La traumática historia del trauma (XX)


oedipus

Como vimos en el post anterior donde hablé del caso Dora, su histeria (la de Dora) tenia mucha relación con ciertas vicisitudes de la relación con su propio padre, una relación que hoy  no dudaríamos en calificar de “traición” como mínimo si no de una conducta abiertamente incestuosa, donde la barrera generacional no fue respetada.

Es interesante señalar en este momento un hecho que creo fundamental y que creo de relevancia para explicar la patoplastia de las enfermedades mentales. Aunque la histeria hoy es un término obsoleto que ha sido barrido de las clasificaciones psiquiátricas convencionales, el término sigue teniendo mucho peso empírico por tratarse de un eje vertebrador de los sucesos que acaecen en la mente de una niña mientras pivota alrededor de la influencia (en este caso nociva) con su padre.

La histeria es el núcleo de las distorsiones de las relaciones entre una niña (sobre todo) y su padre.

O mejor dicho entre la niña y la paternidad, entendiendo como paternidad a una función simbólica que tiene que ver con la autoridad, el sexo, la identificación, la identidad y el poder pero también con la seguridad, la protección y la confianza si bien estos últimos sentimientos se comparten también con la madre. Este eje vertebrador puede pivotar también en la madre y más adelante veremos como los cambios sociales que se han producido al menos en el mundo occidental durante los últimos 50 años han modificado también la presentación de la enfermedad mental.

Pero la histeria está relacionada con un reparto de roles y poder que tiene que ver con lo que ahora llamamos patriarcado y sus valores. Recordemos cuales son los valores patriarcales de las sociedades tradicionales:

Memes de valor patrifocales.-

  • Todo está impregnado de orden, ritualismo, severidad y sencillez. En India, los invasores arios llaman “los sin-rito” a sus enemigos de raza oscura.
  • En el Patriarcado el hombre domina sobre la familia. Hay siempre una especie de patriarca supremo, líder, rey o emperador. Los niños crecen teniendo en mente su deber de relevar en el poder a la generación de sus padres. El primogénito depredador del poder es la esperanza del porvenir, y es quien da carácter a su sociedad. La hegemonía social corresponde al guerrero joven, vigoroso, de impulsividad agresiva, y sediento de poder y de dejar su sello sobre el mundo.
  • Se dicen las cosas de frente, de modo pragmático y casi crudo, y nadie se siente ofendido por ello (pensemos en los modernos países bálticos y eslavos). Abundan las peleas y los duelos de honor.
  • Se otorga valor al valor en sí, y las posesiones materiales sólo tienen valor por representar un estatus (como las armas, el escudo, la armadura, el caballo y el botín saqueado, que expresaban otrora la posición de la casta militar). Asimismo, se da gran valor a lo que es difícil de lograr, a aquello que está al alcance de la minoría selecta.
  • El tiempo libre se ocupa principalmente con el deporte, la caza, el estudio, la meditación religiosa y el entrenamiento militar. Todo ello resulta en un pueblo atlético, guerrero, vigoroso, espiritual y depredador. Esparta es el modelo.
  • Carácter inquieto, curioso y creativo. Aparecen grandes exploradores, filósofos, científicos y artistas.
  • Se valoran la sencillez, la sinceridad, la naturalidad, la austeridad y la dureza. Ello da lugar a vidas espartanas, de endurecimiento constante.
  • El patriarcado da preferencia a los fuertes y rinde directamente culto a la guerra, al valor, al arrojo, al riesgo y al heroísmo. Florecen las sociedades severas y agresivas, tendentes a invadir, conquistar y poseer tierras nuevas, bajo la mentalidad de que “la fuerza hace el derecho“. De este modo, el Patriarcado es el sistema capaz de dar a luz a héroes: mediante una vida patriarcal, se forjan pioneros, exploradores, hombres buscadores e inquietos, rebosantes de ambición y de voluntad de poder.
  • Son odiados a muerte el cobarde, el dócil, el inútil y el amanerado.
  • Se valoran la audacia, el honor y el valor. Se respeta la agresividad, la dureza, la fuerza e incluso cierta violencia y brutalidad. Se acepta el riesgo con morbo, se juega con la muerte y con el dolor, y se coquetea con el malestar, con el estrés, con el horror y con el miedo, pensando que ello fortalece a los hombres. Se valora una vida con honor y con gloria, aunque sea muy corta (esta elección está condensada en la genial figura griega de Aquiles). Se rinde culto al heroísmo y al sacrificio, aunque ello implique una vida sufrida y esforzada. La eugenesia, la camaradería, la sacralidad de la relación maestro-alumno, la mors triumphalis y la eutanasia son ideales de la mentalidad patriarcal.
  • El placer y los lujos son tomados con suma desconfianza, y tratados con muchísimo cuidado, o hasta desterrados. La disciplina, el ascetismo, el autocontrol, la voluntad, el entrenamiento, el carácter altivo, rústico, agresivo y militar toman su lugar. Los fenómenos del soldado y del militarismo, así como del atletismo, son productos típicos de la acción social del patriarcado a largo plazo. Esto da lugar a pueblos imperialistas que glorifican la guerra. La feminista Marilyn French (1929-) establece (Beyond Power), no sin cierta repugnancia por su parte, que el patriarcado es un sistema que “otorga preeminencia al poder sobre la vida, al control sobre el placer y al dominio sobre la felicidad.” Podríamos añadir que el patriarcado otorga también importancia al control sobre las emociones, los sentimientos, el sufrimiento y el dolor (a los niños se les dice que “los hombres no lloran”), y al poder sobre la Tierra y sobre la materia.
  • Se busca endurecer y fortalecer la vida exponiéndola al malestar y blindándola así contra malas experiencias futuras. Las frases más representativas de esta mentalidad son “es por tu bien” y “en el futuro me lo agradecerás”. La lucha y la ascensión prevalecen sobre la búsqueda del placer.
  • En el patriarcado los saludos son sobrios y simples, como el saludo romano. Se tiende a la discreción, a la simplicidad y a los modos estáticos y solemnes, casi marciales en su rectitud rúnica. El patriarcado está influenciado por la filosofía y el modo de hacer las cosas de las männerbunden (“sociedades de hombres”, o ejércitos), que constituyen una de sus señales distintivas y piedras angulares.
  • El patriarcado porta formas sociales jerárquicas de un carácter que hoy denominaríamos “fascista“, en las que el orden lo decide todo. El Estado y el Imperio son instituciones originariamente patriarcales. En el reino animal, por ejemplo, los lobos viven en un sistema casi patriarcal, regido por los machos dominantes que se van renovando al paso de las generaciones. Toda la manada participa en el entrenamiento y el aprendizaje de los cachorros, y los padres expulsan del hogar a los hijos una vez que han alcanzado la madurez suficiente para buscarse su propio sustento.

Es en este entorno donde aparece los malestares histéricos clásicos, los malestares que presenció Freud y que se extendieron durante todo el siglo XX y que podríamos clasificar como malestares procedentes de la disociación entre mente y cuerpo en las mujeres y a la desconexión en el hombre entre su cuerpo y las emociones expresadas. Lo que en el hombre es contención, en la mujer es expresión: pero una expresión metafórica utilizando el cuerpo como coartada. Sin embargo,  y aunque la histeria existió siempre como rotulo de diversos malestares, lo cierto es que la epidemia que tuvo lugar en el siglo XIX no se debe a la pervivencia de este modelo sino a los cambios en la mentalidad humana que se produjeron  después de la Ilustración.

No es de extrañar que Freud encontrara que todas sus pacientes tenían algo en común, algo que no era solo la moral victoriana que suprimía y demonizaba el impulso sexual sino que más allá de eso, las muchachas que componían su clientela se hallaban prisioneras por padres tiránicos que las mantenían dedicadas de por vida al cuidado de ellos mismos y solo cuando morían estas mujeres podían liberarse de su yugo y pasar a ser tías de los hijos de sus hermanos. Las madres tampoco ofrecían un modelo atractivo para sus hijas, condenadas como estaban al mismo cautiverio. En este entorno no es de extrañar que Freud observara en sus pacientes una clara orientación por el padre (o los hermanos varones) y más en aquellas que calificó como “independientes de criterio” como la misma Dora. Tampoco es nada raro que entendiera que aquellas muchachas sufrían de “envidia del pene” y que muchas de ellas, -las más inconformistas- albergaran el deseo de ser hombres o al menos de emular a sus hermanos  varones. Los hombres podían  ser independientes y ellas estaban condenadas al matrimonio o a la soltería orientada al cuidado de sus padres. Otras, sin embargo no corrían mejor suerte al tener que arreglárselas por sí mismas, es decir trabajar para sostenerse, una dedicación poco deseable para la mayoría de las mujeres de aquella época y a la que sólo podían dedicarse las mujeres solteras y pobres.

Quizá el lector entienda ahora por qué la histeria ha prácticamente desaparecido de los manuales psiquiátricos y de la clínica diaria. El mundo no sólo ha cambiado mucho sino que se han socavado todos los valores de la sociedad patriarcal, lo más curioso de este fenómeno es que no ha resuelto el asunto del sufrimiento sino que lo ha modificado y en cierto modo lo ha agravado, como iremos viendo poco  poco.

De manera que el trauma de las histéricas del siglo XIX y del siglo XX, no estaba tan solo en el hecho de haber sufrido abusos sexuales o de otro tipo en su infancia, sino que el descubrimiento de la sexualidad y el posicionamiento concreto de cada una de ellas en relación con la sexuación era el trauma propiamente dicho, es por eso que clásicamente se viene diciendo, al menos entre los psicoanalistas que la histeria es una neurosis edípica. 

Pues es en ese nudo que llamamos “Complejo de Edipo” donde se configura el deseo.

Edipo en el mito.-

Probablemente el mito de Edipo sea el más conocido de la mitología griega y parte de esa fama se deba a que Freud le tomó como piedra angular de su teoría de la líbido. Para Freud, el niño pasaba por una fase que llamó “complejo de Edipo” donde real y fácticamente deseaba poseer a su madre y albergaba deseos de asesinar a su padre, razón por la que se sentía en peligro de castración.

El niño desarrollaba en esta etapa un miedo-deseo de ser como el padre para poder así poseer a la madre, un miedo-deseo que implicaba fuertes componentes de agresión y sexuales, que se saldaba con la identificación con el padre y la renuncia a la madre. En realidad, mi primera crítica a esta idea está relacionada con una lectura inexacta del mito: lo que sucede en el mito de Edipo nada tiene que ver con lo que Freud especula. En primer lugar, es Layo, el padre de Edipo, el que se deshace de su hijo cuando es advertido por el oráculo con la predicción de que su hijo le dará muerte.

En segundo lugar, Edipo, alcanzada la madurez, abandona la casa de sus padres adoptivos y asesina en un cruce de caminos a Layo, sin saber que está dando muerte a su padre verdadero al que sigue sin conocer. En tercer lugar, cuando entra triunfante en Tebas después de haber dado muerte a la Esfinge y se casa con Yocasta, no sabe que es su madre. Cuesta entender por qué Freud utilizó el mito de Edipo para ilustrar lo que según él acaecía en el interior de un infante desde los 4 a los 8 años. Más relevante o comprensible me parece si hubiera echado mano del mito de Cronos y Zeus: efectivamente en este mito es Zeus el hijo el que da muerte y castra a su padre Cronos con la ayuda de su madre Rea. Creo que esta historia se ajusta mejor a la intención de Freud de dar a entender que los niños pasan por una fase donde se dan cita en ellos este tipo de anhelos y afectos divididos.

El mito de Edipo señala en una primera lectura en otra dirección un poco más sutil: en primer lugar Edipo es un huérfano que ha sido abandonado a su suerte por su padre –temeroso de que le asesine según la predicción del oráculo– y que se educa en casa de Pólibo creyendo que es hijo suyo en unas versiones, y a sabiendas de que no es su padre verdadero en otras. Sin embargo, lo cierto es que Edipo al llegar a la adolescencia, como todos los héroes griegos, parte en busca de aventuras. Esta salida del hogar es interpretada por autores diversos como una búsqueda del principio paterno. Del mismo modo Parsifal, que sabe que es huérfano de padre y vive con su madre, también parte en busca del Grial en un periplo similar. Lo hace Teseo, y Perseo, Heraclés y Orestes, Jasón y Ulises, el héroe siempre sale, vuelve, da vueltas perdido, combate monstruos, acaba con una plaga o pone fin a una maldición; su misión es siempre la redención de algo que ha sido maldito por el pecado de alguien anterior. Los héroes del mito o de la leyenda parten siempre abandonando a sus madres, hermanas o padres adoptivos en busca de algo que al parecer no pueden encontrar permaneciendo en su hogar, pero añaden una novedad respecto a las aventuras de sus predecesores: en estos dos casos (Edipo o Parsifal) no hay aventuras bélicas, ni lucha contra el monstruo a brazo partido, ni fuerza bruta como método para enfrentarse a la desgracia, sino preguntas, conocimiento y sabiduría. Así, la Esfinge sólo puede ser vencida si el héroe resuelve los dilemas que le plantea y Parsifal sólo podrá acceder al Grial si hace la pregunta correcta al anciano guardián del castillo.

Al librar Edipo del monstruo a los tebanos, éstos le demostraron su favor y es cuando Edipo desposa a Yocasta, la viuda de Layo, al que el propio Edipo ha dado muerte en un enfrentamiento anterior a su encuentro con la Esfinge. Con Yocasta tiene una hija famosa: Antígona, una heroína a la que Sófocles eternizó en una de sus tragedias. Sucede entonces que se declara una peste en Tebas y, consultados los oráculos, predicen que la peste no cesará hasta que se encuentre al asesino de Layo. Edipo interroga al sabio Tiresias después de lanzar una maldición sobre su asesino (sin saber que está derramando su maldición sobre su propia cabeza). Tiresias, que por su condición de “ver más allá y más profundamente” conoce todo el drama, aunque trata de disimular sus conocimientos no puede evitar que Edipo comience a relacionar la manera en que murió Layo con su propio incidente en el camino. Comienza dudando sobre si él será el responsable del crimen, pero poco a poco van apareciendo las pruebas de que no es hijo de Pólibo sino de Layo. Edipo es culpable del parricidio y del incesto con Yocasta y, una vez desvelada la verdad, ella se precipita desde una almena de su palacio y él se perfora los ojos con una aguja quedando ciego.

Después Edipo es desterrado de la ciudad y comienza una existencia errante. Lo acompaña Antígona, su hija, porque sus otros hijos – Eteocles y Polinices– no han intervenido en su favor y él les ha maldecido. En este errar llega hasta el Atica, donde permanecerá hasta la muerte gozando de la bendición de los dioses.

El mito de Edipo parece orientarse y señalar más bien a un tipo de conocimiento que se inicia con dudas pero que puede alcanzarse plenamente a través de la razón; al fin y al cabo Edipo llega a la conclusión acertada aún a sabiendas de que no es lo más conveniente para él. Una vez alcanzado ese conocimiento que es la verdad histórica, los ojos ya no sirven para contemplar la realidad, más bien son un obstáculo para la visión interior: quedarse ciego no es sólo el castigo por haber pecado o transgredido una ley divina sino también un recurso para resaltar la visión interior y buscar dentro, a través de la introspección, lo que no se halló fuera. El otro ciego conocido de la mitología, Tiresias, había sido cegado por contemplar desnuda a la diosa Atenea –una transgresión intolerable en la mentalidad griega– , pero esta ceguera, más que un problema, parece que se encuentra en la base de sus habilidades adivinatorias. También en el caso de Tiresias parece que el haber sido mujer y hombre en dos secuencias de su vida añade a su conocimiento de la naturaleza humana una cualidad esencial.

En realidad el mito de Edipo alumbra la búsqueda del padre o, más bien, del principio paterno que, una vez descubierto, es para contemplar que en él se perpetró (como resultado simétrico de un crimen anterior) un asesinato ritual, el crimen sobre el que se funda precisamente la individualidad, pues algo viejo debe morir para que algo nuevo fructifique. Otra vez aparece el estribillo sacrificio-muerte-redención. Al mismo tiempo señala que en las familias existe una sustancia común, una herencia psíquica que sólo puede superarse a través de la transformación individual: la que realiza Edipo a través de su búsqueda de la verdad y la asunción de esta verdad como culpa de su estirpe.

Superar o vencer simbólicamente al padre es la tarea del héroe, pero, más que eso, la tarea del héroe es transformar a través de la visión interior en qué consistió la culpa de su linaje; en esta tarea el padre real carece de importancia porque Edipo y Parsifal están luchando contra el arquetipo paterno, algo que realizan precisamente por su condición de huérfanos: tanto Edipo como Parsifal carecen de la oportunidad de confrontarse con un padre real al que desconocen. Por otra parte, parece como si la presencia de las mujeres disminuyera o pusiera en peligro las aspiraciones masculinas del héroe; permanecer con la madre no es una opción para los héroes de la tragedia, que parecen estar diciendo que sin alejamiento de los arquetipos femeninos, aún siendo seguros y cómodos, no hay acceso a la masculinidad, algo que se encontraba en la mentalidad griega y que entronca con la prescripción saludable de las prácticas homosexuales en aquella sociedad y que en realidad tiene mucho que ver con la misoginia y el estatuto secundario de la mujer en la sociedad griega. Al mismo tiempo, parece señalar también que en esa tarea de alejamiento pueden cometerse muchos errores, y que el principio masculino, en cualquier caso, tarda mucho tiempo en encontrarse, no antes de la segunda mitad de la vida. Muchos son los obstáculos que se oponen a esa tarea; la primera es la imprudencia del joven que le hace susceptible a encontrarse con muchas oportunidades para perder la vida o arrebatársela a otros (recordemos el trágico encuentro en el camino entre Layo y Edipo o entre Parsifal y el caballero Rojo, dos muertos en realidad gratuitos que hablan de la impulsividad de la juventud, uno de los enemigos en la adquisición del conocimiento). Otro obstáculo es el sexo: ¿cómo acceder a un conocimiento abstracto de tal complejidad si se está disfrutando de los placeres de la carne? ¿Por qué Ulises no puede abandonar a Circe o a Nausicaa por sus propios medios? ¿Por qué no puede llevar a cabo su propósito de seguir camino hacia Itaca? Ulises tiene la suerte de contar con la ayuda inestimable de Hermes, quien le proporciona las claves para eludir los abrazos posesivos de estas diosas amantes. En el caso de Parsifal la tarea tendrá que ser acometida en dos ocasiones distintas: durante su juventud, y a pesar de haber llegado al castillo y haber reconocido al guardián del Grial, es incapaz de hacer la pregunta correcta; en la segunda ocasión, Parsifal opta por la castidad como método de no implicarse en lo humano, y es entonces y sólo entonces cuando consigue hacer la pregunta que desvela la ubicación del Grial.

Hasta aqui una lectura clásica del mito, en el próximo post hablaremos de cómo entendemos el complejo de Edipo hoy a la luz de la psicología evolucionista gracias al trabajo de Badcock.

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