Un libro de anti-ayuda


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Decía Karl Jaspers que la psiquiatría sin filosofía no es nada, él mismo era psiquiatra  y se pasó al campo de la filosofía por problemas de salud, pero no existe otro psiquiatra que haya logrado integrar sus conocimientos filosóficos a la psiquiatría como Jaspers. Algo que el lector interesado puede escarbar en su obra magna: Psicopatología general, una obra maestra de lo que se conoce con el nombre de fenomenología, la ciencia que se ocupa de los fenómenos observables y que la diferencia del psicoanálisis, que se ocupa preferentemente de los fenómenos ocultos.

Confieso que a mi me interesó mucho la filosofía allá en mi bachiller pero mi formación médica me sustrajo de profundizar en algunos aspectos de la filosofía de la mente que siempre me interesaron, ¿pues qué es la filosofía sino el trabajo de la mente?. Por eso siempre agradezco el esfuerzo de algunos filósofos como Oriol Quintana que nos hacen fácil la comprensión de dilemas mentales muy intrincados a través de buenos libros de divulgación.

Se trata de un libro de anti-ayuda que al fin resulta de mucha ayuda cuando se ha leído hasta el final, en cualquier caso es un libro contra la psicología positivista, esa que vende manuales de felicidad, guías de autoayuda y recetas de las maneras en que tenemos los humanos en salirnos con la nuestra. Este es un libro sobre y para pesimistas y que en su pesimismo alcanzaron un grado de lucidez superior a todos los optimistas bienintencionados que pueblan nuestro mundo contemporáneo.

Yo mismo soy un pesimista histórico y quizá por eso este libro me ha sido de gran ayuda al decepcionarme sobre lo que significa la palabra ayuda. Pero me gustaría explicarles qué es un pesimista para que no haya confusiones:

Ser pesimista no quiere decir que niegue el progreso de la tecnología, de la ciencia o de la medicina, por poner un ejemplo claro. En lo que no creo es en la teleología obligada de sentido único en cuanto al progreso moral del hombre. Lo que hemos conseguido puede perderse fácilmente pues somos -la humanidad entera- un ente muy vulnerable, tanto como cada uno de nosotros, somos profundamente inanes, vanos e insustanciales. Estamos tal y como decía Heidegger orientados a “Ser-para-la muerte”, este es nuestro destino y la única verdad en que podemos creer con absoluta seguridad . Y paradójicamente venimos de serie dotados de un sistema para no pensar demasiado en la muerte, en la nuestra, la única, la verdadera. Es por eso que hay una teoría que habla del realismo depresivo, es decir que la depresión no sería la enfermedad sino la aceptación pesimista de lo que es irrenunciable: nuestra desaparición y nuestra contingencia.

El libro de Quintana contiene las ideas y peripecias vitales de ciertos pesimistas como Cioran, Primo Levi, George Orwell, Heidegger, Jean Paul Sartre y una probable intrusa: Simone Weil. Y digo intrusa porque hasta que no terminé el libro -y a pesar de las advertencias del autor- no entendía la presencia de esta mujer en la lista de pesimistas y sin embargo echaba de menos a Freud, a Kafka o a Houellebecq.

De todos ellos me gustó especialmente el capítulo dedicado a Sartre, discípulo de Heidegger y existencialista que sirvió de apoyo a ciertas teorías lacanianas del psicoanálisis francés, sobre todo la “teoría del espejo”. Personalmente creo que todos los debates que hoy tenemos en torno a la identidad son banalidades si no se conoce la teoría de Sartre sobre cómo se forma la identidad. A la que por cierto Sartre llamaba ipseidad o mismidad.

Para Sartre la ipseidad no es algo que venga de serie, como hoy estamos obligados a creer, la identidad se va formando a base de decisiones que vamos tomando en la vida y de refuerzos que los demás hacen sobre nosotros a través de su mirada. Somos por decirlo en palabras de Quintana, “mendigos en busca de una mirada”, lo que queremos es ser mirados, visibles, identificados y ser legitimados por esa mirada, nuestras decisiones se orientarán siempre a partir de esa mirada e irán abriendo mundos, dividiéndolo en dos, lo que se escogió y lo que se dejó en la cuneta. Esta idea de la construcción de la identidad a partir de la mirada del otro es de hecho muy lacaniana y puede ser escarbada en su obra maestra “El ser y la nada”. Y de ahí viene la frase bien conocida de que en los otros está la mirada que nos construye pero también el infierno que nos deconstruye ( o como decía Heidegger nos descrea): el infierno está en los otros.

Sartre sabia que “El ser y la nada” era demasiado complejo para ser un libro de cabecera de sus coetáneos y es por eso que escribió dos obras de teatro para divulgar sus ideas. Una fue “Las moscas” y otra mucho más interesante es “A puerta cerrada”

Imagínese un mundo donde no hay ningún ciudadano más que usted, imagínese circulando por una calle desierta sin nadie con quien hablar sin nadie que le de los buenos días, sin nadie que le mire, sin que nadie le vea. Imagínese además que las tiendas están abiertas y que usted puede servirse a placer todos los manjares que le apetezcan, imagínese -en un supuesto mental- que esos manjares, esos bienes por los que usted suspira se le ofrecen a su capricho y nunca se acaban. El problema es que no tiene a nadie con quien compartir tanta dicha. El problema es que nadie le mira.

En ” A puerta cerrada Sartre plantea un dilema parecido. En una habitación cerrada se dan cita tres personajes junto con un mayordomo que les asiste y que aparecen allí sin saber cómo (se trata de un recurso teatral muy de moda en el teatro de postguerra, por ejemplo en Mrozec). Son dos mujeres y un hombre que creen que han sido detenidos para ser torturados pero poco a poco se dan cuenta de que no hay ningún torturador, pero no saben que están haciendo en esa habitación que solo tiene una puerta cerrada.

Lo que sucede en la obra es fácil de suponer y es algo que todos vivimos cuando subimos a un ascensor con desconocidos, nos damos la espalda, no queremos hablar, ni mirar, sino salvaguardar la intimidad en esas distancias cortas. Ahora pensemos en qué sucedería si esa habitación nunca se abriera y estuviéramos condenados a interactuar con dos desconocidos. Al principio podríamos disimular y dedicarnos a nuestros propios pensamientos o recuerdos pero poco a poco iría emergiendo una interacción no solo en la realidad sino en la fantasía, pronto nos plantearíamos qué hacíamos allí o alguna treta para escapar. Lo que sucede es que una mujer resulta que es lesbiana y acaba enamorándose de la otra mujer y tratando de entablar una relación de complicidad con ella que por cierto no está mucho por la labor y sin embargo presenta claros signos de querer llamar la atención del hombre.

Les han puesto en la habitación para que se torturen ellos mismos, no hace falta torturador. Y eso es lo que hacen.

No voy a contar como termina la obra ni las escenas que van definiendo la interacción de los personajes (dejo aquí abajo el pdf de la obra de Sartre) pero terminaré este post diciendo que estamos condenados a ser-para-el-otro. Que todo aquello que creemos como un producto de nuestra subjetividad y de nuestras elecciones es pura vanidad y autoengaño, somos lo que esa mirada del otro, nos ha colgado. No hay elecciones libres en este sentido y a pesar de ello estamos condenados a ejercer nuestra libertad.

Y esta es la diferencia que hay entre Heidegger y Sartre.: para Heidegger era la muerte la única verdad de la que podemos estar seguros y para Sartre es la libertad la única posibilidad humana que está al alcance de todos nosotros. Libertad que es un sinónimo de responsabilidad, no podemos “hacernos el sueco” con nuestra libertad, no podemos mirar hacia otro lado y aunque a veces nos gustaría hacerlo como de hecho sucedió a muchos franceses con la invasión nazi de su país. Como hacemos con la desdicha ajena: es insoportable.

La libertad es irrenunciable. Y la obra de Sartre es un ajuste de cuentas con aquellos que renunciaron a su libertad.

 

Bibliografia.-

A puerta cerrada de J. P. Sartre

 

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4 pensamientos en “Un libro de anti-ayuda

  1. Magnífico, me ha encantado. No sé bien si porque me causan lástima “los optimistas bienintencionados”, porque yo también soy un “pesimista histórico” o quizá porque Jean Paul Sartre fue mi ideólogo juvenil, mi maestro. El hombre que marcó mi rumbo filosófico en mi juventud y seguramente el que me hizo estudiar ciencias, como único reducto para buscadores de la verdad a disposición de los humanos.

  2. Puede que no sea igual partir de un fondo pesimista frente al despropósito del pensamiento positivo, pero en el mejor de los casos la historia fija de manera objetiva y totalmente fragmentada a un “Naufrago”. Un naufrago es una imagen potente no muy halagüeña, es decir es una imagen conceptual puramente psicológica sin libre elección que ha de asumir las consecuencias de una historia sobre un naufragio.

    Donde esta la libertad?; si ya estoy previamente condenada a un naufragio conceptual.

    Es decir cuando nos percibimos como náufragos sufrimos esa fantasía de existir como partes separadas. Una existencia que defenderá y luchara por ser fiel a esa historia en imágenes que divide la totalidad en ilimitados segmentos, luego los estudia por separado y les da el sentido; sin embargo el aspecto mas pequeño no se puede comprender aislándolo de la totalidad, todo esta relacionado con todo. El ajuste de cuentas de Sartre por tanto es frente a su opuesto que es igual de descabellado. No hay salida en este circo, es un laberinto donde la ultima puerta es una caída al vacío

    !Ahora bien nos que da la Espiritualidad como posibilidad abierta, no una espiritualidad de ideas espirituales. Si no a una espiritualidad en la praxis que esta mas allá de las palabras, de las proyecciones, de la seguridad psicológica, de saberes y pretensiones. Ignorar esa posibilidad es la muerte en vida, y eso es en realidad lo que esta en juego. Es nuestra única libertad aprehender el presentimiento de que los acontecimientos personales y colectivos tienen un sentido que esta mas allá de las palabras, es una invitación a escuchar a la vida; no ha perdernos en el infierno de Borges, que es la acotación entre dos márgenes en el que habitamos, a un lado el vacío y al otro la muerte.

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