La epidemia depresiva (I)


“Lo contrario a la depresión no es la felicidad, es la vitalidad” (Solomon)

depresion

No es necesario advertir al lector bien informado que la depresión se ha convertido en casi todo el mundo, al menos en el mundo occidental en una epidemia que afecta a 500 millones de personas, tampoco voy a incidir en que el consumo de antidepresivos que se ha multiplicado por 3 en España en los ultimos 10 años . No hace falta decir que los jóvenes que hoy están al borde de la mayoría de edad tendrán la depresión como principal morbilidad cuando sean adultos por delante de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer y que estamos hablando de un trastorno que afecta o afectará a una de cada cuatro personas (prevalencia-vida). Por último señalar que estamos hablando de una patología que interfiere gravemente con la vida cotidiana de los pacientes, genera disfunciones sociales, bajas laborales y sobre todo que es la primera causa de suicidio en el mundo.

Dicho esto que está suficientemente explicado en otros post y también en los periódicos generales que llevan noticas de este tema con mucha frecuencia, voy a escarbar sobre las causas de esta epidemia. ¿Cómo es posible que esta patología sea mas frecuente en los entornos opulentos?¿Qué es lo que hace que sea tan prevalente? ¿Qué hay en nuestra forma de vivir que nos lleva hacia la infelicidad?

Voy a explorar algunas variables que intervienen en este asunto, el primero de ellos es el nombre “depresión”. Efectivamente no es lo mismo hablar de depresión que de melancolía o trastorno afectivo. La banalización del sustantivo ha hecho florecer y legitimar quejas que de otra forma serian solo adversidades de la vida transformándolas en síntomas clínicos, es la psicologización de la vida, algo de lo que ya hemos hablado en otros lugares. Evidentemente no es lo mismo deprimirse ante una perdida afectiva que aquellas depresiones que acaecen sin motivo o los episodios puntuales depresivos ante calamidades de la vida que la recurrencia de las depresiones bipolares.

Lo que Jonathan Rottemberg propone es dejar de lado no sólo las definiciones standard sobre la depresión y centrarse en los que el llama “la ciencia del estado de ánimo”. Lo que propone Rottemberg me servirá de guía para componer este y el próximo post.

El conocimiento y las ideas generalizadas entre la profesión medica y el público en general es pensar la depresión como un déficit de algo, un desequilibrio químico, algo que hay que corregir y que reside en el cerebro y es verdad que la mayor parte de los antidepresivos tienen efectos visibles en las depresiones si bien es casi seguro que sus efectos son inespecíficos, es decir los antidepresivos no son realmente antidepresivos sino cualquier otra cosa, fármacos antiestrés dicen algunos, fármacos que causan indiferencia. La verdad es que no sabemos cual es la génesis biológica de la depresión ni los genes implicados en la misma de modo que nuestros tratamientos son primitivos, empiricos, inciertos y poco resolutivos en una amplia gama de pacientes resistentes por no hablar de los efectos secundarios.

La razón de esta ineficacia generalizada de los antidepresivos, (como también igual de efectiva o inefectiva es la psicoterapia) procede de la conceptualización que hacemos de la depresión. La verdad es que la depresión no es exactamente una “enfermedad del cerebro” sino una adaptación evolutiva y como cualquier adaptación el mecanismo puede desadaptarse cuando el medio ambiente se modifica de tal modo que pone a prueba esos mecanismos de adaptación.

Imaginemos que exista un continuo entre optimismo (1) y pesimismo (0). la mayor parte del tiempo y la mayor parte de la población tendería al término medio como en cualquier distribución gaussiana. Lo interesante es que la mayor parte de la población se situaría entre el 0,6 o 0,7 lo que significa que venimos de serie regulados al alza. Es lógico y parece que esta regulación al alza es lo que nos permite vivir con la principal irrealidad que gobierna nuestra vida: no pensamos nunca en nuestra muerte. Lo que nos permite vivir es precisamente esta regulación optimista.

El optimismo y el pesimismo son estados mentales relacionados con el estado de ánimo. A lo largo del dia oscilamos suavemente si no hay incidencias notables en nuestra vida, pero lo fundamental es esta regulación al alza que nos permite la negación de la muerte.

A veces escalamos (y nos ponemos contentos), adquirimos fuerza, determinación y propósito para llevar a cabo algo y otras veces desescalamos y nos encontramos fatigados, tristes o desanimados, algo que nos impulsa a retirarnos y reponer fuerzas. Tanto escalar como desescalar cumplen su función dentro de nuestra economía psíquica y corporal. Del mismo modo que sucede con el sueño y la vigilia.

¿Para qué sirve deprimirse?.-

Es casi seguro que usted tiene una experiencia parecida a ésta: si es usted aficionado a la pesca seguro que la mayor parte de las veces que ha salido a pescar ha vuelto a casa sin ninguna pieza. Es lo más frecuente. Pero usted vuelve a intentarlo porque es optimista y cree que mañana le irá mejor pero tambien se retira cuando lleva suficientes horas sin que ningun pez le pique el anzuelo. Escalar para volver y desescalar para retirarse.

Si no tuvieramos ese relé de desescalada no nos retiraríamos nunca y permaneceríamos atentos a la caña hasta que moriríamos de inanición. La naturaleza ha previsto que exista un “botón”, una alarma que nos indique que la mejor opción es la retirada. Y esa alarma es precisamente el relé de donde procede lo que hoy llamamos “depresión”. Se trata de un mecanismo evolutivamente estable presente en todos y cada uno de nosotros que ha sufrido una selección positiva precisamente porque es muy adaptativo. ¿No es mejor a veces renunciar a algo que entendemos como inalcanzable?

Las causas de la epidemia.-

Bien ¿pero qué es lo que hace que ese mecanismo evolutivo se estropee y nos convierta en depresivos inadaptados y quejosos, sin ganas de nada y sumidos en un pozo profundo y sin esperanza de salir?.

No cabe ninguna duda de que las causas de la epidemia de depresiones en nuestros entornos tienen que ver con nuestra manera de vivir, de los sucesivos y complejos vericuetos por los que nuestra cultura nos ha impulsado. No hay una única causa sino varias, algunas bien conocidas y otras que se comienzan a conocerse mejor. Algunas son genéticas y otras ambientales, vamos a ir viéndolas una a una.

1.Genética y poblaciones.

Sean cuales sean los genes y alelos implicados en la depresión, es imposible negar que algunas personas vienen de serie cableados para gatillar con más facilidad que otros esta repuesta de desescalada que evolutivamente hablando no es más que una estrategia destinada a obtener recompensas. Concretamente y tal como conté en este post, los portadores del alelo corto (s) del transportador de serotonina parecen más susceptibles de padecer depresiones. Al parecer este alelo corto no produce directamente la depresión sino que influye en una variable en cierta manera étnica (Kagan)  como es la tendencia al individualismo/colectivismo.

La hipótesis que plantea Kagan es que la variable critica relacionada con el transportador de serotonina estaría relacionada con la variable individualismo/colectivismo.

Individualism-Collectivism

Coincidencia geográfica entre la diversidad gen transportador de la serotonina y los rasgos culturales de individualismo-colectivismo entre países. Las áreas grises indican las regiones geográficas en las que no se dispone de los datos publicados. a ) Mapa de distribución de frecuencias de individualismo-colectivismo. ( b ) Mapa de distribución de frecuencias de alelos S de 5-HTTLPR. ( c ) Mapa de frecuencia de la prevalencia mundial de la ansiedad.( d ) Mapa de frecuencia de prevalencia global de los trastornos del estado de ánimo. Amarillo de la barra de color rojo indica menor a mayor prevalencia. Desde Chiao y Blizinsky (2009).

El gráfico ha sido extraído de esta web donde podrá hallarse otro gráfico muy interesante que abunda en lo mismo. Se analiza en él la relación entre el grado de individualismo y el porcentaje de la población con una determinada variante de uno de los receptores opiáceos, asociada a un mayor estrés en caso de rechazo social. La correlación es aquí más clara que en el caso anterior. Cabe destacar que en cada uno de los dos gráficos solo aparece un país africano. En el primer caso Sudáfrica aparece en las antípodas de Japón, como caso extremo de porcentaje bajo del alelo S. Ya Kagan, en el libro a que hago referencia (p. 126), señala que la proporción de individuos con el alelo largo del promotor es máxima entre los africanos (80%) y mínima entre los japoneses (20%). Y en el caso de los receptores opiáceos vemos a Nigeria como un clamoroso valor atípico: cero por ciento de la población posee la variante en cuestión, en comparación con un margen de valores situado entre el 5% y el 35% de la población en la veintena de países analizados.

Los alelos corto y largo para el transportador de serotonina tienen una distribución muy relacionada con las mentalidades individualista y colectivista de determinadas culturas. Y no deja de ser curioso que sea Europa (en realidad el mundo occidental) el lugar donde se venere el esfuerzo individual y donde lo colectivo haya sufrido los mayores reveses.

La idea a retener y políticamente predecible es que es imposible esperar en una sociedad así, grandes hitos colectivistas y sin embargo grandes posibilidades de innovación.

En nuestros entornos los individuos portadores del alelo largo parece que se adaptan mejor a un tipo de sociedad innovadora y competitiva, donde el individualismo es un valor importante. Por contra, los portadores del alelo corto se adaptan mejor a las sociedades deprivadas donde el Yo individual tiene poca importancia y se encuentra diluido en una organización colectivista. Es de suponer que los portadores de este alelo corto medren poco y mal en una sociedad como la nuestra donde el aislamiento, la desconexión y la soledad son las consecuencias predecibles de nuestro tipo de vida orientado hacia los logros y la competitividad.

2.- La desconexión social.-

Otra de las variables que se han computado como relevantes para explicar esta explosión de casos de depresión en entornos opulentos es la soledad. La mayor parte del día lo pasamos solos, sobre todo si conducimos nuestro automóvil para llegar a nuestro puesto de trabajo, las idas y venidas del trabajo a casa ocupan -al menos en la sociedad USA- gran parte de nuestro tiempo. Ya no recibimos visitas, nuestros parientes mas cercanos viven lejos, vivimos aislado en ciudades dormitorio o en urbanizaciones de lujo pero siempre aislados. En suma el tiempo que dedicamos a socializarnos ha disminuido en gran parte debido a los valores que abrazamos y que están relacionados con nuestro individualismo que nos impulsa a sentir que la autonomía es el valor supremo por el que vale la pena darlo todo. En este articulo hay una buena explicación del por qué los estadounidenses no son felices. En él Robert Putnam introduce el concepto “capital social” y dice:

La vida familiar se ha visto afectada. Los estadounidenses cenan en familia un 33% menos que en los años setenta y, en comparación con la generación anterior, la probabilidad de que los padres se vayan de vacaciones con sus hijos, vean la televisión o sencillamente charlen con ellos se ha reducido en un tercio.

Desde un punto de vista colectivo, estos cambios representan un descenso del “capital social” estadounidense. El capital social está formado por las redes existentes dentro de la sociedad y por las reglas de reciprocidad y confianza que aquéllas engendran (en definitiva, por el grado de relación entre la gente). El capital social tiene unos efectos sobre la sociedad, que van desde el buen funcionamiento de las instituciones políticas hasta la duración de la vida de los individuos. Su declive representa una amenaza para la democracia -y para la calidad de vida de los ciudadanos- tan grave como una pérdida brutal en el capital físico o financiero. Así, supongamos que EE UU hubiese entrado en una recesión económica en 1975 y nunca hubiera salido de ella. Este tipo de declive continuado es una buena metáfora de lo que se ha producido con el capital social estadounidense en un cuarto de siglo.

Dicho de otra manera el “capital social” es lo que entendemos como cohesión social.

Sencillamente vivimos desconectados de los demás y todo parece indicar que eso que llamamos redes sociales se resienten con la opulencia: tener más y gastar más no parece aumentar la felicidad de las personas a la vez que paradójicamente aumenta las desigualdades.

Otra de las cuestiones es la que afecta al propio concepto de felicidad, algo sobre lo que volveré en el próximo post, pero antes me gustaría dejarles este video: se trata de un testimonio personal de Andrew Salomon; el secreto que compartimos, muy lúcido sobre todos estos conceptos e ideas.

 

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