¿Es la anorexia mental la histeria de la postmodernidad? (y III)


Pero del exterior no sólo proceden amenazas sino también y sobre todo, normas y preceptos. La internalización de las mismas y la colisión con aquel núcleo representativo de temores arcaicos, termina por configurar un nuevo circulo, que es en realidad una neoformación que tapa y oscurece sus segmentos de colisión con aquellos y que trata de adaptar aquel núcleo original de temores con la realidad del “aquí y ahora”, una realidad que ya no representa amenaza alguna en el sentido de ataques de fieras o de inclemencias del tiempo, sino que es más bien depositaria de prescripciones que acaban constituyéndose al fundirse con el núcleo más interno, en una matriz de posibilidades inagotables, soporte más adelante de identidades fugitivas.

La avidez del ser humano por internalizar normas y aspectos del exterior es desde luego un enigma, pero sólo en parte. Adquirir un buen mapa de la realidad es absolutamente necesario para sobrevivir, tanto en un mundo amenazante en el sentido primitivo, como en un mundo más y más complejo donde aquellas amenazas hayan sido en parte sorteadas por la organización social, dando lugar –sin embargo- a amenazas más y más complejas y sutiles.

La parte que considero todavía un enigma es aquella que procede del exterior y que es ávidamente internalizada, aun sin representar en si misma un código de supervivencia colectiva o individual. Los mitos de la belleza, la tiranía de la delgadez, la demonización de la obesidad o los ideales de rendimiento por sí solos no pueden explicar la tendencia del ser humano a apropiarse de ellos, aun reconociendo que son ubicuos y repetitivos.

¿Por qué resulta tan difícil extender valores democráticos y de igualdad y tan fácil extender lacras como la adoración al dinero o de la delgadez?

Volvamos de nuevo sobre el esquema de la fig 1.1 y observemos que las internalizaciones individuales oscurecen tanto una parte de los temores preformados intrapsiquicos, como también una parte de la propia expectativa social. Esta podría ser una explicación, introyectamos aquellos aspectos porque eso nos permite escapar de la influencia de algún temor arcaico que en si mismo suponga una amenaza mucho más intensa que la propia delgadez. Al mismo tiempo oscurecemos y desafiamos la propia expectativa social, constituyéndonos en su patética mascarada.

Además, esta matriz de introyecciones nos permite construir una identidad formada a partir de la distorsión cognitiva que toda internalización procura: errores y prejuicios, generalizaciones y puntos ciegos, culpa y vergüenza, pero también un aspecto físico que mostrar, una identidad propia fascinante por repulsiva que sirve como modelo a muchas adolescentes que suspiran por alcanzar “aquella perfección”. En este sentido podemos hablar también de que ese mismo ideal se invierte con cierta facilidad en un contraideal, que opera como un aversivo eficaz que detiene – por contraidentificación – la escalada de otras anoréxicas en potencia.

No quiero decir de un modo que resultaría cuanto menos simplificador, que el temor original sea sólo sexual, tal y como los clásicos suponían de esta especie de regresión prepuberal que hace el cuerpo de la anoréxica, pero tampoco puedo dejar de advertir estos temores al menos en el inicio de la enfermedad, ni tampoco minimizar que la anorexia es de algún modo un trastorno que hace que la paciente regrese a una fórmula hormonal prepuberal y sea de hecho estéril y sin interés sexual mientras no alcance un peso suficiente y durante el tiempo suficiente.

A este respecto quiero advertir que la mujer sostiene desde antiguo muchas más amenazas sanitarias que el hombre, en este sentido quiero referirme al cáncer genital. La mujer es en todos los recuentos que se han hecho hasta el momento, víctima propiciatoria de una serie de lacras que ponen en riesgo su vida, lacras que tiene que ver con su proclividad al cáncer, por no hablar de los riesgos del parto, que ya son historia médica, pero que no podemos dejar de lado en un análisis consecuente de los temores atávicos que pueden apresar al género femenino en una especie de doble vinculo frente a su función reproductiva.

En la siguiente tabla represento por ejemplo los cambios adaptativos que la mujer actual ha requerido desde su ancestro: Eva.

Eva Mujer actual
Menarquia/años 16 12,5
Edad 1er embarazo/años 19,5 30
Ciclos antes del embarazo 39 180
Partos 6 2
Meses amamantamiento 27 3
Ciclos potenciales 405 490
Ciclos reales 145 440
Duracion media/vida 47 75

Tomado de Mel Greaves, “El cáncer: un legado evolutivo”, pag 168.

Como podemos observar la mujer actual tiene racionalmente muchas razones para temer por su potencial reproductivo, no sólo a partir de su mayor vulnerabilidad a padecer un cáncer genital, sino también a las más recientes consecuencias psicosociales de la distribución de cargas. Si observamos el numero de ciclos y el estrés hormonal (numero de ciclos estrogeno/progestageno) que la mujer actual soporta en relación a sus ancestros evolutivos, observaremos que aquel riesgo en lugar de disminuir ha aumentado, en parte por la disminución de los periodos de lactancia y en parte por el numero de partos, lo que significa que el número de ciclos estrogeno/progestageno que sus órganos genitales deben soportar es casi el triple que el que soportara Eva.

La mujer está mas afectada que el hombre por los cánceres genitales: de mama (muy frecuente), de útero (frecuente) de ovarios (frecuente) de cáncer de cuello (frecuente) y de vagina (raro). El hombre sólo tiene desde el punto de vista genital una amenaza: el cáncer de próstata, puesto que el cáncer de testículos y el cáncer de pene son extremadamente raros (Greaves, 2000).

EL SEXO COMO FATALIDAD

Las enfermedades de mujeres han sido a lo largo de la historia el escenario donde se daban cita tanto prejuicios que hoy consideramos políticamente incorrectos, como observaciones agudas que han dado lugar a convicciones que hoy sostenemos como verdades universales.

La observación de Rigoni-Stern en el siglo XVI sobre la mayor incidencia de cáncer de mama en los conventos de monjas de clausura del entorno de Venecia, donde realizó su estudio epidemiológico preliminar acerca de la incidencia del cáncer genital, es hoy absolutamente aceptado por cualquier oncólogo moderno. Las monjas de clausura, eran más afectadas que las mujeres comunes por el cáncer de mama y menos por el cáncer de cuello de útero.

Todo parecía indicar, ya entonces, que el celibato desprotegía a la mujer contra el cáncer de mama pero la protegía del cáncer de cuello de útero, muy común, entonces y ahora entre las mujeres promiscuas (o que conviven con parejas promiscuas), y prostitutas. Hasta el descubrimiento del virus del papiloma, esta observación se mantenía en el frigorífico quizá por una determinada mala conciencia sexista.

Pero lo cierto es que las observaciones de Rigoni-Stern son acertadas y constituyen un legado epidemiológico difícil de rebatir. Todo parece indicar que:

-La promiscuidad sexual, o el cambio de parejas sexuales facilita la infección con el virus del papiloma y la vulnerabilidad frente al cáncer de cuello de útero.

-Que el cáncer de mama está relacionado con un mayor numero de ciclos estrogeno-progestageno, debido al estrés que los órganos femeninos deben soportar en una vida más larga , una menarquía mas precoz y una menopausia mas tardía.

-La multiparidad, y el amamantamiento prolongado, suponen un seguro natural contra el cáncer de mama.

Además y refiriéndonos ahora al tema que nos concierne, lo realmente extraordinario de este caso es que tanto el amamantamiento prolongado, como la multiparidad son estados que inciden en una cierta atmósfera de subfertilidad tanto como cofactores de protección contra el cáncer genital.

En efecto, Eva, recurría a un método natural de contracepción, basado en dilatar sus periodos de amamantamiento que resultaba en una elevación crónica de sus índices de prolactina, que al tener efectos sobre la ovulación, lograba detener los ciclos menstruales. Se inducía, pues, mediante este mecanismo un estado de subfertilidad, que desde luego no era tan seguro como nuestros anovulatorios actuales pero que en contrapartida carecía de sus riesgos.

La celebre píldora anticonceptiva suprime efectivamente la ovulación, pero no detiene el ciclo de la bomba de estrógeno. Más aun, introduce un estrógeno y progestageno externo a fin “de engañar” al ovario “haciéndole creer” que debe dejar de ovular, pero que no consigue sino reproducir artificialmente un ciclo normal, con una dosis suplementaria de estrógenos artificiales.

Para hablar tan sólo de mecanismos naturales de anticoncepción, me referiré a los ya dichos: el embarazo y el amamantamiento prolongado, a los que hay que incluir quizá el más primitivo de ellos: la disminución del aporte calórico.

Efectivamente, la inanición suprime la ovulación y los ciclos menstruales de una forma natural y es muy posible que suponga un mecanismo programado y extremo de anovulación y de control de la natalidad. Aunque este mecanismo nos deje perplejos, de algún modo debido a su escaso valor adaptativo desde el punto de vista individual, (ya que hace peligrar la vida del sujeto que lo adopta), y que desde el punto de vista reproductivo represente una clara desventaja respecto a otras hembras más competitivas, no podemos dejar de pensarlo como un mecanismo extremo de supresión, adaptativamente conservado, a fin de restringir los periodos reproductivos haciéndolos coincidir con un tiempo mejor: exceso de alimentos o de condiciones ambientales idóneas para la progenie.

De hecho las anoréxicas que hoy conocemos no son permanentemente estériles: muchas de ellas incluso llegan a tener hijos, para caer de nuevo en la anorexia después de la crianza. También existen casos en que la anorexia remite de por vida, y la enferma es capaz de reproducirse eficientemente de una manera similar a cualquier otra mujer. Como también existen anoréxicas que permanecen estériles y célibes de por vida.

Ahora una curiosidad estadística: las atletas y las bailarinas que como sabe cualquier especialista en trastornos alimentarios son un grupo de riesgo para padecer anorexia, son especialmente resistentes al cáncer de mama. ¿La razón?. Sus periodos de amenorrea en la adolescencia, disminuyen el riesgo al disminuir su estrés hormonal.

No estoy seguro de que un programa así, suponga a fecha de hoy un trozo de basura genética o de información inservible. Los datos de pacientes que en el uso de esta estrategia logran eludir los riesgos de enfermedades comúnmente mortales así lo parece, transitoriamente, señalar. En este sentido el miedo a engordar podría contar con un aliado atávico: la supresión de ciclos hormonales superfluos desde el punto de vista reproductivo.

HAMBRIENTAS MENTALES

Se ha dicho hasta la saciedad que el término anorexia mental o nerviosa era un termino inexacto, porque tendía a confundir a las personas simplemente inapetentes con las anoréxicas verdaderas. En efecto, la anoréxica sólo pierde el hambre de forma muy tardía, cuando ha logrado “profesionalizar” o consolidar su identidad.

La pérdida de apetito no es pues una variable critica, como tampoco lo es el peso. Más importante que cualquiera de estas variables es la inaceptación del cuerpo (Vandereycken) que se traduce por una preocupación excesiva por el peso, pero ya también por la salud, por el aspecto físico o por el deporte.

Ya comenzamos a ver casos de ortorexia, esa nueva forma clínica que trata de escamotear lo esencial: el miedo a engordar, disfrazado detrás de una cohorte de racionalizaciones que hacen que la enferma solo acepte  alimentarse sino a través de un plan que trata de ocultar su miedo al peso, detrás de un ritual alimentario estereotipado e insuficiente o un ejercicio intenso, compulsivo y destinado a “quemar calorias”.

El hambre es desde luego una sensación física muy próxima a lo instintivo y su regulación se halla mediatizada por un reloj biológico a nivel central y por mecanismos de señales hormonales a nivel periférico en un perpetuo ciclo hambre/saciedad. Se trata en este caso de una sensación interna, muy próxima a lo biológico, inanalizable, primaria y que tiende hacia la satisfacción. Lo que hacemos con el hambre es lo contrario de lo que hacemos con la identidad[1]: la socializamos, en un intento de hacer de un acto instintivo y brutal, un placer para compartir. Es bien sabido que el banquete no tiene una simple función de alimentación, sino de celebración, fiesta o tránsito social. En realidad comer es un placer, lo malo es que como dice el chiste, engorda.

Y engordar no es sino la explicitación de que la persona come, disfruta con la comida. Se trata, en nuestro entorno, de una persona sospechosa de padecer algún tipo de discontrol. Es la gula, un pecado capital muy cercano a la lujuria. En cualquier caso un pecado, y si ya no queremos hablar de pecados porque hemos dejado de creer en ellos, una simple debilidad frente a un impulso del que se ha perdido totalmente el control.

Pero el gordo no es solamente un “pecador de gula”, no es sólo una persona sin control, es sobre todo feo, deforme, asqueroso. Una persona nada recomendable. Naturalmente esta otra adición de epítetos relacionados con la obesidad no es sino un adherido social, relacionado por los consensos de la belleza que administran los mercaderes de la imagen.

Pero por si fuera poco, el gordo no sólo es un pecador feo, sino que es sobre todo una persona poco o nada saludable. Este aspecto es el que más me interesa resaltar ahora porque se trata de una idea que ya no procede del mundo de la moda o de la religión, del precepto o de la belleza sino de las prescripciones médicas, más banales y maliciosas que condenan al obeso a casi un estatuto de proscrito social.

Naturalmente este estado de cosas es una perversión que el ambiente –la cultura- introduce en nuestro sistema de valores, nuestra convicción del valor que tienen las cosas, en este caso la delgadez. Pero ¿existiría una tiranía social de la delgadez, si esta búsqueda no tuviera un correlato primigenio? ¿Existirían anoréxicas si no hubiera un programa arcaico que pudiera “encenderse” a partir de determinadas señales?

Nuestros patrones de alimentación han variado mucho desde que el simio descendió de los arboles y se dispuso a vagabundear por la sabana. Todo parece indicar que nuestros modelos de alimentación viraron desde una alimentación prácticamente vegetal hacia una dieta omnívora, con las consiguientes adaptaciones de nuestro sistema digestivo, de nuestra dentadura y de nuestras costumbre sociales.

Una de las adaptaciones más extraordinarias que se produjeron en algún momento de la evolución del homínido hacia lo que hoy conocemos como Homo Sapiens, fue la ovulación casi continua de las hembras, un hecho único entre las hembras de los mamíferos que hacen coincidir sus ovulaciones con los ciclos de luz o climáticos, a fin de maximizar la supervivencia de su descendencia.

El hombre también mudó sus órganos sexuales para adaptarse a la continua disponibilidad de las hembras: la próstata del hombre es mayor que la del toro. Este tamaño enorme en comparación con su volumen total se considera también un representante evolutivo de la necesidad del varón de tener siempre a punto un sistema de lubrificación y de engrase de su esperma. Tanto los cambios de la hembra como del varón suponen hitos adaptativos que priorizan la reproducción sobre cualquier otra consideración. Las consecuencias para el hombre de este gran tamaño de su próstata son bien conocidas: el adenoma (hipertrofia) y el cáncer de próstata son derivados filogenéticos de aquella priorización y las principales relaciones de parentesco entre el cáncer y la sexualidad humanas

Todo parece indicar que este viraje en la continua accesibilidad sexual de la mujer tiene más que ver con su supervivencia genérica que con las condiciones de sus partos. Aunque existen muchas teorías antropológicas para explicar este salto cualitativo de la hembra humana y todas ellas, claro está, pueden ser contradecidas al mismo tiempo que resultan indemostrables, es evidente que este salto debió suponer ventajas en la supervivencia de los grupos humanos, aumentando la intensidad de los vínculos afectivos, entre hombre, mujeres y prole.

Una de las ganancias de este estado de cosas es el fortalecimiento de los lazos entre la horda y la intensificación de una conducta que ya podemos observar en los mamíferos, me refiero al altruismo social. Una conducta de sacrificio personal en bien de la colectividad, bien sea a través del maternaje substitutivo en caso de fallecimiento de la madre natural, la adopción. O bien la autoinmolación individual en beneficio del grupo.

Aunque la mujer primitiva disponía de medios naturales para evitar la ovulación y por consiguiente el embarazo, es muy posible que aquel grupo de hembras que resultaran estériles sin la carga sobreañadida de tener que desplazarse largos trechos sin tener que amamantar a ningún bebé o estar embarazadas, podrían escapar de la penalización evolutiva de sus maltrechas compañeras.

En este sentido podemos contemplar esta subfertilidad inducida por una subalimentación como una ventaja sexual (más parejas y por tanto mayor protección) y una ventaja instrumental (sin embarazos o cargas de niños). Una ventaja que –probablemente- las adolescentes paleolíticas desempeñaron ciegamente (como las anoréxicas actuales), dado que la evolución no tiene ningún plan predeterminado y se limita a conceder a aquellas conductas o estrategias individuales el éxito o el fracaso en función de su “ a posteriori” adaptativo.

Si este argumento anterior resultara ser cierto es más que obvio que el “programa” anoréxico carece de intencionalidad, actúa por presciencia, no obedece a ninguna motivación ni es el resultado de ningún conflicto interior. Se pone en marcha en función de las leyes del azar y en algún caso aislado en función de las leyes de la necesidad. Los fenotipos que hoy entendemos como anoréxicos, no tienen nada en común, salvo quizá una extrema vulnerabilidad a la exclusión y un altruismo extremo, herederos de algún tiempo y algún lugar, de un mecanismo que se enciende o se apaga en función de algún algoritmo desconocido y cuyo mecanismo intrínseco desconocemos.

LA IDENTIDAD ANOREXICA

Considero a la identidad como una falacia, a cualquier identidad. Desde el punto de vista metafísico, el concepto de identidad no se sostiene, porque cualquier identidad no es sino una forma de mimetismo determinada por nuestra inconmensurable capacidad para imitar a los demás o de oponernos a ellos. En cualquier caso más adelante hablaré de la identidad anoréxica, solo quiero adelantar esta idea ilusoria de que la identidad o el Yo existen en alguna parte de nuestro cerebro y representan algo así como una tarjeta de visita de nuestra individualidad.

Cualquier proceso morboso puede terminar, a condición de que se trate de un proceso crónico, en un acumulo de beneficios primarios y secundarios del propio proceso, y en la consolidación de “una forma de estar en el mundo”, que entendemos como identidad, una variante de la Bios individual, que incluye una concepción del mundo y una manera de ser reconocido en él.

El hombre tiene una insaciable necesidad de agenciarse una identidad que le diferencie del resto de los seres humanos, y también que muchas veces esta identidad a la que se aferra de una manera poco razonable, es la fuente de no pocos malestares individuales y a una sensación de fragmentación en la percepción de continuidad entre unos seres humanos y otros.

También he dicho que cualquier identidad es una forma ilusoria de “estar en el mundo” aunque he aceptado que un mundo hostil, competitivo y complejo asegurarse una sólida identidad es no sólo inevitable, sino necesario.

La identidad anoréxica es el resultado final de la cronificación de esta forma de estar, ser y entender el mundo, que representa la adopción y enquistamiento de determinados operadores morbosos sobre el cerebro individual. Lo mismo sucede con cualquier otra enfermedad: el enfermo profesional, somático o psíquico también opera desde estos presupuestos y sucede por varias razones entre las cuales la más importante de todas me parece que es la ventaja social que representa el estatuto de enfermo.

Efectivamente estar enfermo, es nuestros sistemas de bienestar supone no sólo la cesación de cargas, sino atraer sobre si la comprensión y la simpatía ajenas, ser objeto de cuidados y sobre todo percibir remuneraciones.

A diferencia de la histeria clásica ninguna de las anteriores consideraciones me parece substancial en la anorexia. Aquí podemos hablar de un cierto sentimiento de triunfo sobre las propias necesidades y sobre todo mostrarse como un icono a admirar. No hay que olvidar que hasta hace muy poco tiempo las “artistas del hambre” se paseaban por los circos de la opulenta Europa para escarnio de sus exhibidores y de los gobiernos que le daban cobertura.

Hay algo en la anorexia que tiende a la exhibición, que tiende a publicitarse, al contrario de lo que sucede en la bulimia, un hábito repugnante y secreto. Algo siniestro, que hace que la propia anoréxica no perciba su extrema fealdad y que antes al contrario, mantenga su presunción de belleza hasta el último momento a pesar de los continuos mensajes desconfirmadores que le llegan desde el exterior.

El eje de torsión en que se encadenan todos estos mecanismos que tienden a hacer inaplicables los razonamientos e incluso los tratamientos, se llama a mi juicio, negación.

La negación es un mecanismo psicológico de bajo nivel. No se trata solo de disimular o de mentir ante los demás con objeto de salirse con la suya. Se trata más allá de eso, de un “no reconocer” ante uno mismo una realidad que para los demás es muy evidente. Se trata de una especie de delirio inverso.

Mientras en el delirio se percibe una realidad no consensual, en la negación lo consensual no consigue abrirse camino en el raciocinio del paciente. Naturalmente me refiero tan sólo a aquella parte del consenso que tiene que ver con el peso. Del mismo modo que el alcohólico crónico niega su dependencia con el alcohol y sólo pequeñas grietas en esta negación permiten temporalmente la abstinencia, en la anorexia mental tan sólo existe negación para aquello que implica un consumo racional y necesario de alimentos, una negativa que no es sólo una conducta observable, sino que más allá de eso se constituye en un mecanismo de defensa rígido, una llave que impide la correcta percepción de su estado por parte de la persona afecta de una anorexia.

Nada más parece afectado en la anorexia sino su percepción de si misma, de su extrema delgadez. Muchos autores han señalado que el responsable de este fenómeno es la distorsión del esquema corporal, sin embargo creo que la negación es el mecanismo que abre y cierra la llave del discernimiento, de la autoconciencia, entendida como aquel mecanismo que nos permite ver, adivinar o intuir que tenemos un problema, sea con el alcohol o la comida.

Esta incapacidad para el insight es bien conocida en las anoréxicas y también en los alcohólicos, los otros grandes negadores de la patología psiquiátrica. Esta es seguramente la razón por la que generalmente suelen compararse a ambas entidades, sin embargo en la anorexia no existe una adicción, no existe una droga que nos permita suponer que la negación pueda operar desde el lado de la necesidad de la misma. ¿Qué sucede pues en la anorexia?

Existen algunas explicaciones acerca de la negación:

1.- La paciente si sabe que está muy delgada pero no lo puede reconocer ante nadie.

2.- La paciente sabe que esta muy mal, pero no lo puede reconocer ante nadie, porque prefiere estar como está que arriesgarse a engordar.

3.- La paciente no reconoce ni ante sí misma su estado de emaciación.

Creo que esta subdivisión es un ejercicio teórico, porque nada impide que las tres razones puedan coexistir en un determinado paciente y mucho más a lo largo de una evolución longitudinal. Comparativamente con eso y por aproximación a lo que sucede con la negación alcohólica, donde el consumo de alcohol abusivo puede entrar en conflicto con una cierta indeseabilidad social que en si, puede explicar el no reconocimiento del alcohólico de su hábito frente a terceras personas, la anorexia no halla en su negación ninguna coartada que afee su actitud, sino más bien  lo contrario: existe una prescripción universal de la delgadez, como existe también una prescripción universal del alcohol, sólo están prohibidas las exageraciones o las desviaciones extraordinarias de la norma. En este sentido  podríamos aventurar que ambos, alcohólico y anoréxica no hacen sino introyectar aquella prescripción social y aunque a ambos se les haya ido un poco la mano, mantienen que tienen tanto su consumo como su dieta bajo control. Operan pues desde el lado del ideal a diferencia del obeso o del abstinente absoluto que operan desde el lado de la falta de ideales del uno, frente a la mimetización rígida (anancástica) del ideal del otro.

Esta omnipotencia previa es a mi juicio la clave que alimenta el errado juicio de ambos: efectivamente, quizá hubo un tiempo en que pudieran mantener su consumo o su restricción bajo control y aprendieran que podrían manejar en ambos casos su consumo o su defecto de aporte energéticos dentro de un determinado rango operativo. Pero ese tiempo ha concluido, ¿qué han perdido ambos?. Nada más y nada menos que el control objetivo de la situación, algo más valioso que la propia vida, si también pierden el sentimiento subjetivo, algo que no están dispuestos a negociar.

Lo que los diferencia también es que mientras el alcohólico no puede admitir el fracaso de su “falta de control”, porque colisiona frontalmente con su grandiosidad narcisista, la anoréxica no puede dejar de restringir su ingesta, precisamente por la misma causa: su fracaso vendría seguido de la intolerable obesidad, de la necesidad de admitir su fracaso.

Narcisismo no es equivalente a una autoestima exagerada como creen algunos psicólogos ingenuos, sino un mecanismo muy cercano a la pulsión de muerte que hace que el individuo prefiera perder la vida antes que “dar su brazo a torcer”, por decirlo en términos comprensibles. Una posibilidad más de entre los juegos que juegan algunas personas y que puede resumirse en la sentencia, “yo gano si tu pierdes”.

En este sentido la negación es un mecanismo que a luz de la psicología profunda se nos muestra como un atávico operativo, cuyo fin principal es el mantenimiento de una cierta omnipotencia o grandiosidad y que tiende a rechazar hacia fuera, mediante mecanismos de extrapunición, la culpa, la vergüenza y los sentimientos negativos que alimentaron en un tiempo la conflictiva interior. Una vez expurgados de la totalidad de la conciencia aquellos derivados es imposible confrontarlos con la lógica de los argumentos: el individuo es prácticamente intratable.

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