El caso Wagner: ¿melancolía o paranoia?


Ersnt Wagner fue un maestro de escuela alemán que vivió a principio de siglo y que cometió un crimen en masa muy semejante al que hace poco nos conmovió a todos en Noruega. Se trata de un caso clásico de la psiquiatría que fue muy bien estudiado por Robert Gaupp que le atendió durante toda su vida ya que estuvo ingresado en un psiquiátrico a consecuencia de habérsele declarado incapaz por enfermedad mental.

Pero si le traigo aqui a este blog no es sólo por las semejanzas que encuentro entre su crimen y el de Breivick sino porque conceptualmente me parece un buen ejemplo para ilustrar su diagnóstico diferencial. De modo que lo presentaré usando la prosa  de mi buen amigo Jose Maria Alvarez que en su dia escribió un buen resumen sobre su caso, aqui mismo en las páginas de este blog.

Wagner nos enseña varias cosas (que pueden ser aplicables tambien al caso Breivick) del que aun desconocemos muchos detalles:

1.- Que las enfermedades deben verse de un modo evolutivo -longitudinal- y no de un modo puntual dado que un delirio puede tardar años en aparecer despues de un episodio luctuoso como ese, hay que recordar ahora la famosa máxima de Clérambault “cuando el delirio aparece la psicosis es ya antigua”. La aparición del delirio puede inhibir una conducta agresiva, el paso al acto, este parece ser el caso de Wagner.

2.- Que la melancolia y la paranoia, asi como la esquizofrenia paranoide representan un continuo y no son tres enfermedades distintas, me adhiero pues a la teoria de la psicosis única.

3.- Que un crimen como el cometido por Wagner puede ser llevado a cabo por razones no psicóticas aunque presididos por ciertos axiomas (creencias irreductibles que no admiten demostración) y que mientras unos evolucionan hacia la psicosis, otros se quedan ahi, con un cuadro recortado que podriamos clasificar como una psicopatia, tal y como parece de entrada el caso de Breivick: un paso al acto por motivos ideológicos aunque por lo que sabemos sin rastro de delirio pero sí matizado por creencias (axiomas) fanáticas.

El caso Wagner.-

Existe en la literatura psicopatológica un caso paradigmático en el que podemos investigar también las relaciones entre la paranoia y la melancolía, y de manera especial la articulación entre el delirio y paso al acto. Se trata de caso Wagner, estudiado por Gaupp a principios del siglo XX. En mi opinión la locura de Wagner muestra con claridad cómo el sujeto se precipita en el acto cuando no da con un delirio, cuando no es capaz de elaborar un delirio que frene la respuesta ciega del acto criminal. En este punto, Wagner se opone por completo a Aimée, la loca paranoica estudiada por Lacan en su Tesis doctoral, esa loca cuyo acto es la consecuencia de un delirio sin salida, de un delirio que ya no sirve para sostener una estabilización. De manera que, en mi opinión, existen delirios que fracasan y conducen al acto; existen también actos que realizan porque el sujeto no es capaz de inventar un delirio. Sobre estos aspectos me propongo tratar en el último tramo de la conferencia, exponiendo algunas pinceladas del caso Wagner.

Cuando a finales de 1913 se inició el proceso penal contra E. Wagner, el Prof. Robert Gaupp fue convocado en calidad de experto para dictaminar sobre el posible trastorno mental del asesino y pirómano. Según informa Gaupp en su monografía (Hauptlehrer Wagner. Zur Psychologie des Massenmords) y en los diversos artículos que dedicó al caso, los crímenes de Wagner, minuciosamente premeditados, se realizaron a lo largo de la madrugada del 3 al 4 de septiembre de 1913 en Degerloch y de la noche siguiente en Mühlhausen. Asesinados sus cuatro hijos y su mujer, ejecutada en parte su venganza sobre el pueblo de Mühlhausen y sus habitantes varones, Wagner fue detenido merced a la intervención de unos valientes vecinos. Con un tono sorprendentemente sosegado, Wagner informó ante el juez de los detalles de todos sus crímenes y del contenido de las cartas recientemente enviadas. En éstas se exponían, amén de ciertas disposiciones y despedidas, los motivos de su acto: continuos remordimientos y alusiones relativos a “una serie de delitos de zoofilia que se remontaban a doce años atrás”. En estas circunstancias fue como se encontró con Robert Gaupp, cuyo informe pericial determinó el sobreseimiento del proceso penal al declarar a Wagner irresponsable de sus actos criminales (además de su propia familia, nueve personas muertas en Mühlhausen, once heridas, y numerosos incendios). Tras la conclusión de este largo proceso, en febrero de 1914, Wagner fue ingresado de por vida en el manicomio de Winnental.

Los motivos argüidos para justificar tan atroces crímenes seguían, como era de esperar, esa lógica tan implacable como terrible que caracteriza el rigor del paranoico. Desde el primer momento reconoció Wagner que el asesinato de su familia había estado determinado por la piedad y la compasión, mientras que los incendios y los asesinatos de Mühlhausen (“el pueblo causante de mi desgracia”) habían estado engendrados por el odio y la venganza, ya que había sido allí donde cometiera sus “delitos sexuales” y donde comenzaran las “difamaciones”. Con el correr de los años, el maestro Wagner reblandeció su odio hacia los habitantes de Mühlhausen, llegándose a cuestionar incluso la pertinencia de su venganza. Pero jamás se arrepintió lo más mínimo de haber asesinado a sus propios hijos: “Mi estado anímico ha mejorado considerablemente –escribió el propio Wagner en 1919–. Si estuviera en mis manos haría revivir a los vecinos de Mühlhausen que he matado. Pero mis hijos deberían permanecer muertos. Ya que me produce un gran dolor pensar que podrían sufrir, aunque sólo fuera una mínima parte de lo que he sufrido yo. […] Hoy por hoy no hay nadie que compadezca más a las víctimas de Mühlhausen que yo mismo. Pero la muerte de mi familia sigue siendo, hasta hoy, el mayor consuelo para mi miseria. Mis hijos eran como yo, así que ¿qué podían esperar de la vida?”. Wagner se sentía en la obligación de asesinar a sus descendientes; su miedo permanente radicaba en que ellos hubieran podido heredar las mismas “tendencias inmorales” incluso bajo una forma más deleznable y aberrante aún, pues no sólo él mismo sino toda su familia “éramos, a mi juicio, gente degenerada”, e “ir contra natura era el más grande de los crímenes”.

Tras sopesar la locura de Wagner, Robert Gaupp dictaminó la “irresponsabilidad” de este hombre que se llamaba asimismo “salvador de los justos” y “ángel exterminador”. Wagner, que estaba seguro de que iba a ser condenado a muerte, se mostró sumamente encolerizado con el psiquiatra tras conocer el resultado de su peritaje. Así se lo comunicó en una carta, en la que también lo señalaba como a una de las personas que más odiaba. Se negó taxativamente a ser calificado de enfermo mental; es decir, a hacer responsable de sus actos criminales a su locura: “Y declaro que asumo por entero la responsabilidad prevista en el Código penal y que me siento plenamente responsable”. La más mínima brizna de subjetividad quedaba anegada merced a esa consideración de “irresponsable” por paranoico. En mayo de 1916 intentó obtener la reapertura de su proceso. Elaboró un largo escrito dirigido a la Fiscalía del Estado en el que criticó acerbamente el dictamen elaborado por Gaupp y Wollenberg. Respecto al “delito sexual” cometido en Mühlhausen, Wagner continuó negándose a dar información alguna.

La historia de los “delitos sexuales” se remonta a julio de 1901, cuando Wagner se trasladó a Mühlhausen para continuar ejerciendo el magisterio. Fue allí donde sus tormentos más horrorosos comenzaron. La vergüenza y las supuestas alusiones al onanismo dieron paso a “una serie de actos delictivos (relaciones sexuales con animales) de los que nadie se enteró por aquel entonces. […] Según me confesó aquí en el hospital –informa Gaupp–, empezó a cometer esos actos delictivos unas semanas o meses después de su traslado a Mühlhausen, a altas horas de la noche, cuando volvía del mesón a su casa. Jamás confió a nadie los detalles de esas prácticas aberrantes”. Al mismo tiempo que frecuentaba los establos, bebido (“para huir de mi propia compañía”), comenzó a coquetear con la hija de mesonero S. Cuando se supo que la joven Anna estaba embarazada, los superiores del maestro decidieron su presto trasladarlo a Radelstetten, donde permanecería hasta mayo de 1912. Aunque se vio obligado a poner tierra de por medio, la autorreferencia mórbida (krankhafte Eigenbeziehung), en forma de ocasionales alucinaciones (“palabras que no pienso repetir”) y continuas “habladurías” que apuntaban al corazón de sus prácticas de bestialismo, jamás le abandonaría por completo.

Una vez consumado el acto, minuciosamente planificado, se produjo una remisión de las autorreferencias; aún así, en el manicomio algunos enfermeros imitaban voces de animales y se veía expuesto a pullas y vejaciones. Hasta el momento de su detención, un pequeño revólver siempre cargado le acompañaba, pues de darse el caso de ser descubiertas esas abyectas prácticas se habría suicidado al instante. Esa fue la primera salida que encontró, el suicidio, pero nunca lo llegó a consumar por cobardía. La otra salida ya la conocemos: arrasar el linaje de los Wagner, incendiar el lugar donde había cometido sus “delitos” para borrarlo de la memoria y vengarse de quienes se mofaban de su indignidad.

Toda la locura paranoica del maestro Wagner, según mi interpretación, deriva de una certeza pulsional: “Soy zoofílico” (Ich bin Sodomit). Esa es la gran confesión realizada tras cometer los actos criminales. El reconocimiento de dicha certeza se le presentaba endofásicamente en la forma pertinaz del autorreproche y la culpa, lo que se plasmaba clínicamente en un humor de tipo depresivo y un carácter ocasionalmente asténico y pusilánime. Sin embargo, la dimensión propiamente paranoica de dicha certeza, la que más le atormentaba y le empujó al acto, era precisamente la que experimentaba en esa singular forma de alusiones que los otros le dirigirían, mostrando así con precisión el mecanismo genérico de la estructura psicótica: lo que no ha sido simbolizado le retorna al sujeto en lo Real, esto es, Wagner sólo puede cerciorarse de su goce deleznable a través de las alusiones y los comentarios de los otros. De manera que ya “al día siguiente” de cometer sus “delitos” zoofílicos, comenzaron las autorreferencias y los comentarios dirigidos a él, aunque su nombre no se pronunciaba abiertamente al principio. Con el paso del tiempo “la cosa llegó a tal extremo que, en cuanto se reunían dos, yo era el tercero del cual se hablaba. La verdad es que el aire debió de espesarse tanto con mi nombre que hasta hubiera podido ensacarlo”. Las alusiones y difamaciones provenían exclusivamente de varones adultos, razón por la cual Wagner sólo se lamentó de las muertes de personas de sexo femenino.

Siguiendo la lógica del caso se pueda advertir que el paso al acto se aplazó durante unos cuatro años gracias al autotratamiento que el propio Wagner halló en la escritura, forma bien real de construirse una historia subjetiva y de desplazar esa extrema condensación de goce depositado en el acto homicida y suicida. Embebido en recrear literariamente los futuros crímenes, en teorizar la redención a través de la muerte o justificar el asesinato por amor, absorto mientras pudo en el uso de la palabra, Wagner logró demorar su ejecución; nada extraña, en ese sentido, que ésta se produjera tras un intenso período creativo y pocos días después de concluir su Autobiografía.

En el manicomio, Wagner siguió escribiendo y consiguió una estabilidad que sorprendió a Gaupp. Esa estabilidad, sin embargo, se vino abajo cuando sobrevino un nuevo incidente, a partir del cual se orquestó –ahora sí– un trabajo delirante mucho más sistematizado que la mera trama autorreferencial que he descrito. Sucedió que al leer el drama Schweiger de Franz Werfel, estrenado en enero de 1923 en Stuttgart, cuya temática se ocupa asimismo de la enfermedad mental, Wagner encontró demasiados paralelismos con su obra reciente Wahn. Desde la soledad de su celda del manicomio, Wagner “transformó poco a poco esta contingencia” en certeza: Werfel le había plagiado. Más aún, sin evidencia alguna, comenzó a creer que ese dramaturgo era judío y que los editores que rechazaron su drama también lo eran. Fue así como trabó un auténtico delirio de persecución (“un nuevo delirio”, escribió Gaupp) por los judíos. Pero en esta ocasión, la respuesta a esa certeza de haber sido plagiado tomó, por fortuna, la senda de la edificación delirante y no la del paso al acto. De esta manera, se vio empujado a elaborar un delirio tendente a purificar la literatura alemana de las nefandas influencias judías. Esta localización del perseguidor le permitió tomar una distancia adecuada y adquirir una templanza de la que en otro tiempo había carecido, planeando una futura vida anónima y calmada en alguna ciudad en la que ya no llamara la atención, en la que a poder ser su nombre no estuviera en boca de nadie. Sus días transcurrieron sin demasiados sobresaltos en el manicomio de Winnental, entregado como siempre a la creación de nuevos dramas. Sólo la muerte, sobrevenida el 27 de abril de 1938, logró poner fin a su delirio de ser plagiado.

Aqui hay un buen post sobre el caso Wagner que como es lógico plantea numerosas preguntas siendo la principal esta: ¿Mató a sus hijos y a su mujer por la misma razón que a los habitantes de Mühlhaussen? ¿Puede considerarse el primer crimen una especie de crimen altruista (meláncolico) mientras el segundo es un crimen paranoico?

¿Hubiera habido paso al acto (crimen en masa) si hubiera existido un delirio sistematizado?

¿Paranoia, esquizofrenia, melancolía o psicopatía?

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7 pensamientos en “El caso Wagner: ¿melancolía o paranoia?

  1. Muy interesante el caso Wagner porque pone de manifiesto la importancia de la función simbólica en el ser humano y la necesidad de que se dé un correcto funcionamiento de la misma para que la apreciación de la realidad sea la justa y precisa. Habría que preguntarse cuales son los mecanismos de simbolización que utiliza el hombre para poder integrar el mundo interior y el mundo exterior dentro de una misma realidad y que no entren en contradicción. Es decir que los deseos, pulsiones o rasgos atávicos no entren en conflicto con las normas morales que impone su vida como ser social.Me surgen varias preguntas: ¿Para que la simbolización o integración sea la correcta basta únicamente con nombrarlo ? ¿ Consigue el lenguaje, o diferentes lenguajes, a través de su función simbólica cumplir con esa necesidad de integración al 100% ? ¿Si Wagner hubiera nombrado sus tendencias zoófilas, las hubiera confiado a alguien, se hubiera producido con ello una simbolización de las mismas y por tanto un canal para la superación de la mismas que lo llevaba a desarrollar en vivo y en directo y acto que él considera animal y propio de escarnio?

    Enlazándolo con el post anterior creo que los sueños cumplen un papel fundamental y transcendental en la integración de las pulsiones dentro del mundo simbólico gracias al estado de conciencia paradójica en la que se entra, el mundo del como sí pero manejado no desde el YO sino manejado desde el” sí mismo”, por eso es imprescindible que no se produzca alteración en los mismos y en todo caso inducir a que se produzca la integración que necesita la persona pero no sabiendo que se la va analizar. Lo digo a propósito de algo que leí en un post tuyo, Paco, donde decías que si algunas mujeres se permitieran soñar con el incesto, soñar con una relación sexual son el padre les liberaría de parte de carga moral que soportan e integrarían una tendencia natural y de aceptación de la función paterna. No sé si lo he dicho correctamente porque lo estoy reproduciendo de memoria no he vuelto a leer ese post, pero desde luego creo que era importante.

    Como nota de humor todo esto del simbolismo me ha recordado a una imagen que corre por la red de los ZOMBIE APOSTOLES, donde lo que se dice es que los zombis cuando dicen que comen la carne de Cristo es que realmente se comen a Cristo y esto aunque parezca increíble es más común de lo que parece, me refiero a la alteraciones del símbolo, por supuesto.

  2. Una lástima que te borraras del facebook, Blanco, con lo inteligentes y enriquecedoras que son tus aportaciones (me refiero al hiperactivo muro del maestro Traver, con esas intensas diatribas).

  3. Hola, di Zacco, gracias por tu comentario, yo no me borré del facebook, sigo en él.

    Supongo que el muro de Paco tendrá una intensa actividad pero el blog permite un trabajo de razonamiento más amplio como tú bien sabes, una lástima que esa actividad no se refleje de igual forma aquí porque la pantalla sigue siendo la misma se esté mirando el facebook o el blog. No son espacios distintos por mucho que algunos sientan que estar en el muro de facebook es como estar en el salon de su casa, eso no es así, el espacio pixelado es virtual lo único que existe de verdad es la pantalla del ordenador y un teclado, por eso yo en estos escritos marco tanto el sujeto, que en eso soy bastante británica, para marcar la separación entre Sujeto ( yo misma ) y Objeto ( pantalla ).

    ¿di Zacco, acaso te has borrado tú del facebook ?

  4. Un post interesantísimo que ilustra una vez más la complejidad de nuestra mente y cómo la psiquiatría actual adolece quizás de una visión demasiado rígida en cuanto a interpretación y nosografía sobre los aconteceres de nuestra mente.

    No me resisto a dar mi perspectiva de este caso, aunque pueda ser equivocada.

    Sus prácticas de zoofilia son para él no solo un delito sino algo que hace referencia a una culpa atávica. Algo que hicimos en el pasado y que debió constituir un tabú parecido o quizás relacionado con el incesto, pues puede que un pasado no fuera muy diferente una relación interespecies de una relación intrafamiliar.

    El asesinato de sus hijos responde como él mismo dice a un sentimiento de compasión, pero lo es en tanto él considera que sus hijos sufren la misma desgracia que él, el impulso hacia ese pecado innombrable. Es posiblemente por eso que acaba con ellos de una forma bastante brutal, mazo en mano; pues no es solo compasión sino ejecución por ese pecado. Quizás la única muerte que pudo ser solo puramente compasiva fue la de su mujer, la cual se vería privada de sus hijos.

    El asesinato de los vecinos de Mühlhausen puede ser como él mismo dice una venganza, pero es significativo que matara solo a varones. Quizás él consideraba que algunos de estos podían perpetrar su mismo pecado, en el mismo entorno en el que él lo hizo. En este caso habría también una ejecución, pero solo parcial, pues él no sabe cual de ellos podría cometer ese pecado. De ahí que años después tenga dudas sobre estos asesinatos pero no sobre los de sus hijos.

    En su paranoia final de plagio, deriva la culpa hacia los judios y hacia la defensa de la “pureza” de la lengua alemana frente a una supuesta impureza que introducen los judíos. A mi modo de ver es este hecho concreto el que lo redime. Es una paranoía necesaria que elabora para compensar esa otra impureza zoofilia. La impureza intraespecies se vería redimida por esta más próxima de la pureza entre razas.

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