La corredora obligatoria


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Julia comenzó a dar pruebas de que algo no andaba bien el día en que su abuela murió. Se dio la circunstancia de que fue ella, Julia, la que encontró a su abuela muerta en casa y la que dio el aviso. A partir de ese dia comenzó a dar signos de desequilibrio; al principio fue la reacción exagerada con que reaccionó ante la muerte de su abuela, y la segunda fue su incapacidad para sobrellevar el duelo: el mismo día del entierro Julia se negó a ir al entierro y fue precisamente a partir de entonces cuando comenzó a cambiar su estilo de vida, fue entonces cuando comenzó a correr.

Hasta entonces Julia había sido una estudiante ejemplar, cursaba una ingenieria superior y siempre había destacado por su eficacia académica, su estabilidad y su buen hacer. Sin embargo, desde que tuvo el incidente con el hallazgo del cadáver de su abuela, Julia hizo una ruptura biográfica, se aficionó de una manera excesiva a las carreras de fondo y al mismo tiempo comenzó a restringir su alimentación. El resultado fue que al cabo de un año de morir su abuela Julia había perdido el 30% de su masa corporal y se hizo necesario hospitalizarla para detener aquella espiral de ejercicio fisico y restricción alimentaria que amenazaba con llevarla hacia el marasmo.

Julia tenía 22 años cuando ingresó en nuestro Hospital y destacaba por ser una personalidad obsesiva, minuciosa, disciplinada y terca, apuntaba en un diario todas las incidencias de lo que ella llamaba “su cautiverio” y se preocupaba excesivamente de sus deposiciones pidiendo continuamente laxantes para poder evacuar. A pesar de su estreñimiento pertinaz, resultó difícil de vencer su tendencia al catabolismo, porque una vez ingresada y después de someterla a una dieta suficiente, completa y variada seguía perdiendo peso como si su cuerpo siguiera todavia anclado en aquella necesidad de hacer ejercicio. Porque en Julia el ejercicio parecia haberse convertido en una especie de adicción, nada la hacía parar, sus 20 Km de carrera diaria la habían llevado a un punto de dependencia tal que si no hacía deporte se sentía tremendamente mal; hasta en el Hospital fue necesario contenerla desde el punto de vista físico para impedir que siguiera realizando a escondidas esfuerzos reiterados por mantener su adicción al movimiento. Pronto se ganó el nombre de la corredora obligatoria. Fue necesario sedarla para que renunciara a la hiperactividad.

El cuadro que presentaba Julia fue filiado en un primer momento como un duelo patológico, pero esta opinión resultó ser falsa. Más bien lo que parecía haberla enfermado no fue la pérdida de su abuela, que en un aspecto puramente afectivo podemos considerar banal, sino su confrontación brutal con la muerte. Era la muerte en sí misma y no la pérdida la que había enfermado a Julia.

La pregunta que podríamos hacernos a continuación es la siguiente: ¿qué relación tiene la confrontación con la muerte y haberse entregado a las carreras de fondo?

No cabe ninguna duda de que el esfuerzo físico intenso provoca sufrimiento, pero tampoco cabe ninguna duda de que lo que resulta adictivo en el ejercicio intenso no es el sufrimiento sino el placer que sigue al esfuerzo: un baño de opioides endógenos sale al rescate después del ejercicio, que se traduce en un estado de paz, de tranquilidad y de cierta euforia que todos los corredores de fondo profesionales admiten como motivación para su actividad y de un cierto malestar en su ausencia. El problema es que Julia no era una corredora de fondo profesional sino una “dilettante” que había optado por dos opciones antagónicas entre sí y simultáneas: la carrera y el ayuno. Probablemente no existe una manera más segura de entrar en una anorexia y que además asegura una difícil salida, porque el ejercicio opera como un poderoso atractor hacia el ejercicio, con independencia del estado físico. Hacer deporte y restringir la alimentación al mismo tiempo es un mecanismo de anorectización experimental al que muchas muchachas recurren por distintos motivos.

En el caso de Julia el motivo no era el clásico en la anorexia: Julia no trataba de hacer régimen para adelgazar y, aunque hubiera albergado la intención de correr fondo antes de la muerte de su abuela, lo cierto es que la hiperactividad la protegía de algo. ¿De qué?

Julia estaba llena de miedos detrás de su mascarada de perfección y de eficacia. Tenía miedo a los perros, a los insectos, a las serpientes, a la oscuridad, a no poder dormir, a dormirse por las mañanas y llegar tarde a clase, a hacer las cosas mal y a que la riñeran, a conducir, a aparcar y a no encontrar sitio para aparcar. Julia estaba llena pues de fobias simples que no habían sido detectadas hasta aquel momento y que siempre habían sido catalogadas como manías. En realidad, fuera de estas manías Julia era perfecta, la perfecta hija que nunca había dado ningún problema, nunca había estado enferma y nunca había dado un disgusto a sus padres. Por otra parte, su peso premórbido era normal y jamás había dado problemas con su alimentación, hasta su manía por la carrera de fondo jamás sus padres habían advertido nada que andara mal en su personalidad, salvo su restricción en lo lúdico: efectivamente Julia prefería pasar los días en casa estudiando o frente al ordenador antes que ir a fiestas, salir hasta tarde o ir con sus amigos.

El miedo a la muerte, su inaceptación como destino inescrutable e ineludible se ha señalado frecuentemente como la razón más común en la hiperadaptación obsesiva al ambiente. Como Sísifo, Julia no aceptaba el designio divino y trata de burlar a Hades. El paciente parece haber optado por vivir en un mundo predecible, sin sorpresas ni incertidumbres antes de arriegarse a las pequeñas muertes simbólicas que representan los cambios y la impredictibilidad de la vida. Ha logrado tejer una atmósfera en torno a sí de sincronías y de certezas que la protegen de ese miedo arcaico hiperdesarrollando una activación nerviosa que la protege al anticipar cualquier variación de su ambiente tratando de impedirlo. Hay, además, un gusto por lo inanimado, por la ausencia de movimiento, por el mundo mineral y que se plasma en una detención del movimiento interno, de la movilidad mental1. Una disminución o detención del catabolismo (estreñimiento) del anabolismo (imposibilidad de engordar) y de la ciclicidad de sus ritmos femeninos (amenorrea), una especie de parón del cuerpo que parece proceder paradójicamente de su necesidad imperiosa de moverse, de correr hasta la extenuación.

Ese mundo de cartón-piedra se tambaleó el dia que constató que la muerte –después de todo– existe y que es, además, inevitable, que no es algo negociable y que no puede soslayarse a partir del deseo humano, la muerte es necesaria, pero la carrera es optativa, un ejercicio de libertad. Es entonces cuando Julia decide exorcizar la muerte que no ha sido capaz de representarse, pues ante la muerte sólo cabe la aceptación o la locura. Para ello utiliza el mecanismo de la hiperactividad que la reconforta al sumirla en una especie de narcotización euforizante que se refuerza a sí misma como una droga de síntesis, y que devuelve al individuo la sensación de control sobre su cuerpo alienado.

Sensación de control que en cualquier caso es preferible a la indefensión de enfrentarse vis-à-vis con la muerte, con la verdadera muerte, la única, la verdadera que es la propia muerte y que se encuentra representada por los cambios y los ciclos de la vida.

La enfermedad de Julia es en última instancia una iniciación al servicio del cambio de nivel, la constatación de que la muerte existe y que es el único absoluto predecible. Su evolución en este sentido me hizo pensar que en ocasiones la hospitalización es la única oportunidad que algunas personas tienen de parar y de replantearse su estilo de vida, y este fue el caso porque Julia al cabo de dos meses de ingreso tuvo este sueño:

Estaba en una cárcel prisionera de una secta, entonces me doy cuenta de que mi abuela estaba también alli y me pregunta que por qué estoy yo alli. Yo le digo que me habían condenado por alguna cosa que hice mal aunque no sé bien a qué me refiero. Ella me dice que me he equivocado y que no es allí donde debo estar, que se trata de un error. Entonces se dirige a un carcelero que hay y le pide que revise mis papeles y en efecto, se disculpan y me dejan libre. El carcelero al despedirse me dice “bueno, ya nos veremos” y se ríe con una sonrisa de complicidad como si yo supiera a que se refiere.

El sueño creo que no necesita interpretación pero no obstante aclararé algunos extremos: el carcelero es un aspecto mío puesto que soy yo el que la mantengo ingresada en el Hospital contra cierta parte de su voluntad; al mismo tiempo ese carcelero es Hades, un arquetipo de la muerte, lo que parece señalar el hecho de que su abuela esté allí también prisionera. Es precisamente la abuela –un arquetipo materno, nutricio y protector– quien dispone lo necesario para que Julia cambie de opinión y decida de nuevo incorporarse a la vida, lo que parece indicar que aquella cautividad era un equivalente de la muerte que no pudo representarse de otro modo sino a través de una actividad sin fin como la de Sísifo, mientras su cuerpo se detenía en su función biologica de supervivencia. En ese sentido el correr vuelve a adquirir un sentido determinado: escapar de la muerte. El carcelero por fin le dice sonriente que “ya nos veremos”, donde puede observarse que Julia por fin ha logrado perder el miedo a la muerte propia a la que sentía condenada después de verificar, en su abuela, su existencia.

En mi opinión este sueño tradujo de forma notable los cambios que había realizado en su psiquismo después de acceder a que tratáramos por todos los medios de contener su hiperactividad, una conducta que había surgido como defensa pero que en la realidad neurobiológica mantenía su enfermedad. Puede observarse como el acceso a lo abstracto – al Logos– liquida el pensamiento concreto y disuelve el síntoma que procede del abrazo de la Necesidad, es como si Apolo hubiera logrado al final imponerse a las diosas que le precedieron, merced a una operación mental, a un recurso epistemológico, un sueño fundacional.

Para entonces Julia ya había alcanzado el peso pactado y pudo pasar a tratamiento ambulatorio. Su regla tardaría aún otros seis meses en aparecer, dos meses después de alcanzar el peso que le correspondía por talla y edad.

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1 Esta falta de movimiento interno no es ajena al concepto de psicastenía descrito por Janet.

Bibliografía.-

Francisco Traver: “Mito, narrativa y trastornos alimentarios”

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4 pensamientos en “La corredora obligatoria

  1. Flipando me dejas con el caso. Tienes paralelismos incluso en detalles muy específicos con una relación que tuve, estoy sorprendido.

  2. “Puede observarse como el acceso a lo abstracto – al Logos– liquida el pensamiento concreto y disuelve el síntoma que procede del abrazo de la Necesidad”

    La historia de la humanidad en una frase. Muy buena historia y muy bien contada. Paco, cuando quiere, es de los mejores.

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