. Los trastornos mentales no pueden clasificarse como “especies naturales” porque no lo son.

“Las influencias genéticas sobre la psicopatología no se proyectan con claridad en las nosologías clínicas de populares sistemas clasificatorios como el DSM o el ICD, más bien de una forma inespecífica como mantienen los defensores del factor p de psicopatologia”.

Los modelos reduccionistas, a pesar de su consistencia teórica, siempre fallan en la práctica, porque se limitan a explicar la mente como consecuencia de una única dimensión. El más conocido (y criticado) es el modelo bio-médico que entre otros tiene un enorme problema porque: restringe la responsabilización de la persona frente a sus problemas a la vez que estigmatiza a sus portadores.

Los modelos dualistas -por su parte- reconocen, además de la dimensión médica/biológica, los valores y normas subjetivos de cada persona, es decir su idiosincrasia psicológica; pero no explica la relación entre ellas.

Así surge, como iniciativa integradora para explicar la complejidad de la Psiquiatría y la medicina en general, el modelo Bio-Psico-Social (Engel, 1977). No obstante, este modelo tampoco tiene en cuenta la dimensión existencial, obviando la experiencia subjetiva de la persona. Una experiencia que no es simple representación sino enactiva, autopoyética y que procede del cuerpo. Podríamos agregar que no puede haber mente sin cuerpo.
Dicho de otra manera : la Psiquiatría del futuro es la que tendrá que esforzarse para crear un modelo (que en realidad contradice el modelo científico) que incluya la subjetividad del individuo en su enfermedad. Esta será la revolución de las ciencias cognitivas o ciencias de la mente.

Lo nuevo en Psiquiatría es el modelo de la teoría de la Mente enactiva (Varela, 1991) que provee un marco para integrar las 4 dimensiones. Critica los modelos pasivos y propone un marco que explica los procesos cognitivos en contexto de la interacción de cada sujeto con su entorno, al que da un sentido individual. Lo señalo porque en un próximo post volveré sobre esta cuestión, en relación con su libro “The embodied mind”.

En este momento me gustaría volver sobre mis pasos y plantearme la siguiente pregunta, ¿cómo hacen los entornos sociales para cambiarnos la mente? ¿Es posible hablar de sociogénesis de la enfermedad mental? ¿Cómo es posible que nuestra forma de vivir, o las verdades que compartimos puedan ser tan destructivas para nuestra salud mental? ¿Conocemos esos mecanismos si es que existen? ¿Qué es lo que nos enloquece en el mundo actual?
Y ahora hay que volver al libro de Murray y también a mi post anterior donde hablé de las diferencias entre subjetividad e identidad. Quedó claro allí que :
– El Yo es el agente que piensa, actúa, planea, escribe, organiza, ama, odia (aquí van todos los verbos) y que contiene la subjetividad es decir las preferencias, gustos, experiencias pasadas, aprendizajes. El Yo no es un homúnculo sino sobre todo un borrador muy importante, con una alta definición pero que puede desempeñar roles, es decir versiones de una misma melodía neuronal tal y como explica Daniel Dennet en su teoría de los borradores múltiples.
-El sujeto es el soporte de la identidad y la identidad no es algo que tengamos que descubrir sino algo que siempre estuvo ahí. ya vimos como la identidad (el sujeto) es anterior al Yo (que es en realidad un constructo lingüistico). La identidad es el cuerpo y hay una continuidad biológica con el cuerpo de la madre y con su linaje que junto con el linaje del padre se dan cita en el cuerpo del hijo. El sujeto es, pues soporte de un cuerpo y dos linajes. El sujeto no desempeña roles, “es de una pieza”, a la que se le van añadiendo capas de nuevas identificaciones. Su función es monitorizar y mentorizar al Yo, pero habita en un segundo plano, es por así decir una melodía armónica con la melodía del Yo, una especie de matriz armónica, su tonalidad por seguir con la metáfora musical. Sólo aparece cuando el Yo no hace nada, o cuando se le invita a comparecer, también aparece en los estados de riesgo para la vida.
Para Murray el problema de las sociedades actuales es el viraje que han sufrido hacia lo identitario. Lo identitario puede definirse como aquello que nos distingue de los otros pero que es igual a sí mismo. Lo identitario es utilizado como recurso político, o ideológico usualmente como “banderín de enganche” que venga a sustituir al viejo banderín de las clases sociales. Lo que llaman identidad (cultural, étnica, nacional) no pertenece realmente al plano de los hechos, sino al de la ideología. Así son identitarios:

El multiculturalismo -o comunitarismo- defiende una compartimentación de las culturas extremadamente etnocéntrica, que lleva consigo la negación militante del humanismo y el rechazo de la posibilidad misma de constituir una comunidad humana a escala de toda la humanidad.

El nacionalismo, en las sociedades pluralistas modernas, se apoya en principios incompatibles con la democracia, en la medida en que se funda en el privilegio otorgado a unos rasgos poblacionales, lingüísticos, religiosos, etc., que implican la destrucción de la igualdad entre los ciudadanos.

El indigenismo, que surge claramente impregnado con todos los prejuicios del antiguo racismo, lleva a cabo una burda inversión de valores en lo que respecta a la jerarquía de superioridad e inferioridad entre lo ancestral y lo moderno, con la pretensión ilusoria de poner la historia marcha atrás.

El integrismo, cuya característica central es la fusión entre política y religión, se basa en la sacralización del poder, en sentido teocrático o totalitario, generalmente reactualizando una interpretación fundamentalista de la tradición, desde la que promueve la guerra santa contra la modernidad laica.

El lector puede ir añadiendo fenómenos identitarios a su gusto, pero lo más importante desde el punto de vista mental es que lo identitario es en realidad (desde el punto de vista psicológico) una adicción. Lo más parecido a una adicción.

Y aquí viene lo más interesante, una idea de Miguel Fuster:

“La perdida de identidad, elemento clave en las personas que acaban generando procesos adictivos, convirtiéndose el proceso adictivo en identitario sea este a sustancias, alimentación, juego o adicciones comportamentales como el trabajo o el poder”. Dicho de otra forma, cuando el sujeto pierde su identidad es susceptible que quedar atrapado en un movimiento o un paradigma identitario que opera como una muleta que suplanta a la identidad original. Es decir se trata de procesos que tratan de llevar al Yo lejos de la vivencia de vacío. Y el vacío es una consecuencia de un mundo donde se han perdido o han sido envenenadas las relaciones con lo familiar, lo corpóreo, la tradición, esa filiación que es un campo de significaciones. El lector puede visitar ahora el post que titulé “Clinica de la falta, clinica del vacío” para entender mejor como  agenciarse una identidad es condición necesaria para no enloquecer.

El mundo en el que vivimos es un mundo que publicita el vacío disfrazado de oportunidades de ser cualquier cosa.

Debilita al Yo al tiempo que lleva la subjetividad al territorio de la identidad, alli donde el amor al otro es imposible, pues el sujeto no puede amar solo puede amar el Yo. Es por eso que los fenómenos identitarios suponen una clínica del antiamor (Recalcati, 2002).

Bibliografía.-

En contra del paradigma identitario