El lado oscuro del altruismo


wilson_1998_consilience

Edward O. Wilson es probablemente el biólogo evolucionista vivo más importante si descontamos a Robert Trivers. Se le conoce como el padre de la “Sociobiologia” y también como una autoridad mundial en entomología y en insectos sociales, así ha merecido el titulo del señor de las hormigas.

Wilson es el autor que más ha sobresalido en el estudio del altruismo y en la divulgación de la la conocida fórrmula de Hamilton, que explicaría el altruismo inducido por parentesco pero dejaría sin explicar el altruismo entre personas que no se encuentran emparentadas. Así reviso la célebre ecuación de Hamilton introduciendo una variable nueva: La selección múltiple, que significa que la selección natural no solo presiona a través de los genes o los individuos sino también a nivel de los grupos. Lo que le faltaba a la ecuación de Hamilton es el beneficio/coste grupal.

Según la regla de Hamilton, el altruismo solo es sostenible evolutivamente entre parientes. Axelrod y el propio Hamilton demostraron en 1981 que la cooperación a largo plazo puede ser beneficiosa para ambas partes a pesar de que el incentivo a corto plazo indique lo contrario e independientemente del grado de parentesco. El problema del Dilema del Prisionero (Iterado) de la Teoría de Juegos muestra que la selección natural puede favorecer el altruismo a nivel grupal a pesar de ser egoísta a nivel individual 

En la actualidad se usa el concepto de selección a varios niveles (selección múltiple), según el cual la adaptación evolutiva a un nivel requiere un proceso de selección natural a ese mismo nivel, y tiende a quedar indeterminada por la selección natural a niveles inferiores. A nivel individual o intragrupal, los actos altruistas son evolutivamente perjudiciales, ya que la capacidad reproductiva de los individuos altruistas está en desventaja frente a la de los que no se sacrifican nunca. Este efecto puede ser compensado a un nivel superior en el que la competencia es entre grupos –selección intergrupa-l. El modo en que un rasgo localmente desventajoso pueda expandirse a toda la población es que sea ventajoso a un nivel evolutivo superior, que es lo que ocurre con el altruismo: a nivel intergrupal, los grupos altruistas tienen ventaja sobre los que no son altruistas porque su capacidad reproductiva es mayor.

Así, la regla “r x b > c lleva al altruismo” es incompleta y ha sido ampliada recientemente por Wilson en 2005 con la fórmula

                                                 r x bk + be > c

donde r x bk es el beneficio que obtienen los individuos emparentados (extendidos a los portadores de genes que predisponen al altruismo), y be es el beneficio que obtiene el grupo independientemente de la relación de parentesco.

Dicho de una manera más clara y matizada: la selección opera en el nivel individual (egoísmo) y tambien en el nivel de grupos y en el nivel de la especie. Las conductas altruistas son efectivamente desventajosas entre individuos pero son ventajosas para los clados grupales. Todo parece indicar que en lo individual sólo percibimos el perjuicio y que el beneficio se escapa de nuestra percepción afectando a algo más grande que nosotros mismos.

Es por eso que nuestra filiación o pertenencia forma parte de nuestras necesidades sociales como humanos, queremos ser distintos de los demás pero queremos también pertenecer a algo que nos abarque e incluya. El problema procede de la competencia entre grupos, hay algo tribal en todas esas guerras que los humanos nos inventamos para defender nuestra tribu de los otros, extranjeros o simples vecinos.

De manera que el nuevo (y quizá ultimo) libro de Wilson se dedica a refutar uno de los dogmas de la selección natural: la selección por parentesco, que aun siendo cierta en el caso de individuos emparentados no explica el altruismo entre individuos desconocidos.

Wilson escribió un libro titulado “Consiliencia” en el que aborda uno de los temas mas queridos por buena parte de nosotros, aquellos que defendemos la tercera cultura, es decir los que estamos por una fusión de las ciencias y las humanidades o las ciencias sociales a través de un conocimiento único e integrado. Sin embargo la palabra consiliencia tiene otras acepciones menos conocidas y que van más allá del pensamiento unificado que trata de aportar una comprensión holística a los fenómenos naturales engarzándolos con los propiamente culturales. Consiliencia es lo opuesto a reduccionismo.

Y es precisamente esta idea de “selección múltiple” un magnifico ejemplo de consiliencia, puesto que no niega la selección a partir del gen o del individuo sino que eleva aquel mecanismo en una categoría nueva (la selección grupal) que dispone un nuevo orden en un nivel supraindividual que necesariamente acoge, abarca e integra el anterior invirtiendo el proceso egoísta en uno altruista. Efectivamente lo que puedes resultar agradable para el individuo puede ser letal para la comunidad y viceversa.

Sin embargo el concepto de consiliencia no es un invento de Wilson, si bien le rescató del olvido y para mi mantiene relaciones de vecindad con la dialéctica hegeliana y con el concepto de aufheben.

Hegel reconstituyó -como todo el mundo sabe- las leyes de la dialéctica y le añadió el concepto que hoy mantenemos yendo más allá de la identificación entre diálogo y búsqueda de la verdad que procede de la época clásica. Para Hegel la dialéctica es:

El acto mismo del conocimiento es la introducción de la contradicción. El principio del tercero excluido, algo o es A o no es A, es la proposición que quiere rechazar la contradicción y al hacerlo incurre precisamente en contradicción: A debe ser +A ó -A, con lo cual ya queda introducido el tercer término, A que no es ni + ni – y por lo mismo es +A y -A. Una cosa es ella misma y no es ella, porque en realidad toda cosa cambia y se transforma ella misma en otra cosa. Esto significa la superación de la lógica formal y el establecimiento de la lógica dialéctica.

Todas las cosas son contradictorias en sí mismas y ello es profundo y plenamente esencial. La identidad es la determinación de lo simple inmediato y estático, mientras que la contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad, el principio de todo automovimiento y solamente aquello que encierra una contradicción se mueve.

Lo que quiere decir que:

Hegel adelanta en su Lógica que este proceso de superación de los contrarios tiene tres tiempos, tres fases que están contenidas misteriosamente en el verbo aufheben:Suspender, conservar y elevar. Vamos a verlos más de cerca.

Necesitamos suspender (dejar de hacer o empeñarse en) aquello viejo, obsoleto que ya no nos sirve y sustituirlo por algo nuevo. Pero lo viejo no se destruye, se conserva de una u otra forma. La transición de lo nuevo a lo viejo se realiza para encontrar un nivel de definición nuevo que pueda abarcar lo que se suspendió y lo que se conservó (lo suspendido), algo así es el metabolismo alimentario: unas cosas se aprovechan, otras se guardan y otras se deshechan.

Lo que nos lleva de cabeza a entender que el etnocentrismo es una forma de “superación” por elevación (aufheben) del egoísmo genético y que se alimenta de las mismas formas de altruismo que Hamilton instituyó para su “selección por parentesco”. El etnocentrismo no es el mal a sofocar tal y como cuenta aquí Eduardo Zugasti sino algo a superar. Y más desde que sabemos que la población comparte entre si similitudes genéticas que predicen para sus miembros una misma ideología, valores y concepción del mundo tal y como Rushton proclama en su teoría de la similitud genética 

Lo que Zugasti plantea en su post es que el cosmopolitismo no es alternativa al etnocentrismo de los nacionalismos sean étnicos, religiosos, económicos o políticos. Tiene la batalla perdida, pues para la mayor parte de la población la “alianza de civilizaciones” no es mas que una abstracción que no puede absorber la evidencia de que nuestro campanario es mejor que el de ellos.

Esta es la razón por la que la incapacidad para la consiliencia hace que existan restos sin absorber (disociados) en todo el despliegue étnico-económico y político de los pueblos, pues al fin y al cabo es lógico que uno se identifique con los próximos antes que con los ajenos.

Y lo que explica la persistencia de los grandes y oscuros costados del altruismo etnocéntrico: el nacionalismo, la xenofobia y el genocidio.