Subjetividad, normalidad y desviación (VIII)


El ansia normalizadora no debe ser nunca la pretensión del psiquiatra (J. Lacan)

moralidad

Definir algo abstracto siempre es más complicado que entenderlo, algo que llevamos a cabo de forma intuitiva. Es por eso que intentar definir la subjetividad humana es complicado y algo que apela al conocimiento. Es por eso que tomaré prestada una definición kantiana: la subjetividad es básicamente, la propiedad de las percepciones, argumentos y lenguaje basados en el punto de vista del sujeto, y por tanto influidos por los intereses y deseos particulares del mismo, sin dejar de pensar en las cosas que se pueden apreciar desde diferentes puntos de vista. le oponemos otra abstracción, la objetividad es decir las bases de un punto de vista intersubjetivo, no prejuiciado, verificable por diferentes sujetos.

Como el lector podrá advertir es muy difícil ser objetivo pues ¿quién puede estar libre de prejuicios o de sesgos en la interpretación de la realidad para llegar a concluir que somos objetivos?

Así y todo estamos obligados a admitir que cada persona tiene un punto de vista sobre una infinidad de cuestiones y que a pesar de eso existe una matriz objetiva en la realidad, un conocimiento del mundo que es de alguna forma discutible. Es por eso que la mejor subjetividad es la critica o la flexibilidad suficiente para poder acoplarse de manera ideal a las formas cambiantes que nos propone la realidad. No cabe duda de que este tipo de subjetividad es la más creativa: la que oscila entre opuestos y no se coagula en uno de ellos. Creer en algo y su contrario es propio de mentes privilegiadas.

Está por hacer una historia de la subjetividad humana aunque existen ciertos textos que se aproximan a esta cuestión. Hace tiempo construí una serie de post a este respecto que podéis leer desde su comienzo sobre un texto titulado «Historia secreta de la conciencia» de Gary Lachman donde planteo que uno de los primeros hitos de la subjetividad humana fue la «ruptura de la simetría».

La ruptura de la simetría significa que en un momento determinado de la evolución de nuestra especie se disociaron dos aspectos fundamentales de la experiencia consciente: lo de afuera y lo de adentro transformando nuestra conciencia en una experiencia recursiva. Esta recursividad de la mente (una mente que se piensa a si misma) es un hito evolutivo desde donde nació toda subjetividad humana.

Se trata de la escisión sausseriana entre significante y significado, el significante es simbólico, el significado es literal pero múltiple según la consciencia que cada individuo represente a ese significante. Dicho de otro modo el significante disemina una multitud de significados.

Y esa multitud de significados construye subjetividades diferentes en cada uno de nosotros, en este sentido vivimos en una torre de Babel semántica.

Pero la tendencia humana es a volver atrás, volver a ese lugar uniforme donde se podía construir una normatividad común. Es por eso que cualquier grupo humano y cualquier forma de gobierno sueña con la uniformidad perdida. Una normatividad que apela a las conductas y que se sostiene con la disciplina, el castigo y más recientemente con el control de los algoritmos, no solo ya de las conductas sino también del pensamiento y de la sexualidad. No cabe duda de que es la sexualidad el ámbito en el que se llevan a cabo las grandes batallas entre lo normativo y lo individual. Solo así podemos entender que las sexualidades fugitivas hayan sido perseguidas no ya por las morales grupales sino también por los Estados. Aun hoy hay en el mundo Estados que persiguen con castigos muy crueles a los homosexuales y no cabe duda de que los grupos son hostiles con ellos. La pregunta que cabría hacerse ahora es ¿de dónde procede esta hostilidad? ¿O qué bien grupal o político pretenden defender los perseguidores?

Podríamos encontrar razones evolucionistas o históricas a esta pregunta: defensa contra gérmenes, protección de los menores al identificar homosexualidad con pederastia, la supuesta promiscuidad, el desorden de las costumbres, la infertilidad o la protección de las mujeres solteras pero en cualquier caso ninguna de estas razones son ya útiles en el mundo actual. No existe ninguna razón objetiva por la que el Estado o el grupo deban rechazar a los homosexuales, o a ninguna otra minoría sexual. Caso aparte son las minorías que atentan directamente contra los niños.

La Psiquiatría comenzó a interesarse por las desviaciones sexuales en la época clásica, disponemos de tratados descriptivos muy minuciosos como el de Kraft Ebing y tuvo su mérito al arrancar a las desviaciones sexuales de la tutela de los poderes religiosos, sin embargo la Psiquiatría no supo o pudo ir mas allá de contemplar estas disidencias sexuales como una desviación, es decir una adversidad estadística producto de una degeneración. Una desviación sexual es una desviación de la norma moral, del mismo modo que el delirio es una desviación de la lógica formal. Pero lo cierto es que no sabemos porqué la única sexualidad canónica es aquella que se desarrolla en el seno del matrimonio y orientada hacia la reproducción, quedando fuera de la norma el adulterio, la infidelidad, la prostitución, incluso el coito a tergo. 

Lo cierto es que podría interpretarse como un intento de orientar esa robusta gran fuerza humana que es la sexualidad hacia unos fines sociales es decir disciplinarios sumisos a un poder cualquiera. Dicho de otra forma: es obvio que debe existir un poder que legisle y administre todas esas posibilidades sexuales latentes del ser humano, sin ese poder todas esas potencialidades quedarían libres manifestándose de distintas formas. Lo interesante es que tanto si ese poder es estricto y vigilante como si es laxo y permisivo va a obtener los mismos resultados: los individuos seguirán manteniendo y aun inventando nuevas subjetividades sexuales.

Dicho de otra forma: es evidente que la prohibición no termina con las sexualidades disidentes pero también es verdad que la excesiva tolerancia las multiplica de una forma impostada al diversificar como legitimas todas las posibilidades del goce incluso aquellas que por su desorden introducen gérmenes de patologías mentales.

Pues el individuo siempre se opondrá a una moral injusta que le coarte lo que es o cree que es su libertad o gusto o preferencia. Pero esa guerra contra la moral grupal no asegura la existencia de una ética individual autónoma sino que muchas veces es el pretexto para actuar sin ningún tipo de ética. Oponerse o rebelarse contra una imposición moral -sea injusta o no- no nos da un certificado de buena ciudadanía. Esta es la contradicción.

Y esto es lo que explica el nacimiento de nuevas formas de moralización. Al haberse socavado  -mediante la secularización- los fundamentos de la moral, en este caso teológica, han aparecido nuevas formas de moralización en aspectos irrelevantes de la civilidad, como el animalismo, el veganismo, y múltiples «ismos» que hemos sido capaces de transformar en dogmas no ya teológicos sino civiles. Sólo que sin fundamento religioso no alcanzan a mantener una cierta consideración de verdades universales.

Es por eso que existen enfermedades morales (por exceso de moralización) y enfermedades por defecto de moralización como por ejemplo las psicopatías, los trastornos antisociales o la pederastia. Si estas enfermedades existen es porque existe una normatividad en origen contra la que se combate pero también es cierto que su existencia se debe a una nula capacidad para interiorizar normas comunes capaces de transformarse en culpa o vergüenza, empatía o compasión.

Moralización e internalización.-

No se moraliza lo que uno quiere, sino algo que de alguna manera viene definido por el grupo de pertenencia, pero moralizar tiene consecuencias, separa el mundo entre lo bueno y lo malo, entre lo aceptable y lo rechazable, entre ellos y nosotros.

 Una vez de que ocurre el proceso de Moralización en una parte importante de la población o en segmentos influyentes de la misma, las fuerzas del Gobierno y de las Instituciones entran en juego y aceleran el ritmo hacia una mayor moralización; es decir, ocurre un proceso de movilización institucional: los medios de comunicación, las leyes, los tribunales, las instituciones de caridad, las Universidades, y hasta los científicos, entran en juego promoviendo la Moralización como hemos podido comprobar recientemente con el tema del tabaco. Toda esa presión hace que ahora se puede abordar y censurar a un fumador de una forma que hace veinte años era impensable. Moralización e Internalización van unidas también:  los valores morales se internalizan, se convierten en parte del yo. Es razonable suponer que preferencias y conductas que se unen a valores internalizados se internalizan también. Es decir, un objeto o actividad en línea con un valor moral nos gustará pero uno que viola esos valores no nos gustará y provocará rechazo.

Internalizar algo significa que un patrón que está en la cultura, ahí afuera en la realidad de las cosas perceptibles pasa a formar parte de uno mismo. Internalizamos nuestro rechazo al homicidio precisamente porque el homicidio para la mayor parte de nosotros no es una opción  y una vez internalizado ya no volvemos a pensar en ello: es una ahorro de fuerzas por así decir. Lo que fue un mandato legal o divino “no matarás” se convierte en una parte del Yo. Ninguno de nosotros optaría por el homicidio para zanjar una disputa con un vecino. Lo hemos internalizado.

Pero las cosas no siempre funcionan de ese modo. Todos podemos estar de acuerdo en que matar es algo malo, algo que no debemos hacer o que es una solución estúpida para nuestros problemas pero hay áreas en las que no hay tanto consenso y por eso se inventó el engaño, una estrategia para parecer moral cuando se está siendo egoísta o tramposo.

El engaño tiene una finalidad, medrar socialmente a cargo de los demás a través de la ocultación de las verdaderas intenciones, pero el mentiroso a su vez es fácilmente detectado y es por eso que el mentiroso inventó una contraestrategia evolutivamente estable: insertar su engaño en la subjetividad. La mejor forma de engañar es conseguir engañarse a uno mismo. El autoengaño está en la base de no pocas patologías mentales y condiciones humanas que nos parecen incomprensibles y médicamente inexplicables. Robert Trivers fue el autor que más ha investigado sobre esta cuestión y en su libro «la insensatez de los necios» podemos encontrar no pocos artículos sobre esta cuestión.

Nosotros los psiquiatras no debemos ponernos de parte de la normatividad tal y como reza el aforismo que preside este post pero es licito desvelar los engaños y los autoengaños del paciente así como sus contradicciones lógicas.

Bibliografia.-

Un video sobre enfermedades morales a cargo de Francisco Traver