La traumática historia del trauma (XXII)


Enfermedades del espectro traumático.-

La histeria clásica.

Hay dos formas de relacionarse con la corporalidad, la primera es entender el cuerpo como prótesis, como algo para la relación con el otro, que conlleva exposición, inclusividad y perfomance, la segunda es la vivencia de un cuerpo para sí, un cuerpo íntimo, clausurado, exclusivo, o velado. El primer supuesto es la vivencia histérica del Yo con el cuerpo, al segundo supuesto le llamamos obsesividad.

Lo importante es señalar que en el eje desde la histeria hasta la obsesividad existen transiciones, y no existe contradicción entre ambas, la linea que podemos recorrer es un continuo, pues se trata de una polaridad: histeria y depresión son entidades subcontrarias, tal y como conté en este post.

El cuerpo obsesivo es un cuerpo que no sirve para relacionarse con el otro, sino un cuerpo detenido, un cuerpo amortiguado que hace honor a la declaración que de él hacen nuestras anoréxicas de hoy: “mi cuerpo es mío” o “yo lo que quiero es estar a gusto conmigo misma”, una declaración que niega la dimensión comunicacional o de intercambio del cuerpo que queda así como un borrador esperpéntico del Ego.

La diferencia con el cuerpo de la histérica -un cuerpo-para-el-otro, es clara: la vivencia del cuerpo aquí es superficial y el cuerpo es un pretexto para obtener la ad-miración, un cuerpo para mostrar-se. La histérica busca ser mirada y ser admirada por su cuerpo que es usual moneda de cambio en las relaciones interpersonales que sin duda son siempre mucho más superficiales que en la anoréxica obsesiva. Lo que nos lleva a otra dimensión dialéctica: el manejo del tiempo.

Lo que en la histérica es impermanencia, mutabilidad, seducción y sentimentalismo en el obsesivo es rigidez, permanencia, rigor, profundidad, detención y poca adaptabilidad. Lo que la histérica quiere es no aburrirse con la repetición y lo que el obsesivo demanda es la quietud psíquica, la inmovilidad y la congelación emocional a fin de controlar sus pulsiones instintivas. El tiempo corre en el vértice histérico y  se detiene en el vértice obsesivo.

No es de extrañar pues que la mayor parte de las formas histéricas de la disociación, conversión y somatización afecten al cuerpo. Y más aun: existen formas de transición entre lo obsesivo y lo histérico, pero el virtuosismo disociativo siempre caerá del lado de lo histérico, lo que es lo mismo que decir que las maniobras sugestivas  y los efectos placebo serán más profundos en las somatizadoras histéricas que en las obsesivas, mejor dotadas para el efecto nocebo y la perpetuación de los síntomas, es comun en la historia de una mujer que de joven fuera más histerica que de mayor y que las conversiones con el tiempo hayan dado lugar a somatizaciones más serias. La mutabilidad de las somatizaciones es común en ambos grupos de pacientes y ambas pueden especializarse en lo que hoy conocemos en el sindrome de Briquet.

El sindrome de Briquet.-

Se trata de una forma de histeria, es decir una enfermedad sin explicación médica con conciencia o sin ella por parte del sujeto que la padecía y que se caracterizaba por quejas somáticas, casi continuas y fluctuantes que no tenían justificación orgánica. Hoy le llamamos trastorno por somatización que es una manera de renegar de la historia reciente de la psiquiatría, porque decir somatización no es decir nada en términos de tradición, hay que hablar pues de la histeria, de las histéricas de la Salpetrière, las que estudió Charcot, Freud, Binet, Janet y Babinsky, todas ellas fueron los “conejos de laboratorio” de un gran proyecto histórico que iba a poner patas arriba la concepción somaticista de nuestra disciplina sobre todo después de Freud.

El síndrome de Briquet es un cuadro de somatización múltiple y persistente que presentaban sobre todo aquellas mujeres que Briquet atendía teñido de algo más: ese algo más que presentaban las pacientes de Briquet es una conducta de victimización, una conducta de queja, una conducta -tal y como decimos hoy- de enfermedad y de búsqueda de remedios, cuidados médicos o espirituales, exploraciones o consultas. Y que se parece mucho a la histeria de conversión salvo por el estado afectivo predominante: la “belle indiference” en la conversión y la preocupación en la somatización.

Hoy sabemos que el síndrome de Briquet es una afección heredable.

Lilienfeld en 1986 en una sistemática investigación sobre el trastorno por somatización reivindicó de nuevo el nombre de Pierre Briquet; según su investigación en nuestras opulentas sociedades occidentales, el número de afectados por esta enfermedad sigue siendo muy similar a las cifras que había detallado el propio Briquet a pesar de la desaparición de los hospicios y aunque la histeria ya ha pasado a formar parte de las categorías olvidadas de nuestra época, el síndrome de Briquet sigue siendo estable y afectando al 3% de la población femenina. Lo que nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta ¿Si la histeria ya no se admite como trastorno mental y el síndrome de Briquet sigue siendo estable, donde están las pacientes que antaño llamábamos histéricas o afectadas por un síndrome de Briquet?

Recientemente los hallazgos de Lilienfeld han sido replicados por otros investigadores y  sabemos que la psicopatía es al menos moderadamente heredable ( Hicks et al., 2004) .Curiosamente, parece agruparse con la histeria en familiares de primer grado, pero la sociopatía se expresa en los machos y en las hembras la histeria. Harpending y Sobus (2015) sostienen que “la histeria es la expresión en las mujeres del mismo material genético que conduce a la sociopatía en los hombres”.

Histeria y psicopatía proceden del mismo material genético. Un material que en los hombres daría como resultado una psicopatía y en las mujeres la susodicha histeria. Los mismos genes pero distintos efectos según el sexo. La histeria sería una forma menor de la psicopatía.

Dicho de otra forma: la histeria clásica y el síndrome de Briquet son la misma enfermedad, sólo que el síndrome de Briquet es una forma más “evolucionada” de la histeria de conversión. ¿Evolucionada para qué?

Evidentemente para engañar y autoengañarse: si existen genes compartidos entre la psicopatía y la histeria estos genes están ahí para engañar y para ello las pacientes toman prestados los mecanismos que le vienen de serie: la disociación.

En un post anterior ya conté que no es lo mismo sentirse enfermo  que estar enfermo o tener una enfermedad.

En inglés -a diferencia del castellano- hay dos maneras de referirse al hecho de sentirse enfermo: una posibilidad es tener una enfermedad (disease) y otra es sentirse enfermo sin enfermedad (sick).

Y si esto es posible es gracias a la disociación y a la capacidad de algunas personas para disociar cuerpo y mente. Así el cuerpo parece haberse vuelto loco mientras que el paciente conserva toda su lucidez mental.

Reconsiderando la disociación como mecanismo central para el engaño.-

La disociación de la conciencia no debe considerarse de ningún modo un hecho patológico, se trata de un mecanismo primitivo de preservación, una especie de alarma neurobiológica diseñada para escapar de la intensa angustia que acompaña a ciertas experiencias que amenazan la preservación, la disociación es una alarma ancestral que compartimos con todos los mamíferos y que se encuentra filogenéticamente emparentada con la convulsión critica y con el freezing (congelación), sobre la que ya he hablado en esta serie sobre el trauma y también en este post.

La histeria -comentada en el post anteriormente señalado- representaría el encendido (kindling) de estas alarmas primitivas en condiciones no relevantes para la vida aunque con repercusión emocional. Una especie de alarmismo excesivo e infundado: una hipérbole alarmista. Pues estos mecanismos fueron diseñados para aliviar el tránsito hacia la muerte, la verdadera, no las pequeñas muertes simbólicas que nos acaecen a lo largo de nuestra vida.

Su objetivo es facilitar analgesia, tranquilización y anestesia emocional, es por eso que las descripciones de este tipo de experiencias cercanas a la muerte recalcan la beatitud, la tranquilidad y una sensación de felicidad teñida de luz, de túneles protectores y de hipermnesia (la brusca aparición de escenas de la vida pasando a una intensa velocidad), como si el individuo viera una pelicula de su vida proyectada rápidamente, un documental de su trayectoria. Un epílogo.

Ahora bien la disociación es un mecanismo que hunde sus raíces en algo mucho más profundo y que nos viene de serie: se trata de la asimetría de nuestro cerebro, dos hemisferios no simétricos separados por una grieta fundamental la cisura interhemisférica y que contiene dos cerebros unidos por un grueso cordón que llamamos “cuerpo calloso”. Nuestro hemisferio izquierdo contiene estructuras vinculadas al lenguaje y al habla y aunque estas estructuras se encuentran también en el hemisferio derecho, en éste tiene funciones bien distintas a las originales del área de Broca izquierda.

Muy probablemente y según cuentan todos los psicólogos evolucionistas que han estudiado la adquisición en nuestra especie del lenguaje,  todo parece señalar en la dirección de que: el lenguaje está estructurado con una gramática interna que da cuenta de esta disociación. El lenguaje nos divide o profundiza aun más en esta dirección disociativa. No solamente porque lo que designamos con las palabras no es la “cosa en sí” (sino su representación) sino tambien porque el lenguaje es categorial y binario. Es dificil para nosotros pensar en terminos de dimensiones, que operamos por defecto en terminos de “si” o “no” o de “verdadero” o “falso”.

Dicho de un modo más claro: venimos de serie dotados para disociarnos, para escindir el mundo en partes siguiendo el principio del placer. Y lo hacemos desde nuestro nacimiento, así en el primer año de vida nos especializamos en escindir lo bueno de lo malo. Lo que nos aportan nuestros cuidadores (la madre sobre todo) de placentero o displacentero. En el segundo año de vida cuando ya sabemos que estamos separados de nuestra madre entonces abordamos el tema del poder y del control. Escindimos otra vez el mundo en dos partes, aquello que nos somete y aquello que hacemos para controlar a los demás. Dos partes,en una nos sometemos y en otra reinamos sobre los demás. A los seis años nos especializamos en otra serie de disociaciones relacionadas con la autoestima y la autoafirmación y dividimos el mundo en dos partes: aquellas que favorecen nuestro autoconcepto y aquellas que lo cuestionan.

Todo aquello que amenace el principio del placer corre el riesgo de ser disociado de oficio, entre lo bueno o permitido que permanece en la conciencia y lo amenazante o malo que pasa al inconsciente y es sellado por la represión. Es por esta razón por la que lo “traumático” siempre va acompañado de fenómenos disociativos en el largo plazo.

Ahora bien, la disociación tiene costes, pues no cabe duda que es el proceso contrario a la integración. La disociación mantiene separados elementos que deberían ir asociados y bien cosidos, y puede afectar a la corporalidad como estamos viendo en este post pero también a los recuerdos (memoria) a las cogniciones (pensamientos) a las emociones, a la conducta, la personalidad y la identidad. La disociación al menos rompe la continuidad de nuestra experiencia yoica y añade irrealidades a nuestra comprensión del mundo. La disociación es un mecanismo burdo (robusto) que carece de la gracilidad de la reflexión y la historicidad. Y una vez puesto en marcha se comporta como un vórtice o una espiral: atrapa cada vez más cogniciones, emociones y memorias y lleva la personalidad y la identidad hacia una incierta deriva cuando no hacia una escalada de inadaptación.

En el próximo post veremos que es lo que se disocia en esta curiosa -y tan prevalente hoy -trastorno limite de la personalidad (TLP), la más grave de las enfermedades del espectro traumático.

Un post relacionado:

Suzanne O´Sullivan: “Todo está en tu cabeza”

5 pensamientos en “La traumática historia del trauma (XXII)

  1. Muchas gracias por el artículo. He encontrado un libro de los alienistas del pisuerga, La histeria antes de Freud que menciona a Briquet. ¿Conoces otra bibliografía acerca del tema en castellano o en francés? Gracias

  2. Tengo una pregunta: He ido al enlace de Hicks, 2004 y veo que se basan en una encuesta. Me ha parecido (igual lo he entendido mal) que la heredabilidad se remite a los genes, pero al llevarme a una encuesta ???…. Mi suposición es que los discursos que pueden estar en el origen de la escisión psíquica y se transmiten, sería una forma simbólica de la herencia. ¿Cuál es tu opinión? Si lo que digo está totalmente fuera de lugar o es producto de un malentendido, se agradecerían indicaciones para salir del entuerto. Saludos cordiales y gracias de nuevo por tu trabajo como lector y transmisor.

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