¿Por qué alucinamos?


Las alucinaciones auditivas representan el caso más interesante para comprobar que el cerebro no es sólo un decodificador de señales sino también un emisor de las mismas, el lugar donde se permutan y procesan informaciones verbales con las no verbales.

No puedo dejar de señalar la relación que encuentro entre las alucinaciones auditivas y las señales dolorosas que emergen de un «miembro fantasma»,o el propio dolor central por sensibilización, ambas percepciones pueden estar vinculadas por una proyección anómala en el área cortical que puede proceder de un defecto de inhibición. Si el dolor que el amputado atribuye a una mano que ya no está se debe a la dificultad de encajar en un esquema sensorial nuevo a la mano perdida, no podemos dejar de obviar el hecho de que es la representación cerebral del brazo perdido y no el muñón el responsable de la aferencia dolorosa que el individuo proyecta en la mano.

El cerebro con una sería avería del señor Broca puede del mismo modo continuar proyectando señales al exterior que el paciente atribuye al medio externo, pero no se trata de voces sino de pensamientos que el paciente no siente como tales al haberse averiado seriamente su sistema de codificación-decodificación junto con la estructura de sus matrices semánticas. Se trataría de una falsa aferencia del mismo modo que sucede en la causalgia de un miembro que fue amputado.Una de las razones que fundamenta el anterior argumento es que generalmente lo que se proyecta en las alucinaciones esquizofrénicas al exterior son sobre todo imperativos y prohibiciones, los precursores de necesidad que probablemente articularon el lenguaje en un código comunicacional simbólico.

Si el lenguaje existe como emergencia cerebral es muy probable que se deba a la necesidad de señalar aquello prohibido y las ordenes necesarias para adecuar la conducta a una estrategia común. Aun hoy, al hombre le resulta más fácil obedecer (o transgredir) a ciegas cualquier indicación que proceda de una autoridad que inventar una realidad y unos valores propios que acordes con aquella den como resultado una mejor integración en el mundo. Esto se debe a que el peso de los rituales y de la cultura es más importante que el peso de la racionalidad, para el hombre siempre será más fácil no comer cerdo o no beber vino porque lo manda alguna instancia externa a él que dejar de hacerlo por propia voluntad como resultado de un análisis racional de la situación, (por ejemplo del riesgo de adquirir triquinosis o dependencia del alcohol), así se formó el mundo social y religioso aprovechando la dificultad sobre la que está articulada el lenguaje y de paso inventando una realidad supraindividual desde las que emergen las grandes prohibiciones y tabúes que también – como gran parte de nuestros programas genéticos- han quedado obsoletos para el gobierno de los dilemas del hombre de hoy.

Una avería del Sr Broca.-

Si es cierto que la esquizofrenia es una avería del señor Broca, estamos evidentemente frente a un impuesto vinculado a la ganancia del lenguaje, pero no implica linealmente que existiera esta enfermedad tal y como la conocemos hoy desde tiempos primitivos.

Siguiendo a Hare parece improbable que la esquizofrenia existiera en el hombre primitivo en un mundo vinculado a resortes cósmicos, amenazas reales y palpables y un tipo de pensamiento vinculado a lo mágico. ¿Qué sentido tendría una alucinación en este tipo de entorno?

Es muy probable que el hombre primitivo recurriera a la alucinación de una forma fisiológica como una manera de acceder a su mundo interno, en este sentido es licito suponer que la alucinación fuera una forma de mantener diálogos internos  antes de que se inventara la subjetividad o que responda a  pensamientos subvocalizados (Bick & Kinsbourne 1987) que se proyectan al exterior por un defecto de inhibición cortical. En este sentido la alucinación auditiva sería un equivalente a las cavilaciones que hoy mantenemos con nosotros mismos sin necesidad de alucinar (aunque si de repetir), en la medida en que el raciocinio común es capaz de discriminar pensamiento y lenguaje, lo que nos permite ese dialogo interior. El hombre primitivo – por el contrario – inmerso en un mundo impredecible, amenazador por desconocido y donde lo cósmico y lo individual aun no habían sido fragmentados por el orden de la cultura debió de mantener activa su potencialidad alucinatoria hasta hace muy poco tiempo.

La antropología y la historia nos muestran ejemplos continuos de esta inversión del juicio. Estamos acostumbrados a pensar e interpretar a los místicos y reformadores como psicóticos o al menos como sospechosos de serlo. Existen numerosos ejemplos de interpretaciones acerca de supuestas enfermedades mentales en Sta Teresa de Jesús, Juana de Arco, Mahoma, Jesucristo, etc, olvidando que el paradigma histórico y el clínico funden muy mal y que las alucinaciones de estos reformadores, místicos o personajes religiosos se daba en un entorno donde muy probablemente eran una forma de insight o introspección que antes de que se inventaran las teorías intrapsíquicas de la mente pudieron representar una forma de dialogo interior trasmutado en conocimiento revelado.

No solamente el lenguaje hablado, sino la identidad, el sexo asignado, el género, el autoconcepto, la norma moral o la autoestima son constructos que proceden de nuestro entorno y cuya existencia asignamos en nuestro psiquismo en un ejercicio constante de alucinación negativa (somos incapaces de entender que son constructos sociales y no psíquicos). Por ejemplo, estamos acostumbrados a observar la identidad sexual como si se tratara de algo genuino, algo intrapsíquico, algo nuestro que nos pertenece como un órgano. Pero la identidad  no es sino un constructo social si bien puede converger o no con la anatomía corporal y en este sentido nombraré el ejemplo de la cultura esquimal donde sólo el alma es inmutable, pero no el sexo asignado, así no es infrecuente que un niño sea educado y vestido como una niña, mientras va emergiendo su “verdadera naturaleza” ya en la pubertad.

El sexo y el género son intercambiables, la identidad- alma no, entre los inoui (Heritier1996). En otros casos como los indios crow la masculinidad asignada no se establece definitivamente sino después de la ceremonia de la inseminación (que se produce por felación), una iniciación de los varones que corre a cuenta del tío paterno. Es evidente que en este tipo de culturas donde una cierta conducta homosexual no sólo está tolerada sino prescrita, desfavorece la presencia de homosexuales absolutos, para los crow, lo importante no es ser o no ser hetero u homosexual (que no existen como identidades) sino que lo reprobable- igual que en la Grecia clásica-  es la pasividad.

La gestión que los sioux hacen del duelo y casi todos los pueblos de sus personajes carismáticos, chamanes, brujos u hombres-memoria, me hace suponer que determinadas identidades no son sino nichos ecológicos – en realidad roles sociales – construidos y preservados por la tradición donde se ubican determinadas personalidades que encuentran así una actividad social acorde con las características en donde su personalidad encaja: celibato para el chamán, alejamiento social y prescripción de castidad para el viudo o viuda, experiencias iniciáticas para los adolescentes siempre dentro de un ritual con sentido cultural, religioso o cósmico.

Es difícil imaginar que un mundo así la locura (la esquizofrenia, la manía, o la paranoia) pudieran emerger. De hacerlo estarían tan fijadas al rol social predeterminado que su diagnóstico sería –cuando menos- incierto. Es posible especular que la esquizofrenia sea más bien un tributo a la complejidad de las condiciones de vida que emergieron de la industrialización del siglo XIX (o a cualquier otra anterior), y la dificultad de estas condiciones de vida para articular un discurso interior consensuado, sin negar que formas distintas de locura quizá ya desaparecidas preexistieran.

Además hay que señalar otra clase de hechos, una vez teorizada una enfermedad es esperable que emerja un aluvión de casos, como los que se observaron en la Inglaterra del siglo XIX. Este hecho no sólo es debido a que las enfermedades mentales cambian en función de parámetros sociales sino que además la existencia y legitimación de la propia enfermedad operan como un atractor frente al que se aglutinan los casos, que de no existir la etiqueta se dispersarían en costumbres, excentricidades o conductas desafiliativas sin asignación clínica. Esto pudo suceder en la Inglaterra de 1800, con independencia de que la esquizofrenia existiera ya antes de ser identificada como una entidad.

Lo mismo sucedió con la parálisis general progresiva, aunque se sabe que data del siglo XVI, su teorización no se hizo sino en 1808 y los casos de sífilis cuaternaria datan de esa fecha. Con independencia de la preexistencia de la sífilis, parece que el despliegue longitudinal de toda la enfermedad no fue constante en todas las culturas

Una de las sensaciones mas inquietantes que acaecen entre las personas que tratan con esquizofrénicos son la confusión y la perplejidad que emerge del contacto con ellos. Hablando con un esquizofrénico se tiene la sensación de que no es posible empatizar con él, que existe una barrera imposible de franquear y también que estas personas tienen poderes espirituales especiales. Este fenómeno que no ha sido suficientemente estudiado quizá a consecuencia de que los pacientes esquizofrénicos más graves son los que fundamentan la clientela de un psiquiatra, no prejuzga que los casos más adaptados o menos graves de entre el cluster A de los trastornos del eje 2 puedan hallarse aquellas personalidades con capacidades de desafiliación, splitting del grupo o capacidad de liderazgo para constituir otros grupos carismáticos.

Es posible especular con que la evolución y la selección genética hayan establecido a través del tiempo evolutivo dos grandes grupos de conductas en relación con la integración social: las afiliativas y de apego y las desafiliativas o de desapego. Estas últimas conductas podrían entenderse tan adaptativas en clave evolutiva como aquellas. Su función sería la de asegurarse que los grupos no crecieran demasiado, agotando los recursos de un determinado hábitat,  propiciando la segregación de los grupos sobre todo cuando estos habitan ecosistemas demasiado densos, una estrategia que comenzaría a ser necesaria en cuanto el hombre se hizo sedentario.

El esquizofrénico – la desviación genética extrema de este programa desafiliativo – es muy probablemente un profeta fracasado por falta de seguidores, pero su conducta nos retrotrae a escenarios de horror o de amenazas debido a un mundo que habita paranoidemente quizá como mecanismo de defensa frente al caos de su sistema de señalización-simbolización, un mundo  de extrañeza y temor donde la realidad, el sueño, la fantasía, el miedo o el error cognitivo tienden a transformarse en aspectos concretos  sometiéndole por tanto a un estado de terror similar al que el hombre primitivo tuvo que sortear antes de la invención del símbolo, que de alguna manera protegía al hombre de las consecuencias glandulares del determinismo puro. Sin ninguna duda, pudo constituir un hito el día en que el homínido al ver una huella de un depredador en el suelo inhibió su  descarga de catecolaminas, al poder discriminar que la huella representaba al animal pero no era el animal en sí. Apropiándose del símbolo e inscribiéndolo en la piedra de sus abrigos el homínido comenzó su dominio del mundo al integrarle en su concepción y predicción de la caza, no sólo se apropió del animal sino que lo pudo exorcizar, perderle el miedo y hacerse más fuerte que su propio tótem, destinado en otro momento a recordarle su deuda para con su propio linaje.

Bibliografia.-

BICK P.A. & KINSBOURNE (1987): “Auditory hallucinations and subvocal speech in schizophrenic patients”. American Journal of Psychiatry, 144:222-225.

HERITIER, F (1996): “Masculino/femenino: el pensamiento de la diferencia”. Ariel SA. Barcelona.

HARE, E.H. (2002): “El origen de las enfermedades mentales”. Triacastela. Madrid.

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