El oficio del arte o la iluminación sin tiempo (X)


La función del arte es contener el exceso de sentido que arrastra toda vida y toda cultura

(R. Bodei)

¿Cómo nos llega la emoción plástica? Por efecto de las relaciones que uno percibe. ¿Y de qué están hechas esas relaciones? De hechos materiales, de superficies que uno ve y si las ve es porque están iluminadas.                                                                              LE CORBUSIER

En opinión de Le Corbusier necesitamos LUZ para percibir las relaciones de los hechos materiales que producen la emoción  arquitectónica.  Podemos plantear, a modo de salida, la idea de que el arte es una forma de iluminación de la realidad, una luz que despeja sombras, que muestra facetas, aspectos o dimensiones que desde otros lugares ensombrecidos son difícil ver.

La luminancia del arte recae en su condición de epifenómeno evolutivo que, al manifestarse fractalmente tanto en lo personal (psicológico) como en lo impersonal-colectivo (inmanente), permite el acercamiento a una trama de la vida en la que las cuestiones de patrón, orden y caos marcan el ritmo.  Ritmo que imprime la estructura base de la conciencia (orden de la individualidad consciente) y su desvanecimiento por el resplandor de la vivencia artística genuina (caos de la colectividad insconciente). En el primer escenario, el arte sirve para iluminar el conocimiento y en el segundo para sacar de las tinieblas lo arquetípico (en terminología jungiana); es decir, lo que es susceptible de ser activado, traído de lo estático a lo dinámico,  de lo invisible a lo observable, de la oscuridad a la LUZ. Porque su esencia misma es estar más allá de lo normal, de lo cotidiano, al fin de lo tangible.

El artista, como vehículo del arte, opera desde la mera reproducción de patrones de conocimiento consciente a estados caóticos, donde irrumpe en diferente grado “la Totalidad” de naturaleza colectiva. Lo es, en el sentido de que todos la compartimos más o menos conscientemente, por lo que produce goce estético más allá de las culturas. Así pues, el constructo de Arquetipo Colectivo de Jung sería el más cercano y nos permitiría asumir que la obra de arte es la cristalización más o menos borrosa de arquetipos colectivos. Estamos con Jung cuando propone que los arquetipos colectivos son patrones de conducta instintiva que están basados en ciertos factores biológicos, son impersonales y hereditarios, y se convierten en fuerzas que motivan comportamientos al margen de la conciencia al llevar en sí mismos su propia finalidad. Por tanto, en nuestro contexto podemos decir que los Arquetipos colectivos forman parte del “código máquina”, donde coexisten con patrones individuales de comportamiento y, asumiendo un sentido teleológico de la existencia, participan en la evolución de la conciencia humana, siendo la vivencia artística uno de los escenarios donde operan.

A modo de hipótesis, estos escenarios se desenvuelven en zonas de caos/orden siguiendo una estructura fractal. Así, el arte por su condición de epifenómeno evolutivo nos dirige necesariamente al caos/orden de la evolución humana en una especie de “espiral de eterno retorno”. En esta espiral situaríamos al “artista personal” (Arte psicológico) que se mueve con mayor grado de orden que de caos,  y por tanto no llega “a rozar” lo arquetípico, activando reiteradamente los patrones personales de su código máquina. Así, desde una estructura fractal se produciría una “autosemejanza escalar” que daría paso al arte psicológico, en el que el artista “se reproduce” a sí mismo en lo grande (realmente pseudo-grande) y en lo pequeño recursivamente. En este arte clausurado, donde el artista tendría un “acceso organizado”, se diferenciarían las etapas de preparación (análisis pormenorizado de los componentes y relación con el patrón recurrente), la producción por medio de la asociación de ideas (recursividad de  los patrones existentes) y la decisión o elaboración de la obra.

Sin embargo, el arte posee una capacidad perenne de apertura que nos hace sospechar una realidad infinita que no cabe en los límites de la expresión personal y normativa. Esta realidad pide paso a través de  estados caóticos que colocan al “artista impersonal” (Arte inmanente) en contacto directo con lo arquetípico del código maquina. Así,  las formas y el contenido se imponen al artista como una revelación, que acaban por configurarse a modo de atractor (visión).

Fractalidad en la música de J. S. Bach  (Arte Inmanente)

También aquí opera la fractalidad, pero en este nivel impersonal se da una semejanza escalar inmanente, donde los arquetipos del código máquina acceden a la conciencia sorprendiendo al artista, y convirtiéndose en obras de arte. En esta circunstancia, el artista  tendría un “acceso inspirado” a los arquetipos colectivos de su código maquina, abriéndose a un estado de preparación sensible en la percepción del entorno y siendo ingenuo en la interpretación de esa percepción (Landau, 2009). De manera borrosa pasa hacia momentos de Incubación, o primer acercamiento con lo arquetípico del código máquina. Estos en palabras de Bodei (2006) pueden ser “núcleos de verdad traumáticos o al menos dotados de una alta densidad de significado, que necesita de una elaboración infinita”. A continuación, entra en un estado de Iluminación, o trascendencia, donde “… habla con imágenes primigenias, habla con mil voces, aprehende y supera, y al tiempo eleva aquello que designa desde lo singular y lo efímero a la esfera de lo que es siempre… son momentos donde la obra secuestra al autor que la contempla con asombro, porque si intenta añadir algo personal se rechaza y si lo menosprecia, es impuesto… solo puede obedecer y seguir ese impulso aparentemente extraño, sintiendo que su obra es más grande que él” (Jung, 1930).

Por tanto, podríamos decir que la experiencia artística se manifiesta fractalmente a dos niveles:

–       Arte Psicológico: intercala azar con orden personal. La simplicidad contiene complicación y ésta abriga simpleza al activar recursivamente patrones personales del código maquina, a más y más pequeñas escalas.  La incapacidad del artista de activar lo arquetípico introduce un alto grado de autorreferencia y clausura.

–       Arte Inmanente: intercala caos/orden impersonal. La sencillez contiene complejidad y ésta abriga sencillez. El caos activa recursivamente los diversos arquetipos impersonales del código maquina repitiéndose en más y más  pequeñas escalas. Esta capacidad genera cambio y transformación vía la experiencia estética.

El paso del arte psicológico al inmanente requiere trascender la dualidad, de tal modo que la persona está inmersa a la vez que se sorprende al ser capaz de ver lo que otros no pueden ver; se entrega en sentido dionisiaco y a la vez se distancia amansando los instintos (lo apolíneo), y aunque comienza poseyendo el potencial de la obra, acaba rindiéndose a ella para su culminación.

Para ir concluyendo diremos que el arte nos facilita la inmersión en zonas de difícil acceso, su papel es el de un mediador que pone en contacto algunas de las infinitas opciones de realidad con seres limitados, discretos, que poseen una escasa capacidad de contención y que necesitan de la ayuda vehicular del arte para vivir lo que apenas podemos concebir. El producto final responde a las relaciones del inconsciente colectivo del código maquina con la conciencia; que en un caso no consigue activarlo y lo representa desde su patrón autorreferente y en el otro permite que lo colectivo salga al espacio ignoto y que expanda la conciencia a través de símbolos, ritmos, colores y formas concordantes con nuestro ser esencial, haciéndonos partícipes de un universo de posibilidades.

Posibilidades que como señala Landu (2009) no son fáciles de definir. Por un lado vemos que tiene una función exploratoria y tanteando sin prejuicios no se para ante normas, quebranta  leyes y las reordena; pero sobro todo hace que el sujeto se estremezca cuando siente que la obra de arte le pertenece en esencia. Para el espectador la obra de arte le sitúa ante la experiencia de recuperar una parte de sí mismo, dejándose influir por la fuerza del arquetipo y abandonándose a la atracción que ejerce sobre su conciencia. Como artista es una “persona colectiva” portadora, traductora y mediadora entre “La Totalidad” inconsciente de la humanidad y el espíritu de su época, con el fin de traer a la conciencia lo que ha sido excluido de ella porque no se corresponde todavía con la actitud general de la época…

… pero aún envuelto en “halo de divinidad”, el artista sigue siendo humano.

 

“… comentó por ahí

que yo era un chaval ordinario

pero cómo explicar

que me vuelvo vulgar

al bajarme de cada escenario”.

“Ojos de gata, Enrique Urquijo”

Bibliografia:

Bodei, R.  (1999). La forma de lo Bello. Madrid:A. Machado.

Bodei, R.  (2006). Lo que queda del Psicoanálisis. Revista de Occidente nº 307, Diciembre 2006

Heinich, N. y Schaeffer, J. M. (2004). Arte, creation fiction. Entre sociologie et Philosofie. Nîmes : J. Chambon,

Landau, E. (2009). El vivir creativo. Barcelona: Herder

Lozano, J. (2005). EL acontecimiento artístico. Revista de Occidente, nº  285, 105-11.

Quiroga Méndez, M. P. (2010). Arte y psicología analítica, una interpretación arquetipal del Arte. Arte, Individuo y Sociedad,  nº 22 (2), 49-61.

Texto y Pretexto: Rosana peris y Belen Nieto

Proyecto GMS (Global mind squeezing)

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