¿Una doble conciencia? (VI)


La esquizofrenia precisa la existencia de un hombre dividido

(Fernando Colina)

Otra de las fuentes originales donde podemos navegar en busca de esas diferencias entre consciencia primordial (o prepersonal) y consciencia recursiva (personal) es la psicopatología, y más concretamente a través de la paranoia.

La paranoia no es solamente una enfermedad mental reconocida y descrita en el siglo XIX ya por prestigiosos alienistas y separada de las otras dos grandes psicosis: la esquizofrenia y la psicosis maniaco-depresiva. La paranoia es, para Freud, un sistema filosófico, es decir una forma de pensar. Algo que procede sin duda de una visión del mundo muy concreta, una visión de un mundo amenazante, hostil y peligroso y no tengo ninguna duda de que esta visión es en realidad un vestigio de algo que fue y se mantiene en nuestro psíquismo, en el corazón de nuestra esencia,  se trata sin duda de algo que procede de esa visión prepersonal que caracterizó nuestra consciencia antes de que se hiciera en ella ese desdoblamiento que caracteriza la autoconciencia.

La paranoia según Swanson, Bohnert y Simth nos cuenta en “El mundo paranoide (1974)”, se caracteriza por una serie de módulos o dimensiones desde los cuales podemos ir desplegando la sintomatología clásica: el delirio :

       1.- Hostilidad universal

2.- Autoreferencia

3.- Megalomania

                 4.- Ausencia de autonomía

5.- Suspicacia

                    6.- Pensamiento proyectivo

Estos seis puntos (dimensiones del pensamiento paranoide o consciencia paranoide) son en realidad la forma de pensar de los hombres prehistóricos, sin prejuzgar cuando o como emergió de ellos esa autoconciencia que caracteriza al hombre de hoy.

Estos seres primitivos debieron vivir en un entorno plagado de peligros y de incertidumbre, de accidentes, enfermedades, carestías y hambrunas, enfrentamientos con fieras, intoxicaciones por venenos y sobre todo expuestos a casi todas las calamidades de la tierra, incluyendo fenómenos atmosféricos y desastres naturales. Y todo ello marcado por un sello cognitivo concreto: la ignorancia de todo o casi todo, sería la cultura y la tradición más tarde la que saldría en socorro de gran parte de esa ignorancia haciendo al humano más fuerte al poder controlar y predecir, al menos en parte, estos fenómenos desconocidos y dotarles de algún tipo de sentido.

Es posible afirmar que la vida de estos hombres debió estar presidida por una amenaza constante y que sólo a través de la sospecha y la suspicacia pudieron sobrevivir y evitar peligros, peligros que estarían enroscados en la novedad o en lo inesperado. El exorcismo de esta incertidumbre puede explicar este “modo de pensar paranoide”, sentirse amenazado constantemente debió ser la regla y no la excepción en tiempo ancestral.

Pero este panorama no debió ser así todo el tiempo, de lo contrario nadie “regresaría” buscando aquellas perdida unidad en busca de una cierta felicidad ingenua, tal y como podemos ver en las regresiones, en la locura, en el abandono del mundo o en la experimentación con drogas psicoactivas. Hubo algo que aun atrae al hombre moderno hacia aquel “paraíso terrenal”.

Y lo que atrae es la unidad originaria entre consciencia y mundo, el sentimiento corriente en aquellas criaturas debió ser algo muy parecido a lo que los investigadores de la consciencia descritos hasta ahora llamaron la consciencia cósmica (Bucke, 2005)), algo así como sentirse insertado en el mundo en comunión completa con él, no como algo (un punto) que se desplaza en una cuadricula cartesiana sino algo así como “ponerse el mundo por montera”, un “como si” el mundo se desplazara al mismo tiempo que nosotros caminamos por él, lo que llevaría incluido una cuota de poder: el poder de controlar el mundo a voluntad. Es seguro que la omnipotencia paranoide (grandiosidad o megalomanía) proceden de ese sentimiento casi fantástico, cercano a lo maravilloso o a lo demoníaco pero que en cualquier caso se revelaba como una ganancia de poder (una ganancia de poder que Freud vinculó con su fase anal), del mismo modo que podemos observar hoy en la ganancia de poder que obtienen los niños cuando comienzan a andar y a sentir que el mundo responde a sus movimientos en el espacio. Es seguro también que la capacidad de aquellas criaturas para sentirse interpelados por el mundo resultara la otra cara de la moneda, la autoreferencia es el subproducto necesario a ese lugar central en el mundo que ocupamos antes de la gran escisión. Todo está referido a nosotros mismos.

El mundo se manifestaría a través de los sueños, los pensamientos y las imaginaciones, vividas no como un producto de nuestra voluntad sino a la influencia cósmica de seres invisibles. es muy posible que la invención de Dios, un Dios que se comunicara directamente con nosotros y que se nos revelara a través de distintas influencias y mandatos fueran el antecedente de lo que ahora llamamos delirios de influencia o imprecaciones alucinadas. Es seguro que tal y como dice Jaynes del que hablé en este post las alucinaciones fueran el embrión de lo que hoy entendemos por diálogos internos autoreflexiones o monólogos. O por decirlo en sus mismas palabras: los dioses son voces en nuestra cabeza.

Todo comenzó reconociendo patrones en la naturaleza, el día y la noche, las estaciones, la posición de las estrellas o las fases de la luna intervinieron en la vida de los hombres y modificaron su psiquismo y sus cuerpos. Concretamente un aspecto que ha sido poco investigado hasta el momento es la coincidencia (la sincronía) entre las fases lunares (28 días) y la menstruación femenina (el ciclo menstrual). Solo nuestra especie ha logrado esta sincronía, el resto de los mamíferos se regulan a través del sol, uno o dos estros al año. Los psicólogos evolutivos han descubierto la innovación que aportó este cambio del estro hasta la ovulación silenciosa regulando así las relaciones entre machos y hembras ocultando las señales de fertilidad y haciendo a la hembra accesible todo el tiempo, pero hasta donde yo sé, nadie salvo Gooch (Gooch, op cit) han señalado esta influencia cósmica en una función fisiológica como el ciclo menstrual.

De manera que hablar de paranoia en tiempo ancestral es absurdo, porque la paranoia se define como un temor en ausencia de amenaza real, un temor que es además de eso persecutorio. Las amenazas que las criaturas primigenias debieron sentir no era algo imaginario sino algo muy real, su vida pendía de un hilo, de un error, mas valía pues mantener el sistema de alarma bien engrasado. Algo que seguimos haciendo hoy.

Pero vivir así, en esa continua amenaza tenia costes y es por eso que el hallazgo de Lucy permitió a los hombres primitivos comprender que la “huella del oso, no era el oso en sí”. Es por eso que el orden simbólico -ganancia de la consciencia personal o autorecursiva fue un hito evolutivo. El humano ya no necesitaría correr cuando viera las huellas del oso, fue así que se separó definitivamente del determinismo puro, el símbolo nos protegió.

La paranoia es en realidad una enfermedad del hombre moderno, de la autoconsciencia, de nuestra capacidad de construir mundos imaginarios, de disparar ciertas alarmas cuando la vida nos pone a prueba a través de decepciones, humillaciones, sinvivires o ciertas pruebas de las que salimos trasquilados y que ofenden nuestro autoconcepto. La paranoia tal y como la conocemos hoy es una patología mental que supone una incapacidad (o un repudio) para simbolizar, algo así como si no hubiéramos sido capaces de alejarnos de aquel mundo amenazante y hostil y nos encontráramos con él cuando intentamos huir de la realidad real que nos abruma.

Pues lo que hay en el fondo, en el núcleo de aquella consciencia primordial que perdimos no es otra cosa sino el delirio.

Bibliografia.-

  • Bucke, Richard Maurice (2009). Cosmic Consciousness: A Study in the Evolution of the Human MindMineola, New York: Dover Publications. ISBN 978-0-486-47190-7.
  •  David Swanson, P. Bohnert y J. Smith “EL MUNDO PARANOIDE”, LABOR – España – 1974 –

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