¿Doble o mitad? (XXIV)


Para un niño es importante que sus padres le quieran pero más importante es aún que sus padres se quieran entre si @pacotraver

Hace pocos días publiqué este tuit en twitter y me sorprendió las ampollas que había levantado. Es poco frecuente que un tuit de estas características levante adhesiones y oposición pues no se trata de un tuit de carácter político que es donde los trolls ejercen su función con mayor intensidad y fijeza.

En realidad este tuit tuvo muchos likes y muchos retuiteos, así como bastantes comentarios bien a favor, en contra o con matices. La mayor parte de los comentarios fueron a favor de esta idea, pero hubo una minoría «ofendida» y otra minoría neutral pero que enfatizaba sobre aspectos discutibles pero en cualquier caso complementarios con esta idea.

De todos ellos me llamó la atención un comentario que no reproduciré aquí en su autoría sino para señalar que según su autora mi idea no solo era falsa, sino peligrosa.

Yo era consciente de que esta idea es incómoda y lo es porque hay muchas personas que proceden de matrimonios deshechos por divorcio o emocionalmente, y también porque creen que el amor hacia los hijos puede llegar a darse en ausencia del amor de los padres. Claro, enseguida me di cuenta de que las ampollas que había levantado con mi tuit proceden de personas que se han divorciado, no quieren a sus maridos o esposas o bien nunca se lo han planteado. Su idea es que se pueden tener hijos sanos sin necesidad de amor entre los padres, algo que en cualquier caso es prescindible. Ahora bien, son muchos los que piensan que los divorcios bien llevados son indiferentes para los hijos y también existe un consenso sobre que el odio de los padres entre sí es letal para los hijos.

Todas esas opiniones son seguramente respetables pero andaban muy lejos de mi propósito que no era otro sino el de llamar la atención sobre el doble procesamiento del cerebro, el que quiero explicar hoy aquí

Pero antes diré algo sobre la «peligrosidad» que me atribuye esa tuitera que cité más arriba. Es seguro que esa «peligrosidad» procede del pensamiento simplista que hemos llamado «consecuencialismo». Se trata de censurar ciertas ideas que no se deben decir porque traen consecuencias. Por ejemplo si creemos e investigamos sobre las razas es peligroso porque podemos caer en el racismo. Hablar de amor entre los padres es peligroso porque puede parecer que desaprobamos el divorcio. Hablar del valor de la vida y de la continuidad embrionaria es peligroso porque puede disuadir a las mujeres de abortar a sus fetos, y así una larga lista de ideas buenistas que se justifican por sus consecuencias y que lleva a estas personas a censurar y atacar a los que simplemente se hacen preguntas como ésta: ¿Si hablamos de razas en los perros o los tomates por qué no podemos hablar de razas humanas?

Personalmente me parece que el «consecuencialismo» es una forma de pensamiento falaz que se utiliza para disuadir ciertas investigaciones y promover otras. Es una forma de censura inquisitorial que tiene mucho que ver con la imposición moral que vemos en esa idea que hemos convenido en llamar «lo políticamente correcto».

A mi personalmente me importa muy poco lo que cada uno haga con su vida y tampoco estoy contra el divorcio ni contra nada así en bruto. Pero negar que el divorcio es uno de los «traumas» más importantes y más frecuentes que tienen que lidiar los niños actuales es simplemente negar la evidencia. El divorcio de los padres es traumático porque obliga al niño a disociarse, y es mucho más frecuente que la negligencia, el abuso y el maltrato infantil. Naturalmente no todos los divorcios son iguales y es también verdad que existe un divorcio emocional entre los padres que conviven. Si utilizo el evento «divorcio» es porque se puede medir, se trata de algo objetivo. O mis padres se divorciaron o no se divorciaron. La edad en que esto sucede también es una variable importante.

Naturalmente mi tuit se refería a los niños pequeños, de entre 2-6 años, que es la edad donde aún el niño no es capaz de racionalizar y digo racionalizar porque para un niño esta conducta siempre será incomprensible emocionalmente generándole una especie de disonancia cognitiva, cuando no una disociación de lealtades.

Así y todo en mi tuit no hablaba de divorcio sino de desamor.

¿Cómo sabe un niño que le quieren? ¿Qué sabemos del amor?

Mi respuesta es que no lo sabe porque el amor es un sentimiento complejo que precisa cierto desarrollo abstracto en la cognición. Un niño – de esa edad- vive en un mundo que puede ser percibido como hostil o como amigable, esa es una de las percepciones originarias para un niño y que van a perdurar toda su vida, algunos le han llamado «confianza básica» pero no importa el nombre que le demos, pues es una percepción inmediata y sencilla de entender. Tampoco es amor el apego, los niños no aman a sus padres sienten apego, algo que nos viene de serie y que se apoya en las emociones primarias. El niño viene equipado con una plataforma de apego que desplegará de forma bien temprana y que se configurará según las atenciones que reciba de su madre en múltiples formas descritas en la teoría del apego de Bowlby. Pero el apego no es amor, es una necesidad de nuestra especie, pues sin apego simplemente moririamos.

Si todo va bien el niño puede desplegar sus emociones primarias a través de su apego con las distintas figuras que pueblan su mundo familiar: siente alegría cuando jugamos con él y rabia cuando le contradecimos, ansiedad en la separación y jolgorio en el reencuentro, miendo a los extraños, a los animales o a la oscuridad. Lo que en un principio dividió el mundo en hostil-amigable, ahora vuelve a dividirlo entre valioso-sin valor: el niño puede sentirse o bien invisible para sus padres o bien reforzado en sus incursiones hacia sus habilidades que se van desplegando con el tiempo. Pero decirle a un niño «que bien lo haces» no es amor, tampoco es amor la búsqueda continua de aprobación que los niños llevan a cabo constantemente.

El amor es un sentimiento complejo que está hecho de diversos materiales, es desde luego seguridad y confianza, es también dedicación y cariño, es también límites y cuidado, es enseñar y compartir y sobre todo amar es aceptar.

Lo cierto es que sabemos poco del amor y solemos confundirlo con la necesidad. Nuestro perro no nos ama sino que nos necesita y sobre todo proyecta en nosotros al macho alfa de su manada que le viene de serie de forma filogenética como a todos los mamíferos sociales.

Un doble procesamiento cerebral.-

Todo es redundante en nuestro cerebro. Definimos la redundancia como una repetición, como un doble procesamiento, como si toda actividad neuronal se llevara a cabo en dos sitios diferentes a la vez, el concepto de copia eferente es un ejemplo de esa redundancia.

La idea de que en nuestro psiquismo hay dos entidades que llevan a cabo tareas complementarias pero distintas es clásica desde los trabajos de ciertos neurocirujanos que separaban los hemisferios al cortar el cuerpo calloso para tratar la epilepsia, el resultado de esta intervención era que cara mitad del cerebro tenía una personalidad propia. Algo que a veces sucede en forma de enantiodromia más o menos espontánea. Pero lo cierto es que han sido muchos los psicólogos y psiquiatras que han llamado la atención sobre ese doble procesamiento.Abajo en la bibliografía dejaré mi paper sobre la doble conciencia para quien quiera profundizar en ello.

Más recientemente he hablado del observador escondido, un concepto -con algunas diferencias- a lo que Jung llamó el Sí- mismo, los esotéricos llaman el doble cuerpo, el cuerpo energético, el doble o el doble cuántico: la idea de que hay una instancia distinta al Yo, que en cualquier caso tienen como objetivo cerrar las grietas de la conciencia y proponer una experiencia unificada. En este sentido el Yo será algo así como una cremallera de la conciencia. La descripción reciente de la red neuronal por defecto daría carta de naturaleza a esta conceptualización, bien entendida por Eagleman en su descripción de pensamiento lento, pensamiento rápido.

En conclusión, acceder a un sentimiento tan complejo como el amor no es tarea fácil y no basta con haber sido amado, pues el amor precisa de una objetivación fuera del núcleo de nosotros mismos: hemos de verlo en otro que a su vez nos ame. El amor como cualquier sentimiento complejo precisa de esa redundancia, ese doble cómputo, el que hace el Yo y el que hace esa otra instancia que prefiero llamar «observador escondido».

¿Y qué sucede si un niño no ha tenido esa experiencia del amor entre los otros simultánea con el amor de esos otros hacia sí mismo?

Entonces recurrimos al simulacro.

El simulacro es un objeto hecho, un artefacto, capaz de producir un efecto de semejanza y de enmascarar la ausencia de modelo con la exageración de su propia hiperrealidad.

Bibliografía.-

F. Traver. Una doble conciencia

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