El sujeto moral (IX)


No cabe duda de que los dilemas morales son la causa de no pocos sufrimientos humanos, al tiempo que constituyen gran parte de nuestros conflictos intrapsíquicos o interpersonales. Pero para entender este fenómeno es necesario que exploremos la genealogía de la moral. ¿De donde proceden nuestros sentimientos morales?¿Cual es su origen?

Nuestra conciencia es moral pero no sucede así con nuestra conciencia pre-personal. Hay un salto evolutivo en nuestra conciencia que la transformó -a través de un proceso de disociación que conocemos con el nombre de autoconciencia- en una conciencia lógico-racional es decir moral.

Hubo un tiempo en que el mundo estuvo más vivo que el que nosotros nos representamos hoy y lo estaba porque el mundo y nuestro interior eran la misma cosa, sin separación. Y esa etapa donde no había separación entre el mundo y nosotros duró eones de tiempo, precisamente esa la razón por la que el inconsciente nos persigue constantemente, siempre esta ahí, haciendo de las suyas, es mucho mas antiguo que nuestra mente autoconsciente. El inconsciente tiene mucha más potencia que nuestra consciencia autorecursiva (egoico-racional), pero a cambio esta ultima “apaga” y obtura la posibilidad de vislumbrarla, del mismo modo que la luz del sol nos impide ver las estrellas. Y sin embargo están ahí.

El inconsciente es una filial de la Cosa en Si sobre la que pronto volveré.

La intimidad urobórica.-

Erich Neumann fue un psicólogo de inspiración jungiana e intereses evolucionistas que describió esa consciencia primigenia a través de su teorización sobre el yo urobórico, del que ya hablé aquí. Y que se simboliza con el uroboros, esa serpiente que se muerde la cola, el circulo, un símbolo de la unidad perdida.

El Yo urobórico es el Yo primitivo -preconsciente-, el Yo con el que el niño viene dotado de serie para venir al mundo desde lo que Jung llamaba el pleroma es decir la indiferenciación absoluta. En el estadío urobórico el niño percibe eventos pero se trata de eventos desconectados del tiempo y del espacio, indiferenciados en el afuera y el adentro: una percepción de completud donde la madre es una prótesis asimilada al propio Yo que cuida, alimenta, acaricia y acude a resolver cualquier necesidad interna del niño, es el momento de la omnipotencia y de una extraña sensación de euforia. Es el momento en que fuimos dioses mordiéndonos la cola como la serpiente urobórica que cierra a su vez el círculo.

Un circulo, figura perfecta que se cierra sobre sí misma y mándala universal que tiene que ver con la díada madre-hijo y con esa suficiencia edénica que nos viene representada por el mito del jardín del Edén: fue el tiempo en que fuimos dioses, si bien unos dioses ignorantes, unos dioses pre-personales que sólo comiendo del árbol del bien y del mal podríamos alcanzar el conocimiento.

Neumann intenta averiguar más sobre esa consciencia primigenia y lo hace buceando en el mito, al caer en la cuenta de que todos los mitos sobre la creación se parecen con independencia de la cultura que los generara, así el mito del jardín de el Edén es un relato, una buena metáfora (la metáfora es a su vez un invento de la consciencia autorecursiva) para entender de dónde procedemos, no es que Dios expulsara a Adán y Eva por haber pecado (el pecado o la transgresión no podían existir en un mundo así), sino que una vez que se ha producido la escisión que divide el mundo en Bien y Mal, el humano ya no puede volver atrás (una patata cocida no se puede descocer) y aquella consciencia primigenia pasa a constituirse en inconsciente velado por la luminosidad de la consciencia vigíl, pero sigue apareciendo en los sueños, en la conducta, en nuestras fantasías diurnas, modelando y ejerciendo una enorme influencia en nuestro deseo y también en la patología mental si es que logra imponerse a la autoconciencia. Y dejando algunos restos como los que Mavromatis (Mavromatis, 1987) ha llamado hipnagógicos que serian los ancestros de la capacidad alucinatoria en humanos, incluyendo las imágenes oníricas.

Hasta Dios parece haberse convertido a la autoconciencia cuando dice:

“Yo soy el que soy”

Y si somos los que somos es otra forma de decir que hemos conseguido ser conscientes de nosotros mismos (autoreferencia), ha habido un plegamiento, una separación, una desconexión entre el mundo y la mente, se ha roto nuestra privacidad urobórica, ese idilio con el mundo que caracterizó a la consciencia primigenia.

Y apareció el miedo, pues el miedo siempre es miedo de lo otro, de eso otro que aparece en la separación de la unidad. Y el miedo es miedo a la agresión.

El inconsciente.-

Una forma de acercarse psicológicamente a la consciencia primigenia es hacerlo a través de la idea psicoanalítica del inconsciente, no tanto del inconsciente freudiano que es forzosamente individual sino del inconsciente jungiano, es decir la persistencia de esa consciencia primigenia en todos y cada uno de nosotros. ¿Qué características tiene esta consciencia?

  1. Es atemporal. Y el espacio no es un continente de algo a través de lo que nos desplazamos sino una continuidad de nuestro estado interior. El tiempo fluye para una conciencia logico-racional desde el instante hasta la eternidad pero permanece detenido para los psicóticos y para el inconsciente.
  2. No existe la contradicción. La contradicción solo puede existir en la mente categorial pero no puede existir allí donde mundo y mente son la misma cosa.
  3. No existe el “no” en el inconsciente, por la misma razón de la ausencia de opuestos que afirmen o nieguen algo.
  4. 4.- No existe separación entre lo que está afuera y lo que está adentro.
  5. La parte y el Todo es la misma cosa, o por decirlo de otra manera, la parte no existe sino el Todo, la consciencia es cósmica, no individual.

¿Qué sucedió para que aquella simetría se rompiera en favor de una consciencia dividida y dual? ¿Cómo y por qué surgió la autoconsciencia?

Julian Jaynes en su libro propone una teoría catastrófica, y alude a la erupción del volcán de Santorini que al parecer supuso un hito catastrófico en la antigüedad, apela también a la irrupción de un mundo hostil, lleno de peligros y de amenazas desconocidas para nuestros ancestros.

Personalmente no creo en la hipótesis de Jaynes, creo que la explosión de la consciencia no fue puntual sino un hito evolutivo gradual, más bien relacionado con el descubrimiento del símbolo -aquello que representa a un objeto en su ausencia- y creo también que si este hallazgo fue un hito evolutivo es porque representaba ventajas para la supervivencia de los individuos concretos, tal y como conté en este post sobre Lucy y la huella del oso.

Dicho de otro modo: los homínidos que escindieron su conciencia haciéndola autoconsciente tuvieron un enorme ventaja sobre los que no lo hicieron, puesto que podían separarse del determinismo puro de la naturaleza y predecirla. Si la huella del oso representa al oso sin ser el oso, es obvio que este hallazgo tuvo ventajas sobre aquellos que lo adoptaron. En primer lugar porque pudieron atenuar sus repuestas fisiológicas al separarlas de la visión de la fiera y por otra parte porque pudieron exorcizar mágicamente al oso al pintarlo en las paredes de sus cuevas, apareció así la magia, que evoca a al oso, sin ser el oso.

La autoconsciencia es pues el precursor evolutivo de la moral y también de la razón, a cambio de perder (pues en toda ganancia evolutiva hay una perdida) aquella sensación voluptuosa de plenitud que caracterizo al hombre primitivo.

Nietzsche por su parte también escribió sobre esta cuestión. Para Nietzsche la moral tiene que ver con la culpa y el sentimiento de deuda y que se relaciona además con la angustia, basta recordar que para Freud, la angustia era un derivado, un subproducto de la culpa.

Para Nietzsche la culpa procedía de la deuda, algo que precisa de dos actores, un acreedor y un deudor. Probablemente la justicia emergió como un modo de regular las relaciones entre acreedores y deudores y el castigo o la sanción correspondiente un modo de ajustar cuentas con aquellos que no pagan lo que deben o no devuelven lo que tomaron de otros.

Algo que se resume en la frase “El deudor es culpable”.

Y que tiene profundas razones teológicas: pues el pecado, la culpa propiamente humana tiene un carácter esencialmente dialógico, solo puede pecarse contra Dios. Así que tienen razón los que dicen que el origen de la culpa es teológica -relacionada con lo oculto o lo sagrado, con la Cosa en sí- pero hay que decir ahora que el teocentrismo se terminó allá por el siglo de las luces tal y como nos contó el Raskolnikov de “Crimen y castigo”. Una vez desaparecido Dios del horizonte del hombre ¿contra quién se peca cuando se peca?

El intento de elaborar una moral sin Dios ha dado lugar paradójicamente a múltiples e infructuosos intentos de la modernidad para acá a fin de construir una moral, una civilidad que, prescindiendo de Dios, pudiera servir como Fundamento de conducta: el romanticismo, positivismo, marxismo, freudismo y finalmente el existencialismo y el nihilismo contemporáneo han terminado por sembrar el huerto de aquella búsqueda de cadáveres cognoscentes.

Se podría pensar que en un mundo sin moral desaparecerían tanto la culpa como la angustía ¿Por qué no ha sido así desde la secularización?

Para Heidegger, la culpabilidad procede de la misma existencia. Somos culpables por existir. Existiría una culpabilidad “endógena” o “existencial” que sería taponada por las otras, por las culpabilidades de la psicopatología o por las culpabilidades individuales. Todo fracaso existencial, todo proyecto clausurado sería un combustible adecuado para la culpa.

¿Pero de qué somos culpables en origen?

Somos culpables de una deuda interminable con nuestra madre personal, somos sus deudores siguiendo la terminología de Nietzsche.

Volvamos ahora a Freud cuyo modelo tópico (Yo-Superyó) tanto nos recuerda al modelo nietzschiano, que recordemos enfrentaba al deudor y al acreedor a través del concepto de deuda del que colgaba un sobrante: el castigo.

Deuda———culpa——-castigo——redención

Que se completa y solapa con esta otra secuencia más psicológica

angustia—–perdida—–falta——-deseo

Freud pensó que todo sentimiento de culpabilidad derivaba del temor ante la autoridad -materna, paterna o social-, asumida más tarde por el llamado «super-ego». El mal o el deseo destructivo del niño, no sería más que algo profundamente deseado -el placer-, que al ser reprimido en el subconsciente, daría lugar al sentimiento de culpa.

Efectivamente, la culpa patológica es casi siempre exagerada y no relacionada con la realidad de los hechos, se trata de una observación que los psiquiatras hemos llevado a cabo (después de Freud) con mucha frecuencia. Los autoreproches del melancólico, el delirio de culpa de ciertos enfermos se nos antojan exagerados y casi siempre injustificados e irreales. En la culpa exagerada hay siempre una disculpa (F. Colina) cuando no una acusación.

Lo opuesto a la culpa (que es siempre una posición melancólica) es darle la culpa a otros, se trata de la posición paranoide a través de la proyección. Ambas posiciones recuerdan un sentimiento o bien de culpa o bien de inocencia absolutas. Uno o es culpable o es inocente. Pero en ambas puede verse una hostilidad más o menos manifiesta, una acusación a otro que no aparece en el enunciado, hasta en los autoreproches más crueles podemos contemplar esta ambivalencia.

Y no cabe la menor duda de que si hoy los humanos hemos logrado ser menos agresivos es porque en un momento determinado fuimos homicidas. La civilización es una guerra contra los instintos animales que nos vienen de serie. Nos hemos autodomesticado tal y como señala Wrangham, lo que es lo mismo que decir que si somos buenos es gracias a nuestra maldad, hemos logrado domesticar nuestra maldad innata.

La extraña relación entre virtud y violencia.

A partir de esta ya estamos en condiciones de clasificar a los seres humanos en dos categorías: los hipermorales (moral overdrive) y los amorales, distintas formas o posiciones de enfrentar la deuda original intolerable.

Bibliografia.-

Nietzsche,F: La_genealogía_de_la_moral. pdf

Juan Baptista Torelló: El sentimiento de culpabilidad

Orage, A, R: “Consciousness, animal, human and superhuman”. Weiser. New York, 1978.

Neuman, Erich: “The origins and history of consciousness”. Princeton University Press. Princeton 1973.