Praxia, apraxia y metapraxia (XVII)


Es seguro que usted recuerda cuando aprendió a atarse los cordones de los zapatos y también es seguro que sigue usted recordando cómo hacerlo. De mismo modo usted sabe vestirse y sabe que vestirse no es solo cubrirse el cuerpo sino seguir una secuencia de hechos: primero hay que quitarse el pijama (si lo lleva puesto) y después seguir por la ropa interior, etc. Eso es una praxia, algo que usted sabe hacer porque lo aprendió y no porque le venga por ciencia infusa, lo aprendió en su infancia y esos algoritmos motores permanecerán en algún lugar de su cerebro hasta que muera o enferme de alguna demencia como por ejemplo el Alzheimer que se caracteriza precisamente por fenómenos apráxicos, agnósicos y afásicos.

Curiosamente las enfermedades mentales más graves como la esquizofrenia no presentan esos síntomas neurológicos que son característicos de las enfermedades degenerativas del cerebro, a no ser -claro está- que coincidan con alguna de ellas.

En el post anterior ya adelanté qué es una metapraxia: una praxia sobre praxias. Lo cierto es que busqué una definición en Internet y no la encontré y es por eso que pregunté a un neuropsicólogo llamado Jose Miguel Martinez Gazquez que me dio esta definición: «Una acción que define otras acciones». En este sentido tanto el lenguaje como la escritura son metapraxias, pues el lenguaje seria un «acicalamiento a distancia» algo que se ha observado incluso en chimpancés, tal y como cuenta el propio Martinez Gazquez. La idea es que si añades distancia social/espacial como temporal deja de ser algo inmediato y físico, deja de ser una praxia.

Esta idea es muy interesante porque nos permite entender que una conversación tiene un nivel de praxia y otro de metapraxia. Hay en ella una inmediatez si charlamos con alguien cara a cara y hay un nivel de metapraxia por ejemplo en un chat o en email donde no esperamos una contestación inmediata de nuestro interlocutor. Esa distancia entre fraseos no suele darse en las conversaciones directas siempre presididas por una especie de «presión del lenguaje», uno parece no esperar a que nuestro interlocutor termine sus frases y ya le hemos contestado. Naturalmente eso es lo que sucede cuando se debate sobre puntos de vista opuestos, como esos tertulianos que salen en TV y que se atropellan unos a otros, no se escuchan y todos van a decir la suya. Cada vez más podemos observar ese tipo de conversaciones que llamamos de «besugos» porque no tienen la esencia que caracteriza al dialogo: la presentación de puntos de vista (de perspectivas) diferentes y no necesariamente discusiones sobre cuestiones opuestas. Naturalmente, la psicoterapia posee esa dimensión metapráctica pues las palabras tienen una función que va más allá de comunicar algo, sino la de abrir nuevos horizontes en la autopercepción de algo. Así es como el lenguaje (las palabras) pueden pasar de ser praxias a metapraxias cuando alanzan ese fin de transformar la emisión de sonidos con sentido en nuevas perspectivas de sentido para el otro.

Tanto el lenguaje como la escritura pueden ser praxias y metapraxias. La escritura precisa de una extensión, una prótesis que nos sirva como objetivización del lenguaje, necesitamos lápiz y papel o teclado y pantalla y ciertas habilidades que podemos aprender, pero en cualquier caso necesitamos una extensión de nuestro propio cuerpo para escribir algo con sentido metapráctico. Naturalmente no todos los escritos tienen sentido ni son metaprácticos: un informa municipal no lo es pero un poema o un relato si puede serlo, pues el lector abre ventanas de comprensión y de sentido subjetivo a su lectura.

De manera que queda establecido que existen dos módulos de procesamiento, uno relacionado con las palabras que sirve de forma comunicativa y otro relativo al reconocimiento de señales. Cualquier que haya observado a un niño de año y medio se habrá sorprendido de que los niños saben reconocer señales verbales -naturalmente no demasiado complejas- antes de saber qué significan en términos de palabras o «texto». Los niños saben lo que decimos antes de saber decirlo y mucho más «adivinan» cuando los padres hablan de ellos en tercera persona.

Y lo más interesante: a medida que el lenguaje se transmitió entre generaciones de participantes, se volvió más simple y fácil de aprender. Sin embargo, lo hizo al convertirse en un «degenerado», o sistemáticamente ambiguo, en el que una sola señal se asoció con múltiples significados. Ser más fácil de aprender a través de la simple eliminación de señales distintas es claramente una adaptación para pasar por un cuello de botella.

Dicho de otro modo: la disociación entre significante/significado, que las palabras puedan significar una cosa u otra según su contexto es lo que hace que un lenguaje tenga éxito y sea más fácil de aprender (Thomas y Kirby 2018).

Tocar un instrumento es otro ejemplo de metapraxia e implica no solamente la metapraxia de la propia mano sino también el uso de una prótesis para ir mas allá del sonido: ejecutar música precisa de un artefacto (instrumento) y es una habilidad propia de nuestra especie y resultado de algo que ha venido en llamarse «la revolución parietal».

Algo que está relacionado tanto con nuestra autodomesticación como de la ganancia social, somos seres eusociales como resultado de de esta autodomesticación. El sindrome de Williams nos ofrece algunas pistas sobre esta cuestión.

El síndrome de Williams es una alteración genética que se debe a una delección del brazo largo de uno de los cromosomas 7. El resultado de esta delección es una excesiva sociabilidad (los niños afectados no tienen miedo a los extraños), una extraordinaria habilidad para la música que procede de poseer un oído absoluto y una morfología de la cara especial. Lo que lleva a pensar que el síndrome de Williams nos da pistas sobre la asociación entre habilidades musicales y eusociabilidad. Los niños Williams son niños hiperdomesticados.

La mirada.-

La mirada es otro ejemplo de las cosas que podemos hacer con el ojo y la visión. La mirada no es solamente ver, pues el ojo es pasivo cuando ve pero activo cuando proyecta. Es un buen ejemplo para entender qué es una metapraxia. Eso que los psicoanalistas llaman apego o «el otro» es en realidad una mirada, algo que está más allá del beso y el contacto físico. El niño necesita la mirada del otro incluso para jugar, pues durante los dos primeros años aun no jugará solo, necesita a ese otro que le preste su mirada, pues la mirada es en realidad contacto físico y arrastra emociones, como la aprobación, el cariño, la ternura, la identificación y también el rechazo o la invisibilidad. No hay peor experiencia que un niño que siente que no es visto.

Más allá del beso y el nudo está la mirada.

Bibliografía sobre el precúneo:

Bruner, E., & Iriki, A. (2016). Extending mind, visuospatial integration, and the evolution of the parietal lobes in the human genusQuaternary International, 405, 98–110.
Bruner, E., Preuss, T. M., Chen, X., & Rilling, J. K. (2016). Evidence for expansion of the precuneus in human evolution. Brain Structure and Function, 222(2), 1053–1060.

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