Hacia una taxonomía de las emociones (II)


Pero no sólo hemos de confrontar nuestras emociones con los otros, con nuestros hijos o nuestros padres, sino que además de todo eso hay otro tipo de confrontación oculta: la que llevan a cabo nuestros genes con los genes competidores es decir con nuestras parejas.

Lo que hayan leido este post que titulé, “El extraño caso de la Sra Turner” ya sabrán a estas horas que la competencia agonística se lleva también a cabo entre cromosomas, en este caso sexuales. No es lo mismo que una niña con el sindrome de Turner lleve el cromosoma X procedente de su padre que el procedente de su madre (donde no hay competencia). Pues el cromosoma X que procede del padre se encuentra optimizado para vivir en un cuerpo femenino.

Del mismo modo es necesario ahora recordar qué es lo que sucede en la placenta humana durante el embarazo: la placenta no es madre sino feto, y en ella se encuentran expresados ciertos genes paternos que han de competir con los genes de la madre. La vida ha de considerarse un equilibrio entre intereses: los intereses del feto (que trata de succionar recursos de la madre), los de la madre (que trata de limitar los recursos que ofrece al feto  fin de garantizar su propia homeostasis) y los intereses del padre que trata de maximizar su inversión genética.

No es de extrañar en este orden de cosas que algunos autores hayan descrito al cerebro como una placenta social (Medrano, Uriarte, Malo, 2012), es decir una especie de placenta que trata de consumir recursos sociales con una mínima inversión y esfuerzo.

Algo parecido sucede con algunas enfermedades como el autismo que ha sido considerado (Baron-Cohen 2003) como el predominio de un cerebro masculino extremo.

La teoría del cerebro masculino extremo.-

Fue Asperger precisamente el primero en darse cuenta de que en los sindromes del espectro autista existia un predominio de las cogniciones masculinas, asi definiió el autismo como un fenotipo masculino extremo. Esta idea fue perseguida por Baron-Cohen uno de los especialistas que más saben hoy sobre autismo a fin de explicar la relacion 4:1 entre sexos. El autismo es mucho más frecuente en niños que en niñas pero hay más: en las niñas el autismo es mucho más grave e invalidante que en los niños. Es como si el autismo fuera cosa de hombres.

Autismo: Cerebro hipermasculino por Baron Cohen (video)

Y es cierto que los hombres normales en general puntuan más alto que las mujeres en las escalas de autismo (del mismo modo que las mujeres puntuan más alto en las escalas de psicoticismo), es por ello que el propio Baron-Cohen ha definido el pensamiento masculino como “sistemático” mientras que ha descrito el pensamiento femenino como “mentalizante”. Las mujeres están más interesadas por las personas y en el mundo interior tanto en el propio como en el ajeno y los hombres por las cosas y como se hacen estas cosas tal y como afirma la tradición popular.

En definitiva: las diferencias entre autismo y esquizofrenia reproducen las diferencias entre hombres y mujeres. Señalar, además que la coexistencia de autismo y esquizofrenia es muy rara.

Además hay otra prueba que apoya la teoria de Baron-Cohen y es que los autismos de alto nivel son más frecuentes en los hombres, los Aspergers o los Angelman por ejemplo son más frecuentes en los niños que en las niñas, lo que significa que la enfermedad toma formas más benignas cuando aparece en un niño comparativamente del estropicio que causa en las niñas.

Baron-Cohen supone que esta enfermedad está causada por la hiperexpresión paterna (o la ausencia de genes maternos competidores) de ciertos genes expresados en el cerebro de estos niños. No hace falta decir que el cerebro es el órgano que recoge una mayor expresión de genes tanto paternos como maternos.

Una de las causas evolucionistas que se han invocado es la relación que existe entre los rasgos autistas y la genialidad. Asi hoy sabemos que Newton fue un autista de alto nivel con un fenotipo hiperadaptado.

La pregunta que podria hacerse a continuación es la siguiente: ¿existe un cerebro femenino extremo similar al anteriormente descrito?

El cerebro femenino extremo.-

La respuesta para Badcock es si. Las mujeres puntuan más alto en esquizotipia, creen en fenómenos paranormales, en instancias sobrenaturales, en la telepatía, premoniciones, adivinaciones y son mas “espirituales” o religiosas , poseen ese “sexto sentido” o intuición y son más propensas a las experiencias inusuales de conciencia.

Para Badcock esta manera de ser estaria fuertemente relacionada con las prestaciones normales del cerebro femenino y plantea un continuum entre el polo autistico y el polo esquizofrénico. El centro estaria ocupado por hombres y mujeres normales estando los hombres en general mas desviados hacia la izquierda (hacia el polo autisitico) y las mujeres mas desviadas hacia el polo esquizofrénico.

De lo cual no debe deducirse que las mujeres tienen mas riesgo de enfermar de esquizofrenia o de cualquier otra psicosis (pero si de depresión) que los hombres. Lo que debe interpretarse es que la mujer media está mas inclinada hacia la derecha de este eje precisamente por los rasgos diferenciales de lo femenino y que podriamos resumir en una palabra: las mujeres tienen mas contacto con su mundo interno y con los mundos internos de los demás son mas empáticas y disponen de una ToM más activa (teoria de la mente)

Pero aqui surje un problema, si esto es ceirto ¿por qué las esquizofrenia o las psicosis en general son tan frecuentes en hombres como en mujeres? Badcock vuelve a plantear el tema de la gravedad e incapacidad e inadaptación consiguientes y aporta un dato fundamental: la esquizofrenia y las psicosis en general son tan frecuentes en hombres como en mujeres pero son mucho más graves e invalidantes cuando se presentan en hombres (al contrario de lo que sucede en el autismo) y comprometen de un modo más intenso su reproducción, al instalarse en una edad mas temprana que en las mujeres.

Celos, celotipias y delirios de celos.-

Wilson y Daly publicaron en 1982, un articulo de culto que titularon “Celos sexuales masculinos” donde señalaban -en clave evolucionista- que los celos habian evolucionado en entornos ancestrales presididos por la ignorancia por parte del varón de certezas respecto a la paternidad de sus hijos. Para Daly y Wilson la causa remota de los celos procedería de esta incapacidad por parte de los hombres de reconocerse con seguridad padres de su estirpe, un conocimiento que a las mujeres les viene dado por la naturaleza de forma directa.

Lo que permite predecir que aunque los celos son un patrimonio genético de todos los sapiens y todos podemos sentirlos (si bien en distinta forma tal y como podemos ver en este post), en los hombres son de esperar conductas mas agresivas y/o patológicas derivados de ellos. Otra vez volvemos a la idea de que las emociones motivan conductas.

El problema para nosotros hoy consiste en discriminar los celos normales de los celos patológicos, algo que es mucho más complicado de lo que parece puesto que toda nuestra cognición se encuentra presidida por una regulación al alza de la desconfianza. Dicho de otro modo, la desconfianza es en nuestra especie mucho más adaptativa que la confianza y aunque la desconfianza se base en errores de percepción de amenazas que no existen en realidad, vale más equivocarse con un falso positivo que con un falso negativo. En este post que titulé “Patrones, ruido y señal” hablé precisamente de esta cuestión.

No hay pues una linea formal que divida los celos normales de la celotipia y todo parece indicar que mas allá de los celos en sí existe algo contextual que debe tenerse en cuenta a fin de llevar adelante esa discriminación. Usualmente solemos entender que los celos son normales cuando son justificados, es decir es normal que una persona responda con celos cuando es expuesto a una situación de este tipo. El problema es que resulta ciertamente arbitrario definir este concepto de “justificados”. Lo que es lo mismo que preguntarse en ¿qué contextos están justificados los celos?

De modo que lo mejor es definirles por la conducta que motivan: la conducta celotipica es una conducta que -parafraseando a Foucault- excava, socava,espia, vigila, sonsaca, persigue y acecha al otro en busca de indicios de infidelidad. Lo que suele suceder con esta conducta es que está destinada a toparse con el engaño del otro, puesto que nadie en sus cabales estará dispuesto a ser monitorizado de tal modo. El celoso entra a saco en la cocina de la intimidad del otro de forma gradual usualmente a través de la legitimidad que presta el amor o el interés por el otro como pretexto para controlarle y someterle a un escrutinio constante; el celoso -sin saberlo- genera actitudes contradefensivas que son interpretadas por él como una confirmación de sus sospechas siempre en clave de infidelidad o engaño.

Todo pareciera indicar que el celoso tiene una expectativa de traición o infidelidad y va generando en su vida de pareja a través de una interacción sutil y constante ciertas irrealidades que le confirmen su hipótesis inicial, en realidad el celoso busca la concordancia entre su mundo interno (que espera una traición) y el mundo externo que es distorsionado hasta el paroxismo a través de conductas posesivas, intimidatoras o interrogadoras.

Es posible afirmar que la linea roja que separa los celos normales de la celotipia (y en ausencia de otro criterio mejor) son esas conductas -que para el celoso son egosistónicas y siempre justificadas- que arrebatan al otro su libertad y su soberanía. Es posible afirmar que la celotipia exporta e introyecta en el partenaire la inseguridad, la confusión y la culpa. Algo que por cierto es común en todas las “neurosis de carácter” (o trastornos de la personalidad), el que padece el trastorno sufre menos que el que ha de convivir con el celoso. El enfermo no sufre sino que hace sufrir.

Naturalmente este cuadro es mucho más grave en los hombres que en las mujeres e induce conductas mucho más peligrosas para la integridad fisica de los partenaires. No hay que olvidar que la mayor parte de crimenes o violencia de género está presidida por una relación de este tipo y que suele estallar en el momento en que la mujer decide abandonar al acosador.

En realidad la creencia irracional de que la pareja nos pertenece y que por tanto tenemos derecho a “violar su intimidad” es una idea que presentan tanto los hombres como las mujeres por tanto no es correcto hablar de violencia de género, más bien habria que hablar -siendo estrictos- de violencia territorial tal y como Koestler propuso.

Naturalmente los celos se situarían en la parte derecha del continuum autismo-esquizofrenia siendo el delirio de celos, la patologia mas “derechista” de todo el cluster de los celos. No es una esquizofrenia sino una forma de paranoia, donde el sujeto ha llegado ya a una convicción delirante acerca de la infidelidad de su marido o mujer, el celoso ya no necesita indicios ni datos y tampoco se molesta en buscarlos, simplemente ha adquirido la certeza -un axioma- de que ha sido engañado a veces a través de relatos tan exagerados o patéticos que bordean el esperpento y que resisten -como siempre sucede en los delirios- cualquier evidencia en su contra.

Obviamente estos delirios son mas frecuentes en hombres y representan seguramente la patologia más extrema de esta emoción que la filogenia ha puesto en nuestro repertorio conductual.

Entonces se produce una nueva vuelta de tuerca en la escalada de violencia, una violencia que se utiliza como una forma de deshacerse de la desesperación que los celos continuados procuran y que ahora añaden “la humillación” del abandono, un sentimiento al que son muy sensibles los celosos. Tal y como afirman Daly y Wilson:

Las conductas celosas se ponen en marcha muy a menudo tras la ruptura de la pareja. El sujeto que se siente abandonado tiende a pensar que esta situación viene determinada por la aparición de un tercer personaje y reivindica, a veces peligrosamente, sus derechos a quien supuestamente ha motivado la ruptura y diversos estudios sociológicos lo confirman (Daly y Wilson, 1982).

Pero no podemos cerrar aqui esta incursión en este asunto de los celos, aun tenemos que escarbar en los aportes que ha proporcionado el psicoanalisis a la comprensión de esta emoción y sus destinos pulsionales y como no hablar de las relaciones entre el amor y los celos.

Será en el próximo post.

Bibliografía.-

Daly M, Wilson MI, Weghorst SJ (1982) Male sexual jealousy. Ethology & Sociobiology 3: 11-27.

Baron-Cohen (2002): The extreme male brain theory of autism. Trends cogni sacience, 6: 248-254.

Baron-Cohen (2003):The essential diffrence men, women and extreme men brain. London, Penguin, basic books.

Badcock, C (2009): The imprinted brain: how genes set the balance between autism and psychosys. London Jessyca Kingsley.

Malo, Medrano y Uriarte: Psiquiatria evolucionista:una introducción. 2012.

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6 pensamientos en “Hacia una taxonomía de las emociones (II)

  1. Anoche leí el trabajo de Badrock-Crespi (2006) y esta mañana he encontrado la recomendación, en el otro lugar, del libro de 2009. Hay un lugar en Amazon en que pueden leerse muy sustanciosas páginas de ese libro si se es cliente (con login y password), aunque por lo que estoy leyendo merece compra. El libro de Almendro (‘Psicología del caos’, Vitoria, La Llave, 2002) es entusiasmante. ¡Lástima que esté tan descuidadamente mal escrito! Tu ‘post’ de hoy es excelente. En especial, muy a gusto con la primera parte. La teoría evolucionista del “cerebro masculino extremo” es muy sugerente, y nada descabellada. Que a un “cerebro masculino extremo” le atraiga su opuesto es evolutivamente bueno, compensatorio. “Una de las causas evolucionistas que se han invocado es la relación que existe entre los rasgos autistas y la genialidad”, recuerdas. Bueno, parece ser que es así, ¿no? Lo del cerebro como “placenta social succionadora” es también muy sugerente en su sentido metafórico. ¡Glub! Por último, escribes: “Del mismo modo es necesario ahora recordar qué es lo que sucede en la placenta humana durante el embarazo: la placenta no es madre sino feto, y en ella se encuentran expresados ciertos genes paternos que han de competir con los genes de la madre. La vida ha de considerarse un equilibrio entre intereses: los intereses del feto (que trata de succionar recursos de la madre), los de la madre (que trata de limitar los recursos que ofrece al feto fin de garantizar su propia homeostasis) y los intereses del padre que trata de maximizar su inversión genética”. Es lo que Schopenhauer llamó, en clave metafísica, el pataleo del “genio de la especie” (= ‘Genius der Gattung’). Ahí unos fragmentos:

    http://www2.udec.cl/~josqueza/filosofia/Schopenhauer.html

    ¡Encantado con tu facilidad de relacionar cosas con rapidez y por escrito!

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