Bergson y la neurociencia (II)


No es que siempre vuelva es que siempre estuvo ahí.

@pacotraver

cono Otro de los constructos teóricos de interés para nuestra disciplina es el concepto que Bergson mantuvo sobre el tiempo, algo de lo que ya he hablado en otro lugar. Bergson mantuvo la idea de que el tiempo de la conciencia vital no tenia nada de entidad discreta, es por eso que habló de que el tiempo como duración de las cosas, el tiempo cronometrado era una ilusión de los estados de conciencia que van sucediéndose hasta la eternidad. La consciencia humana carece de tiempo, todo el pasado y todo el futuro están presentes constantemente en nuestra mente, tal y como formuló Ouspensky. Véase el concepto tetradimensional del cono de luz en la wikipedia.

No está demostrado que Bergson leyera a Freud o viceversa, pero resulta curiosa su predilección por ciertos temas, Freud con el chiste y su relación con el inconsciente y Bergson con la risa. Pero voy a referirme sobre todo al tema del tiempo, el tiempo de la consciencia humana (incluyendo al inconsciente freudiano). El aforismo freudiano de “El tiempo no existe para el inconsciente” se encuentra muy cerca (si no es la misma idea del tiempo en Bergson). La idea freudiana tiene consecuencias importantes en el tema de la causalidad porque lo que Freud propone es que el efecto puede anteceder a la causa o que: “La culpa antecede a la falta” (Freud, 1937) Y si la culpa (efecto) antecede a la falta (causa), la falta por sí misma no puede provocar el efecto que le atribuimos, sino que más bien parece que se trata del pretexto del inconsciente (o de la diferente sintonización mente-cerebro) para justificar la falta, usualmente en el otro.

Dicho de otro modo: la culpa es fundacional en el ser humano y se trata de un intangible de la mente, este intangible busca un cerebro donde perpetuarse y este cerebro buscará más tarde algo donde proyectarse al exterior. Un ejemplo de esta idea son los celos: el celoso buscará siempre una pareja que le reafirme en su celotipia, es más: elegirá sus parejas guiado por la necesidad de sentirse celoso de ellas, si no tiene motivos reales los inventará a través de un delirio, una de las formas intangibles en que nuestra mente construye estados mentales alejados de la función cerebral propiamente dicha. Lo que diferencia a Bergson de Freud es una simple cuestión ¿de dónde procede esa conciencia que utiliza al cerebro, que lo parasita y lo usa como una simple válvula de seguridad, como un sintonizador? Freud le llamó inconsciente y Bergson le llamó conciencia cósmica.

Para Bergson el cerebro sería como un televisor (o una radio) que se estropea o sufre interferencias y no puede sintonizar con un programa determinado. Al programa en sí no le pasa nada, es el televisor el que no puede cumplir su función de sintonizar la emisora correspondiente. Freud tenía una opinión bien distinta: sería el inconsciente a través de la represión el que imposibilitaría que alguno de sus contenidos se hiciera consciente, seguramente a través del rechazo moral del individuo en cuestión. Ambos Bergson y Freud postulan un tipo de consciencia distinta a la habitual -supra o infraconciencia- donde moran ciertos estados mentales desconocidos para el sujeto, bien por falta de sintonización o bien por represión o rechazo.

La pregunta que viene a continuación es ¿desde dónde emite esa emisora, esa estación cósmica a la que Bergson -y otros- le adjudican intencionalidad, agenticidad e inteligencia? Y es por eso que le pregunté a Jose Carlos Aguirre, un experto en Bergson y el vitalismo, me dijo:

  1. El élan vital es una creatividad de base cero, no es reducible a algorritmica binaria alguna; por eso desborda el paradigma mecanicista, del mismo modo que la libido freudiana, el conatum de Spinoza, o la voluntad de Schopenhauer.
  2. Bergson creyó que es necesario entender ese élan vital cuyo origen remite a sí mismo. En realidad la natura naturans de la filosofía medieval o la physis helénica, es decir, la naturaleza desde el punto de vista de su potencia creadora, de esa fuerza activa que se despliega en el proceso evolutivo y que añade formas y complejidad a la materia. La conciencia humana sería un fruto de tal creatividad. En los compuestos vitales, a diferencia de las máquinas, el todo es siempre más que la suma de las partes; precisamente a partir de ese élan vital.

Dicho de otro modo: el “élan vital” es irreductible (como la libido freudiana), la consciencia humana es irreductible y procede de la potencialidad creadora de la naturaleza, sin localidad. ¿No es éste el mismo concepto de complejidad?

Una emergencia es precisamente eso: una potencialidad creadora de la suma de partes vivas, así un organismo pluricelular es algo más que la suma de los elementos que la componen, un enjambre es una consciencia que va más allá de la abeja individual o un cardumen de peces es algo más que el pez aislado.

Por lo que no parece que las ideas de Bergson sean en absoluto descabelladas, no habla de Dios, ni de una Voluntad o arquitecto que se encuentre entre bambalinas dirigiendo el cotarro de la evolución humana, no desmiente el paradigma evolutivo sino que lo completa en una de las cuestiones mas controvertidas del mismo. ¿Por qué la evolución se tomó el trabajo de construir mentes como la de Beethoven, Einstein o Leonardo da Vinci?, si de lo que se trata de de reproducirse, sobrevivir y lograr pasar nuestros genes a la siguiente generación es obvio que siendo amebas teníamos bastante más futuro que siendo humanos. ¿Y qué aporta o añade el talento artístico, científico o musical a la evolución?

Es evidente de que la teoría evolutiva queda coja al tratar de explicar este despliegue de creatividad que se encuentra detrás de eso que llamamos vida. En mi opinión no hace falta apelar a causaciones trascendentes para explicar este fenómeno y mucho menos aprobar la idea de la teoría Gaia, que viene a decir que el universo está vivo, una idea que ya propuso la Blavatsky hace más de un siglo y que Lovelock, ha plagiado del esoterismo clásico. El universo no está vivo, se trata de materia inerte sometida a los flujos energéticos bien conocidos por la física y si está vivo, entonces no sabemos qué demonios significa decir que nosotros estamos vivos. Entre una roca y yo hay algo que se añade en mi favor, la vida. Naturalmente y desde la adhesión de Lynn Margulis a la hipótesis Gaia la controversia ha llegado al paroxismo y remito al lector interesado a la obra de la Margulis, “Una revolución en la evolución” donde podrá seguir las acusaciones, defensas, “dimes y diretes”, réplicas y contraréplicas de todo este debate.

Lo que sucede -es como decía Bergson- que la cultura humana evoluciona de un modo más rápido que la evolución natural, esta es la diferencia pero funciona de un modo similar a la evolución: eliminando lo superfluo, de manera que no toda novedad será sancionada por la cultura. Una vez inventado el autosímbolo el despliegue cultural ha ido creciendo en complejidad y celeridad impulsando a la consciencia humana un escalón más arriba de la simple conciencia autorecursiva. Ya no sólo sabemos que sabemos y casi toda la humanidad ha llegado a este estadío yoico, sino que tenemos un conocimiento del conocimiento del conocimiento, sabemos que sabemos que sabemos.

Habitamos ya (no todos, pero si una buena parte de la humanidad) en ese tercer piso que trasciende al Yo. Y si es así, es lógico que nuestra mente tenga a su disposición muchas más prestaciones, un número mas elevado de sutilezas en cuanto a estados mentales que las que pueden emerger del cerebro de un asno. Estados mentales que -en su mayor parte- no tienen correspondencia psicofisiológica en nuestro cerebro: el genio de Mozart no es sólo una disposición de neuronas y transmisores químicos, ni procede exactamente de la organización de su cerebro. Pero lo que es innegable es que no podría darse el talento de Mozart sin el cerebro, la experiencia vital, la biografía de Mozart incluyendo sus enfermedades infantiles y el entorno educativo en que creció. Pensar otra cosa, es decir pensar que una consciencia “Mozartiana” común a toda la humanidad que vive, habita y emite sus frecuencias desde algún ignoto lugar es espiritismo o es directamente nostalgia de un Dios creador.

4 pensamientos en “Bergson y la neurociencia (II)

  1. El debate seria, entiendo yo, entre un dios creador y personal (en el sentido de Dios particularizado) y una noción de ser, de unidad o de totalidad a la cual todo quedaría remitido en tanto fuente de creatividad. Con todo, el tema se complica mucho cuando detectamos que la teología bebe a mansalva de las doctrinas naturalistas y ontológicas de los griegos y la mística de la teología negativa… Del debate con Lovelock quizá quepa una via intermedia ya que la vida se puede entender como creatividad y tendencia a la complejidad… aunque en el sentido de naturaleza o physis más que en el sentido de byos (la vida particular de los organismos) desde luego. Con todo no son asimilables la creatividad de lo mineral y la creatividad de la thoe(vida en un sentido general)

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