El tratamiento moral del trauma (y XXXII)


El culpable es uno (Mario Benedetti)

Meditar, más bien, es repetir una serie de preguntas y avanzar alguna respuesta apropiada sobre qué he hecho, bajo qué ideales, con qué repercusión social, qué secretas intenciones guardo, qué víctimas causé y de qué manera cuido el encanto personal.(F. Colina)

Aquellos lectores que hayan llegado hasta aqui,siguiendo esta serie que he escrito sobre “La traumática historia del trauma”, es posible que ya hayan comprendido que lo que entendemos por “traumatización psíquica” es algo cambiante, proteiforme, y que en cierto modo es un constructo social acerca de aquellos eventos de la vida que pueden llegar a trastornar a cualquiera en función del uso más o menos individual que hagamos del proceso de disociación.

Tambien habrán comprendido ya que la definición de “trauma” está determinada políticamente y que el reconocimiento del daño inflingido a una persona está fuertemente vinculado con nuestra idea de lo humano y tambien con los sentimientos que se derivan de ese pilar moral que Haidt ha llamado”daño-cuidado”. Y que es algo que cambia en función del tiempo y del contexto histórico. Algunas personas están fuertemente influidos por este pilar moral, mientras que otras como por ejemplo los psicópatas no han siso capaces de internalizar las conductas pro-sociales que derivan de este pilar moral. Es por eso que vamos a encontrar muchos psicopatas entre los perpetradores.

Pero no es necesario ser un psicópata para causar daño a alguien, cada uno de nosotros, si fuéramos capaces de hacer un examen de conciencia podriamos identificar a quién, cuando y por qué perpetramos algún tipo de daño, aunque lo que mejor se nos da es reconocer cuando alguien nos dañó a nosotros. Lo cierto es que dañar a los demás y dañarse a uno mismo son dos tipos de conductas bien distintas, curiosamente la mayor parte de la gente tiene más miedo de dañar a los demás que a sí mismo, algo que sucede gracias a la empatía uno de los mejores recursos a nuestro alcance para inhibir conductas agresivas. Y aunque la mayor parte de la gente suele “darse la razón” en este tipo de guerras domésticas o laborales que hemos llevado a cabo, lo cierto es que nadie estamos “libres de pecado” en este sentido. Todos hemos sido alguna vez perpetradores y otras veces victimas.

Victimas y victimización.-

Ser victima de una agresión y aparecer victimizado son dos cosas bien distintas. La victimización es un resorte de nuestra mente que viene favorecido por nuestro entorno. Aparecer como víctima de algo es deseable, mucho más que aparecer como perpetrador. la víctima recoge simpatías sociales, y a veces seguidores para una causa. Pero la victimización tiene otras ventajas psicológicas adheridas: la principal es el mantenimiento de cierta autoestima. En la medida en que el culpable es el otro, yo soy inocente. Esta escisión categorial entre culpables/inocentes es una de las variables que han de abordarse en la psicoterapia de un trauma, puesto que el que divide el mundo en esta dualidad está muy cerca de dividir su mundo psíquico en estas dos totalidades: completamente inocente/completamente culpable. Ellos y yo.

De manera que dos de las cuestiones que han de abordarse -y evitarse- necesariamente en una terapia del trauma son: la posibilidad de retraumatización que ya señaló Ferenczi y la victimización. La terapia puede resultar violenta para un paciente psiquiátrico traumatizado por una cuestión: revivir el trauma por sí mismo, es decir recordarlo o simplemente hablar de ello pueden resultar insoportables para algunos pacientes que empeorarán necesariamente con cada intento de ayuda. Pues la terapia en su intempestiva busqueda de la verdad histórica puede dañar mas que beneficiar al paciente, recordemos que el paciente traumatizado quiere seguir siendo completamente inocente, no importa si enfermo.

Algunas personas sienten alivio al contar sus experiencias traumáticas y no encuentran en su entorno la posibilidad de hacerlo, puesto que las personas comunes e incluso los familiares de estas personas acaban por aburrirse de los relatos que les cuentan estas personas necesitadas de escucha. Sin embargo otras personas evitan a toda costa hablar de los detalles de su victimización y nos señalan con el empeoramiento de algún síntoma que hemos cruzado una linea roja.

Naturalmente para las personas que se alivian hablando de su trauma se pueden diseñar distintos encuadres terapéuticos, los más conocidos son los encuadres grupales: grupos de duelo, grupos de agresiones sexuales, grupos de discusión sobre problemas diversos, grupos con distintas temáticas que pueden ser de utilidad para pacientes que comparten una determinada cualidad de sufrimiento. Hablar, es decir compartir relatos es muy útil en un entorno de confianza y de seguridad.

¿Ahora bien qué es lo que los pacientes cuentan?

Ficciones:

Todo trabajo terapéutico se lleva a cabo a través de la narrativa. El paciente tiene que entender que sus dificultades de hoy están producidas por sus traumas de ayer, sin embargo esta tarea no es nada fácil, pues el paciente solo aspira a no ser culpable y/o a culpabilizar a otros. Muchos pacientes prefieren seguir siendo pacientes psiquiátricos antes que sentirse tragado por la ballena de la culpa, no quieren ser Jonás.

La mayor parte de las personas confunden culpa y responsabilidad y sin asumir la responsabilidad individual no puede nadie llegar a cuidar de sí mismo, no puede haber autodirección sin un horizonte ético de responsabilidad.

La cura de un trauma es una cura moral. No se trata de olvidar o de perdonar, pues el perdón cristiano no es más que una constatación de una superioridad moral. Se trata de redimirse a través de la virtud. Virtud entendida de forma griega como la areté (Jose Carlos Aguirre). Se trata de renunciar a la venganza y a la visibilidad, se trata de evitar caer en las trampas de la justicia, del reconocimiento y de la querulancia. O al menos evitar que la lógica del sistema jurídico obture las posibilidades de supervivencia que en cualquier caso son psicológicas.

Para terminar esta serie y a modo de corolario me gustaria acercaros unos párrafos de Fernando Colina, psicoanalista del Pisuerga que en un articulo de ayer mismo decía:

“Son sujetos impetuosos, que se sienten siempre víctimas inocentes y les cuesta entender la palabra responsabilidad, que carecen de recursos para disfrutar del goce de la lentitud y de la lujuria de la austeridad, que siempre eligen mal a los amigos y que no conciben proyectos ni someten el deseo a una dosis dulce de voluntad. A estos males los han llamado “trastornos límites”, porque ni siquiera como diagnóstico se atreven a ocupar un lugar. Viven en las fronteras de todas las enfermedades y están llamados a ser los representantes genuinos del destierro del hombre actual.” (Fernando Colina).

Lo cual viene a decir que la prevalencia de lo traumático viene determinada por la pertenencia a una sociedad sin rumbo donde los limites en la patologia mental y el hombre corriente se han difuminado de tal modo que todos podriamos ser considerados víctimas de este estado de cosas, pero pocos estarán dispuestos, a su vez a reconocerse como perpetradores.

Por eso:

Cada vez habrá menos esquizofrénicos y más gente sin rumbo, hemos aprendido a escindirnos (F. Colina)

 

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