Amor, celos y exocerebro


La mayor parte de nosotros estamos persuadidos de que el amor es un sentimiento que se cuece entre neuronas, algo que procede de dentro y que se vierte al exterior a través de ciertas flechas que van a dar en la diana de alguna persona que andaba por alli tal y como hemos aprendido de la iconografía del mito.

Me propongo en este post desmentir esta cuestión y apoyar la idea de que ciertos sentimientos abstractos no proceden del cerebro sino del exocerebro. Para aquellos que aun no sepan qué es el exocerebro les recomiendo lean este post donde escribí sobre la conceptualización de Roger Bartra en este asunto.

Los dias navideños suelen manifestarse en forma de ágapes donde las familias concentradas devoran ciertos alimentos que no son otra cosa sino un rito que procede de la Antigüedad y que consiste en compartir excesos de comida, en una ceremonia que nos hace recordar aquellos banquetes rituales donde nos devoramos unos a otros para adquirir mágicamente las propiedades de lo que comemos.

La Navidad es pues un buen escenario donde observar comportamientos y rutinas familiares y donde los niños adquieren una especial relevancia. Observar sus asombros, su júbilo o desprecio por los regalos y su decidida predilección por unos juguetes en lugar de otros. Mi sobrino Victor de dos años y medio fue el protagonista ayer de mis observaciones; decididamente inclinado por su padre, se pasó la comida a su lado, jugando con él y exigiéndole atención. Es evidente que Victor quiere mucho a su padre y si hubiera que hacer una especie de escala de amor o de preferencias amorosas llegaríamos a la conclusión de que Victor quiere más y por este orden: primero a su padre, luego a su abuela-cuidadora y luego a su madre. Los demás, tios y primos estamos en un segundo y tercer plano.

Todo el mundo en la mesa, estuvo de acuerdo en que Victor quiere más que nadie a su padre, pero ¿cómo lo sabemos?

Lo cierto es que esa apreciación no es más que una proyección colectiva, no hay manera de saber a quién quiere más el niño, aunque tenemos algunos datos irrefutables: Victor se tranquiliza, disfruta, juega, requiere, busca, llama, come, rie, muestra, se duerme mucho más y mejor cuando esta en compañia de su padre que de todos los demás.

Dicho de otra forma, sabemos que Victor quiere más a su padre a partir de las conductas que exhibe. El amor no puede esconderse.

Es lógico que asi sea puesto que no hay manera de acceder a sus pensamientos (ni a los de cualquier otra persona), sólo podemos saber lo que otro siente o piensa a partir de su conducta, (entendiendo el lenguaje verbal como conducta). De su conducta observable.

Otra cuestión es ésta: ¿por qué Victor prefiere de entre todos a su padre?

Por semejanza.

Decía Freud que “la anatomia es el destino”, lo que significa que los niños buscan en su medio ambiente a aquellos que se le parecen. Es curioso lo pronto que los niños aprenden a orientarse con respecto a las diferencias sexuales. Los niños prefieren a su padre porque su padre es un similar a él pero lo tiene todo más grande, comienzan así a admirarlo y a querer participar de sus propiedades, a eso le llamamos identificación, se trata del embrión de la identidad sexual. Victor busca en su padre (un otro, fuera de él) lo que el quiere para sí. De tal manera que el amor hacia su padre y su padre son inseparables, son la misma cosa.

No hay pues, un origen, un vuelo o dardo del amor recorriendo el aire y un objeto amoroso, sino que todo el proceso se desarrolla de una forma unitaria y simultánea.

¿Pero si el amor hacia su padre reside en el padre, entonces el amor está fuera de la cabeza de Victor?

Lo cierto es que el truco está precisamente en la palabra “amor”.

No tenemos ni idea de si lo que siente Victor es amor, lo unico que sabemos es de su predilección, de su preferencia o gusto por su padre. Lo del amor es una proyección que hacemos los adultos y que le endosamos al niño. El niño no sabe nada de amoríos porque el amor es una abstracción para la que el cerebro del niño aun no puede dar cuenta, cognitivamente hablando.

Pero si el amor es una abstracción, no puede estar en el cerebro del niño, pues tal y como comenté aqui el cerebro solo puede procesar señales eléctricas o químicas pero no símbolos. En realidad los símbolos no están en el cerebro sino en el exocerebro. Efectivamente el amor no puede residir en el cerebro sino en los patrones o enlaces simbólicos externos y que compartimos los individuos de una misma cultura. A la conducta de Victor le llamamos “amor”, nosotros, los que ya sabemos manejar símbolos.

¿Pero entonces si Victor no puede amar, qué es lo que le impulsa hacia su padre?

Es obvio que el amor (tal y como lo entendemos los adultos) evolucionó desde el apego que es innato y que procede de nuestra incompletud estructural. Nuestra especie (y todos los mamíferos) tuvieron éxito precisamente por nuestra capacidad de apegarnos a nuestras figuras de referencia (usualmente a nuestra madre) que es la que hace de prótesis al apego natural del niño y hay que recordar ahora que el apego eolucionó desde el miedo, es decir desde nuestra sensación de soledad, estupidez  y vulnerabilidad. Sin apego ninguna especie mamifera hubiera progresado y los reptiles poblarían la tierra. Hay que señalar ahora -que en la nuestra- el apego dura mucho más tiempo que en cualquier otra puesto que necesitamos más años para emanciparnos de nuestros progenitores.

De manera que el niño se encuentra en una situación marcada por el apego y por un entorno de vínculos simbólicos, que a su vez, operan sobre su cerebro rebotando en él e introduciendo paulatinamente el tipo de pensamiento que usamos los adultos, el pensamiento simbólico. Victor quiere más a su padre por dos razones, una de orden biológico, el apego y otra de orden simbólico: su parecido con él.

Su parecido con él y su interacciones continuas ejercerán un papel de reentrada de por vida, siempre de orden simbólico y con destino a sus redes neurales que poco a poco irán pareciéndose más a las de un adulto siguiendo el rail de su especie.

Y cuando sea mayor dirá “que está enamorado” y creerá que el amor habita en su cabeza. Habrá atrapado un símbolo pero es inútil buscar el amor entre las sinapsis, alli no hay nada de eso salvo las reentradas simbólicas que a lo largo de su vida irá construyendo en su trajín con su exocerebro.

El amor está fuera y convive con nuestros objetos amorosos y se confunde con ellos.

La siguiente parte del ritual navideño fue de características bastante opuestas. A media tarde Victor se reunió con sus primos de edades parecidas, un niño y una niña, con el objeto de jugar con los juguetes que habian estrenado. El camioncito de Victor competía con la moto con pilas de Andrés y ambos se mostraron los hallazgos. Pero como era de esperar al cabo de cierto tiempo a Victor lo que le interesaba era lo que tenia el otro, es decir la moto de pilas. Mientras que a Andrés lo que le interesaba sobremanera era el camioncito de Victor. Irene, en un rincón jugaba con unas pegatinas imantadas de Bob Esponja observando la trifulca que un poco más tarde se armaría entre los dos primos.

Lo curioso es que ambos niños estaban absolutamente desinteresados de Irene y sus pegatinas y muy interesados en lo que el otro poseía. Es como si la posesión del otro similar (el niño) adquiriera a ojos del otro un valor intangible.

“Tienen celos”, dictaminaron los adultos. Y entonces me puse a pensar si los celos eran -del mismo modo que el amor- algo que sucede en relación con el otro o si por el contrario habita en nuestras neuronas como otras emociones.

Lo cierto es que los celos no son una emoción cualquiera, como el miedo, la tristeza, el júbilo, el dolor o el placer. Los celos son una emoción bastante compleja que necesita un cierto grado de abstracción. Los celos no habitan en el cerebro sino en el exocerebro. Hace falta un otro que haga de prótesis de los mismos y a veces un triángulo.

Si el amor evolucionó desde el apego, los celos evolcionaron desde la agresión. Los celos son una conducta destinada a mostrarse cuyo objetivo está relacionado con la intimidación (aqui escribí algo sobre los celos y sus aspectos evolutivos). De lo que se trata en los celos es de ahuyentar al rival o merodeador y que no nos hurte lo que consideramos nuestro, y si fuera posible, arrebatarle al rival lo que es suyo. La codicia es el deseo innato que mueve esta espiral de sucesos que llamamos celos.

Es interesante señalar de la observación anterior las diferencias entre los celos de los hombres y las mujeres (aqui escribí algo sobre el asunto). Irene parecia comportarse como si no tuviera celos (aunque no se perdía detalle de los regalos ajenos), mientras que Victor y Andrés escenificaban su codicia sin ningún tipo de pudor. Sabemos que los celos de hombres y mujeres son distintos y que incluso inducen en los hombres conductas más agresivas o patológicas (Wilson y Daly, 1982) respecto de los celos femeninos. Lo cual no significa que Irene no sintiera celos (aunque no podemos saberlo), lo cierto es que parecía no sentirlos si bien las niñas son siempre ninguneadas por los niños en sus juegos pues lógicamente las perciben como diferentes, mientras que las niñas anhelan sumarse a los mismos al adjudicarles un mayor valor.

Pues las niñas anhelan lo que no tienen, mientras que los niños temen perder lo que ya tienen. Es por eso que los celos de los hombres adultos se caracterizan por la intimidación y los celos de las mujeres por la manipulación.

Cuando Victor sea mayor seguramente dirá eso de “estoy enamorado”, pero es muy poco probable que acepte la idea de “tengo celos”. Pues los celos curiosamente son siempre detectados por los demás pero nunca por el “celoso”. ¿Por qué sucede esto?

Por una cuestión fundamental: los celos son un sentimiento poliédrico, cargado de simbología, no es una emoción simple de esas que se reconocen a primera vista; para tener celos es necesario hallarse conectado a un exocerebro con significados simbólicos al que acceder pero los celos no están el cerebro, alli esperando a que alguien los identifique. Lo que hay en el cerebro es codicia, territorialidad, posesividad y destructividad. Y es eso precisamente lo que reconstruimos durante nuestra “educación”, aprendemos a manejar estos sentimientos a través de la socialización y a renunciar a nuestra gartificación inmediata a cambio de acdder a otro nivel de complejidad: el compartir sin celos.

Es por eso que los celos no son identificados por el celoso pues las emociones que lo nutren son afásicas, carecen de representación en el cerebro individual y sólo son comprensibles  a través de los consensos culturales.

Los celos son tan complejos y tan abstractos que a veces no sabemos de quién tiene celos el celoso. En el caso de Victor y Andrés el tema está claro pues la trifulca sucede entre dos, pero en el caso de los adultos el tema se complica y siempre suelen aparecer tres protagonistas, me refiero a los celos sexuales, donde siempre cabe la pregunta ¿de quién tiene celos el celoso? ¿De la mujer u hombre infiel o del rival?

El destino y buena gestión de las emociones requiere socializarlas, es decir convertirlas desde algo informe y atemorizador en algo creativo, útil y adaptativo. Algunas emociones son primarias, accesibles a la conciencia y a la autoreflexión mientras que otras aparecen como algo enajenado, “como si alguien las hubiera puesto alli”, como si no fueran nuestras. En ello influye naturalmente la deseabilidad social pero tambien el hecho de que ciertas emociones carecen de representación interna y el individuo ha de echar mano de sus prótesis culturales para internalizarlas.

Como el amor es una emoción positiva y tranquilizadora  suele suceder que la depositamos en el interior de nuestro cerebro siendo como es una metaelaboración del apego y el nepotismo. Con los celos -que son emociones negativas y que apelan la destructividad- lo que solemos hacer es no vestirlas con el ropaje simbólico que procede de nuestros circuitos externos y depositarla en algun lugar inaccesible y enajenado, más o menos defendido por ciertas racionalizaciones que tienden a eludir la responsabilidad de la propia codicia.

Bibliografia.-

Daly M, Wilson MI, Weghorst SJ (1982) Male sexual jealousy. Ethology & Sociobiology 3: 11-27.

Roger Bartra: “Antropologia del cerebro”. Fondo de cultura económica. Mexico. 2006.

 

3 pensamientos en “Amor, celos y exocerebro

  1. Creo que Roger Bartra tiene razón al postular el concepto de exocerebro para comprender cómo funciona la conciencia, ya que es imposible separar al individuo de la sociedad en la que se cria y el sistema cultural en el que se encuentra inmerso y que tiene, desde luego, una importancia decisiva en la forma en que las personas toman conciencia de la realidad que les rodea.

    Sin embargo, lo recoge todo en ese exocerebro diciendo que entre las neuronas sólo hay transmisión química- eléctrica, no símbolos. Los símbolos serían externos y formarían parte del sistema cultura. Frente a esta postura están otros neurólogos- Ramachandran- que lo centran todo en la masa cerebral, todo aquello que afecta al individuo está dentro. Los símbolos serían internos y esto explicaría la existencia de las sensaciones sinestésicas vividas de foma individual y que no se encuentran fuera sino dentro y que por supuesto están relacionadas con la capacidad metafórica del símbolo. El símbolo está dentro, por tanto… El amor de Victor según Ramachandrán responde a las relaciones simbólicas que están en su interior y no en su exterior.

    Lo que yo creo es que Roger Bartra tiene toda la razón al hablar de exocerebro porque es lo que complementa, transforma y modula la conciencia del individuo y que al ser un cerebro externo formado por contenido cultural como producto de la mente del hombre, ese exocerebro funciona mediante símbolos pero estos símbolos son una manera de representación de la realidad, es la forma en que nuestro cerebro entiende el exterior y por tanto Ramachandrán tambén tiene razón al postular que la realidad simbólica es interior y no exterior.

    En el exterior sólo están los referentes que son objetos reales, la representaciones simbólicas que recogen todas las características del objeto así como las relaciones y dependencias que estable con el entorno son interiores ( cerebro y exocerebro )

    El amor de Victor está dentro y fuera, él no sabe lo que es el amor pero su cerebro comprende perfectamente cuáles son las conscuencias que se derivan de determinadas relaciones y unas determinadas, sólo unas determinadas son las que producen el amor. Relaciones que por supuesto no dejan al margen al que lo percibe porque si algo define al amor no es precisamente la indierencia, ni tampoco el altruismo.

    Nota: que el amor esté dentro y fuera no tiene nada que ver con el gato de Schrodinger que indica una probabildad. El amor no es una probabilidad es una relación real.

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