El rey loco


felipe V

Retrato de Felipe V boca abajo que se conserva en el museo del Almodí en Xativa (Valencia).

Al morir Carlos II, el último rey de la dinastía de los Austrias se presentó en España y no solo en España un problema de proporciones colosales. No se trataba de un problema puramente local sino geoestratégico, de manera que eran de esperar -como así sucedió- grandes conflictos internacionales. Carlos II, era descendiente directo de Felipe el Hermoso y su esposa Juana la loca, hijo de Felipe IV y nieto de Felipe III, sin duda un linaje en decadencia genética paralelamente a la decadencia del Imperio. Carlos II era tio abuelo de Felipe V.

Carlos II padecía un probable síndrome de Klinefelter y padecía un raquitismo muy severo que le impedía mantenerse en pie. A pesar de todos los remedios médicos -incluyendo los remedios sobrenaturales y espirituales- no consiguió dejar embarazada a su mujer Maria Luisa de Orleans sobrina del rey Luis XIV de Francia de quien estaba muy enamorado y suponemos que mantenía con ella una relación de intensa dependencia. Al morir ella quedó abrumado por la aflicción. Posteriormente volvió a casarse con Mariana de Neoburgo sin éxito en la descendencia a pesar de que algunos nigromantes le aconsejaron dormir con la momia de San Isidro.

Al morir sin descendencia hubo al menos dos países interesados en la corona española: por una parte los Austrías y por otra parte los reyes franceses. Ambos estaban emparentados en distinto grado con el rey de España. Dicen que en su testamento optó por dejar la corona a Francia y fue por eso por lo que un francés, un Borbón, el segundo hijo del rey Luis tuvo que aceptarla. A su pesar, puesto que el que seria Felipe V, no tenia mucho interés en ser rey como más tarde recordaría a través de su abdicación en favor de su primogénito Luis, que murió prematuramente.

A los 17 años Felipe entró en Madrid siendo aclamado por la multitud, pronto contrajo matrimonio con su primera esposa Maria Luisa Gabriela de Saboya, su prima con la que tuvo cuatro hijos varones aunque solo dos llegaron a edad adulta.  Y muy pronto tuvo que guerrear con el aspirante Austria – el archiduque Carlos- al trono español, la llamada guerra de Sucesión que duró 12 años e implicó a distintos territorios españoles en una guerra civil donde aparentemente se dilucidaba la herencia al trono de España. Las regiones que dieron cobertura y apoyo a Carlos de Austria fueron severamente castigadas, como siglos después volvería a suceder con las guerras carlistas. Aragón, Cataluña y Valencia perdieron sus fueros en favor de los Decretos de nueva Planta mientras que Navarra y las Vascongadas los conservaron por mostrarse fieles al rey. Aragón y Valencia nunca recuperaron su derecho foral y debe ser por eso que en Xativa y como venganza, los valencianos mantienen al rey boca abajo.

Los primeros síntomas de su enfermedad se manifestaron durante este matrimonio en forma de hipererotismo. Algunos autores hablan de adicción al sexo, lo cierto es que sus necesidades y gustos sexuales eran constantes, así como sus requerimientos a su esposa que al principio se mostraba ciertamente rechazante aunque poco a poco aprendió a manejar mejor el fervor” de su esposo”. Por desgracia a los 24 años murió de tuberculosis dejando al rey postrado, deprimido e iniciando un proceso psicopatológico que se manifestaría más claramente con su segunda esposa Isabel de Farnesio que le sobrevivió siendo regente de España de forma discontinua, dado que la locura del rey era periódica y atravesaba fases más o menos melancólicas junto con otras más claramente maníacas, sin abandonar prácticas sexuales exageradas, continuas y para aquella época aberrantes.

Es por eso que hoy la mayoría de autores piensan que Felipe V padecía un trastorno bipolar, más concretamente un trastorno bipolar tipo II, que presenta alternancia entre fases depresivas y fases hipomaníacas que con el tiempo se hicieron más severas, profundas y con sintomatología comórbida asociada.

Al parecer ya manifestaba de joven accesos melancólicos significativos sin bien su cuadro psicopatológico fue haciéndose cada vez mas grave con la edad. Su madre Mariana de Austria también era propensa a la melancolía, al enclaustramiento y a la ansiedad de conciencia, un síntoma que Felipe reproduciría más adelante. Cuentan las crónicas que al venir a España quedó impresionado por presenciar una corrida de toros y que la sangre le atraía de forma especial, siendo durante la guerra cuando tuvo oportunidad de derramar y presenciar toda clase de atrocidades que al parecer le gustaban.

Sin embargo la sintomatología que presentaba el rey Felipe no se correspondía claramente con un trastorno bipolar tipico, ya que presentó síntomas obsesivos, alucinatorios y delirantes. También trastornos alimentarios y trastornos del sueño.

El sindrome de Klein-Levine.-

El sindrome de Klein-Levine es un trastorno neurológico con múltiples síntomas psiquiátricos que se clasifica junto a otras hipersomnias, la más frecuente y conocida de las cuales es la narcolepsia, aunque también se ha observado este síntoma en ciertas depresiones atípicas donde aparecen juntas tanto la hipersomnia como la hiperfagia. Se trata de síntomas atípicos porque lo típico en la depresión es el insomnio y la anorexia.

Hasta donde se, no está demostrado que Felipe padeciera hipersomnia pero si que se han referido múltiples escenas donde el rey no abandonaba su dormitorio y que se levantaba al atardecer y nunca temprano. Hoy en una hipersomnia es necesario establecer un diagnostico diferencial sabiendo, acaso que el síndrome de Klein-Levine es una enfermedad muy rara de la que se han descrito pocos casos. Su etiología es fundamentalmente orgánica, y probablemente afecta al hipotálamo. Quizá se trate de una afección inmune del mismo estilo que la narcolepsia puesto que están afectadas los instintos primarios, sexo, comida y sueño. Los síntomas maniaco-depresivos acompañan con frecuencia al síndrome y muchas veces se confunden con la actividad sexual frenética y los trastornos del sueño junto  un curso periódico.

Lo cierto es que el rey loco estaba muy loco y creía que era víctima de una conspiración del sol (es muy probable por esta razón delirante que durmiera de dia). Tampoco soportaba la ropa blanca de la que creía emanaban miasmas destinados a enfermarle. Dicho de otra manera sufría delirios, algunos de ellos muy bizarros como creer que se había convertido en una rana, o estar muerto. El colorido de estos delirios hace pensar en un síndrome de Cotard comórbido a su patología de base.

También presentaba ideas obsesivas y se alimentaba de forma estereotipada (consumía gallina todos los dias) junto a pócimas y remedios diversos para aumentar su potencia sexual. Del mismo modo el abandono de su aseo personal, junto a episodios violentos contra su segunda esposa Isabel de Farnesio, están documentados junto a su ansiedad de conciencia: al parecer necesitaba comprobar continuamente el estado de su conciencia moral lo que le impulsaba a comportamientos compulsivos relacionados con la confesión.

Isabel de Farnesio.-

Pero la segunda esposa de Felipe V no era como la primera. si bien consiguió apaciguar sus ardores matrimoniales plegándose a sus caprichos, era una mujer ambiciosa y manipuladora que -rodeada de sus validos italianos- era de hecho la que gobernaba el Imperio. El rey -que nunca quiso ser rey- acabó por abdicar en su primogénito Luis, pasando su segundo hijo, fernando a príncipe de Asturias, de manera que durante 8 meses fui Luis el rey de españa, si bien su muerte prematura por causa de la viruela volvió a dejar al rey Felipe frente a frente con sus responsabilidades, a pesar de que ya se habia retirado de la escena publica junto a su esposa italiana Isabel de Farnesio.

Fue precisamente ella quien le disuadió para que volviera a abdicar esta vez en Fernando, su segundo hijo, fruto de su anterior matrimonio con Maria Luisa Gabriela. Con Isabel tuvo 7 hijos.

Felipe V murió a consecuencia de un ictus cerebro-vascular a la edad de 67, habiendo pasado los ultimos años de su vida con una decrepitud física y mental notable. Fernando VI heredó el trono y aisló a la Farnesio de la corte.

La reina nunca mostró afecto, sino desdén, por sus hijastros. Para ella, los descendientes del primer matrimonio del rey con María Luisa Gabriela de Saboya constituían un escollo más para lograr su principal objetivo: dotar a sus hijos Carlos (futuro Carlos III) y Felipe de un reino donde gobernar. Mientras Felipe V vivió, la relación entre Isabel y sus hijastros (sobre todo con el infante Fernando) se caracterizó por un continuo ninguneo mutuo, pese a una aparente cordialidad.

Isabel Farnesio con su hijo mayor, Carlos III a la sazón rey de España.

“Isabel tampoco se reveló como una madre amorosa con los seis hijos que tuvo, ya que consumió todo su tiempo y energías en las intrigas políticas para, precisamente, forjarles ese brillante porvenir que tanto ansiaba para ellos.

Su política estuvo orientada a recuperar para la monarquía española los territorios italianos perdidos por el tratado de Utrecht. Así, consiguió para su hijo Carlos el reino de Nápoles y Sicilia, y para su otro hijo, Felipe, el ducado de Parma. Cuando quedó viuda se trasladó junto con sus hijos Luis y María Antonia desde el Palacio del Buen Retiro hasta el palacio del duque de Osuna, que estaba situado en la zona de la actual Plaza de España de Madrid; pero un año después, en agosto de 1747, su hijastro, ya Fernando VI de España, la desterró al Real Sitio de la Granja de San Ildefonso en Segovia, aunque ella se construyó otra residencia cerca, el Palacio Real de Riofrío. En esos años de destierro, Isabel Farnesio vivió dedicada a sus tareas privadas, pero siempre atenta a la evolución del reinado de su hijastro, sobre todo atenta a su salud y muy especialmente tras la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza. Al morir Fernando VI sin descendencia en 1759 subió al trono el hijo de Isabel, Carlos, por lo que esta volvió a la corte. Sin embargo, las continuas peleas y discusiones con su nuera, María Amalia de Sajonia, la hicieron retirarse hasta el fin de sus días en la localidad madrileña de Aranjuez”. (Extraído de la wiki)

Y la historia se repite.

 

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12 pensamientos en “El rey loco

  1. ¡Qué buena exposición, para mí enriquecedora por sus hilvanes con la psiquiatría! Elisabetta Farnese se las sabía todas, y bien que supo aconsejarse por el insignificante Giulio Alberoni, que de ‘piccolo prelato’ llegó, nada menos, que hasta cardenal; y por los que luego le sucedieron. A la Farnese la llamaban en Italia “la strega di Spagna”, o sea, la bruja de España. Incluyo, como agradecimiento, una décima de sátira política anónima sobre la renuncia de Felipe V en Luis I (1724):

    Nadie en el mundo se escapa,
    nadie renuncia por Dios;
    renuncia un rey por ser dos
    y un obispo por ser papa.
    La política lo tapa,
    pero en lance tan severo
    conocerá el más sincero
    que está la Razón de Estado
    entre el cetro y el cayado
    engañando al mundo entero.

    Y otras dos, desempolvadas también de mi particular baúl de los recuerdos, salidas cuando murió Felipe V (1746):

    Gran rey debería ser
    de nuestra España en la historia
    si borrase la memoria
    lo que sufrió a su mujer;
    mas todo lo echó a perder
    esta intrigante ambiciosa,
    pues su astucia cavilosa
    por el interés malvado
    puso al reino en un estado
    de indigencia lastimosa.

    Quedó manchado el armiño
    de la púrpura española,
    y le hicieron la mamola
    Isabela con Patiño;
    lo gobernaron cual niño
    con despotismo y desdoro
    hasta perder el decoro
    con las más cultas naciones,
    llenándonos de baldones
    hasta los soeces moros.

  2. Soy —o al menos es lo que, sincera y honestamente, creo de mí— un interesado por la historia (en diacronía y sincronía) de las mentalidades. Por eso me importa también la psiquiatría; y reflexiono ahora sobre los diagnósticos que has aventurado sobre Carlos II y Felipe V. En su época se les daba, claro, otros nombres… ¿Cómo se denominarán esa dolencias mentales, pongo por caso, dentro de doscientos años? Ahora bien, si por títulos y experiencias se calibra al monje…

  3. ¡Lo que son las casualidades! Acabo de leer un divertido artículo periodístico sobre el “rey loco” Borbón —reyes maniáticos los ha habido en cantidad, como Jorge III de Inglaterra y Fernando de Nápoles, hijo de Carlos III de España (ambos no españoles y del siglo XVIII)— y no puedo por menos que expresar mi sorpresa.* Por la casual coincidencia. Porque, como dispongo de mucho tiempo, ando enredado en la lectura del ‘Traité médico-philosophique sur l’aliénation mentale’ (1801) de Philippe Pinel. Me deleito con la taxonomía psiquiátrica de este hombre, gran observador, que debió aprender ‘de visu’ una barbaridad de cosas en sus paseos por las galerías de la Salpêtrière y por el imponente asilo de Bicêtre. El autor del artículo coincide en endosarle a Felipe V, un rotundo trastorno bipolar y un preciso síndrome de Cotard, “(un delirio nihilista), que le generaba paranoias como la negación de tener brazos y piernas o la de trasferir su propia identidad humana a sapos y ranas” (art. cit.). ¡Paradojas humanas! A un “melancólico” contumaz, como toda su vida fue nuestro Borbón, lo llamaron en su contemporaneidad Felipe V el Animoso, adjetivo que en su tiempo era sinónimo de “valeroso, bizarro, alentado, esforzado y valiente” (‘Autoridades’, I, p. 300, s. v.). He leído por esos mundos de dios que no, que lo del Animoso era por sus continuos estados de ánimo —a mayor libertad democrática, más dócil se muestra el papel a que escriban sobre él lo que a cada cual le dé la gana. Es el libre derecho a “opinar” de estos tiempos respecto a cuanto se ignora. Y es que a nuestro Felipe le gustaba, y mucho, asomarse a las batallas; u ordenar asuntos puntuales como el incendio de Játiva (desconozco si por orden expresa suya). A la par que prosigo la lectura de Pinel, me voy atreviendo (= aventurando) a calibrar las dolencias mentales de Su Majestad encarándolas en los cuatro grandes grupos en que las vertebra: “melancolía”, “manía”, “demencia” e “idiotismo”. Pinel considera la ‘melancolía’ como una especie de delirio ‘light’, algo así como un delirio no demasiado preocupante; o como uno chiquito, en plan cajón-de-sastre de delirios chiquitos; la ‘manía’, lo mismo, pero a lo grande: un delirio generalizado; la ‘demencia’, un estado de debilitamiento general de las capacidades intelectuales; y el ‘idiotismo’ la pérdida completa de las funciones intelectivas —si se ha nacido no-idiota, supongo. Si Pinel hubiese reconocido y diagnosticado a Felipe V —y habría sido imposible por razones cronológicas (nació un año antes de morir el monarca)— lo habría despachado como melancólico-maníaco-demente, pero no como “idiota”. A mí me ha interesado desde siempre el síndrome de Cotard porque sospecho que quizá lo padezca yo, si bien en forma ‘light’, o sea, muy muy muy al principio del lado izquierdo de la horquilla. Porque rechazo autocalificarme de “historiador” o de cosas por el estilo (“filósofo”, “filólogo”, etc.) pese a que en paredes y cajones campean y duermen algunos titulillos. No creo que sea grave. Nietzsche dejó escritas cosas parecidas respecto a la titulitis social. Cierto que él evolucionó de filólogo a filósofo y que no tenía ningún respeto por la historia. Tal vez estas cosas tengan que ver, en su caso, con la proliferación de las muy demoledoras y progresivas espiroquetas; en su caso, Un libro poco conocido de Nietzsche, ‘Wir Philologen’ (hay trad. en Biblioteca Nueva, 2005) contiene una máxima para mí muy significativa: ‘Der Gelehrte muß es aus Selbsterkenntnis, also aus Selbstverachtung sein’ (3 [69]): “el sabio (el erudito) debe serlo por confesión propia o por desprecio propio”, si no me corrige la traducción algún severo germanista o un indignado profesor de la Escuela de Idiomas. En lengua alemana ‘Gelehrte(r)’ significa “sabio” y también “erudito” porque no hay sabiduría sin reflexión de conocimientos. Pero en el español cutre de hoy, ya sabemos lo que vulgarmente significa ’erudito’, gracias a la impagable labor demoledora de nuestros sabios moralistas. En el siglo XVIII, en cambio, existían dos especies antagónicas: el “erudito” y el “asno erudito” (Forner fue polemista por “deformación profesional”, aunque muy agudo, pero peligrosamente mordaz en sus escritos).
    Pues sí, lo de Felipe V me ha estimulado las neuronas. El interés de un apreciado y viejo amigo por el primer Borbón —que data de más de cuatro décadas, tiempo más o menos exacto en que publicó su primer libro—, me contagió la pasión por el que fuera Duque de Anjou, nieto de todo un Sol muy caliente: Felipe V, el Animoso.

    * https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-10-06/felipe-v-desmadre-total_1625093/

      • ¡Uf, eso tranquiliza! ¿Hay alguna pastillita para deshinibirme? ¿Quizá mejor un buen bocadillo de jamón de Jabugo? 😂🤣😂

      • Si llamaras “desvergonzado” a lo que quizá ya sea, un modesto secuaz bunkerizado de la secta de Diógenes de Sínope… Pues sí, “desvergonzado” es, digo yo, quien YA no tiene vergüenza (pero muy relativamente, claro). Algo, desde luego, muy distinto al ‘sinvergüenza’, que suele ser, además, ‘cínico’* en el sentido vulgar del calificativo (aparecen un día sí y otro también cuando, incauto, se asoma uno a la caja tonta e inmediatamente cambia el canal a uno de documentales por no verles la cara de indeseables ni oír sus compulsivas mentiras).

        * Según la RAE (1984), ‘cínico’ era entonces sinónimo de “impúdico, procaz”, pero no de ‘sinvergüenza’. ¡Lo que son las cosas! ¡Mucho ha llovido desde un año, el 84, tan poco orweliano! Sin embargo, en la edición más reciente del ‘Diccionario’, nuestros sabios académicos se han puesto al día, vista la realidad imperante, y dictan como primera acepción de ‘cínico’ lo que sigue: “1. adj. Dicho de una persona: Que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas. U. t. c. s.” La Academia realiza una impagable labor de defensa del idioma (como es sabido). No dudo que con el muy ambicioso y acaso probable futuro director, que ya suena en corrillos y mentideros -si llegara al cargo (que no será una carga) por sinodales votos-, potenciará la encomiable misión que, desde tiempos de Felipe V el Animoso, fue encomendada a la Docta Casa por aquel gran monarca reformista. El aludido, aunque no nombrado -aún ‘desvergonzado’ yo, albergo todavía bastante vergüenza reprimida- es persona ilustrada entre las ilustradas, sabio entre los sabios, e incluso listo entre los listos, como ha demostrado a lo largo de su impecable trayectoria durante la últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI.

      • Se dice el pescado -no es errata-, pero no el pe(s)cador…

        No sea que me lea, me identifique y me ponga una demanda civil “por vulneración del honor”. Todo es posible, aunque igual te suena a hipérbole. Estos democráticos figurones tienen mucho dinero y muchos recursos; y además los protege una mafia; y los secuaces de Diógenes -que somos muy pobres- sólo pretendemos acabar nuestros días, en la paz del Señor, viendo Masterchef en la tele, lujosamente aposentados y muertos de risa en nuestro tonel.

  4. Quizá, o al menos muy probablemente. Su pecado inconfesable, como el de cualquier filósofo… Pero, en el caso de Diógenes de Sínope, no poseemos ningún testimonio propiamente suyo. Sólo, en el mejor de los casos, referencias secundarias, supuestas anécdotas (como las que cuenta Diógenes Laercio); o alguna que otra cosa, referida por autores posteriores, aquí o allá. De su doctrina, en lo que hace a textos, no ha perdurado nada. Intuyes, no obstante, que Diógenes deseaba mandar… Pues difícil lo tuvo, sobre todo desde que espetó a Alejandro que deseaba sólo que se apartase del sol -cuando se acercó a él y le dijo que iba a concederle cualquier cosa que ambicionara-, y permitiera, apartándose, que llegaran a él los rayos (debía ser invierno, cabe suponer). Igual no son más que facecias, chascarrillos de la época; leyendillas con un fondo de verdad. Pero la tradición manda; y “todo eso” es Diógenes.

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