¿Es la anorexia mental la histeria de la postmodernidad? (II)


Muchos autores sienten una cierta aprensión para hablar de la anorexia en épocas históricas. Para ellos, el paradigma histórico está en tensión cuando no en contradicción con el paradigma clínico y resulta difícil yuxtaponer a ambos, incluso a la hora de hacer una predicción diagnóstica de un personaje histórico, del que sólo sabemos y a medias, la sintomatología que presentaba entonces, a partir de testimonios y documentos que siempre son pruebas difícilmente aceptables para un médico.

Hay otra dificultad que procede de la patoplastia de las enfermedades. Es verdad que las enfermedades y con mucha mayor razón las enfermedades mentales siguen siempre en su expresión, modelos culturales. Los delirios que alimentan los esquizofrénicos de hoy, no tienen nada que ver con los que atormentaban a los delirantes medievales. En aquel entonces, los delirios de tipo religioso o demoniaco estaban en primera línea de expresión. Hoy los esquizofrénicos deliran de otro modo, con artefactos intrusivos de espionaje, chips asesinos o intrusiones de ondas maquiavélicas en su espacio de influencia. Es más que obvio que si la anorexia existió en la época medieval debió tener una mascarada clínica distinta a la que presenta en nuestras sociedades opulentas y secularizadas.

A mi juicio existe cierta aprensión en identificar a lo que hoy conocemos como anorexia mental, que data del siglo XIX, con las formas místicas o ascéticas de los santos medievales, más concretamente en identificar como anoréxicas algunas culturas que bebieron en las tradiciones místicas españolas o más antiguamente en las tradiciones místicas sufíes o musulmanas.

Esta aprensión procede de dos hechos: por una parte existe una repugnancia visceral por parte de los autores de rotular como patológicas, determinadas experiencias sublimes que han dado lugar a las más bellas paginas de creatividad poética o a hitos de espiritualidad sin precedentes en Occidente.

Por otra parte y de una manera algo superficial, la motivación religiosa es puesta como antítesis de la motivación estética. Un argumento que para algunos es suficiente para calificar estas conductas actuales como francamente perturbadas y a aquellas como producto de un contexto donde la espiritualidad y la religiosidad operaban como un anhelo de aniquilación del cuerpo, en oposición a la búsqueda de la simple delgadez como sucede con las anoréxicas de hoy. En mi opinión la diferencia entre ambas maneras de comportarse es la ausencia de trascendencia con que las anoréxicas de hoy recurren a la restricción y los motivos por los que la llevan cabo: la santidad de entonces ha sido substituida por la alienación del espejo.

Lo mismo sucede con la bulimia: se dice con reiterada improvisación que se trata de una enfermedad nueva (descrita por Russell en 1972), olvidando la tradición clásica dionisíaca, donde la orgía y el vómito se desencadenaban con tal de volver a repetir y reproducir el mismo placer vinculado a la gula.

En mi opinión lo que ha cambiado son los motivos para vomitar o para buscar la delgadez, pero el fenómeno sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es la patoplastia y los motivos que esgrimen los pacientes actuales pero no la enfermedad en si, como modelo de presentación de un sufrimiento mental ligado al cuerpo. En el caso de la anorexia mental, tal y como la entendemos hoy, hablaríamos de una inversión de lo dionisíaco en lo apolíneo, algo muy relacionado con la tendencia de las sociedades opulentas, que no han sido capaces aun de desligar el placer de la transgresión y el pecado y donde los rendimientos y el autocontrol han tomado el relevo de la penitencia o el ascetismo, aspectos siempre vinculados a lo sagrado. En cualquier caso la búsqueda hedonista de placer, parece haberse quedado relegada a una costumbre de fin de semana o al estúpido y abusivo consumo de alcohol en grupo.

Son precisamente esta clase de argumentos los que impiden una aproximación a la conducta anoréxica, en busca de claves históricas que nos permitan aumentar nuestra perspectiva para su comprensión. Si pensamos que la anorexia es una enfermedad del siglo XIX, es decir una enfermedad romántica tal y como piensan autores relevantes, como Vandereyken por ejemplo, sólo porque Gull y Lasègue la describieron entonces, y porque al parecer la patoplastia que conocemos con el nombre de anorexia mental se estrena realmente en el XIX, nos perderemos las motivaciones que guiaban a las anoréxicas antiguas, desmembrando la conducta alimentaria de sus raíces más profundas: la restricción de un placer demasiado cercano a otros placeres prohibidos, y quizá lleguemos a la convicción de que se trata de una forma de histeria, una suposición bastante cercana a la que hacían sus descriptores (histeria gástrica la llamó Lasègue en 1876).

En realidad la disociación que la conciencia humana ha hecho de la sexualidad y la reproducción es el polo opuesto de la tendencia espiritual a renegar tanto del uno como del otro. ¿Si no existiera el vicio, existiría acaso la virtud?

La repugnancia intelectual a hablar de histeria es comprensible, después de los abusos que este diagnóstico propició en contra de las mujeres, pero ¿no será la histeria un tendedero donde se cuelgan y se dejan a secar malestares diversos que afectan a la condición femenina y que van cambiando con el tiempo?

En el siglo XIX y también en el XX, los manicomios estaban llenos de histéricas, preferentemente abrumadas por síntomas de conversión, trastornos convulsivos y estados deficitarios. Pero si atendemos a las variables demográficas de aquella población nos encontraríamos con prostitutas en paro, esposas díscolas, jovencitas descarriadas con mal de amores y un sin fin de pacientes sometidas a abusos diversos. Basta con leer un texto clásico para caer en la cuenta de que aquella población acabó adoptando aquella mascarada clínica, para obtener el beneficio de un diagnóstico y un tratamiento médico, en cualquier caso algo más benévolo que una condena carcelaria o una vida en la calle sin ningún tipo de cobertura social.

EL TEMOR A ENGORDAR

Al contrario de lo que sucedía con las formas de histeria clásica, el universo de temores de una anoréxica parece haberse limitado al “temor a engordar”. Naturalmente se trata de una contaminación social. El temor a engordar no puede estar predeterminado en forma inconsciente dado que no posee –a simple vista- ningún valor adaptativo, se trataría en este sentido de un miedo relacionado con lo que conocemos con el término de basura inconsciente. Podemos entender el miedo a perecer de hambre, o el miedo a ser envenenado como supervivientes de temores preformados filogenéticamente. ¿Pero qué sentido adaptativo puede tener el temor a engordar?

Con ello no quiero decir que todo temor deba responder a esa correspondencia arcaica que le de un sentido evolutivo. Existen – desde luego- temores e incluso patrones de personalidad  determinados de manera social. El mismo Millon ha señalado acertadamente que el patrón narcisista de la personalidad es un constructo del siglo XX, un invento de las clases sociales media-alta y alta de USA ( Mas allá del DSM-IV, pag 427).

Pero no conviene confundir a los temores arcaicos con las prescripciones sociales que acaban acatándose acríticamente por sugestión y mimetismo y asimilándose individualmente como si fuera un temor, una fobia o una manera inevitable de ser a fin de “parecerse a alguien insubstancial” y que terminan por ocupar el lugar de otro temor preformado en el inconsciente y cuya existencia ya no precisa de espacio alguno. Por esta razón es tan difícil filiar ese temor anoréxico de un modo psicopatológicamente compatible con la tradición médica. ¿Se trata de una fobia, de una compulsión o de un delirio?. Ninguna de estas formas psicopatológicas parecen adaptarse correctamente a los temores anoréxicos que parecen desafiar a la propia psicopatología. Por eso algunos autores hablan de un delirio inverso.

Es común que los clínicos nos refiramos a la psicopatología de los trastornos alimentarios con la terminología “como si”: como si fuera una fobia o “como si” fuera una adicción. Esta dificultad semántica es la expresión genuina de que ninguna de estas ubicaciones nosológicas da cuenta de la sintomatología de los trastornos alimentarios: en efecto el “temor a engordar” no es una verdadera fobia y la bulimia no es una verdadera adicción.

La principal característica y condición de un temor sintomáticamente activo es que sea inconsciente, aunque – desde luego- sea percibido conscientemente casi siempre con la convicción subjetiva de que se trata de algo exagerado. En el caso de los temores genuinos, la actividad imaginaria del sujeto se extenderá en una matriz de evitaciones y defensas destinadas a eludirlo. Por principio cualquier temor inconsciente es inefable: no puede verbalizarse, siendo su explicitación verbal una mera reconstrucción de un universo predecible. La capacidad de sentir miedo en el ser humano es un hito adaptativo y sobre todo indiferenciado, pues diferenciadas y diversas son las amenazas.

El miedo a las arañas o a las serpientes –en realidad de cualquier fobia simple- es un miedo enunciativo que se encuentra muy cercano a su contenido latente. Sin embargo hay que entender que una fobia a las arañas en un individuo, hoy (donde no hay oportunidad alguna de tropezarse con ninguna de ellas), sólo representa una metáfora acerca del temor. En realidad el fóbico encuentra el recurso semántico de la araña para poner limites a un miedo, que de otro modo sería difuso y por tanto refractario a cualquier tipo de maniobra de tranquilización. Aun tratándose de un miedo explicable desde el punto de vista evolutivo, la fobia a las arañas no es sino “una percha” donde colgar aquel sentimiento difuso de temor que procede de las profundidades del inconsciente: allí donde no hay palabras ni por tanto capacidad alguna de encontrar alivio.

En biología podemos encontrar una equivalencia a este concepto: la basura genética o aquellos fragmentos del genoma que aunque se mantienen en el legado evolutivo que se transmite de generación en generación, ya no codifican nada: se trata de una información que no comunica nada, se trata de ruido genético.

Lo mismo sucede con las fobias más complejas como la agorafobia. Hasta hace –relativamente- poco tiempo, creíamos que cada fobia era distinta a las demás, así que acuñamos distintos nombres para cada una de ellas, la fobia a las alturas (acrofobia), a los lugares estrechos (claustrofobia) o a los lugares abiertos (agorafobia). Seligman a partir del desarrollo de “la teoría de la indefensión aprendida” permutó nuestro modo de pensar sobre las fobias en general. Desde entonces sabemos que cualquier fobia, el miedo y sus posteriores desarrollos de ansiedad remiten a una situación de desvalimiento o desamparo original.

La ansiedad, desarrollo filogenético del miedo, seria una señal programada por la especie para encontrar tranquilización y/o protección por parte de un adulto. Una señal que se desencadena en situaciones de desamparo o de desvalimiento que son –desde luego- conductas aprendidas, aunque tengan su correspondencia onto y filogenética. Una fobia simple no seria más que un repliegue de esta misma estrategia de enquistar el miedo haciéndolo evitable.

Para resumir lo que acabo de decir en dos ideas:

1.- Todo temor conscientemente expresado puede representar un temor que sobrevive con la especie porque pertenece a un campo de amenazas predecibles.

2.- El temor original del hombre es un temor informe derivado de su propia condición deficitaria y en continua evolución, con una capacidad de aprendizaje prácticamente infinita, los desarrollos fóbicos y los temores neuróticos en general son metáforas de aquel temor inconsciente que invocan respuestas del tipo del desvalimiento.

La convicción de los conductistas de que si eliminamos el síntoma eliminamos la neurosis, ha sido ampliamente rebatida por la experiencia clínica: la neurosis sigue su evolución tórpida y crónica y en parte incierta si no tenemos en cuenta la parte afectiva del sujeto. Cualquier forma de psicoterapia que no tenga en cuenta la experiencia subjetiva siempre será una técnica de mínimos. Sin embargo estoy dispuesto a admitir que disociar lo cognitivo de lo afectivo es imposible en una relación interpersonal, por lo que es posible que los artefactos de una técnica conductual tengan más poder terapéutico que la propia técnica.

En este sentido ¿dónde podríamos encuadrar el miedo a engordar que abruma a las anoréxicas?

Sí no es un miedo atávico que haya sobrevivido a la marea filogenética, ni tampoco un miedo derivado de una situación agorafóbica de desamparo social, ¿cómo encuadrar este temor, sin duda genuino y repetitivo en la clínica de la anorexia?

Mi opinión tal y como adelantaba más atrás es que se trata de un desarrollo social, un constructo social que opera desde el lado de las expectativas y creencias sociales pero también de un grito secreto de triunfo frente a las mismas exigencias sociales, un grito de triunfo que se construye sobre un semblante de asco. Se trata de una prescripción social que en el cerebro individual acaba constituyéndose en un temor a medio camino entre la idea sobrevalorada y el delirio, al introyectarlo el individuo como un precepto a acatar. Se trata más bien de una genealogía externa que de un desarrollo desde el inconsciente hasta la periferia.

Se trata de un recorrido muy cercano y parecido al establecimiento de la Moral, algo que va de fuera a adentro y no de adentro afuera como estamos acostumbrados a pensar los desarrollos intrapsíquicos. Algo muy parecido a las vicisitudes de aquello que conocemos como Superyó, una estructura social que acaba penetrando el cerebro individual, introyectando partes punitivas del precepto, que comienza siendo social para terminar haciéndose individual.

Si hay una prescripción social que ordena delgadez habrá una transgresión que la acatará, llevándola a su extremo o paroxismo (runaway).

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