¿Es nuestro cerebro una chapuza monumental?


Suele decirse que nuestro cerebro es una de las siete maravillas de la naturaleza, en cuanto a complejidad se refiere, más parecido a una nebulosa que a una piedra. Los que asi piensan no se han parado nunca a reflexionar sobre los errores de diseño que nuestros cuerpos soportan, errores que desde luego también presenta nuestro cerebro y que le obliga a unas prestaciones de baja calidad, al menos en el 70% de la población.

El primero que habló de ello fue Julian Jaynes autor de una controvertida hipótesis evolutiva sobre nuestro cerebro que tituló: “La teoria bicameral” y de la que ya escribí aqui. Para Jaynes la chapuza fundamental procede de la asimetria interhemisférica que supone la preexistencia de dos cerebros en vez de uno.

Gary Marcus por su parte nos cuenta en este video de Redes como el diseño de nuestro cerebro parece más relacionado con el engaño y el autoengaño que para otra cosa. De la misma opinión es Robert Gazzaniga.

Aunque probablemente el mayor divulgador de esta idea ha sido Robert Linden que en su libro “El cerebro accidental” se detiene de forma sistemática en señalar los limites de nuestra capacidad para pensar de forma racional a la vez que investiga el factor azar en el desarrollo de lo humano, asi como la relación causal que existe entre nuestros hándicaps y la conciencia. Aqui hay una entrevista que le hizo “La nueva ilustración evolucionista” a Robert Linden.

Gary Marcus: El cerebro es una chapuza (video) por raulespert

El Fantasma en la máquina.-

Para mi personalmente la mayor chapuza de nuestro cerebro -descontando las enfermedades mentales- es la adherencia que presentamos a ciertas creencias que se justifican precisamente por errores en el diseño, asi la teoria del fantasma en la máquina, es decir la suposición de que a las personas las habita una alma inmaterial o una especie de instancia eterna y metafisica independiente del cuerpo y donde está localizado el libre albedrío y la capacidad de elección y que no se puede reducir a una función cerebral. No es imposible sospechar que la tendencia de los seres humanos a enfermar mentalmente sea una consecuencia de ese dualismo que arrastramos desde Descartes y que sostiene la teoria -que comparten muchos de nuestros conciudadanos- de que el cerebro y la mente responden a mecanismos diferentes, uno material y otro espiritual.

En realidad la idea del fantasma en la máquina pertenece a Gilbert Ryle un filósofo de la mente británico cuyo libro “El concepto de lo mental” es clave para entender tanto el éxito de esta teoria como los errores a los que nos conduce militar en ese lado de la trinchera tranquilizante para los teistas que aun buscan a Dios o algun principio inmaterial para justificar su fe. Ryle, precisamente un aristotélico, se encarga de desmontar y refutar las ideas que parecen sostener la ilusión del fantasma en un libro excepcional.

En pura teoria  si lo mental no fuera material no podría enfermar, pues sólo lo material puede averiarse. Sostener la idea de un principio -la mente,  espiritu o alma- que responde a mecanismos distintos al cerebro supone meterse en un lio de proporciones abismales, pues ¿puede el alma enfermar? lo que nos lleva de vuelta al reduccionismo más radical que dice algo asi como que “la esquizofrenia es una enfermedad cerebral”, una de las secuelas del dualismo ha sido precisamente no entender nada de lo mental y mucho del cerebro.

No, la esquizofrenia, ni ninguna enfermedad mental es una avería sin más del cerebro. Lo que ocurre es que sostenemos un principio de “mente” anticuado y ectoplásmico, un concepto que nos resulta intuitivo por las razones que más abajo expondré. Pero es bien sabido que la ciencia es sobre todo un constructo contraintuitivo, es muy contraintuitivo sostener la idea de que procedemos del mono o que es la Tierra la que da vueltas alrededor del sol. No cabe duda de que hemos de modificar nuestro punto de vista sobre lo mental que se encuentra encasquillado precisamente porque nuestras intuiciones más profundas nos llevan a adorar al fantasma de la máquina.

La razón es la siguiente, fíjese en su cuerpo y en los cuerpos de su vecinos, ve usted cabezas, brazos, bocas, narices, pies y abdómenes. Su cuerpo y el cuerpo del vecino pueden chocar, empujarse, acariciarse, olerse, etc. Hay una continua interaccion y convivencia con los cuerpos ajenos y con el propio, sabemos que tenemos un cuerpo y sabemos que el otro dispone tambien de un cuerpo al que puede meterse el dedo: se trata de algo material.

Sin embargo tenemos una experiencia aislada y privada en primera persona sobre nuestra mente, sobre nuestro Yo, pero no sabemos nada de las mentes ajenas, no las podemos ver, ni oler ni tocar, de tal modo que los solipsistas argumentan que de lo único que podemos estar seguros es de que nosotros tenemos una mente, pero no podemos saber nada de las mentes ajenas.

Dicho de otra forma: aunque nuestro cuerpo es material, ocupa un lugar en el espacio-tiempo y es público, nuestra mente es privada, no ocupa lugar, es inmaterial y es inaccesible al escrutinio ajeno.

Ahora bien, la pregunta incorrecta sería, ¿si la mente es inmaterial, entonces qué es? y debe ser sustituida por esta otra ¿pueden dos principios, uno material y otro inmaterial proceder ambos de lo material? o ¿Puede la materia con sus leyes fisicas aparecer en otro nivel como inmaterial?

Lo cierto es que la mente desgajada de su cerebro no puede existir, o dicho de otra forma, no existen los espíritus desencarnados. Existe desde luego una amplio consenso sobre eso, incluso en aquellos que defienden al fantasma en la máquina.

De manera que lo intuitivo es suponer que Yo, mi Yo está constituido de algun tipo de principio distinto a aquel del que están hechas mis orejas, que sigue leyes diferentes a las que gobiernan el mundo fisico o que procede de algun lugar desde donde se infunde un tipo de “aliento” sobrenatural al cuerpo a fin de hacerle vivir.Otra opción es la propuesta cartesiana: dado que la mente no sigue los preceptos mecánicos de la fisica, lo mejor es abandonar su estudio cientifico y pasarle la pelota a los teólogos.

En realidad los solipsistas tambien están equivocados y mucho más claro desde que descubrimos “la teoria de la mente”, es decir la convicción que todos tenemos (a pesar de no poder verla) que mi vecino tiene una mente como yo. ¿Cómo podemos estar seguros de eso?

Dejando aparte todas las evidencias que tenemos sobre las neuronas espejo, es obvio que una mente es capaz de construir inferencias sobre cualquier otra mente y la propia. Ahora bien, estas inferencias no son adivinaciones que se llevan a cabo en el vacío sino que más bien derivan del conocimiento de los procesos que anteceden a una conducta cualquiera o a un pensamiento expresado verbalmente.

Efectivamente yo no puedo saber lo que usted piensa, pero puedo hacer ciertas inferencias de lo que dice o hace (conducta). En realidad su mente solo es muda si usted está mudo, pero en el momento en que hable o actúe, ya podemos inferir algo. Solamente el mutista acinético seria capaz de guardarse un secreto para sí, aunque nosotros podriamos desarrollar -como hace la psicopatología- una hermenéutica del mutismo.

Pero hay algo de cierto en la idea de que entre yo y los demás existe un abismo de discontinuidad, es verdad que no podemos saber cómo piensa o qué siente otra persona en ausencia de rastros verbales o conductuales. Se trata de una diferencia clara entre el principio corporal y el principio mental. Lo mental solo puede ser dicho o actuado, inferido o sugerido pero la certeza de los hechos mentales del otro se esconde entre polisemias, empatías, adivinaciones y velos. Nadie puede saber a ciencia cierta cuales son los procesos que dan lugar a las cogniciones, opiniones, pensamientos o conductas de otro sujeto.

Y sin embargo comprendemos. Y comprender no es inteligir, o percatarse de algo ni  adivinar o anticipar algo, ni sintonizar o resonar con alguien, comprender es saber hacer. Solo podemos comprender en el otro aquello que hemos conseguido aprender a llevar a cabo aunque solo sea con nuestro pensamiento, interiormente o a solas. Saber hacer y llevar a cabo son dos cosas bien distintas. Pondré un ejemplo: una persona puede saber mucho acerca de algo, por ejemplo de literatura y convertirse en un buen critico de novela, lo cual no significa que sea por eso un buen novelista.Tampoco lo descartaria.

Pero el que sabe hacer tiene una ventaja sobre el que simplemente lleva a cabo algo y es que puede repetir el algoritmo de su saber tantas veces como quiera, puede enseñarlo a otros y puede decidir un dia llevar a cabo el proyecto de escribir una novela. Del mismo modo, el escritor de novelas profesional puede empezar su carrera sin saber una palabra o bien poco de las reglas que gobiernan el oficio de escribir una buena novela, pero es seguro que a medida que aprenda mejor su oficio (y automatice sus patrones de como se escriben novelas) las hará sin pensar en las reglas. Más que eso, inventará nuevas reglas (tal y como hicieron Kafka o Cortazar) que otros tendrán que aprender a codificar si quieren llegar a ser buenos críticos de novelas.

Dicho de otra manera, lo que en un principio parecen dos misterios (el hacer qué y el hacer cómo) se funden en un saber hacer que a su vez modifica el “saber cómo” anterior haciendo avanzar la teoria de la novela y aumentando asi el saber sobre la narrativa.

Es en este sentido del “saber hacer” como llegamos a comprender al otro, aunque nuestra intuición -heredera del fantasma de la máquina- nos impulse a creer que o bien hay una comunicación transpersonal, un hilo invisible, un proceso telepático o cualquier otra explicación que podamos inventar para justificar los desencuentros y los reencuentros con los otros.

Efectivamente nuestro cerebro es una chapuza monumental sólo que existe tal vez un más allá del fantasma de la máquina, puesto que aun siendo cierto que la evolución carece de intenciones y planes es bien cierto que nosotros los sapiens tenemos un plan para modificar la evolución.

Y lo haremos.

6 pensamientos en “¿Es nuestro cerebro una chapuza monumental?

      • La tecnología como “fuerza misteriosa”, algo que me recuerda a la energía oscura. Pues en verdad todo es, cada día, más acelerado. ¿No? Una aceleración que produce cambios. ¿Y si en no mucho surge lo que supere al ‘sapiens’?

  1. La evolución hacia Pepe Gotera y Otilio está expresado claramente como una involución y desde el punto de vista mental yo no descartaría a ningún Pepe Gotera como inferior en ningún aspecto sino incluso puede que mucho más adaptado y capacitado para la supervivencia que muchos supersapiens, lo que de forma paradójica lleva a que saben leer más y mejor las señales del mundo circundante para buscar una solución que les beneficie, no la mejor solución, sino la que más les conviene.

    A mí me parece que plantear nuestro cerebro como una chapuza es tener una imagen de lo que debería ser para fuese perfecto y en ese caso me gustaría que cualquiera de los autores que defienden esa postura indiquen cuál es el modelo que nos llevaría a la perfección, y lamentablemente o afortunadamente, no existe. Y digo afortunadamente porque la perfección lleva implícita una predictibilidad absoluta de todo, entropía cero y sólo los sistemas muertos tienen entropía cero. Cuanto mayor impredictibilidad mayor creatividad y mayor grado de entropía. Siempre hasta un límite, porque por muy plástico que sea nuestro cerebro cualquier cambio necesita un periodo de adaptación y la vida exige un mínimo de predictibilidad y de esto sé algo por el tipo de trabajo que realizo. Me hace mucha gracia cuando desde la neurociencia se prodigan los dones de la plasticidad del cerebro sin atender a las consecuencias de intentar convertirlo en pura plastilina.

    En cuanto a las capacidades de hacer una novela o hacer crítica de una novela son dos competencias bien distintas al igual que comprender una lengua, bien escrita u oral, y saber hablarla o escribirla. Nada que ver y que se “sepa hacer” tampoco significa que capacite para poder comprender todo y ya lo de inventar nuevas reglas, eso es un salto cualitativo tan grande que no me extraña que algunos hablen del fantasma de la máquina para poder explicar lo que ni en sueños se les podría haber ocurrido a ellos.

  2. Rey Carmesi (ayer encontré este articulo, a ver qué opinas y ojalá te parezca interesante): Es muy raro que un artículo en una revista científica altamente especializada cause un revuelo en el público general, a través de los medios de difusión masiva. Lo habitual es que tales comunicaciones sean escritas en un lenguaje críptico por especialistas, para ser leídas y comentadas solo por otros especialistas. En general, su efecto se restringe al reducido círculo de los entendidos en la materia, a menos que se trate de un descubrimiento trascendental, o de un gran avance con inmediatas y profundas implicaciones sociales. Por eso llama la atención que un artículo publicado en junio de 2013 en una revista para neurocirujanos causó gran alboroto en la prensa y agencias noticiosas a nivel mundial, a pesar de que no informaba de un nuevo descubrimiento de consecuencias sociales inminentes. El autor fue un eminente neurocirujano italiano, Sergio Canavero, director de un Centro para Estudios Avanzados de Neuromodulación en Turín. El artículo propone un plan general, con sorprendente atención a los detalles, para realizar nada menos que un trasplante de cabeza en el ser humano.
    Afirma Canavero que toda la tecnología necesaria para realizar esa operación existe ya en la actualidad. Nos dice que, hasta aquí, el mayor problema para implantar una cabeza (recién decapitada, se entiende) ha sido la imposibilidad de reconectar la médula espinal en el cuerpo en que se injerta. Pero confía en que el uso de un bisturí “hiperafilado” producirá un corte limpio y perfectamente uniforme, a diferencia de lo que ocurre en las lesiones que se ven en la práctica clínica, en las cuales el daño es grande, irregular, y con cicatrización que impide la mutua fusión entre las fibras nerviosas del donador y el receptor. La bien controlada sección quirúrgica, aunada al empleo de los llamados “fusiógenos / sellantes” (polímeros inorgánicos del tipo poli-etilen-glicol y otros de invención reciente) que promueven la fusión inmediata de las membranas celulares, facilitará grandemente, dice el autor, la reconexión de las médulas espinales divididas.
    Conviene puntualizar aquí que nada de lo que el cirujano afirma es gratuito o infundado; cada una de sus aseveraciones descansa en una referencia a trabajos previamente publicados en revistas de reconocida autoridad en el campo, como es de rigor en toda comunicación científica.
    Efectivamente, los esfuerzos por trasplantar una cabeza no son nuevos. Desde 1950, investigadores rusos liderados por Vladimir Demikhov experimentaron uniendo la cabeza de un cachorro al cuerpo de un perro adulto; en otros experimentos relacionados, lograron mantener vivas por un tiempo limitado las cabezas de animales decapitados. En particular, el cirujano de Turín hace mención de la labor del doctor Robert White (1924-2010) y sus colaboradores, quienes en 1970, en Cleveland, trasplantaron la cabeza de un mono Rhesus al cuerpo de otro mono. Técnicamente, la operación fue un éxito, pues el mono en quien se injertó la cabeza recobró la conciencia varias horas después de la operación, y vivió por ocho días. No solo era capaz de reaccionar a diversos estímulos sensoriales, sino que debe haber sido capaz de pensar, puesto que se reportó que hizo intentos de morder a los investigadores. (Señal, diría yo, de un juicio muy acertado.) Pero el animal vivió cuadripléjico, por supuesto, ya que no había modo de conectar la médula espinal. En su reporte, Canavero recapitula en todos sus pormenores la técnica quirúrgica usada por White en sus experimentos.
    El escenario que imagina el médico italiano es el siguiente. El receptor podría ser un paciente paralítico del cuello para abajo, es decir, tetrapléjico (ojo: conviene llamar “receptor” no al que recibe una cabeza, sino todo un cuerpo). O tal vez un paciente con cáncer avanzado, pero sin metástasis cerebrales ¿Y quién sería el donador? Un individuo que ha sido ya declarado en estado de muerte cerebral, y que es de la misma corpulencia y –detalle que no carece de importancia– del mismo sexo que el receptor. Dos equipos quirúrgicos trabajan simultáneamente en un amplio quirófano apropiadamente equipado. Se pone en hipotermia la cabeza del receptor para evitar que se dañe el cerebro durante el periodo en que se le privará de circulación sanguínea. Unos cirujanos disecan músculos, tráquea, esófago y vasos sanguíneos del cuello. Mientras tanto, el segundo equipo prepara el cuello del donador. Llegado el momento, ambos equipos seccionan las médulas espinales al mismo tiempo. Inmediatamente, la cabeza del receptor, que está en hipotermia y, por así decirlo, en “animación suspendida”, se lleva a toda prisa al cuerpo del donador, donde se establece la conexión de las médulas espinales haciendo uso de los polímeros “fusiógenos.” Acto seguido, los cirujanos se ocupan de unir vasos, nervios, y todas las estructuras del cuello que se continúan hacia el tórax. Sin perder tiempo, se inicia el tratamiento con inmunosupresores para minimizar el riesgo de rechazo del trasplante, y con antibióticos para prevenir infecciones.
    Entre las mayores razones por las que el artículo causó sensación está su tremendo poder evocativo. La descripción técnica y objetiva de dos seres humanos siendo asépticamente decapitados en un moderno cuarto de operaciones remueve el limo sedimentado en algún lóbrego recoveco de la mente, donde una serie de inquietantes imágenes perdura a la sombra de la conciencia. Pensamos en la terrorífica quimera del Doctor Frankenstein y otras narraciones de la literatura fantástica o los filmes de horror, donde es cuestión de cabezas decapitadas que cobran vida por sí mismas y son capaces de dar expresión a sus tormentos. Pensamos en imágenes tales como los lienzos de pesadilla donde Théodore Géricault representó cabezas de guillotinados y pies y piernas cercenados que el genial artista copió con escalofriante fidelidad en las salas de autopsia y anfiteatros de disección que asiduamente visitaba –sobre todo el tristemente célebre sótano del Hospital Bicêtre, donde los condenados a la guillotina esperaban su ejecución, y a donde sus despojos mortales eran obligatoriamente regresados, para la disección o la autopsia. Fuera de la ficción y del arte, pensamos en los históricos pero no menos siniestros experimentos de Giovanni Aldini (1762-1834), quien en las postrimerías del siglo xviii e inicios del xix aplicaba descargas de corriente eléctrica a cadáveres, a miembros amputados, y a cabezas de ajusticiados, obteniendo sorprendentes movimientos mecánicos. Sin duda, esos efectos causaban azoro, espanto, y vanas esperanzas de adelantos médicos capaces de revertir la parálisis establecida y, ¿por qué no?, hasta de levantar a los muertos de sus tumbas.
    Todo este bagaje de imágenes mórbidas, de pesadillas y figuraciones malsanas existe en lo profundo del subconsciente, porque, en un sentido metafísico, pesan mucho y se han hundido. “Nada hay tan pesado como un cuerpo muerto”, escribió Julia Kristeva en su novela Posesiones, “y pesa más todavía si le falta la cabeza”. Pero, por más que quisiéramos evitarlo, de tiempo en tiempo esas ideas hundidas flotan a la superficie, y nos preguntamos entonces qué significa para un ser humano la separación de la cabeza del resto del cuerpo.
    En los países donde la ley decreta la muerte por decapitación, aún se arguye que es un procedimiento instantáneo, máximamente expeditivo y, por ende, piadoso y benevolente. Empero, donde hay una larga tradición en este respecto, dichos argumentos se antojan debatibles. Henry Matthews, un viajero inglés que presenció un guillotinamiento en Roma en 1818 decía haberse convencido de que la sensibilidad y la conciencia perduran por algunos segundos después de que la cabeza ha sido cortada. En las lesiones de la médula espinal, escribió, “las partes por abajo de la lesión quedan privadas de sensibilidad, pero las de arriba retienen su sensación. Y en el caso de la decapitación, los nervios de la cara y los ojos pueden continuar por un corto tiempo a llevar sus impresiones al cerebro, a pesar de la separación del tronco”. En Francia, la época del Terror generó abundantes relatos anecdóticos de este tenor. Se dijo que cuando la cabeza decapitada de Carlota Corday fue abofeteada por el verdugo que la exhibía al público, un gesto de dolor se formó en la cara y un enrojecimiento apareció en la mejilla golpeada; que en la cabeza cercenada de Danton se podían observar varios movimientos de los párpados y los ojos, y contracciones de las mandíbulas; que médicos que obtuvieron permiso para experimentar en cabezas de guillotinados pudieron observar, en un caso, que los ojos del ajusticiado, cuando alguien gritaba su nombre, se volvían en la dirección del grito; que otro sacaba la lengua en respuesta a estímulos dolorosos en las mejillas; etc.
    Oír a los expertos hablar de trasplantes de cabezas no solo despierta los fantasmas del subconsciente, sino que nos obliga a cuestionar nuestra misma condición de seres humanos. Creíamos ser “in-dividuos” y ahora resulta que, ontológicamente, somos “dividuos,” que nuestro ser es esencialmente divisible. Respetábamos, con veneración semireligiosa, el cerebro. Y ahora resulta que el precioso órgano donde reside nuestra vida relacional; donde con razón llegó a pensarse que residía el alma, puesto que ahí está lo que nos hace únicos; donde fincábamos todo el orgullo de nuestra especie; este órgano es intercambiable, como cualquier pieza de máquina usada. Recordemos que nuestra cultura nos viene de la Grecia antigua, y para los antiguos griegos no había lugar a discusión: la cabeza era la parte más noble, excelente y respetable de la anatomía humana. Ellos definían cuerpo como el cerebro y sus anexos; los órganos extracraneanos eran todos secundarios y subordinados. Las piernas, por ejemplo, eran simplemente la maquinaria de locomoción de la cabeza: sin aquellas, esta no podría desplazarse de un lado a otro, a no ser rodando por el suelo como bola de boliche, lo cual sería un incalificable ultraje a tan augusta porción anatómica. En el Timeo se nos informa que el dios creador –los platónicos lo llamaron demiurgo– hizo el cuello a modo de un istmo, con el fin de separar la testa de partes más plebeyas que había que mantener a distancia. Y ni qué decir de los sitios más inferiores, como el bajo vientre y la zona genital. Para defender a la cabeza de las despreciables y repugnantes funciones excretoras, el demiurgo colocó los órganos encargados de ellas tan lejos y tan abajo como pudo. Para mayor seguridad, interpuso un parapeto, el diafragma, cuya función era servir como un obstáculo más. ¿Y los órganos masculinos de la reproducción? Indóciles a la razón, capaces de arrastrar al hombre a su ruina, como si fueran bestias salvajes con voluntad autónoma, no quedó más remedio que dejarlos al final, tardíamente añadidos: parece como si el demiurgo se hubiera dado un manotazo en la frente, diciendo “¡Ah, se me olvidaba!”, para luego pegar los genitales fuera del tronco masculino, bien lejos de la sublime sede del discernimiento y la inteligencia.
    Adviértase que el artículo del neurocirujano turinés no se ocupa de los problemas éticos del trasplante cefálico. No son de su incumbencia en esa comunicación. Pero ciertamente son muchos, y a ellos se debe el gran impacto del reporte. Este, a muchos lectores les habrá parecido ciencia ficción, pero no está de más recordar que lo que se consideró ciencia ficción apenas ayer es hoy la más concreta y abrumadora realidad. Cavanero piensa que alguien intentará la operación dentro de poco, tal vez un par de años. Su costo será muy alto; el cirujano lo estima en trece millones de euros (menos, observó, de “lo que gana un famoso futbolista al año”). En una entrevista se preguntó: ¿Qué tal si a algún billonario chino se le ocurre tratar de evadir la muerte proveyéndose de un nuevo cuerpo? En China se han usado los cadáveres de criminales ejecutados como fuente de órganos para trasplante; ¿serían también usados como donadores de cuerpos enteros en casos de trasplante de cabeza, si hay un receptor dispuesto a pagar por el procedimiento? Y ¿qué tal si algún día se decide que un gran genio, del talante de un Albert Einstein por ejemplo, debe permanecer vivo para beneficio de la humanidad, y la solución de su supervivencia es el trasplante cefálico? Otro acertijo bioético: suponiendo que el trasplante ha sido realizado exitosamente, y que el receptor ha sobrevivido un tiempo y quiere reproducirse, ¿cómo habrá de considerarse su descendencia? Ese cuerpo no pertenece originalmente a la cabeza; su adn y sus células sexuales no tienen la misma constitución genético-molecular. Los hijos, por lo tanto, serían descendencia del donador muerto.
    Un gusano de agua dulce, plano, no parasítico, del género Planaria tiene la envidiable capacidad de regenerar, cuando es decapitado, una nueva cabeza en el curso de un par de semanas. Aunque su cerebro es en extremo rudimentario, se ha podido ver que estos gusanos o “planarias” son capaces de aprender tareas simples y almacenar memorias de orden igualmente simple. Ahora bien, un grupo de biólogos de la Universidad Tufts, en Boston, Massachusetts, demostró recientemente que una vez que una planaria decapitada regenera su cabeza, ¡puede recordar algo de lo que había aprendido antes de la decapitación! Este extraordinario resultado indica que trazas de memoria, en Planaria, se almacenan fuera del cerebro (tal vez en células primitivas, llamadas “neoblastos”). Tan insólita circunstancia me recuerda que Nietzsche decía que no pensamos exclusivamente con el cerebro; que pensamos con los huesos, las venas, las tripas, y, en suma, con todo el cuerpo; que el cerebro es solamente “un órgano de concentración del pensamiento”. Me pregunto si también en el humano trazas de memoria se imprimen fuera del cerebro, en otras partes del cuerpo. Pero, en ese caso, ¿qué pasaría en el caso del trasplante de cabeza? Si el cuerpo en que se ha implantado la testa es ahora diferente, ¿serían las memorias de ese cerebro idénticas a las adquiridas antes del trasplante?
    Los problemas bioéticos médicos son siempre multifacéticos y espinosos. Quedan muchos otros que no son inmediatamente aparentes. Para realizar el trasplante cefálico sería necesario que los cirujanos se entrenen primero haciendo la cirugía en primates, lo cual inmediatamente levanta las objeciones morales y legales contra la experimentación en animales, hoy mucho mejor definidas que en los tiempos del doctor Robert White. Hasta hoy, el trasplante de cabeza se ha considerado más bien como ciencia ficción. Por eso no existe ninguna reglamentación al respecto. Nadie ha discutido los problemas éticos derivados de este acto quirúrgico. El artículo de Canavero tiene el mérito de recordarnos que no es ocioso ni prematuro que los expertos en bioética médica empiecen a ocuparse de estas cuestiones. Hizo bien en colocar como epígrafe la frase de Konstantin Tsiolkovsky (1857-1935), científico ruso, padre de la teoría astronáutica: “Lo imposible de hoy será lo posible de mañana.” ~

    (Francisco González Crussí)

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