La máquina de influencia


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Victor Tausk fue un discípulo de Freud con un fin trágico y cuya historia -poco conocida incluso para los propios psicoanalistas- fue desvelada por Paul Roazen en un libro titulado “Hermano animal”, cuyo titulo no tiene nada que ver (que yo sepa) con la historia que se cuenta allí y que el lector puede consultar en este post.

Hace pocas semanas me encontré con este articulo (en inglés) por casualidad y recordé la historia de este hombre que tuvo, un final trágico a pesar de haber disfrutado de la elite médica de su tiempo. El caso es que a Freud -por razones poco claras- no le gustaba nada y el libro de Roazen -demasiado subjetivo- no aclara la verdadera razón de su infortunio.

Lo importante y de lo que voy a hablar aquí es una de sus conceptualizaciones más interesantes: “la maquina  de influencia” que además en el articulo se relaciona con la película “El show de Truman” de la que ya hablé aquí. de manera que he decidido traducir el articulo por el interés que contiene al respecto de las “influencias” psicóticas.

El reality show.-

Los informes de investigaciones de la psiquiatría clínica raramente hacen mucho ruido en los medios amplios, pero pareciera apropiado que un informe titulado “El delirio del show de Truman: La psicosis en la Aldea Global” publicado en mayo de 2012 en una edición de Neuropsiquiatría Cognitiva, debió haber causado sensación mundial.

Sus autores, los hermanos Joel y Ian Gold, presentan una sorprendente serie de casos en los que los individuos se habían convencido de que secretamente estaban siendo filmados para un programa estilo “reality” (realidad en vivo) de televisión.

En uno de los casos, el sujeto viajo a Nueva York, exigiendo ver al “director” de la película de su vida, y deseaba comprobar si el World Trade Center había sido destruido en realidad o si sólo era en la película que estaba siendo montada para su beneficio. En otro caso, un periodista que había sido hospitalizado durante un episodio maníaco, se convenció de que la situación médica era falsa y que se le concedería un premio por la cobertura de la historia una vez que la verdad fuera revelada. Otro sujeto, estaba trabajando en las series de televisión de un reality, pero llegó a creer que sus compañeros de equipo estaban secretamente filmándolo, y estaba constantemente esperando el momento de “Esta- es- tu vida” cuando las cámaras podrían dar la vuelta y mostrar que él era la verdadera estrella del espectáculo.

Pocos comentaristas fueron capaces de resistir la idea de que estos casos – todos con diagnóstico de esquizofrenia o trastorno bipolar, tratados con medicamentos antipsicóticos- eran en cierto sentido la punta del iceberg, exponiendo una patología en nuestra cultura en su conjunto, como un todo. Fueron tomados como ejemplos extremos de un malestar modeno, más amplio: la obsesión por la celebridad convirtiéndonos a todos en estrellas narcisistas de nuestra propia vida, o un medio saturado de cultura deformando (distorsionando) nuestro sentido de la realidad y borrando la línea entre el hecho real y la ficción. Parecían capturar el espíritu de la época (zetgeist) perfectamente: cuentos con moraleja para una época en la que nuestra experiencia de la realidad es arreglada y personalizada de formas forma sutiles e insidiosas, y todo, desde nuestro correo basura hasta nuestras búsquedas secretas en línea, discretamente nos alientan con la suposición de que somos el centro del universo.

Pero parte de la razón por la que el delirio del “show de Truman” parece tan increíblemente en sintonía con los tiempos es que los éxitos taquilleros de Hollywood ahora regularmente presentan narrativas que, hasta hace poco, estaban confinadas a los notas de casos y literatura sobre psicosis paranoide pertenecientes al ramo de los psiquiatras.

La cultura popular marcha con historias sobre tecnología que secretamente observa y controla nuestros pensamientos, o en los que la realidad se simula en base a construcciones mentales o recuerdos implantados, y donde la verdad se vislumbra solo en secuencias de sueños distorsionados o momentos oportunos cuando la máscara se desliza.

Hace un par de décadas, estas creencias podían tachar más seguido a personajes ficticios como locos, en vez de maniacos no homicidas.  Hoy en día, son más propensos a identificar un protagonista que, como el Truman Burbank de Jim Carrey, genuinamente ha tropezado en un secreto cuidadosamente orquestado en el que aquellos que le rodean son conscientes de manera insulsa. Estas historias, obviamente, resuenan con nuestra modernidad saturada de tecnología.  Lo que está menos claro es por qué adoptan tan fácilmente una perspectiva, que era, hasta hace poco, un sello distintivo de alejamiento radical de la realidad. ¿Sugiere esto que las tecnologías de los medios de comunicación están haciéndonos a todos paranoicos? ¿O que los delirios paranoicos de repente tienen más sentido que antes?

La primer persona para examinar la curiosa relación simbiótica entre las nuevas tecnologías y los síntomas de la psicosis fue Victor Tausk, antiguo discípulo de Sigmund Freud. En 1919, publicó un artículo de investigación sobre el fenómeno que llamó “la máquina de influir”. Tausk se había dado cuenta de que era muy común que los pacientes con el diagnóstico de la recientemente acuñada esquizofrenia, se convencían de que sus mentes y sus cuerpos estaban siendo controlados por las tecnologías avanzadas invisibles para todos menos para ellos.

Estas “máquinas que influyen” eran a menudo elaboradamente concebidas y predicadas como los nuevos dispositivos que estaban transformando la vida moderna.  Los pacientes reportaron que estaban recibiendo mensajes transmitidos por baterías ocultas, bobinas y aparatos eléctricos; las voces en sus cabezas estaban siendo retransmitidas por las formas avanzadas del teléfono o fonógrafo, y las alucinaciones visuales por la operación encubierta de “una linterna mágica o cinematógrafo”. El caso de estudio más detallado de Tausk era de un paciente llamado Natalija A, quien creía que sus pensamientos estaban siendo controlados y su cuerpo manipulado por un aparato eléctrico secretamente operado por doctores en Berlin. El dispositivo tenía la forma de su propio cuerpo, y su estómago era una tapa forrada de terciopelo que se podía abrir para revelar las baterías correspondientes a sus órganos internos.

A pesar de que estas creencias eran salvajemente delirantes, Tausk detectó un método en su locura: un reflejo de los sueños y las pesadillas de un mundo en rápida evolución. Dinamos eléctricos fueron inundando las ciudades europeas con energía y luz, sus redes ramificadas se hacían eco de las estructuras filigranas vistas en las diapositivas de laboratorio del sistema nervioso humano. Nuevos descubrimientos, como los rayos X y radio estaban exponiendo mundos invisibles hasta ahora y poderes misteriosos eran diariamente discutidos en las revistas de divulgación científica, extrapolados en revistas de ficción barata y declarados por los espiritualistas como evidencia de “el otro lado”. Pero toda esta novedad no estaba creando nuevas formas de enfermedades mentales, según Tausk. Más bien, los desarrollos modernos estaban provisionando a sus pacientes con un nuevo lenguaje para describir su condición.

En el núcleo de la esquizofrenia, argumentó, era una pérdida de los límites del ego que hacía imposible para los sujetos el imponer su voluntad en la realidad, o formar una idea coherente de sí mismos. Sin una voluntad propia, les parecía que los pensamientos y palabras de otros estaban siendo forzadas hacia dentro de sus cabezas y emanadas desde sus bocas, y sus cuerpos eran manipulados como marionetas, sujetos a torturas y colocados en posturas misteriosas. Estas experiencias no tenían un sentido racional, pero aquellos que las sufrían eran sujetos de lo que Tausk llamaba “la necesidad de causalidad que es inherente en el hombre”. Se sentían que ellos mismos estaban a merced de fuerzas malignas externas, y sus mentes inconscientes fabricaban una explicación desde el material a la mano, a menudo con notable ingenuidad. Incapaces de dar significado en el mundo, ellos se convirtieron en navíos vacios de los artefactos culturales y supuestos que se arremolinaban en torno a ellos. A principios del siglo 20, muchos se vieron atenazados por la convicción de que algún operador oculta los estaba atormentando con tecnología avanzada.

Un nómada del desierto es más propenso a creer que está siendo enterrado vivo por un genio, y un Americano urban, que le ha sido implantado un microchip y está siendo monitorizado por la CIA

La teoría de Tausk fue radical en su implicación de que las declaraciones de la psicosis no eran un galimatías o aleatorias, sino un bricolaje, a menudo hábilmente construido, de las creencias y preocupaciones colectivas. A lo largo de la historia hasta el momento, el marco explicativo de estas experiencias ha sido esencialmente religiosa: fueron vistos como la posesión por espíritus malignos, visitaciones divinas, la brujería, o las trampas del diablo. En la era moderna, estas creencias se mantuvieron como algo común, pero las explicaciones alternativas ya estaban disponibles. Las alucinaciones experimentadas por los pacientes psicóticos, Tausk observó, no son típicamente objetos tridimensionales pero las proyecciones ‘se ven en un solo plano, en las paredes o vidrios de las ventanas’. La nueva tecnología del cine replicó esta sensación precisamente y fue en muchos aspectos una explicación racional de la misma: una que “no revela ningún error de juicio más allá del hecho de su no-existencia”.

En su comprensión instintiva de los poderes y las amenazas implícitas de la tecnología, las máquinas que influyen pueden ser convincentemente futuristas e incluso sorprendentemente proféticas. El primer caso registrado, en 1810, era un paciente de Bedlam llamado James Tilly Matthews quien dibujó los planos técnicos exquisitos de la máquina que controlaba su mente. El ‘Air Loom “, como él la llamaba, utilizaron la ciencia avanzada de su época – los gases artificiales y rayos hipnóticos – para dirigir las corrientes invisibles en el cerebro, donde un imán se había implantado para recibirlos. Mundo de los rayos y corrientes, una locura de sus contemporáneos, con carga eléctrica de Matthews es ahora parte de nuestro mobiliario cultural. Una búsqueda rápida en Internet revela docenas de comunidades en línea dedicadas a la discusión de los implantes cerebrales magnéticos, tanto reales como imaginarios.

La interpretación del delirio del show de Truman de los hermanos Gold corre a lo largo de líneas similares. Podría parecer un fenómeno nuevo que ha surgido en respuesta a nuestra cultura de medios hipermoderna, pero es de hecho una condición familiar dado una moderna renovación. Hacen una distinción fundamental entre el contenido de los delirios, que es espectacularmente variada e imaginativa, y las formas básicas del delirio, que caracterizan como “universales y más bien pequeñas en número.

Ideas delirantes de persecución, por ejemplo, se pueden encontrar a lo largo de la historia y en todas las culturas, pero dentro de esta categoría, un nómada del desierto es más propenso a creer que está siendo enterrado vivo en la arena por un genio, y un estadounidense urbano, que se le ha implantado un  microchip y está siendo supervisado por la CIA. ‘Para una enfermedad que se caracteriza a menudo como una ruptura con la realidad” se observa que “la psicosis se mantiene muy al día”. En lugar de estar distanciados de la cultura que les rodea, los sujetos psicóticos pueden ser vistos como consumidos por ella: incapaces de establecer los límites de sí mismos, están a merced de su normalmente aguzada sensibilidad a las amenazas sociales.

En esta interpretación, el delirio del show de Truman es una expresión contemporánea de una forma común del delirio: lo grandioso. Aquellos que experimentan la aparición de la psicosis a menudo se convencen de que el mundo ha experimentado un cambio sutil, que les sitúan en el centro del escenario en un drama de proporciones universales. Todo de repente se llena de significado, cada pequeño detalle está cargado de significado personal. Las personas que te rodean son a menudo cómplices: interpretando papeles preasignados, para probarte o la prepararte para un momento inminente de la revelación. Estas experiencias han sido típicamente interpretadas como una visitación divina, una transformación mágica o una iniciación a un nivel más alto de la realidad. Es fácil imaginar cómo, si descendían sobre nosotros sin previo aviso, hoy, podríamos llegar a la conclusión de que la explicación era una invención de la televisión o medios de comunicación social: que, por alguna razón oculta deliberadamente, la atención del mundo se centró repentinamente sobre nosotros, y un público invisible observaba con fascinación al ver cómo responderíamos. El delirio del show de Truman, entonces, no implica necesariamente que la telerrealidad es una causa o un síntoma de una enfermedad mental, sino que podría ser simplemente que la presencia omnipresente de la telerrealidad en nuestra cultura ofrece una explicación plausible de sensaciones y eventos inexplicables. 

Aunque la formación de delirios es inconsciente y con frecuencia una respuesta a un trauma profundo, la necesidad de construir hipótesis plausibles le da muchos puntos en común con el proceso de escribir ficción. En raras ocasiones, los dos se superponen. En 1954, el novelista Inglés Evelyn Waugh sufrió un episodio psicótico en el que pensaba que era perseguido por una serie de voces incorpóreas que discutían sus defectos de la personalidad y de la difusión de rumores maliciosos acerca de él. Él se convenció de que las voces estaban siendo orquestadas por los productores de una reciente entrevista en la radio BBC, cuyas preguntas que había encontrado impertinente, explicó su capacidad para seguirle dondequiera que iba invocando una tecnología oculta a lo largo de las líneas de una “caja negra” radiónica, el entusiasmo de uno de sus vecinos. Sus ilusiones se hicieron cada vez más florido, como Waugh describe más adelante: “No era en absoluto como perder a razón… Yo estaba racionalizando todo el tiempo, era simplemente la razón trabajando duro en las premisas equivocadas.

Waugh convirtió la experiencia en una novela cómica brillante, el calvario de Gilbert Pinfold (1957). Su protagonista es un escritor pomposo pero frágil en la edad media tardía, cuya paranoia sobre el mundo moderno se alimenta por un régimen creciente de licores y sedantes hasta que estalla en manía persecutoria en toda regla (un compañero familiar de Waugh, quien lo abreviaba discretamente como ‘pm’ en las cartas a su esposa). Aunque la novela suaviza los bordes de las extrañas asociaciones de Waugh y guiños a sabiendas en situación surrealista de Pinfold, la ficcionalización desdibuja en la narrativa que surgió durante la psicosis de Waugh: incluso para sus amigos más cercanos, era imposible saber exactamente donde el primero terminó y el segundo comenzó.

Para cuando Gilbert Pinfold se publicó, los relatos de paranoia y psicosis estaban empezando a migrar de la psiquiatría en la cultura popular, y las memorias en primera persona de una enfermedad mental aparecían como libros de bolsillo para el mercado masivo. Los operadores de memorias y las cosas: La vida interior de un esquizofrénico (1958), escrita bajo el seudónimo de Barbara O’Brien, contaba la extraordinaria historia de una joven perseguida a través de América en los autobuses Greyhound por una banda oscura de “operadores” con un controlador de mentes “estroboscopio”, pero se presentó y etiquetado como un thriller de ciencia ficción. Por el contrario, los thrillers fueron incorporando líneas argumentales que asumieron la realidad de las tecnologías de control mental. La exitosa novela de Richard Condon “El mensajero del miedo (1959)” se convirtió en la premisa de que un sujeto hipnotizado puede ser programado para responder inconscientemente a las señales preestablecidas. En memorable y, en retrospectiva de la obra, el clímax inquietantemente profético, un agente involuntario se activa para asesinar al presidente de los EE.UU.. La inexpresiva sátira de Condon fue informada por ansiedadesde la Guerra Fría sobre la infiltración comunista y el lavado de cerebro, pero esto también se basó en las últimas revelaciones populares de las técnicas “subliminales” de la publicidad, como Los persuasores ocultos (1958) por Vance Packard. Se dirigió expertamente  hasta el disputado territorio de magia negra de la psicología: una historia paranoica para tiempos paranoicos, que aún informan un próspero submundo de las teorías conspirativas impulsadas por Internet.

Tal vez la aparición de la máquina de influir en la ficción moderna puede ser más claramente trazada a través de la carrera y la vida futura de Philip K Dick, que combinó la profesión de escritor “de novela barata” prolífico  con una fascinación intensa hipocondríaca con trastornos psicóticos. Se diagnosticó a sí mismo tanto como paranoico y esquizofrénico en varias ocasiones, y se incluyen personajes esquizofrénicos en su ficción; muchas de sus novelas y relatos cortos tienen un parentesco más cercano con las memorias de la enfermedad mental que con los robots, naves espaciales-y-cuentos de la ciencia-ficción contemporáneas.

Juegan a cabo iteraciones inquietas de la idea de que la realidad de consenso es, de hecho, la construcción de algún tipo de influencia: una simulación diseñada para poner a prueba nuestro comportamiento, un conjunto de recuerdos generados artificialmente para mantenernos en nuestra rutina diaria, una fantasía de consumo vendida a nosotros por corporaciones hambrientas de poder o amablemente proporcionadas por extraterrestres para leer la mente. la novela de Dick “time out of Join” salió el mismo año que The Manchurian Candidate y era un ancestro claro de El Show de Truman. Su protagonista, Ragle Gumm, habita un mundo suburbano suave que se revela poco a poco a ser una simulación militar, con el único propósito de la puesta a punto es mantener Gumm jugando alegremente a lo que él cree que es un rompecabezas acorazado en el periódico todos los días, mientras que en realidad sus soluciones están dirigiendo los ataques con misiles en una guerra de la que se mantiene inconsciente.

A lo largo de su vida, Dick siguió siendo un autor de culto. Sus devotos pero limitados fans valoraron su trabajo por su rareza sin concesiones, sin imaginar que podría asimilarse a la corriente popular. De hecho, después de una serie de episodios de visionarios en 1974, que él elaboró ​​en una teología personal compleja, la obra de Dick se hizo todavía más hermética, remota, incluso a su base de lectores de ciencia-ficción. Murió en 1982, así como su novela (Do Androids Dream of Electric Sheep?) ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) estaba siendo adaptado en la película de Ridley Scott, Blade Runner, su historia moderada por un estudio que cree audiencias rechazarían la revelación culminante que su protagonista era él mismo un androide. Adaptaciones cinematográficas posteriores de la obra de Dick, como la de Paul Verhoeven’s “Total Recall”(1990), también bajó el tono a los cambios de la realidad radical original, limitándolos a una organización de apertura antes de establecerse en un carrete de acción final sin complicaciones.

Sin embargo, en 1999, “Matrix” alcanzó el oro en las taquillas con un guión que presentaba un clásico Dickian influenciando en forma cruda y sin diluir. Un curioso hacker se topa con el último secreto: el llamado “mundo real” es una simulación, ocultando una realidad en la que toda la humanidad ha sido esclavizada y cosechado por máquinas durante siglos. Reforzado por montones de diálogo explorando implicaciones existenciales del escenario; esto fue precisamente lo que los ejecutivos de Hollywood asumían que el público odiaba: cineastas jugando inteligentemente con su audiencia, quitándoles todo el apoyo, incluso jugando con la cuarta pared del teatro. Y sin embargo, fue un éxito sensacional, resonando mucho más allá de los multicines y la inserción de sus memes profundamente en una cultura más amplia que ahora estaba organizada por Internet.

Como el guionista estadounidense William Goldman observó en sus memorias “Adventures in the Screen Trade”(1983) (Aventuras en el comercio de la Pantalla), en el negocio del cine, nadie sabe nada. Podría ser que una metaficción igualmente audaz podría haber sido exitosos años antes, pero parece más probable que el impacto cultural de Matrix refleja la omnipresencia que los medios interactivos y digitales habían alcanzado a finales del siglo 20. Este fue el momento en que la sociedad en red alcanzó un grupo crítico: las ideas futuristas que, una década antes, eran del dominio exclusivo de una vanguardia que leía novelas ciberespacio de William Gibson o seguían las especulaciones casi sangrientas de la revista cibercultura Mondo 2000 ya se convirtió en parte de la vida diaria para una generación global y digital. La lógica (mirar al final del documento*) que había confinado la apelación de Philip K Dick a las franjas de culto de una generación anterior era ahora accesible a un público masivo. de repente, había un apetito publico por alegorías retorcida que disolvían las fronteras entre lo virtual y lo real.

Cuando James Tilly Matthews sacó los rayos invisibles y los rayos del Air Loom (telar del aire) en su celda Bedlam, él estaba describiendo un mundo que sólo existía en su cabeza. Pero su mundo es ahora nuestro: ya no podemos contar todos los rayos invisibles, las vigas y las señales que están pasando a través de nuestro cuerpo en todo momento. Victor Tausk argumentó que el aparato de influir surgió de una confusión entre el mundo exterior y los fenómenos mentales privadas, una confusión resuelta cuando el paciente se inventó una causa externa de dar sentido a sus pensamientos, sueños y alucinaciones. Sin embargo, la palabra moderna de la televisión y las computadoras, lo virtual y lo interactivo, difumina las distinciones tradicionales entre la percepción y la realidad.

Cuando vemos eventos deportivos en pantallas gigantes públicas o seguimos las noticias de última hora en nuestros salones, sólo estamos recibiendo imágenes parpadeantes, sin embargo, nuestros corazones laten en sincronía con otros millones de personas que no vemos. Nosotros usamos Skype con facsímiles bidimensionales de nuestros amigos, y el modelo de versiones idealizadas de nosotros mismos a nuestros perfiles sociales. Avatares y alias permiten comunicarse a la vez íntima y anónimamente. Juegos multijugador y mundos virtuales nos permiten crear realidades personalizadas como omnímodo como El Show de Truman. Fugas y (exposés) menoscaban continuamente nuestras suposiciones acerca de lo que estamos revelando y a quién, en qué medida se están monitoreando nuestras acciones y nuestros pensamientos se están transmitiendo. Nosotros manipulamos nuestra identidad y somos manipulados por otros desconocidos. No podemos distinguir de forma fiable lo real de lo falso o lo privado de lo público.

En el siglo XXI, el aparato de influir ha escapado de las salas cerradas del hospital mental para convertirse en un mito distintivo de nuestro tiempo. Es apremiante no porque todos tenemos esquizofrenia, sino porque la realidad se ha convertido en una escala de grises entre el mundo externo y nuestra imaginación. El mundo está mediado en parte por tecnologías que lo fabrican y en parte por nuestra propia mente, cuyo patrón de reconocimiento de las rutinas trabaja sin descanso las ilusiones digitales puntada en el cine privado de nuestra conciencia. Los mitos clásicos de la metamorfosis exploran los límites entre la humanidad y la naturaleza y nuestra relación con los animales y los dioses. Del mismo modo, las tecnologías fantásticas que alguna vez fueron el sello de la locura nos permiten articular las posibilidades, las amenazas y los límites de las herramientas que están ampliando nuestras mentes hacia dimensiones desconocidas, tanto seductoras como aterradoras.


 

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