El cuarto mandamiento


“Honrarás padre y madre”

(Tablas de la ley)

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Moisés (salvado de las aguas) fue un niño rechazado, según cuenta el mito -mitos de nacimiento y salvación relacionados con el agua- su madre le metió en una cesta y lo dejó en el Nilo a la deriva, presuntamente para salvarle de una de aquellas periódicas matanzas sobre los niños hebreos, más concretamente de los hebreos que vivian en Egipto.

Y aunque le supongamos a la madre de Moisés buenas intenciones -algo que volveremos a ver a lo largo de este post- lo cierto es que para Moisés su madre era una repudiadora que le abandonó a su suerte aquel dia en que recurrió a la cesta de donde fue rescatado por la hija del faraón.

Lo interesante de este mito del nacimiento de Moisés está relacionado con su figura politica posterior, pues fue él precisamente el que subió al monte Sinaí a recibir de manos de Dios, las tablas de la Ley.

Y uno de los preceptos -el cuarto-de la citada ley-, es este “honrar padre y madre” que aparece en cuarto lugar inmediatamente después de “santificar las fiestas” y antes del precepto, “No matarás”, el quinto. ¿No es paradójico que Moisés honrara a su padre desconocido y a una madre que le abandonó a su suerte e impusiera tal precepto a todo el orbe?.

La verdad del asunto es que los padres y más intensamente la madre se encuentra protegida (del sexo y la agresión) por un arcaico e intenso tabú. Si descontamos el aun más antiguo tabú de alimentarse de carne humana o del tabú del incesto, la madre es una de las figuras más protegidas por todas las culturas. Se trata de un tabú universal común a nuestra especie.

La maternidad está recubierta de un halo sagrado y goza de una protección publica y privada superior a la que gozan los niños. Los hijos siempre están en un segundo plano con respecto a la madre, a la madre se le supone un origen arcangélico a la que en sus desvelos solo se puede pagar con veneración.

Y es precisamente esta veneración forzada que los hijos tienen con sus padres la responsable del sufrimiento y de la locura de aquellos miembros de nuestra especie que han tenido la mala suerte de tener padres tóxicos. Pero el daño no procede tanto de la necesidad sino de la obligatoriedad de amar a los padres, de venerarlos, honrarles y respetarles, incluso a aquellos padres que nos abandonan, nos maltratan o nos hieren.

Pues se trata de un mandamiento imposible de seguir, no se puede amar a nadie de forma forzosa, se trata algo que está más allá de las posibilidades de un humano. Algo tan imposible como “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

Los estragos maternos.-

En un post anterior ya advertí que los daños recibidos durante la infancia podrian proceder tanto del padre como de la madre, pero los estragos son infinitamente mayores cuando proceden de la madre, pues es la madre el objeto de las relaciones mas tempranas alli donde se establecen las primeras improntas relacionadas con el cariño, la protección, la predictibilidad, la confianza, la contención, el alivio y la voluptuosidad.

Pero la variable critica de estos estragos no procede del hecho de que las madres sean en su conjunto más perversas que los padres, sino que es la madre la que se encuentra más protegida por el tabú, probablemente porque la prohibición de dañar a la madre (o de cohabitar con ella) son más antiguos que el reconocimiento de la paternidad. Asi y todo es cierto que el padre tambien se encuentra protegido por otros tabúes esenciales, más concretamente por el tabú del parricidio tan ligado al “Complejo de Edipo” descrito por Freud en “Totem y tabú” y otros textos. Es posible afirmar que la cultura humana nace con la aceptación de este segundo tabú: el del parricidio que se forjó sobre los restos arcaicos de un tabú primigenio, la prohibición del acceso a la posesión (sexual) de la madre.

Los daños de las madres (y de los padres) proceden del uso transgeneracional de la proyección, la idealización, o la negación, lo que la madre disoció o ignoró de sus propios padres lo proyectará en la siguiente generación. Es posible afirmar que el uso de de los distintos mecanismos de defensa están relacionados con el deseo de no-saber, de seguir ignorando lo que el cuerpo ya sabe pues aquello que no se integró vive disociado en el cuerpo. Y es a través de la proyección que podemos librarnos de los efectos perjudiciales de lo escindido. El uso de la proyección frente a los hijos protege a las madres del sufrimiento, de la enfermedad e incluso de la muerte. Es por eso que algunos prefieren matar a saber.

A continuación me gustaria poner algunos ejemplos de interacciones venenosas entre madres e hijos. Nombraré algunas sin ánimo de ser exhaustivo:

  1. La madre utilizó a su hijo/a como compensación de un matrimonio sin amor o un matrimonio decepcionante.
  2. La madre desprotegió a sus hijos por incompetencia o por complicidad con un padre abusivo.
  3. La madre educó a sus hijos para que fueran perfectos y poder beneficiarse por poderes de sus éxitos.
  4. La madre mintió a sus hijos sobre sus verdaderos sentimientos, tratando de inculcar en ellos emociones escindidas en ella misma y socavando su principio de realidad.
  5. La madre no ama a su hijo/a y le somete a maltrato, abandono, negligencia o delegando el cuidado de sus hijos a otras personas o instituciones. El infanticidio es la condición extrema de esta posición.
  6. Los padres están a su vez sometidos a sus propios padres que son los que tienen el poder para educar a sus nietos. Vale la pena conocer en este sentido la biografia de Yukio Mishima y la importante relación que tuvo su abuela en el desarrollo de su personalidad y su precoz suicidio.
  7. La madre asfixió a su hijo con cuidados excesivos componiendo y comprometiendo la socialización del niño con sus iguales. Se trata del niño sobreprotegido que no puede nunca desembarazarse de su madre. La asfixia no es solamente una metáfora sino que a veces el asma guarda relación con este tipo de maltrato.

Y a pesar de ello a la madre siempre se le suponen buenas intenciones. “Hizo lo que pudo”, “Ella misma también tuvo problemas con su madre o era huérfana”, “Fue sometida a maltrato durante su infancia”, “Eran otros tiempos”, “Tenia que trabajar para darnos de comer” “Estaba sola” “No hay padres perfectos”, etc.

Se trata de algo que siempre me ha llamado la atención durante mi vida profesional: los pacientes siempre tratan de justificar a sus madres, no sólo aquellos que se identifican por una falta crónica de amor y reconocimiento, sino incluso aquellos que han sido maltratados, abusados, ignorados a abandonados como Moisés. Los pacientes no suelen reprocharles nunca nada a sus padres y si lo hacen inmediatamente rectifican movidos por una especie de culpa ancestral: el mandato de Moisés asoma el hocico apenas aparece un intento realista de zanjar cuentas.

Y es entonces cuando aparece la psicosis o el enloquecimiento que más atrás llamé psicosis ordinarias. De lo que se trata es de mantener la mentira.

Sólo estando psicótico aparecen estos contenidos de reproche o de odio hacia los padres. La mayor parte de las personas optan por una solución de compromiso: la idealización.

Idealización o retorno de la reprimido.-

La idealización es un mecanismo de defensa contra las pulsiones destructivas que los sujetos utilizamos cuando el objeto ha sido escindido en partes buenas y partes malas. Las partes malas se escinden de las partes buenas que necesitan defenderse de la colisión con aquellas partes negadas o reprimidas (disociadas). En este sentido idealizar – es decir acercar el objeto al Ideal del Yo o identificarlo con él, le protege de los ataques internos del propio sujeto. Se idealiza precisamente aquello que se teme, o se ama o se desea que nos ame. Se idealiza porque el cuerpo sabe lo que le falta. El cuerpo se ciñe a los hechos y se idealiza aquello que no se pudo integrar.

Como vemos la idealización es una defensa al servicio del Yo, una defensa maníaca por asi decir, una defensa por exaltación que mantiene la disociación. En el polo opuesto nos encontramos con la devaluación que es el polo delirante (o depresivo) del mismo conflicto. Solo que la devaluación no está al servicio del Yo sino de Tanatos, del impulso de muerte, de la compulsión repetitiva.

Aquello que no se encuentra simbolizado vuelve a aparecer en lo real, que es lo mismo que decir que lo escindido (lo disociado) vuelve repetidamente en una forma u otra.

Es por eso que cualquier terapeuta puede observar que en los estados psicóticos, los pacientes son capaces de sentir ese odio o auto-odio que los sujetos neuróticos no son capaces de sentir.

Algunos necesitan enloquecer para saber esa verdad.

Y el perdón por si mismo tampoco ha curado nunca a nadie. La única cura consiste en conseguir tener una visión realista de nuestros padres y tener consciencia de todo lo que nos dañaron, nos negaron emocionalmente o de sus excesos: de aquello que tuvimos que esconder para no defraudarles. Pues el daño no solamente procede de los déficits de amor o del maltrato físico directo sino a veces de cuestiones muy sutiles como las mentiras que nos obligaron a creer.

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