Tetas: entre el símbolo y la biología


Teta alverre

La enfermedad es una condensación de goce (J. Lacan)

Hay un antes y un después de Hipócrates en relación a nuestra conceptualización de la enfermedad. Hipócrates estableció, algo que hoy nos parece obvio: que las enfermedades tenían causas naturales.

Antes de él -sin embargo- la enfermedad se asimilaba a una carencia de virtud, a un vicio, a un castigo divino o a una maldición generacional causada por algún pecado anterior de alguien en ese linaje. Algo que todavía anda en el inconsciente de nuestros coetáneos: mucha gente hoy vive la enfermedad como un castigo por alguna trangresión propia o ajena: el pensamiento mágico coexiste con el hombre moderno.

Hipócrates estableció que cada enfermedad tenía una physis es decir una naturaleza y es por eso que las podemos reconocer, diagnosticar y adivinar con cierta precisión su evolución: hay algo en ellas que se repite o permanece de forma heraclitiana, tanto como que hay algo en ellas de distinto y de atipicidad. Las enfermedades tienen forma y esa forma puede ser atrapada por el médico entrenado en conocer sus dibujos. Pero aquí no termina todo, porque el enfermo a su vez tiene también physis es decir su propia naturaleza o lo que es lo mismo: las enfermedades cambian según quien las padece, mantienen, eso si, reconocible su carta de naturaleza pero existen modificaciones que cada persona introduce en su curso y sintomatología, inscribiéndole su propio estilo.

Lo que viene a señalar en la dirección de que las enfermedades tienen biología y tienen semántica.

Desgraciadamente la idea original de Hipócrates fue perdiendo vigencia a medida que la medicina fue avanzando y descubriéndose nuevas causas de las enfermedades. El invento del microscopio por ejemplo introdujo la causa infecciosa como modelo natural del enfermar, un modelo que arrastró las mentes mas lúcidas de finales del siglo XIX y principios del XX, gracias a ella se descubrieron los antibióticos. Pero el modelo infeccioso no tardó en caer en desgracia siendo sustituido por el modelo genético, hoy hegemónico en la ciencia: genes, epigenética, conectomas, receptores, biología molecular y neurotransmisores son hoy los nombres bien conocidos a los que se atribuyen sino todas, un buen grupo de enfermedades reintroduciendo en el imaginario colectivo la idea de fatalidad.

Lo que se ha perdido en todos estos progresos y vaivenes de los modelos del enfermar es precisamente la physis del enfermo, sabemos mucho de la physis de las enfermedades pero no sabemos por qué algunos enferman más que otros, e ignoramos por qué algunos se curan de graves enfermedades mientras otros recaen constantemente de ellas u otras similares. El asunto es que este “progreso” de la medicina nos ha hecho olvidar quienes somos, cuales son nuestros sin vivires, qué grado de causalidad tienen los entornos en que vivimos. Dicho de otra manera hemos olvidado la idea de que la enfermedad es una colisión entre dos naturalezas, la de la enfermedad y la del enfermo.

Entre tanto ha surgido entre bambalinas un concepto del que pocos son conscientes: la idea de que la enfermedad es algo a vencer, a desterrar, a destruir. No hace falta recurrir al parecido entre la terminología médica y la militar para comprender que la medicina actual es una medicina de la enfermedad, a la que se trata como un enemigo. Naturalmente no todos los médicos han sucumbido a esta idea, es de notar que Sigmund Freud por ejemplo introdujo un modelo de enfermedad que poco o nada tiene que ver con esta idea militar de conquista y destrucción. Vale la pena volver a la cita que preside este post para comprender que la enfermedad no es sólo algo que puede llevarnos a la muerte sino que a veces es la solución evolutiva a un conflicto biológico, es decir la puesta en marcha de un programa atávico inconsciente y seleccionado por la evolución para resolver un problema que en otro tiempo y lugar dio buenos resultados.

Lacan por ejemplo deconstruye el lenguaje para hacernos pensar en ese goce que enuclea a la enfermedad del cuerpo y la hace sujeto. ¿Cómo puede haber goce en una enfermedad? El que trate de responder a esa pregunta deberá contemplar la posibilidad de que el gozador no sea el sujeto sino algún otro en él: un Gran Amo que dicta sus propias reglas de generación en generación y que necesariamente hemos de acatar: las normas sociales o las normas parentales son ese gran Amo del que habla Lacan.

Organos y símbolos.-

Nos hemos olvidado de que un órgano no es sólo una colección de células que han evolucionado para un fin determinado, usualmente cooperativo con el resto del cuerpo, sino que 1) es además un signo en relación con la comunicación, algo que “dice algo a alguien” y es 2) un símbolo atravesado por el lenguaje.

Así por ejemplo, cuando enfermamos de un órgano determinado lo primero que hemos de preguntarnos es cual es la función de ese órgano, para que sirve: la vejiga para guardar orina (y marcar el territorio), el hígado para almacenar energía y desintoxicar la sangre, el sistema inmunitario para defendernos de ataques externos o internos, el riñón para filtrar orina, el colón para deshacerse de aquello no asimilable, el estomago para capturar y digerir los alimentos, el pulmón para capturar el aire, etc.

Cualquier estudiante de medicina sabe estas cosas y aun: forma parte de la cultura general de cualquier estudiante de secundaria, pero la cosa no termina aquí como veremos más abajo y es precisamente lo que diferencia las enfermedades humanas de la veterinaria.

Un órgano es sobre todo una solución biológica a algún tipo de tarea o trabajo, un producto de la evolución, un diseñoide según cuenta Dawkins, pero también -y desde que hablamos y compartimos significados- un nodo en la red de significantes que le enredan y esa red es además compartida por todos los humanos, lo que nos permite compartir una semántica simbólica.

Un órgano es algo que señala y lleva inscrito otra cosa que está ausente en él mismo.

Un ejemplo son las mamas: se trata de órganos que han evolucionado para cumplir una misión, la de alimentar a los hijos con leche. Eso es algo que todos sabemos y sobre lo que no vale la pena insistir pero la función de las mamas no termina ahí: son también una señal sexual, una señal que viene a señalar la fecundidad, una especie de señuelo para los machos, una señal de dimorfismo sexual muy venerada por los hombres y que fundamentalmente se traduce en atractivo.

Pero aquí no termina el simbolismo de la mama. hemos hablado hasta ahora de una función biológica: amamantar y otra sexual o comunicacional: el atractivo, pero la mama es depositaria de al menos una función simbólica enredada en el lenguaje: la nutrición. La mama es la metonimia y el wicked problem (el problema endemoniado) de lo nutricional.

Y una mujer está siempre anudada a esta metonimia, no importa si tiene o no hijos, tampoco importa la edad que tengan estos, no importa si están cerca o lejos, emancipados o dependientes. La mama siempre es un hijo, no sólo un hijo físico sino un hijo con toda su constelación de necesidades nutritivas. No es inútil decir que el marido  o la pareja de una mujer es también un hijo (ella sentirá sus necesidades de nutrición) como si fuera un hijo. Y tampoco es necesario decir que para un niño de corta edad la mama es el mundo.

Para una mujer las necesidades nutritivas de cualquiera significativo son hijos, es decir mamas.

De manera que cuando las mamas se enferman pueden hacerlo por cualesquiera de estas razones: 1) una enfermedad regional o 2) una enfermedad arquetípica.

Enfermedades arquetípicas.-

Debemos a Hamer y también a Hellinger la idea de conflicto biológico. Un conflicto biológico se establece cuando un órgano determinado no puede satisfacer las demandas de placer o bienestar que proceden de las exigencias de alguien, aquel gran Amo. Si la mama ha de dar leche, un conflicto biológico seria la imposibilidad de amamantar, si la mama ha de resultar atractiva, el conflicto seria carecer de mamas atractivas, si el conflicto es relativo a la nutrición de alguien el conflicto seria no poder resolver esa demanda.

De todos ellos solo el tercero dará como resultado una enfermedad arquetípica, pero no basta con no poder atender una demanda nutritiva concreta, ha de haber otras condiciones para que se active ese programa atávico, algo que abordaré en mi próximo post. Baste ahora recordar que la diferencia entre una enfermedad arquetípica y una enfermedad regional es que en la primera se activa un “programa” seleccionado evolutivamente: la proliferación celular.

La proliferación celular (la mitosis) será el resultado de la activación de ese programa a fin de dar más leche, resultar ser una madre más nutritiva. El resultado de esta proliferación es el cáncer ductal de mama.

En un post anterior hablé precisamente de estos -algunos- arquetipos celulares que podemos pensarlos de este modo: se trata de estrategias celulares seleccionadas por la evolución para resolver demandas del organismo en su búsqueda de placer. Del por qué estos arquetipos celulares se activan y de su mecanismo hablaré tal y como dije más arriba en un próximo post.

Dejo aqui en pdf la monografia de Castejón un autor que ha divulgado y reorganizado las ideas de Hamer.

4 pensamientos en “Tetas: entre el símbolo y la biología

  1. Me ha encantado tu artículo. Me gustaría señalar la psicogenealogía y concretamente el trabajo de Anne Ancelin Schützenberger. ¿Qué opinas al respecto? creo que aporta conocimiento a lo que podría entenderse como pensamiento mágico.

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