El sexo estresado


sexo estresado

En un reciente articulo titulado “El estrés y la paradoja de la felicidad femenina” publicado en Cultura 3.0, Claire Lehman aborda la paradoja de que las mujeres de hoy se sienten en general mucho más infelices que las mujeres de los años 60, que son -según ella y otros autores- cuando se alcanzó al menos en Occidente el cénit de la felicidad y liberación femeninas, una situación que no ha hecho sino empeorar subjetivamente (y aquí reside precisamente la paradoja) a pesar de que  los niveles de igualdad y de independencia que hoy disfrutan las mujeres son incomparables en relación con aquellos de la década prodigiosa (la generación del 68).

Lo que si sabemos los profesionales de la salud mental es que los desordenes de ansiedad y la depresión son más frecuentes en las mujeres y que las consultas por trastornos psiquiátricos menores colapsan nuestros escasos recursos en salud mental. Por cada hombre deprimido hay 4 mujeres que lo hacen y en relación con la ansiedad informa Freeman que este desorden es un 6% más frecuente en las mujeres que en los hombres. Algo que todos los clínicos conocemos empíricamente.

Dicho de otra manera parece que existe una brecha de género a la hora de enfermar mentalmente entre hombres y mujeres, al menos en estas patologías menores.

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Una posibilidad para explicar este fenómeno es pensar que las mujeres soportan un mayor estrés que los hombres y otra forma seria pensar que hombres y mujeres se enfrentan de distintas maneras al mismo. Por ultimo habría que considerar una tercera hipótesis: que las mujeres son más vulnerables al estrés que los hombres. Y más: estas tres hipótesis no se contradicen unas con otras.

No cabe duda de que los eventos reproductivos, menarquía, embarazo, puerperio y crianza de los hijos son muy estresantes para las mujeres pero tampoco cabe ninguna duda de que los hombres actuales se implican más y mejor que en toda la historia de nuestra especie a esta tarea de manera muy comprometida. Por otra parte es cierto que las mujeres que soportan mayor estrés son las que viven solas con o sin hijos en hogares monoparentales. Algo parecido sucede en los hombres, todo parece indicar que vivir en pareja es protector para la salud mental tanto de hombres como de mujeres y que quedar soltero en el caso de los hombres predice grandes catástrofes individuales y también colectivas. La soledad es seguramente hoy la pandemia más importante como foco generador de malestares mentales y físicos.

No solo existe una brecha en la manera de enfermar sino también una brecha de personalidad que también -paradójicamente- es mayor cuanto mas igualitaria es la sociedad. Está bien establecido que ciertos rasgos de los 5 grandes (Costa y Mc Rae) como la amabilidad, la responsabilidad y el neuroticismo y la evitación del daño son mas frecuentes en mujeres que suelen puntuar bajo en los otros dos, “apertura a la experiencia”, siendo la extroversión un endofenotipo compartido . En otro orden de cosas y siguiendo a Cloninger las mujeres puntuarían más alto en “evitación del daño” y “escrupulosidad” mientras que los hombres puntuarían más alto en “búsqueda de sensaciones” .

Nada fuera de lo esperable en estos hallazgos, lo que si supone una novedad es que “a mayor igualdad mayor brecha de personalidad”. Supone una paradoja porque es una idea contraintuitiva: lo que seria de esperar es que  mayor igualdad mayor parecido entre hombres y mujeres al menos en rasgos de personalidad.

En efecto, hay razones evolucionistas y biológicas para explicar porqué las mujeres puntúan mas alto que los hombres en todos estos ítems que podríamos reducir a este mantra: las mujeres son más miedosas, más perfeccionistas y muestran mayor aversión a los riesgos que los hombres.

En oposición a estos hallazgos los constructivistas sociales suponen que:

Hasta el momento, la explicación favorita de los científicos sociales, donde el construccionismo social es un modelo dominante, es que las diferencias de sexo a través de las culturas se deben a los roles sociales. Según el modelo de roles sociales, las diferencias de sexo resultan de la exposición a los roles de socialización, “un proceso en el que la cultura define los modos apropiados de pensar, sentir y comportarse para hombres y mujeres”, en consecuencia, se espera que a medida que las sociedades se vuelven más igualitarias y “progresistas”, las diferencias de sexo en la personalidad disminuyan.

Este modelo realmente tiene un tortuoso trabajo que hacer para explicar que la prosperidad y la igualdad sean responsables de más, no de menos diferencias de personalidad entre hombres y mujeres.

Quizás la explicación radica en la evolución de las diferencias sexuales, no en los roles sociales y en el papel de la socialización exclusivamente. Según este punto de vista, se esperan diferencias entre hombres y mujeres “en dominios en los que se hayan enfrentado con problemas adaptativos diferentes a lo largo de la historia evolutiva”. En particular, se piensa desde Trivers en que las diferencias en los niveles de inversión parental son justamente las responsables de que los hombres estén más dispuestos a tomar riesgos o a buscar posiciones de dominio social, mientras que las mujeres tienden a ser naturalmente más cautelosas y a estar más preocupadas por el cuidado de los niños.

Para intentar explicar estas diferencias adaptativas, los psicólogos evolucionistas parten de la llamada “teoría del desajuste evolutivo” o “hipótesis de la sabana”. Según esta aproximación, las diferencias en la variación de los rasgos de personalidad a través de las culturas se debería “al grado de desajuste entre las condiciones medioambientales modernas y aquellas en las que evolucionaron los primeros humanos, es decir, en los entornos de los cazadores recolectores”. La hipótesis de la sabana predice que “cuando los entornos contemporáneos son diferentes a los entornos de los cazadores-recolectores, el desarrollo de las diferencias psicológicas innatas puede ser obstruído”.

A primera vista, los entornos contemporáneos nos parecen bastante alejados del ambiente adaptativo ancestral, en comparación con los entornos anteriores a la modernidad que normalmente consideramos “tradicionales”. Pero esta impresión puede ser errónea. Las sociedades contemporáneas podrían estar de hecho más próximas al paisaje adaptativo ancestral que las sociedades agrícolas típicas de los últimos miles de años. Psicológicamente hablando, las sociedades modernas podrían estar más cerca de lo que creemos de nuestro entorno ancestral. (Extraído de este post).

Dicho de otro modo la opulencia parece que sienta muy mal a nuestro cerebro al menos en nuestras ideas sobre la igualdad.

Convertirse en madre posee también efectos a largo plazo en el cerebro de una mujer. Se ha descubierto recientemente que cuando las mujeres se convierten en madres, disminuye el volumen de la materia gris en regiones que sirven para la cognición social durante las últimas fases del embarazo. De nuevo, se piensa que esta es una medida adaptativa para ayudar a que la madre concentre su atención y sus recursos en su hijo muy vulnerable. En este contexto de la crianza de los niños, la tendencia de las mujeres a preocuparse en exceso –si bien es estresante para la madre– puede verse también como una adaptación desde un punto de vista evolucionista. El psicólogo del desarrollo Joyce Stevenson ha sugerido que en entornos precarios (tales como aquellos que habrían compartido nuestros ancestros) las mujeres podrían haber evolucionado para preocuparse sobre su propia salud y la de las niños, para poder sobrevivir.

Es probable que las mujeres que estuvieran más atentas protegiendo a sus hijos de amenazas tuvieran más éxito pasando sus genes a sucesivas generaciones que las mujeres que estaban menos atentas. En consecuencia, esta susceptibilidad hacia las preocupaciones podría haber sido seleccionada positivamente y explica lo que Benenson ha dicho; “la ansiedad es parte de lo que significa ser mujer”.

Pero en el libro de Freeman se contemplan otras hipótesis: ¿están mas estresadas las mujeres por tener que compatibilizar el trabajo de fuera de casa con el cuidado de su familia? No cabe ninguna duda de que esa doble jornada resulta agotadora para la mujer moderna, y económicamente emancipada pero lo cierto es que “el incremento en los desórdenes emocionales entre las mujeres ha tenido lugar en medio de un incremento en la cantidad de horas de trabajo fuera del hogar por parte de las mujeres”.

O dicho de otro modo parece que el origen del estrés femenino está relacionado con el hecho de trabajar fuera de casa y no dentro.

Lo cierto es que los hombres deberían padecer más estrés que las mujeres pues llevan la peor parte en la repartición de los trabajos fuera del hogar, los mas peligrosos, los más duros y los menos deseables son realizados por hombres. bastaría con reconocer el hecho de que la alta prevalencia de suicidio en el sexo masculino es una prueba definitiva sobre el estrés que los hombres soportan. Y también es cierto que las mujeres son particularmente sensibles al rechazo social, y la ansiedad y la depresión a menudo nos impactan cuando sentimos que no damos la talla.

Y esta podría ser la clave para entender el estrés femenino: las mujeres suelen atribuir a defectos propios cuando sienten que no dan lo que se espera de ellas en cualquier trabajo, ser más perfeccionistas significa que se esfuerzan más que los hombres en las tareas en que han de competir con ellos y que no se conforman con “cumplir el expediente”, necesitan ponerse a prueba y si fracasan lo sienten como un estigma moral propio.

Me gustaría terminar este post con una reflexión de Claire Lehman sobre esta cuestión: no cabe duda de que los ideales feministas de la independencia económica femenina no han tenido en cuenta las diferencias biológicas entre los sexos. No toda mujer es eficiente en cualquier tarea aunque pueda ser capaz. No es una cuestión de aptitud sino de actitud, sencillamente las mujeres están poco motivadas para llevar a cabo ciertos trabajos y cuando pueden elegir (como sucede en las sociedades opulentas) eligen lo que más les gusta.

El ideal feminista de “independencia” quizás debería dar paso a un reenfoque de inter-dependencia, tanto dentro de las familias como de las comunidades, si se aspira a contener los niveles de estrés de las mujeres.

Bibliografia; 

Schmitt, DP.; Realo, A; Voracek, M; Allik, J. (2008) Why can’t a man be more like a woman? Sex differences in Big Five personality traits across 55 cultures. Journal of Personality and Social Psychology, Vol 94(1), Jan 2008, 168-182.

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