Susto, miedo y cobardía


Nuestro cerebro no posee cajones donde ordenar sus contenidos. No es como el armario de nuestra casa donde ciertos cajones contienen calzoncillos, otros suéteres y otros pañuelos. Nuestro cerebro guarda todos sus recursos distribuyéndolos a través de toda la red neuronal. A cambio de eso posee al menos tres procesadores, cada uno de ellos especializado en tratar la información de una determinada manera siguiendo una secuencia evolutiva, primero el tronco cerebral y el mesencéfalo el más antiguo de nuestros tres cerebros, luego el sistema límbico y más arriba la corteza cerebral. Y además: los tres cerebros están conectados entre sí aunque no hablen el mismo idioma, de manera que a través de uno de ellos podemos influir (hasta cierto punto) en los demás.

Sin olvidar que además de esta interconexión existe una cuarta vía de información: el nervio vago que lleva información de las vísceras al cerebro y en sentido contrario. Y lo hace asi: guardando copia en la via eferente, una copia que es fundamental para entender el dolor sin daño, el dolor central:

cuerpo-y-cerebro

Y tampoco cabe ninguna duda de que el miedo es una de esas emociones que ha prestado grandes servicios a nuestra especie, sin miedo moriríamos de éxito y precozmente, es por eso que decimos que el miedo es adaptativo, siempre y cuando -claro está- exista una proporción entre el miedo y la causa que lo desencadena. Como nuestra especie evolucionó en un entorno muy peligroso obviamente esta cadena de reacciones que desata el miedo están relacionados sobre todo con la lucha o la huida. El miedo sirve para enfrentar un peligro (si valoramos que vale la pena) o para huir si entendemos que no tenemos nada que hacer. Por último el miedo desencadena -cuando estás dos reacciones fallan- una tercera reacción (que probablemente depende del vago) y que consiste en la congelación (freezing) que en otro lugar hemos llamado disociación.

El miedo es gestionado de distinta manera según el dispositivo que intervenga en su procesamiento y, además de eso cada uno de estos procesadores entiende el miedo de una determinada manera. Para el tronco cerebral el miedo es sobre todo un sobresalto, una preparación que anticipa la cadena de estrés y la taquicardia. Una preparación -detección de la amenaza que antecede a la lucha- huida propiamente dicha. A este señalamiento de la amenaza por parte del tronco cerebral y el mesencéfalo le llamamos “susto”.

El susto.-

Se trata de una conducta incondicionada o no voluntaria que se produce cuando ante un estímulo brusco aparece una respuesta de contracción de la musculatura esquelética que favorece una conducta de escape.

Lo que más curiosidad despertó en los distintos estudios no era el estudio del reflejo en sí, sino, todo lo que hacía que se modulase o modificase. Porque aunque se trataba de un reflejo estaba sujeto a influencia de otros elementos.

Tenemos estudios sobre ranas, en concreto Yenkes (1905) pensaba que las ranas eran sordas hasta que las tocó, en estudios con humanos, Hilgard (1933) basándose en la respuesta de sobresalto de cerrar los ojos (mientras visualizaban películas de cine) describió que si el estímulo luminoso precedía en 25-50 msg al acústico, aumentaba el sobresalto (150%) pero si lo precedía en 100-300 msg lo inhibía (50%). En la misma línea de aumentar o inhibir respuestas de sobresalto, nos centramos en inhibición del reflejo de sobresalto, lo que llamamos inhibición prepulso (IPP).

Significa que la reacción de sobresalto se puede inhinir a través de una tecnología que conocemos como IPP  que diferencia dos clases de sujetos: los que pueden inhibir a través del acostumbramiento esta reacción, de aquellos que no pueden inhibirla. Se ha visto que los pacientes mentales tienen dificultades para lograr esta inhibición con independencia de su diagnóstico.

La solución que da el tronco-mesencéfalo al miedo es particularmente primitiva pero necesaria para la supervivencia.  El temblor, la taquicardia, la piloroerección y el palidecimiento (la retirada de sangre de la piel) son bien conocidas en todas las manifestaciones somáticas (en realidad marcadores somáticos) del miedo, también la defecación o diarrea o la emisión de orina espontánea son marcadores somáticos agudos del miedo o del pánico que es un miedo que desorganiza totalmente al cerebro.

El miedo propiamente dicho.-

A esta clase de miedo le conocemos con el nombre de ansiedad si su causa es desconocida (miedo del miedo) pero se manifiesta ya muy tempranamente pues el miedo es heredable. Las primeras manifestaciones de miedo se dan ya en la infancia a través del miedo a la oscuridad. Son esos niños que necesitan dormir con una luz encendida o que buscan activamente la compañía de sus padres para poder iniciar el sueño. En realidad los niños no tienen miedo de la oscuridad sino de sus pesadillas, es interesante señalar que los niños muy miedosos suelen ser a la vez soñadores muy activos en cuanto a la formación de pesadillas. Más tarde el miedo a la oscuridad se desvanece y podemos encontrar otro tipo de miedos o aversiones, como sucede usualmente con los animales y más concretamente con los perros. También son predecibles miedos sociales como a la exclusión, a la evaluación o a las peleas o agresiones. Estos niños miedosos tratan en cualquier caso de evitar relacionarse con sus iguales sobre todo en los juegos violentos.

Para el sistema límbico el miedo es cosa de mamíferos, buscamos protección, el calor de un adulto o progenitor, su compañía o su presencia. El miedo al abandono es probablemente el miedo más ancestral de nuestra especie pues abandonado a su suerte ningún niño sobreviviría. Es obvio que venimos de serie equipados para vincularnos con nuestra madre, a eso le llamamos apego y probablemente el apego es la condición de seguridad que todo mamífero establece con esa figura materna que en nuestra especie – y por nuestra condición de déficit-es particularmente importante durante nuestra primer infancia.

La cobardía.-

En realidad lo que entendemos como cobardía en un adulto es un marcador de personalidad que conocemos con el nombre de “evitación del daño” y que puede comprenderse mejor con la leyenda “aversión a correr riesgos”. Naturalmente y por razones evolutivas las mujeres puntúan más alto que los hombres en este rasgo que mide tanto aspectos cognitivos como emocionales y explora por tanto el miedo límbico y la cobardía cortical (a qué le tenemos miedo).

El asunto es que una vez el miedo ya ha sido transformado en rasgo de carácter puede a su vez ser transformado en otras cosas algunas de ellas virtuosas (por ejemplo la prudencia) en actitudes contrafóbicas, como por ejemplo la valentía  e incluso a través de la evitación puede no ponerse en tela de juicio ni someterse a la evaluación externa. Hay que señalar ahora que la cobardía es una rasgo poco valorado socialmente y que tiende a ocultarse para evitar el juicio denigratorio de otros, sobre todo si se trata de un hombre. Los hombres cobardes son muy poco valorados tanto por sus iguales como por las mujeres pero los evitadores en su conjunto son percibidos como personas raras o insociables por quienes no conocen o comprenden sus peculiares temores. En el extremo, un hombre cobarde tiene más riesgo que una mujer de quedar soltero, pues el hombre precisa de una mayor iniciativa para emparejarse, mantener y retener a una pareja.

En este sentido el susto es un sobresalto, una señal de alarma, el miedo es un estado inestable y crónico de señalamiento de una amenaza inconcreta (ansiedad) y la cobardía es un rasgo de personalidad.

Lo que sucede es que el miedoso no solamente es un cobarde con rasgos de personalidad evitativos que son los que podemos medir en cuestionarios u observar en la clinica sino tambien un simulador. A veces pasa muy desapercibido  si ha sido capaz de disimular sus temores hasta hacerlos irreconocibles para él. Pues el miedo se puede fragmentar – o mejor disociar- y de eso va este post.

Una persona (un individuo) puede ser una persona normal (sin rasgos que indiquen cobardía) pero poseer un cerebro (un organismo) asustado.

Un cerebro asustado.-

largo-plazo

Las personas tenemos memoria y la memoria tiene al menos dos niveles de definición, una memoria -que llamamos memoria de trabajo- se alimenta de los datos sensoriales que le llegan desde el exterior, pero alli los recuerdos duran poco tiempo. Lo relevante pero tambien el ruido se transforma en memoria a largo plazo, donde podemos encontrar la memoria procedimental (implicita) y la memoria declarativa (explicita).

Lo importante es entender que todos los datos que alguna vez estuvieron en nuestra memoria de trabajo acaban trasladándose a la memoria a largo plazo y lo que alli se consolida no son solo los datos mas relevantes sino aquellos datos sensoriales que se arrastraron parasitariamente al interior de nuestra memoria. Es por eso que existen los recuerdos traumáticos,que no son otra cosa sino trazos de vivencias más o menos reales (pues toda vivencia está contaminada por una sobreescritura) que tratan de actualizarse (sobreescribirse) continuamente. Y es por eso que existe ese curioso síntoma que llamamos reexperimentación, recuerdos que vuelven y no siempre como escenas completas sino como sensaciones, emociones y estados mentales.

No cabe duda de que el estado mental paradigmático de un cerebro asustado es el dolor. Un dolor sin causa médica que lo explique y que siempre lleva consigo una incapacidad, un no poder hacer. Un dolor sin daño que es un mensaje que nuestro cerebro manda rio abajo y que se manifiesta por una conducta de enfermedad.

El dolor es en estos casos un sustituto del miedo, si nos duele algo no es porque tengamos ninguna lesión sino porque anticipamos el daño. Pues una de las características y prestaciones de nuestro cerebro es precisamente anticipar qué va a suceder. Para eso sirve la memoria para predecir y no tanto para recordar.

El cerebro asustado predice catástrofes, dolor, y se manifiesta por negativismo, inmovilidad o fatiga, retirada de la interacción social con lo que se refuerza de nuevo la cadena asociativa del dolor y la incapacidad.

Un cerebro asustado puede convivir con un cerebro cobarde o incluso con un cerebro normal. Pues la corteza cerebral no gestiona el miedo del mismo modo que nuestra amigdala límbica. Para nuestra corteza cerebral no hay miedo sin miedo a algo. Es por eso que existen las fobias, miedos focalizados en ciertos objetos o situaciones. Pero no es necesario tener fobias para hablar de un cerebro asustado aunque lo más probable es que los cerebros asustados construyan – a su vez- fobias, pues las fobias tienen ciertas ventajas sobre el cerebro asustado. La primera ventaja es que al ser focalizado el miedo en un objeto podemos evitarlo. Por ejemplo si tenemos miedo a las arañas, las serpientes o las aceitunas podemos evitarlas con más eficiencia que si nuestro cerebro vive asustado sin un saber por qué. Es por eso que la fobia cumple una función económica en nuestra mente: nos permite marcar el territorio a transitar.

La idea fundamental es que la fobia cognitiva se alimenta del miedo que reina en el cerebro asustado de nuestro sistema límbico, pero es precisamente este montante de miedo no ligado (disociado) que habita nuestro cerebro mamífero el responsable de la somatización o somatizaciones que se propagan a través del vago.

El blog de Arturo Goicoechea  experto en cerebros asustados.

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